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Siria en picada
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Entregar la causa a los Jihadistas

Assad dice que los fundamentalistas están detrás del descontento. No es así. Pero su puño de hierro podía traerlos de vuelta.

Por Nibras Kazimi

 

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CUANDO LOS TANQUES del ejército sirio asaltaron la ciudad sureña de Daraa la semana pasada, un portavoz militar explicó que el ataque estaba dirigido a "grupos terroristas extremistas." La justificación coincidía con la campaña en los medios de comunicación propagada por el régimen del presidente Bashar al-Assad desde que comenzaron las protestas a escala nacional hace más de un mes: los jihadistas están detrás de las protestas.

La realidad es muy distinta. De hecho, el levantamiento popular es resultado de la amplia revuelta que ha sacudido al Medio Oriente a partir de enero. También en Siria ha surgido en gran medida espontáneamente. La poca coordinación que se ha producido, ha provenido de activistas de derechos humanos y jóvenes profesionales con conocimientos de Internet que se han basado en el modelo asombrosamente eficaz mostrado en Egipto. El rostro humano de todo ello, como lo muestran los intelectuales de izquierda y los portavoces que hablan al mundo exterior, ha sido secular y democrático. Si efectivamente hubo un elemento jihadista activo en todo esto -como afirma el régimen- cualquier función que haya desempeñado no ha sido más que marginal. Incluso el antiguo líder de la Hermandad Musulmana, Ali al-Bayanouni, dijo la semana pasada en una entrevista de televisión con Alhurra que "Ninguno de los grupos de oposición pueden reclamar la propiedad de esta revolución juvenil."

Ese es difícilmente el mensaje que el Damasco de Assad quiere que vean quienes se mantienen neutrales. A su régimen le gustaría enfrentar estas protestas con la misma coalición -burguesía suní urbana, cristianos, y sectas musulmanas heterodoxas- que su padre organizó hace casi 30 años para enfrentar una amenazante sublevación fundamentalista islámica. Ese enfrentamiento culminó con la destrucción de la ciudad central de Hama en febrero de 1982 durante una lucha de tres semanas, dejando decenas de miles de muertos. El triunfo de Hafez Assad produjo casi tres décadas de estabilidad.

Es irónico que el régimen haya trabajado asiduamente para borrar la batalla por Hama de la memoria colectiva del país, cuando no hay nada que le gustaría más que se recordara lo que ocurrió allí. Actualmente, a Bashar al-Assad le gustaría combatir a los mismos monstruos fundamentalistas a quienes su padre contraatacó en la década de 1980. Tal espectro atemorizaría suficientemente a los intereses adquiridos y a los grupos confesionales del país, poniéndolos de su lado. Y si los enemigos fueran sólo una sombra ideológica lejos de Al-Qaeda, Occidente no intervendría, pero dejaría que Damasco hiciera el trabajo sucio.

Eso no quiere decir que no haya jihadistas sirios. En realidad, es todo lo contrario. En los años posteriores a Hama, generaciones sucesivas de fundamentalistas sirios se unieron a la jihad; sólo que lo hicieron en el exterior. Abu Musab al-Suri se convirtió en el principal teórico táctico de Al Qaeda, viajando alrededor del mundo antes de ser arrestado en Pakistán. El prolífico autor Abu Baseer al-Tartousi, residente en Londres, resultó ser uno de los principales ideólogos de Al-Qaeda. Muchos jóvenes sirios se unieron Abu Mussab al-Zarqawi en Afganistán y después en Irak, ayudándole a alcanzar alturas infames -algunos incluso se convirtieron en asistentes principales de Zarqawi. No hay duda de que gran parte de esto ocurrió con la connivencia de autoridades sirias, que permitieron que los jihadistas causaran estragos en donde su nihilismo convergió con los intereses propios del régimen de fomentar el caos: sirios radicales en el extranjero podían entrometerse en los asuntos iraquíes y libaneses cuando lo consideraran oportuno.

Damasco, mientras tanto, pensó que el riesgo de contraataque era mínimo, o, en el peor de los casos, manejable. Hasta ahora lo ha sido. Salvo por el ataque contra la embajada estadounidense en septiembre de 2006 y un coche bomba en un puesto de control de seguridad dos años después, los jihadistas no han generado ningún titular en las noticias de Siria.

Sin embargo, lo que es más importante es que al invocar la amenaza de los jihadistas como una cubierta para sus medidas represivas contra los manifestantes de la Primavera Árabe, Assad se arriesga a hacer que los jihadistas vuelvan a su país. Una mayor brutalidad contra los manifestantes podría aparecer, en las pantallas de la televisión occidental, como sólo otro hombre fuerte árabe que acalla el disentimiento. Pero para los militantes expatriados, la situación es diferente: funcionarios de la secta minoritaria chiíta Alawite derrotando a una mayoría suní. La percepción impulsará a los jihadistas anti-chiítas a volver a Siria. Mientras tanto, el régimen trabajaría para atraer a las minorías atemorizadas y a los comerciantes suníes urbanos bajo su manto. El sectarismo, históricamente común en Siria y conocido por cualquiera que haya experimentado la vida bajo los Assad, es el combustible que podría provocar rápidamente lo que sin duda sería una cruenta guerra civil.

Si regresan, los jihadistas estarían encolerizados. En años anteriores, los rastreos de seguridad han mantenido el control sobre la mayoría de los fundamentalistas islámicos que habían vuelto a casa. Tómese como ejemplo al oscuro grupo que se bautizó con el mismo nombre que al-Zarqawi había asumido para sí mismo al inicio de su jihad. Este grupo publicó dos mensajes de audio con pocos meses de diferencia en 2007, llenos de amenazas y visiones grandilocuentes. Pero no pudo impulsar a sus seguidores (quizás ni siguiera eran suficientes como para unirse). Al final todo fue una falsa alarma.

Pero una nueva camada de militantes se ha endurecido en las batallas de Irak. Y las tierras áridas de Irak occidental, que colindan con la frontera siria, podrían convertirse en un refugio parecido a Waziristan en el que podrían reaprovisionar municiones, recaudar fondos y entrenar a nuevos reclutas rápidamente. El Irak suní ha expulsado a Al Qaeda pero es probable que simpatice con estos insurgentes sirios por razones sectarias y culturales. Después de todo, las personas en ambos lados de la frontera del valle del Éufrates y al norte hacia las tierras al oeste de Mosul son indistinguibles por su acento, su afiliación tribal y la secta a la que pertenecen.

De acuerdo con una fuente de seguridad iraquí bien informada, el hombre que parece preparado para dirigir una posible jihad en Siria -Abdel-Hakim Ali Ashayish al-Ugaili, de 43 años- es oriundo de la ciudad siria de Dayr az Zawr, a poca distancia de la provincia iraquí de Anbar. Él es un veterano de Chechenia, Bosnia, y varias otras zonas jihadistas. Durante los últimos años ha estado trabajando entre Siria y Bagdad.

Estos lazos son importantes. Daraa está en el borde noroeste de la llanura de Hawran, reflejada en el sureste por las tierras del norte de Jordania. Fue en ese rincón de Jordania donde nació y creció al-Zarqawi, en un ecosistema cultural que era por sí mismo indistinguible del de Daraa.

Lo que ocurre en Siria no se limitará fácilmente a sus propias fronteras. Su expansión significaría que Jordania, donde una monarquía trémula trata de mantenerse un paso adelante de las manifestaciones populares, sería empujada hacia el caos. Otro punto crítico serían los enclaves suníes en Líbano que limitan con Siria. Líbano ha estado fermentando con tensiones entre suníes y chiítas durante un tiempo, y en los últimos años, suníes y alawitas han chocado esporádicamente en el norte con armamento ligero y descargas de morteros. Todo esto es más que suficiente para provocar serias preocupaciones.

Assad ha elegido a los jihadistas como su enemigo preferido. Es posible que la retórica no represente la realidad, pero los jihadistas no desean nada más que corresponder. Estratégicamente, Siria sería un caldero ideal en el que los militantes podían avivar las llamas de una jihad que está en extinción en Irak y Afganistán. De lo que Damasco no se da cuenta es que cuanto más dura sea la represión contra la Primavera Árabe, más está instigando una campaña jihadista de venganza violenta. Esta tiene una verdadera oportunidad de éxito. Y Occidente, a pesar de su renuencia, tendrá que lidiar con múltiples Fallujahs surgiendo muy cerca de los Altos del Golán, controlados por Israel.

 


 

Kazimi es autor de Syria Through Jihadist Eyes: A Perfect Enemy (Siria a través de ojos de los Jihadistas: un enemigo perfecto, Hoover Press).