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La Defensa termina su alegato
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La Defensa termina su alegato | Primer Informe

Al retirarse del principal puesto del Pentágono, Robert Gates da una advertencia desalentadora: EE UU está perdiendo el control.

Por John Barry y Tara McKelvey

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“El presidente Obama tenía la estrategia correcta y los recursos adecuados en Afganistán,
pero para hace ocho años”, dice Gates.

 

A bordo del jet del Pentágono en su último viaje al extranjero como secretario de Defensa, Robert Gates se da un momento para mirar al horizonte estadounidense y la vista es funesta: EE UU está en peligro de perder su supremacía en la escena global, dice él.

“He pasado toda mi vida adulta con Estados Unidos como una superpotencia, una que no tenía ningún reparo en gastar lo que se necesitara para sostener esa posición”, dice él a NEWSWEEK, sentado en el centro de comunicaciones estratégicas del Boeing E-4B. “No tenían que mirar por encima del hombro porque nuestra economía era tan fuerte. Ésta es una época diferente”.

Una pausa.

“Para serle sincero, ésa es una de las muchas razones para que sea la hora de retirarme, porque francamente no puedo imaginarme siendo parte de una nación, parte de un gobierno al que están obligando a restringir notablemente nuestro compromiso con el resto del mundo”.

Tal aseveración —bastante asombrosa en el líder de la fuerza de combate suprema del mundo— podría dejar a la administración abierta a acusaciones de no creer en la excepcionalidad estadounidense, una oportunidad que el Partido Republicano ya trata de explotar. Pero por estos días Gates está menos preocupado por el fuego cruzado político y más enfocado en el legado de su propia gestión, la cual fue el puente entre las presidencias de George W. Bush y Barack Obama.

Él está determinado a definir su propio legado como jefe del Pentágono, y ansioso por hacerle frente a una de las críticas más sonoras de su gestión: la creencia entre muchos liberales y algunos conservadores de línea dura respecto al presupuesto, de que en una época de endeudamiento grave, él no ha estado dispuesto a recortar lo suficiente de un presupuesto de defensa inflado por una década de guerra.

No espere que él se disculpe. En la mente de Gates, son los otros líderes políticos con menos experiencia los que están confundidos.

“El Congreso se mete en todos lados”, dice Gates en cierto momento. “Y los republicanos son un ejemplo perfecto. O sea, tenemos a los de línea dura respecto al presupuesto y a los de línea dura respecto a la defensa dentro del mismo partido. Y así, pienso que no hay consenso sobre un papel en el mundo”.

Gates, quien será sucedido por el jefe de la CIA, Leon Panetta, recibe elogios bipartidistas por restaurar la moral en el Pentágono y, aun más importante, mejorar las relaciones con el Congreso, el cual se había vuelto desconfiado con el Departamento de Defensa durante la época de Rumsfeld.

Al ser el puente de dos administraciones, Gates recibe el crédito por estabilizar a Irak, aun cuando las decisiones claves que llevaron al éxito —un aumento de tropas y la designación del general David Petraeus para que supervisase la estrategia— fueron anteriores a su llegada.

Petraeus dice que Gates sabía que su verdadera contribución sería ganarle tiempo a Washington para que la estrategia tuviese éxito. “Su lugar de combate es Irak. Mi lugar de combate es Washington”, Petraeus recuerda que Gates le dijo.

Gates concede que a veces estuvo en el lado equivocado de un problema. Por ejemplo, fue reticente al uso de tropas de tierra para matar a Osama bin Laden, argumentando que Obama debería optar por un ataque aéreo en su lugar. Gates dudó porque temía una repetición del intento fallido en 1980 para liberar a rehenes estadounidenses en Irán, en el que murieron ocho militares estadounidenses. “Fui muy explícito con el presidente en una de las discusiones”, acepta Gates. “Yo dije: ‘Señor Presidente, quiero dejar las cosas claras. Dada la experiencia, yo podría ser demasiado cauteloso, ya sabe”.

Obama desoyó la decisión de Gates, poniéndose del lado de quienes querían desplegar a la élite SEAL de la Armada, asegurándose la mayor victoria en los 10 años de la guerra contra el terrorismo.

Más que una figura transformativa, una descripción más precisa de Gates tal vez sería “una mano firme al volante”, dice Michael Noonan, del Instituto de Investigación en Política Exterior.

“No pienso que los logros [de Gates] merezcan la reputación elevadísima de la que él goza al dejar el cargo”, dice Paul Pillar, un ex alto analista de la CIA. “Gates desde hace mucho ha tenido la habilidad para cultivar su propia reputación”.

Pillar recuerda que Gates, durante sus días en la CIA, “siempre decía: ‘Voy a poner en cintura a esta organización’. Todo lo bueno que suceda, será porque ‘soy la cabeza de la organización’. Todo lo malo puede ser atribuido a la ‘resistencia institucional’”.

Cuando Gates se hizo cargo del Pentágono en diciembre de 2006, rápidamente demostró la perspicacia diplomática y política que adquirió mientras ascendía en la comunidad de inteligencia como el primer oficial de carrera en ser director de la CIA.

Por ejemplo, mire su decisión de cortejar a Hillary Clinton cuando ella asumió el cargo de secretaria de estado en 2009. Al ser uno de los pocos altos vestigios de Bush en la nueva administración de Obama, Gates estaba más que consciente de las tensiones entre los departamentos de Estado y Defensa, desarrolladas durante la guerra en Irak. Él invitó a Clinton a su oficina del Pentágono y los dos almorzaron en una mesa que perteneció al presidente confederado Jefferson Davis cuando éste era secretario de guerra de EE UU.

“Yo sólo le dije a ella, con base en mi experiencia, que el buen desempeño de la administración dependería en mucho de cuán bien nos lleváramos ella y yo”, recuerda Gates. “Si nos llevábamos bien, el mensaje alcanzaría a toda la burocracia, no sólo a nuestras propias burocracias sino también al resto del gobierno. Ella lo entendió por completo”.

Gates hizo un cortejo calculado —y más público— a toda la agencia de ella. “Leí en la prensa, y por lo tanto debía ser cierto, que ningún secretario de defensa había sido citado jamás argumentando a favor de un mayor presupuesto al Departamento de Estado”, alardea Gates ahora.

La estrategia funcionó. Clinton y Gates tratan de reunirse en privado dos veces a la semana para resolver las diferencias entre sus departamentos, y al trabajar con una generación más joven, los dos han creado un vínculo.

“Hillary y yo nos autonombramos “el comité de los viejos”, bromea Gates. “Y he de decir que ésta es la primera vez en mi vida que he trabajado para un presidente que era 20 años más joven que yo”.

La gestión de Gates también tuvo momentos difíciles. Hace tres años, rechazó las peticiones del general David McKiernan, por entonces su alto comandante en Afganistán, de más tropas, creyendo que no había recursos suficientes. Gates mantuvo el curso hasta 2009, cuando argumentó a favor del aumento de tropas que ahora parece haber parado a la insurgencia.

Gates admite una similitud histórica con la Guerra de Vietnam. “Hay un paralelo que yo considero apropiado, y es que dimos con la estrategia correcta y los recursos adecuados muy tarde en el juego”, dice Gates. “El presidente Obama, pienso yo, tenía la estrategia correcta y los recursos correctos en Afganistán, pero para hace ocho años”.

En Afganistán, Gates deja detrás de sí una labor difícil y sin terminar: convencer al Congreso y a los estadounidenses hartos de la guerra que cualquier gran retirada de EE UU debería retrasarse un año, una prórroga que buscan los comandantes militares en el lugar. Asimismo, Gates no estará por aquí durante lo que podría ser el aspecto más delicado de la estrategia de salida: tratar de mediar una reconciliación entre los talibán y los partidos afganos gobernantes y alineados con EE UU.

“No estoy diciendo que todo quedará resuelto”, dice Gates. “Sólo digo que podría empezarse un diálogo serio para finales de este año”. Pero, admite él, “pedir otro año es difícil”.