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| Después del Hermano Mayor viene la Hermana Menor |
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Después del Hermano Mayor viene la Hermana Menor La nueva premier de Tailandia es elegante y dura. POR LAWRENCE OSBORNE HASTA AHORA, YINGLUCK SHINAWATRA, primera mujer electa premier de Tailandia, había sido un personaje casi anónimo en la escena de su país y durante sus entrevistas televisadas ha proyectado siempre la típica imagen de la mujer tailandesa: diestra, un poco dura, sutil, de gesticulación mesurada e imperturbable, y un encanto calculadamente ingenuo —todo lo cual promete una interesante actuación en el escenario mundial. A la vez formal y femenina, dinástica e individual, la nueva premier se suma a las filas de Golda Meir, Margaret Thatcher e Indira Gandhi sin pasar por la guerra de sexos de sus homólogas estadounidenses ni caer en la rígida asexualidad de Angela Merkel.
Con su plácida aceptación del negocio de “entretenimiento sexual”, Tailandia a menudo confunde al turista haciéndole creer que sus ciudadanas disfrutan de poca independencia o condición social. Nada más alejado de la realidad. Shinawatra no es una atracción circense y tampoco tiene que serlo, pues ha logrado sus propósitos por la vía del disimulo y el apremio —de hecho, hace tres meses ni siquiera se la identificaba como figura política. A todas luces, no fue electa sólo por sus méritos ya que su hermano mayor es nada menos que Thaksin Shinawatra, la pesadilla de la política thai. El antiguo primer ministro, derrocado por un golpe de Estado en 2006, ha jurado que regresará de su exilio en Dubái para reivindicarse. Tal vez su hermana menor pueda darle una mano. Al preguntarle a la joven Shinawatra si es un clon de su poderoso hermano, la flamante premier responde sin la menor vacilación: “Lo soy, pero sólo en cuanto se refiere al razonamiento lógico”; y cuando un interlocutor masculino sugiere que su feminidad será clave para lograr la reconciliación de un país escindido por conflictos y el descontento masivo, vuelve a responder afirmativa y enigmáticamente: “Diálogo femenino bidireccional”, deslumbrándolo con una sonrisa encantadora, mientras su mirada lo recorre como si maquinara la manera de atravesarlo con la aguda punta de un alfiler. Podría decirse que tiene el encanto mortal del jujitsu. Yingluck Shinawatra estudió su carrera en la Facultad de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad de Chiang Mai e hizo una maestría en administración pública en la Universidad Estatal de Kentucky. Apenas el 16 de mayo pasado fue electa presidenta del Partido Pheu Thai (PTP), aun cuando previamente había rechazado esa distinción (recordemos que la organización fue fundada hace sólo tres años). El PTP es la reencarnación de un partido anterior conocido como Thai Rak Thai, el cual fue disuelto cuando el sangriento golpe militar lo expulsó del poder junto con Thaksin, tras lo cual las fuerzas armadas impusieron al actual partido gobernante (Demócrata) con Abhisit Vejjajiva a la cabeza. A ojos vistas, la repentina preeminencia de la joven Shinawatra no es tan meritocráticamente neutral como parece; y dado que Thaksin siempre ha jurado regresar, la arrolladora victoria de su hermana bien podría marcar la hora de abordar un avión en Dubái y volar a Bangkok. Después de todo, no perdió el poder a raíz de un sufragio y desde su caída, el país ha estado en continua efervescencia. Tailandia es una sociedad muy singular en el mundo contemporáneo: una monarquía budista theravada con un sistema parlamentario, donde el soberano (ardiente clarinetista) es reverenciado como la encarnación viviente del dios hindú Visnú y gobierna por lesa majestad sobre una economía hedonista, obsesionada con la tecnología y centrada en una de las culturas urbanas más sofisticadas del planeta. Y justo en eso estriba el problema, pues el corazón agrícola de la nación es incompatible con su cerebro urbano. Thaksin ascendió al poder en 2001, en hombros del resentimiento rural populista y la implementación de reformas agrarias. Durante su mandato, emprendió una brutal guerra sin cuartel contra los narcotraficantes, ajusticiando dos mil 500 de ellos extrajudicialmente y de paso, aplicó la misma mano dura a la insurgencia islámica del sur de Tailandia, todo lo cual le volvió inmensamente popular entre los pobres y los habitantes del norte. Así mismo, Tailandia se convirtió en escenario de una peculiar guerra civil entre dos bandos: los “rojos”, simpatizantes de Thaksin salidos del sector rural más pobre; y los “amarillos”, mayormente militares, monárquicos, liberales de la clase media urbana y profesionales arraigados en Bangkok. El año pasado, un improvisado ejército de rojos ocupó gran parte del centro de la ciudad, cerca del Altar Erawan, donde casi 100 personas murieron al ser repelidas por las fuerzas armadas. Algún tiempo antes, en noviembre de 2008, me conté entre los que quedaron atrapados en el aeropuerto internacional de Bangkok mientras hordas de amarillos tomaban la torre de control, coreando la consigna “¡Martirio! ¡Martirio!”. Dígame usted, ¿quién es peor o mejor? Entre ambos frentes se encuentra ahora la primera tailandesa electa al cargo de premier: conciliadora, encantadora, ajena al escándalo, capaz de romper el estancamiento en virtud, quizá, de su sexo (al menos, eso esperan los sentimentales). Por lo pronto, lo más factible es que su condición femenina la convierta en la típica celebridad instantánea de nuestros tiempos, pues posee el encanto para cautivar a los medios con una desenvoltura fincada en la tradición, de suerte que mientras Nancy Pelosi nos golpea con una pala mental, Shinawatra nos sirve una bebida y pregunta por la salud de nuestras madres. No obstante, si la condición de mujer sirve de algo a Shinawatra, lo mismo podemos decir de su clase. Descendientes de inmigrantes chinos establecidos en Chiang Mai y un vástago de la nobleza thai, los Shinawatra son una familia que hizo fortuna con cosas como el “tributo agrícola”, seda y construcción. La rama china adoptó el apellido thai Shinawatra, que significa “acción rutinariamente apropiada” —ironía que no ha pasado inadvertida a los incontables enemigos de Thaksin. Lert, padre de los dos premieres, fue un prominente político de Chiang Mai que después se convirtió en empresario y propietario de salas de cine y huertos de naranja. Heredero de una de las familias más acomodadas y poderosas de Chiang Mai, Thaksin construyó un imperio propio al estilo de Donald Trump, beneficiando indirectamente a su hermana. Sin embargo, lo más interesante de la victoria electoral de Yingluck es que se apoderó tan completamente del voto de los pobres que ahora se le considera la “candidata del pueblo”, el avatar aparente de una transformación desde las bases, la Juana de Arco de los desposeídos rurales —cosa que puede no ser cierta, pero perdurará algún tiempo como un mito conmovedor. La nueva primera ministra tiene alma de empresaria, pues creció en el seno de “Shinawatra, Inc.” asimilando sus métodos y esquemas mentales, al extremo de que sus palabras predilectas son “administración” y “organización”. A diferencia de otras celebridades tailandesas, rara vez se la ha visto haciendo el ridículo en centros nocturnos, pero muchos se complacen en señalar que es “mona” y jovial tanto, que se ha sugerido que no es hermana de Thaksin, sino una prima lejana obligada a interpretar el papel (“¡Tonterías!”, replica la mandataria, haciéndose eco de Obama. “Puedo mostrarles mi acta de nacimiento”). Como parte de su campaña, Yingluck prometió erradicar las drogas en cuestión de un año y ahuyentar el fantasma de la pobreza en cuatro, utilizando para ambos esfuerzos las habituales “guerras” que tan estrepitosamente han fracaso en otros lugares. Por lo demás, su objetivo primario es ayudar a sanar al país. Es posible que, finalmente, el espíritu conciliador thai haya encontrado una encarnación simbólica adecuada; al menos eso sugieren la mesurada conducta y la astuta deferencia de la nueva premier. Y como ella misma dice, con una sonrisa que cualquiera juraría que no es ensayada y no obstante, refleja una exquisita corrección: “El estilo será mi estilo”. Quizá sea una terrible amenaza velada, pero al menos nos hará sentir bien durante un tiempo. Osborne es autor de Bangkok Days (Farrar, Straus and Giroux).
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