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| Una década en fuga |
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Por Christopher Dickey, Ron Moreau y Sami Yousafzai
El general Ashfaq Parvez Kayani, el hombre más poderoso en Pakistán, miró fijamente la plaza de armas del equivalente de West Point en su país. Fila tras fila de cadetes graduados estaban inmaculadamente firmes con sus boinas verdes y uniformes caqui, sus botas cubiertas con impolutas polainas blancas. “La columna de los terroristas ha sido destruida, y si Dios quiere, pronto prevaleceremos”, dijo el jefe del Ejército a los futuros comandantes.
Nueve noches después, después de la medianoche el 2 de mayo, la gente en el poblado de Abbottabad escuchó el revoloteo sordo de los rotores de helicópteros y las explosiones de un combate cuando los SEAL de la Armada de EE UU descendieron detrás de esos altos muros. En menos de 40 minutos, Bin Laden estaba muerto. Cuando el Presidente Barack Obama anunció el asesinato esa noche en Washington, EE UU estalló en celebraciones. “¡La guerra contra el terrorismo ha terminado!”, gritó Jake Diliberto, un ex marine y opositor a la actual ocupación estadounidense de Afganistán, fuera de la Casa Blanca. Pero la euforia era casi ciertamente prematura. “No se ha terminado en absoluto”, dice un alto oficial de la inteligencia estadounidense que ha rastreado a Bin Laden por casi dos décadas. Pocas luchas han sido tan complejas y frustrantes como la campaña global para erradicar a Al Qaeda. Y nada ha dejado esto más en claro que la larga cacería del mismísimo Bin Laden. Esa cacería ha llegado a un final, acompañada de una lluvia de alivio y júbilo. No obstante, quedan algunas preguntas amargas, al igual que la necesidad de una intensa autocrítica nacional: ¿por qué nos demoramos tanto? ¿Simplemente no teníamos suerte, o a menudo fuimos torpes y cautelosos en extremo? Después de todo, los funcionarios estadounidenses tuvieron consciencia de su potencial para los problemas a principios de la década de 1990. Él estuvo activo en la guerra contra los soviéticos en Afganistán, pero después de que los rusos se retiraron en 1989, él salió a buscar nuevos objetivos. Se mudó a Sudán y empezó a financiar movimientos terroristas por todo el mundo árabe. Washington presionó al régimen del líder sudanés, Omar Bashir, hasta que Bin Laden fue expulsado en 1996. “Lo queríamos fuera de Sudán”, dice el alto oficial, quien lidió con el caso y cuya posición actual no le permite hablar oficialmente. “La cuestión era dónde iría él, y quién lo recibiría”. Bin Laden terminó regresando a Afganistán, donde rápidamente se alió con el mulá Mohammed Omar, cuyos combatientes talibanes estaban en proceso de
obtener el control sobre el país destrozado por la guerra. “Debimos dejarlo en Sudán”, dice el oficial. “Podíamos trabajar con Bashir. No podíamos con Omar”. Ahora Bin Laden tenía un nuevo santuario, y grandes planes sobre cómo usarlo. Él dictó lo que llamó una “declaración de guerra” contra Occidente, y cuando pocas personas tomaron nota, dictó lo que llamó una fatwa —un edicto religioso— aprobando el asesinato de “cruzados”, o sea estadounidenses y judíos, en cualquier parte del mundo. Unió fuerzas con un líder terrorista egipcio llamado Ayman al-Zawahiri, y así nació Al Qaeda como la conocemos. La CIA vio lo que estaba pasando, pero estaba dolorosamente corta de dinero y personal. La agencia había sufrido un escándalo tras otro. Había sido penetrada por agentes rusos. Voces poderosas en el capitolio cuestionaban si todavía había necesidad de la agencia. Los oficiales de caso que administran los recursos humanos de inteligencia son vitales cuando se rastrea a alguien como Bin Laden, pero en 1996 sólo había seis oficiales de caso en entrenamiento para misiones en cualquier parte del mundo. Así, la agencia trató algo nuevo: montó una estación especial de la CIA ubicada en Virginia, enfocada en un solo hombre: Osama bin Laden. La cacería comenzó en serio. Luego, bombardeos suicidas simultáneos golpearon las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania en agosto de 1998, matando a más de 200 personas e hiriendo a miles. En represalia, el Presidente Bill Clinton ordenó ataques con misiles crucero contra objetivos en Sudán y Afganistán, incluido un campo de entrenamiento donde se pensó que podrían alcanzar a Bin Laden. Sin embargo, el escapó ileso. Los críticos de Clinton acusaron al presidente de tratar de distraer la atención del escándalo de Monica Lewinsky. Según Paul Pillar, quien por entonces estaba en el Centro de Contraterrorismo, se trazó un plan para capturar a Bin Laden. Pero altos funcionarios de la administración, incluido George Tenet, el director de la CIA en ese tiempo, se negaron a suscribirlo. “Llegó al punto en que todo estaba preparado, listo para arrancar, reduciéndose a la decisión final de si aprovechábamos la oportunidad”, dice Pillar, “y la decisión final fue no”. El plan dependía de agentes locales, no de estadounidenses, y el riesgo de fracasar parecía demasiado alto.
En 2000 se dio otro ataque de Al Qaeda: un bombardeo suicida en Yemen que mató a 117 trabajadores estadounidenses a bordo del USS Cole. La CIA y el FBI siguieron pistas por todo el mundo, buscando a los terroristas responsables, pero omitieron a un grupo de agentes de Al Qaeda que asistían a escuelas de vuelo en Estados Unidos. Y el 11 de septiembre de 2001, Bin Laden golpeó otra vez. En cuestión de semanas, las fuerzas estadounidenses y sus aliados afganos derrocaron al gobierno de los talibanes y cercaron a Bin Laden en las montañas desoladas de Tora Bora, cerca de la frontera con Pakistán. Pero de alguna manera se escapó. El primer ministro británico Tony Blair, el aliado más cercano de Bush, recuerda la sensación intensa de frustración. “La cacería estaba en marcha, la búsqueda estaba en marcha”, dice él. “Pero las semanas se convirtieron en meses, se convirtieron en años. A la gente le costaba creer que alguien pudiera desaparecer de la faz de la tierra, que pudiera simplemente hundirse en la oscuridad”. ¿Adónde se había ido Bin Laden? La mejor conjetura parecía ser las montañas de la provincia de Kunar, al este de Afganistán: remotas, escasamente pobladas, carentes de buenos caminos, entrecruzadas por veredas de contrabandistas, y en gran medida cubiertas de árboles perennes y arbustos (al contrario de las colinas más abiertas y en gran medida sin árboles en el lado pakistaní de la porosa frontera). “Es imposible entrar en las áreas donde se oculta Al Qaeda”, dijo el coronel Abdul Saffa Momand, por entonces jefe de la policía de Kunar, a NEWSWEEK en 2003. “Incluso desde un helicóptero, uno sólo ve montañas, rocas y árboles”. Khan Kaka, un hombre de barba gris y casi sin dientes que vive en una casa de adobe con una puerta de pino curtida por el clima, dijo a NEWSWEEK en 2003 que su yerno, un argelino, era un alto guardaespaldas de Bin Laden y traía noticias desde el escondite cada pocos meses. Al preguntarle dónde estaba Bin Laden por entonces, Kaka sonrió y señaló silenciosamente hacia los 12,000 pies de cimas que rodeaban el valle: allí arriba. Pero “allí arriba” tal vez no haya sido lo suficientemente lejos. A finales de 2004, un centinela de Al Qaeda cerca del campamento de Bin Laden vio a una patrulla de soldados estadounidenses que parecía encaminarse directamente al escondite del líder de Al Qaeda. Rápidamente se corrió la voz entre los cuarenta y tantos guardaespaldas de Bin Laden. Como después lo contó un agente egipcio de Al Qaeda, el nivel de ansiedad creció tan alto, que los guardaespaldas se prepararon para emitir la palabra clave para matar a Bin Laden y suicidarse, de acuerdo con su decreto de que nunca sería capturado. La palabra secreta nunca se dio. Como lo observó el centinela de Al Qaeda, la patrulla se movió en una dirección diferente. Los hombres de Bin Laden concluyeron que sólo fue un accidente que los soldados casi hayan tropezado con su escondite. (Un ex oficial estadounidense de inteligencia dice a NEWSWEEK que estuvo al tanto de los reportes oficiales sobre este incidente.) Tras salvarse por los pelos, Bin Laden redujo su personal de seguridad y empleó sólo árabes fieles, según Omar Farooqi, un enlace de los talibanes con Al Qaeda. Un funcionario militar occidental que ha trabajado en ambos lados de la frontera afgana-pakistaní, dice a NEWSWEEK que Bin Laden tal vez hubo desplegado pequeños grupos de guardaespaldas como señuelos a lo largo de la frontera, cada uno con la misma “firma”: pequeñas cuadrillas de seguridad, herméticas, que decían poco a los pobladores locales, siempre en movimiento. Ésa es una campaña perfecta de desinformación, dice el funcionario. Los lugareños cercanos empezaron a murmurar que Bin Laden debía estar en los alrededores. “Se corría la voz de que debió haber sido él”, dice él. “Nosotros reaccionábamos. Esto nos alejaba de la pista y nos hacía perder recursos siguiendo pistas falsas. Y es una manera barata y sencilla de hacerlo”. En Washington, la frustración era casi palpable. Los SEAL de la Armada de EE UU y otros equipos de Operaciones Especiales montaron repetidas misiones en las montañas escabrosas de Kunar, sólo para regresar con las manos vacías. En junio de 2005, el presidente Bush aprobó lo que se llamó Operación Redwing. Uno de los que estaban en la misión había trabajado con Frances Townsend, asesora de Seguridad Nacional. El objetivo era capturar a un líder talibán, el cual se suponía que sabría dónde se ocultaba Bin Laden. Pero la operación se vio comprometida durante una patrulla de reconocimiento cuando se cruzaron con unos pastores. Después de que los estadounidenses los dejaron ir, los pastores avisaron a los talibanes, quienes rápidamente lanzaron un ataque, matando a tres de los cuatro estadounidenses. Otros 16 soldados estadounidenses de Operaciones Especiales, incluido el teniente comandante Erik Kristensen, hijo de un almirante, murieron cuando su helicóptero fue derribado al tratar de rescatar al único sobreviviente. Townsend dice que su recuerdo más intenso del acontecimiento fue “escribir cartas a las familias de los que fueron asesinados”. En 2006, los estadounidenses pensaron que tenían otra pista, una fotografía granulosa de alguien que se parecía a Bin Laden, supuestamente tomada en las áreas tribales de Pakistán. Pero el gobierno pakistaní dio excusas, en vez de seguir la pista. En 2007, otra pista parecía prometedora, cuando una fuente previamente confiable afirmó tener el itinerario de Bin Laden. Se enviaron unidades a interceptarlo, pero regresaron con las manos vacías. Para entonces, los funcionarios de EE UU creían ahora que su presa se había mudado a una casa de campo en Abbottabad, ocultándose bajo las narices de los militares pakistaníes. Todo lo que tuvo que hacer fue adoptar el perfil más bajo y rara vez, si acaso, salir de la casa. (Cuando niños locales patearon un balón de futbol por encima del muro, se les dio dinero en lugar de permitirles recuperarlo. Cuando enfermeras locales de la salud pública hacían rondas para revisar a las mujeres, siempre eran rechazadas.) Pero tal vez lo más importante sea que Bin Laden no permitió teléfonos o conexión a internet dentro del complejo. Él había aprendido por amarga experiencia que la clave para la supervivencia era interrumpir todas las comunicaciones electrónicas. Tanto su jefe de operaciones, Khalid Sheikh Mohammed, y el reemplazo de KSM, Abu Faraj al-Libi, fueron rastreados por la inteligencia estadounidense usando un sofisticado equipo de intercepción electrónica y de escucha. “Cada vez que él nombraba un ‘No. 3’ que tenía que comunicarse con el mundo exterior, eso acortaba la vida del tipo”, dice Townsend, “y Bin Laden se percató de esto”. Pero siguió usando a mensajeros confiables para que entregaran en mano mensajes a y de sus tenientes en el campo. Desde la década de 1990, las agencias estadounidenses de inteligencia sabían que Bin Laden usaba este método. “La idea de que los mensajeros serían la clave para encontrarlo estuvo allí desde el comienzo”, dice Jane Harman, quien estuvo en el comité de inteligencia de la Cámara de Representantes cuando la cacería comenzó en serio después del 11/9 y ahora está en la junta de directores de The Newsweek/Daily Beast Company. No fue sino hasta 2007 que una investigación paciente e interrogatorios interminables finalmente produjeron la identidad del mensajero en quien más confiaba Bin Laden, un hombre que usaba el nombre de batalla de Abu Ahmed al-Kuwaiti. Sin embargo, para entonces la CIA había desarrollado la gente que necesitaba para la labor de rastrear sus movimientos. Por años, la CIA había “producido en serie oficiales de caso”, dice Townsend. Ahora muchos de ellos tenían el tipo de experiencia necesario para la última fase de la cacería, la cual tomó meses de vigilancia en las calles, junto con fotos satelitales y monitoreo electrónico de los movimientos de Abu Ahmed. Mientras se concluían las negociaciones para liberar a Raymond Davis, contratista de la inteligencia estadounidense, el 14 de marzo, el director de la CIA, Leon Panetta, le presentó al Presidente Obama tres opciones para atacar el complejo de Bin Laden: un ataque con un bombardero furtivo B-2 que lo destruiría, un ataque de Operaciones Especiales, o un asalto combinado de fuerzas estadounidenses y pakistaníes. Obama optó por la segunda opción. No quería que quedaran dudas respecto a si Bin Laden estaba muerto, y nadie confiaba en que los pakistaníes no filtraran lo que se planeaba, y tal vez incluso decírselo a Bin Laden. En la mañana del domingo 1 de mayo, Obama jugaba nueve hoyos de golf, en vez de sus 18 habituales, y regresó a la Casa Blanca. Él y otros altos funcionarios, incluidos el vicepresidente Joe Biden, el secretario de defensa Robert Gates, y la secretaria de estado Hillary Clinton, observaron cautivados, y a veces horrorizados, mientras las cámaras de vídeo de las fuerzas especiales transmitían la acción a Washington. Panetta lo observó en las oficinas centrales de la CIA en Langley, Virginia. Los SEAL peinaron la casa piso por piso, cuarto por cuarto. Cuando legaron al piso superior, el hijo de Bin Laden salió a las escaleras, blandiendo un arma. Lo derribaron. Cuando entraron a la recámara, la esposa de Bin Laden corrió hacia ellos. Le dispararon en una pierna. Y luego estaba allí el hombre, desarmado y vestido con un shalwar kameez holgado. “Geronimo”, reportó uno de los SEAL, usando el nombre clave dado al terrorista más buscado del mundo. Bin Laden recibió una bala en el pecho. Luego otro en la cabeza. “Geronimo EKIA”, decía el reporte oído en Langley y la Casa Blanca. Enemigo muerto en acción. Helicópteros de EE UU recogieron a los SEAL y el cuerpo de Bin Laden. Era la 1:15 en la madrugada del 2 de mayo en Pakistán. Los helicópteros volaron a la base aérea de Bagram en Afganistán, donde el cuerpo fue identificado de manera concluyente. Algunas horas después fue enterrado en el mar. Ningún santuario marcará jamás su tumba. La cacería había terminado.
Con John Barry, Mike Giglio, R. M. Schneiderman y Nazar Ul Islam |





Los líderes de los rangos saludaron, sus espadas desenvainadas refulgiendo en el sol. Osama bin Laden tal vez haya oído el desfile, y tal vez incluso el discurso. Él estaba escondido en una casa de campo de tres pisos dentro de un complejo de altos muros calle abajo.
