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| Sorpresa saudí: Renegadas |
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Con protestas multitudinarias para exigir la liberación de sus familiares encarcelados, las mujeres están causando gran nerviosismo al régimen.
Por Mike Giglio
Una reciente mañana dominical, Dana al-Reshoudi (50 años), profesora de economía doméstica, pidió a su hijo que la condujera en auto a la capital saudita de Riyadh, situada a unos 350 kilómetros de su hogar en la ciudad-oasis de Buraydah. El hombre se detuvo frente al Ministerio del Interior, pirámide invertida que se eleva como fortaleza futurista y tras dejarla en la entrada, se alejó rápidamente.
Aquel 20 de marzo, Reshoudi se presentaba en el gigantesco edificio para abogar una vez más por su padre de 74 años, Suleiman al-Reshoudi, conocido juez y defensor de la democracia quien, hace cuatro años, fue arrestado y encarcelado sin juicio previo. La mujer entregó el teléfono celular a un guardia y se sometió a un registro; luego cruzó la reja de entrada y pasando frente a un grupo de nerviosos policías, fue a reunirse con un nutrido grupo de mujeres que, en circunstancias similares, habían ido a exigir la liberación de esposos, padres, hermanos e hijos, muchos de ellos encarcelados hace años sin una acusación formal.
Parientas de un militante detenido en un “centro de rehabilitación” de Riyadh,
Junto a ellas había un autobús blanco. Un policía informó que un funcionario de ministerio se encontraba esperándolas en otro extremo del edificio para hablar con ellas y el vehículo les evitaría la larga caminata bajo el ardiente sol. Reshoudi abordó el autobús con unas 30 compañeras y las demás se distribuyeron entre varias camionetas. El transporte dio vuelta en U y cruzó la salida del recinto.
Mientras viajaban a gran velocidad con dirección sur por la avenida Rey Fahd, Rashoudi observó que el edificio ministerial se perdía a sus espaldas y comprendió entonces que habían caído en una trampa. Escoltado por patrullas policiales, el autobús ni siquiera rompió su carrera en los semáforos de la ruta que ya todas conocían debido a sus frecuentes visitas a Al-Hair, prisión de máxima seguridad. Las mujeres comenzaron a gritar y llorar.
Un poco más adelante, frente a otra reja del ministerio, centenares de hombres habían montado una manifestación parecida que, según los activistas, la policía no tuvo dificultad en controlar de la forma habitual –arrestando a muchos, a veces con violencia y dispersando a los demás. Sin embargo, las mujeres eran un problema para las autoridades, pues debían proceder con cautela para evitar acusaciones de brutalidad. Las sauditas son prisioneras virtuales en su país. Necesitan la autorización de un hombre para trabajar, viajar al exterior o presentar una denuncia policial; pueden ser arrestadas por conducir o sentarse en una cafetería con un varón ajeno a la familia. El gobierno argumenta que semejantes medidas fueron diseñadas para proteger al “sexo débil” en un reino donde el Corán es la ley. No obstante, cuando las mujeres levantan alguna protesta, las autoridades quedan en situación comprometida. Como dice Rashoudi, la idea misma de una manifestación es vergonzosa para el ministerio. “Es difícil que las mujeres salgamos a las calles para exigir algo”, informa. “Pero cuando lo hacemos, siempre se trata de algo muy importante”.
Comparado con las convulsiones disidentes que sacuden a otros gobiernos autocráticos de Medio Oriente, el régimen saudita apenas ha experimentado ligeros estremecimientos. A diferencia de Egipto, donde el clamor del ciberespacio precipitó protestas masivas en las calles, la instigación cibernética en Arabia Saudita ha derivado en oleadas de represión policiaca. Y mientras los reformadores prosiguen su curso (peticionando al rey Abdullah y aguardando pacientemente una respuesta), pequeños sectores de la población femenina montan protestas para desafiar al régimen con una nueva e inesperada variedad de resistencia que es difícil de someter. El mes pasado, docenas de agrupaciones femeninas de todo el país acudieron a registrarse para las elecciones municipales del próximo otoño, protestando por la prohibición que pesa sobre las posibles electoras y las candidatas. Entre tanto, en una manifestación independiente, grupos de profesoras se dieron cita para exigir mejores empleos y salarios. Con todo, las parientas de prisioneros políticos son quienes tienen mayores motivos de queja y por ello, algunos activistas confían en que puedan ejercer verdadera presión sobre el gobierno.
Las organizaciones para defensa de los derechos humanos afirman que en Arabia Saudita hay 30 mil reos políticos, en su mayoría varones. Sin embargo, es imposible calcular la cifra real porque, para empezar, no existe una identidad clara para los prisioneros políticos. Aunque miles de disidentes del autoritario Egipto fueron encarcelados bajo una ley de emergencia de amplio alcance, el reino saudita no cuenta con un código penal escrito. “Los fiscales, los jueces o el rey determinan qué se considera un delito y la definición puede cambiar de un día para otro”, acusa Christoph Wilcke, importante investigador de Human Rights Watch para Medio Oriente, agregando que, últimamente, el Ministerio del Interior se ha enfocado cada vez más en los crímenes de intención.
Es más, el régimen saudita niega tener presos políticos. “Los alegatos de reos políticos son falsos”, declara el general Mansour al-Turki, vocero del ministerio, en un comunicado electrónico. “Todo prisionero tiene pleno derecho a un juicio justo y puede contratar un abogado para su defensa… Algunos prisioneros no quieren decir la verdad a sus familiares, y algunas familias no pueden creer la verdad… Arabia Saudita no recure a la policía ni a [las agencias de] inteligencia para acallar al disidencia”.
Cuando un hombre cae en la cárcel, hasta las cosas más triviales se convierten en un suplicio para la esposa –desde inscribir a los niños en la escuela hasta acceder a los fondos familiares. Las únicas fuentes de empleo que tiene a su disposición se encuentran en un puñado de nichos laborales donde impera la segregación por género, como instituciones educativas, salones de belleza u hospitales (los puestos de baja cualificación, como cajeros y vendedores de ropa interior femenina, tienden a quedar en manos de inmigrantes varones), y hasta el burócrata más insignificante puede interrogarla sobre el paradero de su guardián. “Me disgusta profundamente responder hasta la documentación más común y corriente de los ministerios, porque siempre incluye esa pregunta”, dice Nadia al-Youbi, cuyo esposo ha estado en prisión desde hace ocho años. “Es un esfuerzo inútil”.
Sin embargo, el tema de los prisioneros políticos sigue siendo muy incómodo para muchos sauditas y hasta los liberales más notables del país se niegan a abordar el asunto, de suerte que el problema ha recibido poca atención como causa internacional. “Para ser sincero, esa situación me deja perplejo”, confiesa Wilcke. Esa renuencia se debe a que los reos y sus familias no son vistos compasivamente por considerárseles extremistas religiosos y como ejemplo citan a las mujeres que protestaron en marzo con Dana al-Reshoudi, quienes llevaron la modestia a un nivel que trascendió al velo tradicional y negro cobijo de la abaya: muchas llegaron al extremo de velar incluso sus ojos y cubrir sus manos con guantes, reacias a exhibir incluso la piel de sus manos.
El grueso de los presos políticos sauditas se compone de hombres que fueron detenidos en una operación masiva contra el terrorismo tras los ataques 9/11 (15 de los 19 secuestradores de aviones procedían de Arabia Saudita) y la posterior oleada de violencia intestina que aun hoy sacude al país. Aunque entre los detenidos se cuentan algunos activistas por la democracia, como Suleiman al-Reshoudi, hay muchos otros casos debatibles. Uno de ellos es el de Tahani al-Tuwaijri, quien participó en la manifestación del 20 de marzo. Al preguntarle por la causa del encarcelamiento de su marido, respondió que la desconocía porque nunca lo enjuiciaron, aunque mencionó (de pasada) que había visitado Afganistán anteriormente y diseminó en la Web la noticia de “luchas armadas en otras partes”. El mes pasado, el sitio noticioso GlobalPost informó que el Ministerio del Interior saudita había publicado su primer recuento de detenciones producidas por la acción represiva de 2003 reconociendo que, desde esa fecha, había arrestado a más de once mil 500 individuos involucrados en actividades terroristas. Del total, cinco mil 696 seguían en la cárcel y casi tres mil 500 habían sido enjuiciados. “El asunto es muy complicado”, reconoce Khuloud Saleh, ciber-activista por los derechos de la mujer, quien se deslinda de toda alianza con las familias ultra religiosas de muchos reos. “No se trata de un movimiento feminista. [Los extremistas] utilizan a las mujeres y créame, son muy astutos. No confío en ellos”.
A pesar de ello, una mujer como Reshoudi no puede elegir a sus compañeras de protesta. Dada la estricta intolerancia de la disidencia en el país, cualquier tipo de demostración pública es una rareza y el activismo tecnológico liberal que ha impulsado el cambio en Egipto y Túnez, poco resuena en lo que queda de una sociedad aislada y profundamente conservadora. Por ejemplo, en un esfuerzo para introducir la Primavera Árabe en Arabia Saudita, los organizadores recurrieron a Facebook para marcar el viernes 11 de marzo como un “día de ira”, desatando una andanada de comentarios expectantes en Riyadh y Jidda, junto con la agitación de las siempre belicosas poblaciones chiitas de la Provincia Oriental.
La propuesta fracasó. Cuando el ejército y la policía antimotines saudita se encontraban desplegados en las calles para contener la revuelta, sólo apareció un pequeño grupo de manifestantes y así, el temido ministro del interior, príncipe Nayef bin Abdulaziz, declaró con arrogancia que Arabia Saudita era inmune a la agitación de Túnez y Egipto. “Algunos malhechores querían convertir el reino en un lugar de caos y demostraciones, carente de objetivos divinos”, dijo a la agencia Saudi Press, “pero lo único que hicieron fue demostrar que no conocen al pueblo de este reino”. Al día siguiente de su declaración, más de 200 hombres marcharon al ministerio para exigir la liberación de sus familiares cautivos.
Según Robert Lacey, historiador y autor de dos extensos libros sobre Arabia Saudita, los liberales del país difícilmente darán impulso a la disidencia. “Occidente escucha las voces de los liberales y de quienes hablan nuestras lenguas”, explica. “Pero en mi opinión, el fundamentalismo religioso es un movimiento opositor mucho más significativo”. En palabras de Toby Jones, experto en asuntos sauditas de la Universidad Rutgers: “No son los liberales sino los islamitas quienes salen a las calles de Arabia Saudita”.
Mohammad al-Qahtani, educado en Estados Unidos y actual director de la Asociación Saudita para los Derechos Civiles y Políticos (ACPRA, por sus siglas en inglés; importante organismo para la defensa de los derechos humanos en Arabia Sautida) insiste en que todos deben tener derecho a un juicio imparcial, incluso los sospechosos de terrorismo. Empero, también reconoce el potencial de los esfuerzos de las familias de presos políticos. Qahtani restó importancia al llamado para el día de la ira, aun cuando fue bien acogido, argumentando que los sauditas no están listos para un cambio tan grande y repentino. Escindida por los extremos de opulencia y miseria, el fundamentalismo sunita y chiita, y las barreras del género, la nación carece del común denominador indispensable para la reinvención política, de suerte que la única forma de lograr el cambio consiste de una serie de etapas lentas y deliberadas: “El activismo en Arabia Saudita obliga a caminar entre minas de tierra que pueden estallar en cualquier momento”.
Qahtani agrega que las familias de los presos políticos, vinculadas estrechamente con la causa de los reos, podrían verse orilladas a ejercer el tipo de presión que no pueden utilizar los liberales –la cual se intensificará si las mujeres desempeñan un papel prominente. “Tenemos muy pocos liberales auténticos, por así llamarlos”, dice. “Por ello creo que los que más sufren son los que más probablemente saldrán a las calles”.
Qahtani es un experimentado combatiente por los derechos humanos de Suleiman al-Reshoudi y otros presos políticos. A principios de año, conforme se derrumbaban las autocracias de Túnez y Egipto, comenzó a recibir llamadas de parientes de reos políticos –en su mayoría mujeres- y pudo percibir que estaban dispuestos a movilizarse. Y tuvo razón: en febrero, un grupo de 50 mujeres hizo una manifestación a las puertas del Ministerio del Interior. Aunque las participantes pasaron aquella noche en prisión, sus acciones recibieron una importante cobertura mediática.
El imponente edificio del Ministerio del Interior, en Riyadh, encarna el
No se sabe quién organiza las protestas o si las mujeres realmente están tomando la iniciativa. Mohammed Salih Al-Bjady, cofundador de ACPRA y buen amigo de Qahtani, pasó tres meses en prisión durante 2007, acusado de dirigir un levantamiento parecido entre las mujeres de la provincia Al-Qassim, corazón del movimiento fundamentalista wahhabi en Arabia Saudita, y hoy se encuentra nuevamente detenido a resultas de la manifestación masculina montada el 13 de marzo. ¿Es posible que alguien esté asesorando a las mujeres? Qahtani no tiene la menor idea: “¿Hay un líder? Imagino que sí. Tal vez alguien que envía mensajes de texto para instigarlas, para conseguir que el ciclo se perpetúe”. Actúen o no por su cuenta, Dana al-Reshoudi y sus aliadas podrían amenazar el statu quo saudita, sobre todo si los conservadores religiosos y los activistas seglares del país encuentran la manera de fusionarse en una causa común.
Cuando el autobús se detuvo en la prisión de Al-Hair, las horrorizadas manifestantes se negaron a bajar del vehículo, pero amagada por los bastones eléctricos de la policía, Reshoudi finalmente se dejó conducir a una celda, desde donde escuchó los alaridos de sus compañeras y el ruido de las descargas eléctricas. Pasó la noche en prisión, sometida a continuos interrogatorios, hasta que su guardián masculino llegó para firmar en su nombre. Aunque la experiencia fue espeluznante, Reshoudi y las otras mujeres intercambiaron números telefónicos antes de salir, haciéndose la promesa de continuar su lucha. Los mensajes de texto recibidos en los últimos días le informan de una nueva manifestación proyectada para esta semana.
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