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| MI CAMINATA A TRAVÉS DEL VALLE DE LA MUERTE |
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MI CAMINATA A TRAVÉS DEL VALLE DE LA MUERTE Por Janine di Giovanni CUANDO JANINE DI GIOVANNI LLEGÓ A LIBIA, ELLA ESPERABA ENCONTRARSE CON UNA NACIÓN TRIUNFANTE QUE SE REGODEABA EN SU LIBERTAD RECIENTEMENTE OBTENIDA. MÁS BIEN, SE VIO ENFRENTADA POR UNA TIERRA ACECHADA POR LOS FANTASMAS DEL REINO DE TERROR DE GADAFI. CUANDO LLEGUÉ POR PRIMERA VEZ A TRÍPOLI, YA MUY PASADA LA MEDIANOCHE en una calurosa noche de septiembre, manejando desde la frontera con Túnez, el olor a caucho quemado lo impregnaba todo. Cerca de Fashloom, el primer vecindario que se levantó en contra de Gadafi, hay una fila de tiendas llenas de basura y profanadas, y un espantapájaros del dictador cuelga de los cables de electricidad.
También ondea una bandera de la nueva Libia, basada en aquella de los días del rey Idris. Los restaurantes y las tiendas todavía no abren, pero hay vendedores de té con enormes teteras plateadas trabajando en las esquinas de las calles. Incluso a la medianoche, el tránsito es pesado, principalmente por los soldados sentados en la parte trasera de sus camiones, y todos parecen tener un arma de fuego. El sonido de los AK-47 disparando al aire —celebrando, no en guerra— me pone nerviosa. Y es constante.Y la gente regresa cautelosamente. Las fronteras están atestadas con algunos de los millones de expatriados que ahora regresan, después de casi cuatro décadas en el exilio. Se quedan boquiabiertos ante sus viejos vecindarios. Algunos están aquí para descubrir sus propias historias secretas, algunos para abrir viejas heridas, algunos para descubrir exactamente lo que sucedió con las personas que amaban y murieron durante el gobierno de Gadafi. EN UN VECINDARIO sureño de Trípoli, Yarmuk, el hedor de la muerte permanece después de que 45 personas fueron ejecutadas sumariamente.Yarmuk otrora fue un lugar lleno de orgullo por Gadafi, y la base del cuartel político y militar de su hijo Khamis, de 28 años. La suya era la temida Brigada 32ª, una “unidad de protección militar” de élite con 10,000 hombres.El cuartel de Khamis estaba detrás de grises muros de cemento de 12 pies rodeados de alambre de púas, con una entrada enorme rematada con un águila imponente. Los lugareños dicen que fue un intento penoso del hijo de moldear su base según el elaborado complejo del padre, Bab al-Aziziya. Khamis significa “jueves” en árabe, y algunos libios bromean que el hijo de Gadafi tenía un complejo de inferioridad por su nombre, y que había constantes disputas internas entre todos los herederos varones sobre quién sucedería a su padre como el próximo dictador de Libia. Desde hace un mes, se cree que Khamis, o fue muerto en batalla o se ocultó con su padre. Su antiguo complejo ahora está lleno de yerbajos que crecen en el feroz calor mediterráneo. Pero aún permanece el miedo en Yarmuk, porque la gente todavía recuerda cuando se oían disparos en la noche, y el sonido de hombres gritando, en los últimos días de la caída de Trípoli. Hay lugares en el mundo, como Srebrenica en Bosnia, como Hama en Siria, donde los fantasmas de la muerte permanecen mucho después del evento. Uno los huele y los ve incluso antes de que llegue: estos son lugares encantados. En un pequeño campo, parte del complejo, que pertenecía a las Brigada 32ª, un guardia me lleva a un almacén de hierro ondulado, con color de terracota, de aproximadamente 9 por 15 metros. No estoy muy lejos cuando empiezo a experimentar una sensación familiar: algo malvado sucedió aquí.El guardia dice que fue usado para suministros agrícolas; alguien más dice que para suministros automotrices. Hay una camioneta pickup que explotó, con la insignia de la Brigada Khamis, y el campo está repleto de objetos que los prisioneros dejaron atrás —una sandalia sin el par, tal vez perdida en la huida; una bolsa de plástico para artículos de aseo colgada de un clavo en la pared— pero, por lo demás, el lugar es inquietantemente silencioso.Era aquí donde la Brigada Khamis mató a los detenidos —algunos de ellos hombres inocentes— el 23 de agosto. En cierto momento, por lo menos 150 fueron apretujados dentro del almacén, sin agua ni servicios sanitarios, en el calor atroz.
Algunas semanas después, el hedor de la carne quemada me rodea; los huesos calcinados y de un azul grisáceo todavía podían verse; sentí bajo mis pies los restos de los hombres que murieron aquí. Hay hileras de huecos de bala en la puerta y, adentro, un colchón ensangrentado y ropas quemadas. En una esquina hay un puñado de cabellos chamuscados. Afuera está el grafito de los asesinos, garabateado antes de su acto de venganza: “DIOS, KADAFFI Y LIBIA”. Y junto a éste: “MUERTE A LAS RATAS”. “Ratas” fue el apodo que Gadafi dio a los rebeldes combatientes Pero algunos de los hombres ni siquiera eran combatientes: simplemente estuvieron en el lugar equivocado a la hora equivocada. CONFORME LIBIA REGRESA a la vida, empiezan a surgir las historias sobre los últimos días de atrocidades. Uno de los muertos en la masacre de Khamis era un apicultor de 46 años de edad, llamado Abdulhakim Khaditha al-Kabir. Padre de tres hijos. Fue secuestrado el 18 de junio. El crimen de Abdulhakim fue que regresaba a casa desde su granja después del toque de queda cuando fue detenido por los hombres de Khamis. Estuvo en Souq-al-Jumaa, una de las primeras áreas que se levantaron en contra del dictador. Lo acusaron de ser un combatiente rebelde. “Su apiario estaba cerca de Bani Walid”, explica su hermano Khaled, de 41 años, describiendo una ciudad que es uno de los últimos baluartes a favor de Gadafi. “No pienso que él supiera por qué lo pusieron en ese almacén. Pero ahí dentro, fue terrible. Había 150 hombres allí, alimentados cada tercer día, con una botella de agua al día para todos ellos”. En su mayoría eran prisioneros políticos, dice Khaled, incluido un famoso juez que fue encarcelado y luego liberado, simplemente por ser cercano a Mustafa Abdel Jalil, el jefe del Consejo Nacional de Transición (CNT).“Pero la mayoría, como mi hermano, estaba allí por error”, dice Khaled, en su hogar en Trípoli durante un abrasador día de otoño, mientras los hijos sin padre de su hermano juegan en silencio cerca de nosotros.
Huda tenía 22 años cuando su padre, un contador titulado, fue asesinado en noviembre de 1995 por los hombres de Gadafi en Londres, en la tienda de abarrotes que él tenía cerca de Edgware Road, un área poblada por árabes. Fue Huda quien descubrió su cuerpo, acuchillado a morir —“su cara marcada brutalmente, un rencoroso acto final de sus asesinos”— y fue Huda quien tuvo que impedir que su hermano de 14 años entrase en la tienda después de que ella llamó a la Policía. “Yo estaba conmocionada”, dice ella ahora, con la voz emocionada por el recuerdo. “Sólo recuerdo que el teléfono sonaba y sonaba… y trataba de mantener a mi hermano afuera, para que no viera la sangre”.Ali Abuzeid fue el fundador del Frente Nacional por la Salvación de Libia, un grupo antigadafista en el exilio. Pero el dejó el grupo cierto tiempo antes, creyendo que el cambio de régimen no podría provenir de la gente en el extranjero, sino que más bien tenía que ser efectuado por quienes estaban dentro de Libia. Huda, todavía destrozada por el asesinato de su padre adorado, dice: “Él era un hombre de las montañas en el oeste de Libia, un hombre que era respetado por su palabra, un hombre bien apreciado y con mucha fuerza de voluntad”. Encarcelado por un año en Libia en 1976, él tomó a su joven familia y se marchó hacia el Reino Unido, con un botín de millones de dólares por su cabeza. Él debió saber que el régimen de Gadafi lo encontraría un día. “Pasé mi niñez preocupándome por él cada vez que él viajaba”, dice ella, recordando que una vez, en un viaje a Túnez, ella tuvo que marcharse cuando descubrieron que habían enviado a un escuadrón de asesinos para matar a su padre por un intento fallido de derrocar al régimen. Gadafi llamó a su padre un “perro callejero” en uno de sus infames discursos. Los poderes del dictador libio se extendían más allá de su propio país. En las semanas previas a la muerte de su padre, Huda, quien trabajaba para la BBC, notó que él parecía estar peculiarmente agitado. La verdad era que lo habían amenazado en los dos meses previos, pero decidió ocultarle la noticia a su familia.La peor parte de la muerte de su padre fue que sus asesinos quedaron impunes. El caso no fue investigado a fondo, aun cuando Ali era un ciudadano británico para entonces. Oficiales de Policía le dijeron a Huda, de manera no oficial, que “no se les permitía hacer su trabajo apropiadamente”. De hecho, la Policía fue incapaz de tener acceso a los libios que ellos sentían que podían ser los responsables. Y dos semanas después de que su padre fue asesinado, un diplomático libio, Khalifa Bazelya, fue expulsado de Gran Bretaña por espiar a los disidentes libios. La información que después salió a la luz decía que tanto el M15 como el M16 desde hacía mucho sospechaban de actos de violencia de Bazelya en el Reino Unido, pero nunca tuvieron oportunidad de cuestionarlo sobre la muerte de Ali. “Nadie ha dado una descripción adecuada de por qué lo deportaron tan rápidamente ni por qué no lo cuestionaron respecto al asesinato”, escribió Huda después. “Empecé a ver que estaban atendiendo agendas superiores”. “El asesinato de mi padre”, añadió ella, “es sólo uno en una larga lista de crímenes que el régimen libio ha cometido y que han quedado sin resolver”.
Pero hoy ella está de vuelta en Trípoli, para trabajar con un país que no ha conocido la democracia o cómo construir instituciones por 40 años. Es un reto, pero también es doloroso. “Estuve adormecida por 10 años después de su muerte”, dice ella en voz baja. “Yo tenía tanto que hacer. Proteger a mi madre y mis hermanos. Trabajé, y traté de no pensar en mi padre como alguien muerto. Lo dejamos todo, todas sus ropas, todavía en el mismo lugar”. Incluso sus lentes de lectura, dice ella, se quedaron donde él los había dejado. Durante el comienzo de la revolución libia, ella estaba en Londres editando una película que había hecho sobre Egipto. Incluso mientras veía el televisor con “mi corazón apesadumbrado”, ella pensó que la revolución libia “se terminaría en una semana”. Pero se compró una cámara, se dirigió a Bengasi, el centro de la resistencia, y ofreció sus servicios. “De repente, hablaba el mismo árabe que había hablado con mi familia toda mi vida”, dice ella. “Estaba de vuelta en mi país. ¡Me sentí libre! Cuando vi la bandera, quise llorar”. Ella dice que siempre pensó que no regresaría a Libia hasta que fuera muy vieja. “Vi a mi padre vivir con la revolución fallida, y ahora estoy viviendo lo que él no pudo ver”, dice ella. “Caí en cuenta de que, finalmente, Libia era libre”. EN BENGHAZI Y Trípoli, conocí a muchos jóvenes como Huda Abuzeid: libios a los que se había obligado a marcharse, que fueron educados según estándares altos en el extranjero, y que están de vuelta para construir un nuevo país.
Pero construir una nación, especialmente en un lugar que fue gobernado mediante el miedo durante tanto tiempo, “no va a ser fácil”, admite Mazin Ramadan, director y alto asesor de Ali Tahouni, el nuevo ministro de Finanzas y Petróleo. Ramadán se estableció en Seattle en 1984, para ser parte del boom de alta tecnología, y se apresuró a regresar cuando la revolución comenzó. “Los libios no se imaginan aquí un escenario como el de Irak”, dice él. “Ellos imaginan que será como Europa, Francia, el Reino Unido; incluso he oído que quieren que sea como Suiza”. Él se ríe y ordena un macchiato: los libios, debido a su colonización italiana, probablemente beban más café que los del estado de Starbucks. “¡La gente espera que salga Coca-Cola de los grifos de su cocina!” El cambio, dice Ramadan, para los libios traumatizados, quienes fueron instruidos según el infame “Libro Verde” de Gadafi y tenían que susurrar cualquier cosa remotamente delicada y que desaparecían y eran torturados y asesinados si no eran cuidadosos, tiene que ser visible. Él me recuerda que la guerra en realidad todavía sigue. Las elecciones, según predice la mayoría, requerirán 18 meses o más; ésta es una población que nunca ha votado, ya no digamos elegir entre partidos políticos. “Recuerde, para toda una generación menor de 40 años”, dice él, “sólo hubo Gadafi”.
Una tarde, cuando el calor cesa, vamos al viejo complejo de Gadafi, Bab al-Aziziya, un área de 3.7 kilómetros cuadrados que ahora se asemeja a una Disneylandia grotesca. Una vez que la gente pasa por las líneas de tránsito —especialmente en una noche de jueves, el comienzo del fin de semana musulmán—, todavía tiene que esperar por horas para ver el hogar de su líder ahora desmitificado. Es decepcionantemente común y suburbano. La gente trae a sus hijos y les saca fotos con sus teléfonos celulares mientras portan rifles AK-47 prestados. Pasando un espacio con césped, se halla el hogar de Saif al-Islam, el hijo de Gadafi educado en Occidente que alguna vez divirtió al jet set londinense con sus fiestas y su conducta amable. La gente trata de saquear lo poco que queda, y lanza basura a la vieja alberca de Gadafi. Los niños hacen la señal de la V y agitan la nueva bandera, y esperan para ver la red de túneles donde Gadafi hacía alarde de sus misiles de crucero. Esto me hace reflexionar sobre la nueva generación, los hijos de la revolución, y cómo serán educados en la democracia. El Dr. Faisal Krekshi, de 55 años y director de la recientemente renombrada Universidad de Trípoli, dice que, durante el régimen de Gadafi, la escuela era un “centro de propaganda. Si uno quería ser ascendido, tenía que ser leal”. Educado en Occidente como gineco obstetra, decidió regresar y enseñar a su gente durante el régimen. Gadafi confiaba en él y lo convirtió en el ginecólogo familiar de sus hijas y su esposa, pero tan pronto como Krekshi pudo, lo cual fue en febrero de 2011, desertó para unirse a los rebeldes y trabajar dentro de una célula durmiente. Ahora él está de vuelta dirigiendo la universidad, y algunos dicen que este hombre considerado e inteligente es la mejor opción que tiene Libia de ver un político honesto y sólido.
Durante el bombardeo de la OTAN, dice él, “Gadafi se llevaba cadáveres de mis hospitales —los cuerpos de soldados rebeldes muertos— y los plantaba en lugares donde la OTAN había atacado, luego traía a los medios de comunicación y decía: ‘Bebés están muriendo’,” recuerda él. “No había algo fuera de sus límites”.Entonces, ¿qué les deparará a los libios? Krekshi es cauteloso, porque está preocupado. Él dice que la Universidad de Trípoli es la institución educativa más importante, pero también la más peligrosa.“Es capaz de un lavado de cerebros inmenso”, dice él. “Uno podría fácilmente tener a 120,000 estudiantes en la calle en cuestión de horas. Ése es el poder de la propaganda. Entonces, tenemos que ser cuidado sos respecto a dónde vamos, cómo lo haremos”. Las lecciones que Libia ha de aprender, dice él, son de transparencia.“Y no puede haber venganza”, dice él, refiriéndose a Irak. Por ejemplo, al antiguo decano, un conocido miembro del régimen, se le dijo específicamente que no regresara al campus después de que Gadafi huyó. Pero lo hizo, y los estudiantes enfurecidos lo arrestaron rápidamente.“Yo dije que no lo tocaran”, dice Krekshi. “Ellos querían que yo lo llevara a la prisión”. Él suspira. “La sanación tomará mucho tiempo. Ésa es una cosa que es segura”.
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En lugar de liberar a los hombres, el mismísimo Khamis llegó, según los sobrevivientes. Él dio órdenes. Luego los asesinos lanzaron granadas dentro de su celda abarrotada, después les dispararon con metralletas, y finalmente trataron de deshacerse de los restos mediante verter gasolina alrededor de la celda y quemarla. Dos días después, los testigos que dieron con el almacén dijeron a Human Rights Watch que vieron los restos ardiendo lentamente y, fuera del almacén, dos cadáveres.
Khaled dice que cuando su hermano fue llevado allí para ser interrogado por los hombres de Khamis, fue torturado, y “ellos plantaron un Kalashnikov en su auto y dijeron que era suyo. Pero mi hermano no poseía un arma de fuego. Ellos mintieron. Y luego lo asesinaron”. Pero en los días finales de Gadafi, con toda la brutalidad desatada, la verdad difícilmente parece importar. Y en el camino de salida de Yarmuk vi garabateado en un muro de concreto: “El Diablo Es Muammar Gadafi”.




