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| La preparatoria yihadista |
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Por Ron Moreau
El joven afgano odia su nueva escuela en la ciudad pakistaní de Peshawar. “Mis compañeros de clase sólo hablan de muchachas y películas”, se queja él. Es un joven alto y delgado, de 17 años y con una barba incipiente y descuidada, el cual añora la escuela a la que solía asistir, a algunas millas de distancia en el campo de refugiados afganos conocido como Shamshatoo. Su padre lo sacó de allí en el otoño pasado, tras descubrir demasiado tarde que la escuela era de hecho un centro de reclutamiento insurgente. Tras pedir que lo llamemos Wahid Khan, el muchacho recuerda con cariño las asambleas temprano por la mañana en las que los profesores alababan las glorias de la yihad y contaban la larga historia de resistencia de Afganistán contra los ocupadores extranjeros. Y él recuerda los mensajes garabateados en los pizarrones de los salones de los grados superiores: “Para unirse a la yihad, la Orden del Todopoderoso Alá, llamen a este número” y “Quienes quieran pagar su deuda con Dios, apunten este número”.
Cuando la escuela terminó en junio pasado, el muchacho aceptó la invitación y pasó mucho del verano en un campo de entrenamiento insurgente en Afganistán. Acababa de terminar el 10º grado. Su padre, un ex maestro de Kabul, batalla para alimentar a la familia con apenas US$100 al mes, haciendo un trabajo agotador en una ladrillera cerca de Peshawar. Está determinado a darle una vida mejor a su hijo. Pero el muchacho tiene otras ideas. Tan pronto como termine este año escolar, planea regresar a Afganistán para completar su entrenamiento para la guerra contra los estadounidenses. “Mis padres sólo viven para sobrevivir”, dice el muchacho. “Mi meta es vivir honorablemente a los ojos de Dios, y ello significa la yihad”.
Cientos de muchachos como Khan se han unido a la insurgencia desde Shamshatoo en los últimos años, y con el regreso de la primavera, nuevamente refuerzos frescos empiezan a cruzar la frontera fuera de Pakistán. “La razón por la que Dios trajo a nuestra familia a Shamshatoo fue que él quería que yo me uniera a la yihad”, dice otro residente del campo, un muchacho ancho de hombros, despeinado y de 20 años de edad, quien se hace llamar Waliullah. Él solía escribir apasionados poemas de amor, y su sueño era obtener una maestría en literatura pashto. Pero su familia se mudó a Shamshatoo hace cinco años, cuando él tenía 15, y ahora se prepara para partir a su tercer verano combatiendo a los estadounidenses en Afganistán.
Aproximadamente 80 campos de refugiados afganos están diseminados a lo largo de la frontera occidental pakistaní, pero Shamshatoo es diferente de cualquier otro. Es administrado y vigilado por los refugiados que viven allí, en vez de serlo por el gobierno pakistaní, y opera bajo el auspicio del conocido caudillo insurgente Gulbuddin Hekmatyar. El campo ha sido su dominio indiscutible desde principios de la década de 1980, cuando era un líder en la guerra contra la ocupación soviética y un favorito especial de la Dirección de Inteligencia Inter-Servicios (ISI) de Pakistán. Desde un reducto montañés en algún lugar de la frontera, él ahora comanda su propio ejército guerrillero antiestadounidense, separado de pero aliado de manera irregular con los talibanes y la red Haqqani.
Pero los amigos de Hekmatyar en la ISI no lo han abandonado, y su palabra sigue siendo ley en Shamshatoo. En las últimas tres décadas, el campo se ha vuelto una pequeña ciudad de más de 64,000 habitantes, con mezquitas, madrazas, preparatorias, una universidad, un hospital e incluso dos periódicos locales, ambos pregonando la línea islamita de Hekmatyar. Al contrario de muchos de sus socios talibanes en la yihad, él apoya la educación de las muchachas. Sin embargo, él exige que las mujeres en el campo usen burkas, y tienen prohibido salir de sus hogares a menos que las acompañe un familiar varón. Tocar música en público —incluso el timbre de un teléfono celular— está prohibido, igual que las antenas satelitales. Y nadie está a salvo de los informantes y vigilantes del campo. “Uno no puede decir algo en contra de Hekmatyar o de este juego destructivo en Afganistán”, dice un ex residente. “Sus hombres están por todas partes”. El hombre mudó a su familia a Peshawar hace dos años, temiendo que si se quedaba en Shamshatoo, sus dos hijos serían reclutados. “Me preocupaba que les lavaran el cerebro y desaparecieran”, dice él.
Ése es un riesgo constante en Shamshatoo. Las familias de refugiados son atraídas por sus escuelas, instalaciones médicas y su seguridad libre de crímenes, pero sus hijos impresionables están sujetos a un aluvión diario de mensajes yihadistas en sus escuelas, en las mezquitas, en videos, en los medios de comunicación locales y en las calles. Aun cuando los nuevos reclutas juran guardar el secreto, todos los que regresan a casa parecen haberse vuelto reclutadores no oficiales, simplemente por las historias de guerra que cuenta. (Quienes hablaron con NEWSWEEK pidieron que no usáramos sus nombres reales; supimos de otros al hablar con sus familiares, quienes pidieron el anonimato por razones de seguridad.) Este año, Waliullah regresará a Afganistán con otros tres o cuatro poetas, esperando que sus escritos en el campo de batalla inspiren a más jóvenes afganos para que se unan a la guerra contra los estadounidenses.
Algunos reclutas no necesitan tal motivación: para ellos es una ruta de escape de Shamshatoo. Abdullah, de 20 años, no quiso hablar con NEWSWEEK, pero su familia comparte una casa allí con la familia de su primo de 35 años. En 2009, Abdullah solicitó su ingreso en el curso de ingeniería de la Universidad de Kabul, y fue rechazado. El verano pasado desapareció repentinamente sin decirle una palabra a nadie. Regresó a casa cuatro meses después, horriblemente delgado, con el cabello sin cortar y barba completa. Ahora él se sienta hasta altas horas de la noche, contando sus experiencias con los combatientes de Hekmatyar en Afganistán. Al primo le preocupa que su propio hijo de 18 años pueda huir hacia la guerra, pero hay poco que pueda hacer al respecto. “Si nuestras familias no fueran tan dependientes entre sí, dejaríamos Shamshatoo”, dice el primo. “Hay muchos muchachos desaparecidos”.
Los verdaderos reclutadores de Hekmatyar pueden ser aterradoramente persuasivos. Un ingeniero afgano con un proyecto para la Agencia de Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID, por sus siglas en inglés) en Kabul, tuvo que salvar a su sobrino de 15 años de Shamshatoo. El muchacho se había matriculado en una madraza del campo, y su conducta había cambiado radicalmente. Él despotricaba con sus padres porque las mujeres afganas eran molestadas por infieles. Destrozó el televisor de la familia, diciendo que era haram —prohibido— y reprendió a su madre y hermanas por atreverse a reírse cuando la gente en Afganistán estaba sufriendo. “Le habían lavado completamente el cerebro”, dice el ingeniero. “Los mulás buscaban la oportunidad de llevarlo a Afganistán a combatir”.
Desesperada, la familia finalmente lo envió a vivir con su tío en Kabul. El muchacho todavía se niega a hablar sobre su época en la madraza, dice el ingeniero, pero últimamente se ha vuelto un chico nuevo, que aprende rápidamente, ve la televisión afgana (principalmente telenovelas) e incluso se carcajea a veces. “Es muy joven, así que le es más fácil cambiar”, dice el ingeniero. “Pienso que es más feliz aquí que en Shamshatoo”.
Uno de los hijos de Hekmatyar deplora el reclutamiento agresivo de los estudiantes de Shamshatoo. “Actualmente hay un choque entre los extremistas que quieren que los jóvenes vayan a combatir, y quienes [como yo] quieren que los jóvenes estudien, tengan una mentalidad abierta y tomen sus propias decisiones”, dice Jamaluddin Hekmatyar, educado en Europa. Él apoya la guerra de su padre; sólo no cree que los jóvenes deban combatir. Evidentemente, su padre no está de acuerdo. Uno de los sobrinos del viejo estuvo entre un grupo de cuatro pistoleros que murieron en combate la semana pasada en la provincia de Wardak, al sudoeste de Kabul. El muchacho estudiaba el octavo grado en Shamshatoo. Y sigue siendo un hecho que los muchachos en Shamshatoo gozan de mayor libertad que aquellos en las áreas de Waziristán controladas por la Haqqani. Los jóvenes allí no tienen más opción que alistarse o verse excluidos, o peor.
Pero los reclutadores de Hekmatyar trabajan a la vista de todos, a sólo unas millas de Peshawar, y nadie los detiene. Hace tres años, la familia de Khan se mudó a un poblado en las afueras de Shamshatoo. El padre no quería que vivieran dentro del pequeño estado policiaco de Hekmatyar, pero escuchó que las escuelas eran las mejores del área y las clases eran prácticamente gratuitas. Nunca se imaginó cuan agresivos eran los reclutadores, o cuán susceptible sería su hijo. Para finales del segundo año de Khan, en 2009, el muchacho de 15 años estaba ansioso por unirse a la yihad. Él y sus amigos planeaban alistarse, pero los otros se acobardaron, y Khan era demasiado tímido para ir solo. La próxima vez sería diferente, se prometió a sí mismo.
Cuando la escuela terminó en junio pasado, él estaba listo. Llamó a un reclutador, y dos días después se dirigía a través del paso Khyber a Afganistán. Era la primera vez que veía la patria de sus padres. Le envió un mensaje de texto a su padre para decirle que se había unido a la yihad y regresaría en un mes. “Ora por mí”, le dijo a su padre. En las profundidades de las montañas del este de Afganistán, Khan finalmente llegó a un campamento extenso de complejos cavernosos, chozas de barro y tiendas. Pasó más de un mes allí, pasando por un adoctrinamiento y aprendiendo a usar varias armas y a plantar dispositivos explosivos improvisados. En su graduación, los reclutas eran instados a quedarse para una instrucción avanzada, pero Khan le había prometido a su padre que terminaría la preparatoria. Regresó a su hogar en Shamshatoo, planeando completar su entrenamiento al siguiente verano. El padre de Khan había buscado frenéticamente al muchacho. Tan pronto como su hijo volvió a casa, la familia se mudó lejos de Shamshatoo, a Peshawar. La nueva escuela del muchacho cobra US$12 al mes, por lo menos la mitad de la paga semanal del padre, sin mencionar los uniformes escolares, los libros y las colegiaturas de sus otros tres hijos. “Envié a mi hijo para que tuviera una educación islámica, y Hekmatyar me da alguien que quiere ser un yihadista o un bombardero suicida”, dice él. “El campo de Shamshatoo debería ser demolido”. Eso no va a suceder, y la riada de reclutas de Hekmatyar hacia Afganistán no va a parar. |











