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La ira de Abbas
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Por Dan Ephron
Fotografías de Paolo Verzone

Estamos en algún lugar sobre el Mediterráneo, y Mahmoud Abbas, el presidente palestino, trata de adivinar qué es lo que piensa Barack Obama. "Lo conocimos antes de que fuera presidente", dije, luchando por comprender qué le ocurrió al hombre que se había mostrado más a favor de la causa palestina que cualquiera sus predecesores. "Lo conocimos y era muy receptivo." Alrededor de nosotros, los asistentes más cercanos de Abbas revuelven papeles o aprietan las teclas de computadoras portátiles, mientras que sus guardaespaldas descansan en largos sofás de corduroy.

Saeb Erekat, el ubicuo consejero, escribe los puntos a tratar en la reunión de Abbas con el presidente francés Nicolas Sarkozy, que se realizaría al día siguiente. Un hombre que porta un arma en el costado lanza semillas de calabaza hacia su boca. En un espacio del tamaño de dos salas, la mayoría de los pasajeros de veintitantos años fuman cigarrillos, al igual que Abbas. A sus 76 años, fuma más de dos cajetillas al día.

Abbas es más afable que la mayoría de los políticos -incluso los israelíes belicosos como Ariel Sharon lo ha admitido. Pero ocasionalmente, puede expresar una crítica mordaz, generalmente seguida por una sonrisa patriarcal. Una semana antes, me dijo francamente que Obama lo había engañado, y que luego lo había dejado solo al no presionar al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu por una moratoria en la construcción de asentamientos en Cisjordania el año pasado. "Obama fue quien sugirió un congelamiento total en la construcción de asentamientos", explicó Abbas. "Yo dije, muy bien, acepto. Ambos nos subiríamos al árbol. Después de eso, bajó por una escalera de mano, retiró la escalera y me pidió que saltara. Lo hizo tres veces." Abbas también criticó los esfuerzos de mediación del representante especial de Obama, George Mitchell, que ha ido y venido entre israelíes y palestinos durante más de dos años. "En cada visita de Mitchell, hemos hablado con él y le hemos dado algunas ideas. Al final descubrimos que no presentó ningunas de estas ideas a los israelíes. ¿Qué significa?"

Ahora, en un vuelo de Túnez a París, yo quise saber cuánto tiempo podía esperar Abbas. Los próximos 18 meses probablemente serán un tiempo muerto en la diplomacia entre israelíes y palestinos mientras Obama se centra en su campaña de reelección. Ningún candidato a la presidencia quiere arriesgarse a ganarse la antipatía de los partidarios de Israel al insistir en la cuestión de la paz. Pero un presidente en campaña para un segundo mandato podría ser más audaz. Bill Clinton, después de su reelección en 1996, logró un acuerdo israelí para una retirada parcial de Cisjordania. Netanyahu lo recuerda bien: era Primer Ministro en ese tiempo. Pero Abbas, que ha trabajado desde todos los ángulos para la construcción del estado palestino durante 50 años, los últimos seis como presidente, dice que el tiempo casi se acaba. "No puedo esperar. Alguien esperará en lugar de mí", me dice. "Y no estaré más."

Mientras el Medio Oriente atraviesa una profunda transformación, los estadounidenses pueden contar con que una cosa en la región permanezca igual: el conflicto israelí-palestino sin resolver seguirá siendo una molestia para los árabes y una fuente de resentimiento contra Estados Unidos. Abbas ofreció la mejor esperanza para la paz entre ambos bandos tras suceder a Yasir Arafat en 2004. Moderado en su enfoque hacia Israel y rotundamente en contra de la violencia, fue el contrapunto a la astucia y la excentricidad de Arafat.

El optimismo no duró mucho. Pronto, Abbas perdió su Parlamento frente a los islamistas de Hamas y luego perdió Gaza frente al mismo grupo intransigente. Cuando él y el primer ministro Ehud Olmert estaban cerca de un acuerdo en 2008, los cargos de corrupción convirtieron al líder israelí en un político sin futuro. Entonces los israelíes eligieron a Netanyahu.

Si Abbas deja el escenario sin un acuerdo, añadiría otra capa de incertidumbre a la turbulencia regional. Entre las figuras políticas de Cisjordania y Gaza, Abbas es la más popular, seguido por el líder de Hamas. Incluso si al Fatah, el partido de Abbas, puede mantenerse en el poder, su sucesor carecería de la talla de Abbas para establecer los fundamentos de la nación. Es probable que sea menos capaz de impulsar los acuerdos requeridos para lograr la paz con Israel. "Realmente sería una tragedia de oportunidades perdidas", afirma Yossi Beilin, un ex negociador de paz que conoce bien a Abbas.

Mientras estos problemas continúan girando, la semana pasada Abbas permitió la entrada a Newsweek a su espacio personal. Durante cinco días, viajé con él de Jordania a Túnez y a Francia en su gira para conseguir apoyo para una resolución de NU de septiembre pasado, que otorgaría la condición de estado a los palestinos -una reproducción consciente del proceso que dio a luz al estado de Israel hace más de 60 años. En el avión y antes y después de las reuniones, tuve un acceso casi ilimitado a Abbas y sus consejeros más cercanos.

El equipo viaja en un Airbus A318 de prestado por los Emiratos Árabes Unidos (la OLP posee sólo un diminuto jet). Cuando se adapta para vuelos comerciales, puede alojar a 132 pasajeros, pero en la configuración actual, tiene todas las comodidades de un avión privado: espacios abiertos, mesas de centro con cubiertas de madera y asientos de cuero. La rutina de viaje de Abbas incluye unos momentos de oración en su asiento durante el despegue y luego aproximadamente 15 minutos de lectura de una vieja copia del Corán. Durante gran parte del vuelo, las azafatas ofrecen platos típicos de Medio Oriente como couscous y kebab, pero también langostino, calamar y mejillones, que Abbas parece disfrutar particularmente. Cuando aterrizamos en Túnez, un asistente que se presentó a sí mismo como Coronel Said recorría el avión, rociando perfume Paco Rabanne Ultraviolet sobre cada uno de los pasajeros.

El viaje tiene toda la parafernalia de un viaje al extranjero de un jefe de Estado: bandas presidenciales marchando en los aeropuertos y convoyes de automóviles de lujo negros que atraviesan la ciudad a toda velocidad mientras los policías detienen el tráfico (nada menos que en París). Son el testamento de la creencia destructiva que la OLP ha fortalecido durante muchas décadas, y de la amplia simpatía que los gobiernos tienen por la causa palestina. Pero Abbas es consciente de que lo que dirige aún no es un estado, y que el tiempo que le queda para lograr la independencia se está acabando.

La tarde del 17 de febrero, Abbas recibió una llamada telefónica a su oficina en Ramallah. El presidente Obama le llamaba para hacerle una petición. En las semanas anteriores, manifestantes árabes de la región habían derrocado a dos antiguos autócratas, incluyendo a uno de los amigos árabes más íntimos de Estados Unidos, Hosni Mubarak. Surgieron manifestaciones en Libia y Yemen, y pronto se extenderían a Siria. En Washington, a los funcionarios les preocupaba que los manifestantes se centraran finalmente en la relación de Estados Unidos con algunos de esos dictadores y en su apoyo a Israel. La cautelosa actuación de Obama parecía prevenir las temidas escenas de manifestantes quemando banderas estadounidenses. Pero una resolución del Consejo de Seguridad de NU, iniciada por los palestinos y programada para ser debatida al día siguiente, amenazaba con recordar a los árabes aquello que más odian de Estados Unidos.

La solución exigía que Israel "cese de inmediato y de manera total todas las actividades de construcción de asentamientos en el territorio palestino habitado", una postura que Obama había apoyado desde hace mucho tiempo. De hecho, los palestinos afirman que el documento se inspiró en los comentarios públicos hechos por la Secretaria de Estado Hillary Clinton. Pero ello puso a Obama en un aprieto. Los miembros del Partido Demócrata sentían que habían pagado un precio en las elecciones intermedias, realizadas unos meses antes, por la postura intransigente de Obama con Netanyahu el año anterior. Un veto estadounidense podría mitigar el daño. Pero también recordaría a los manifestantes árabes lo poco crítico que puede ser a menudo el apoyo de Estados Unidos a Israel.

Así que durante 55 minutos al teléfono, Obama razonó primero y luego presionó a Abbas para retirar la resolución. "Dijo, es mejor para usted, para nosotros y para nuestras relaciones", dice Abbas. Entonces, el presidente estadounidense presentó cortésmente lo que Abbas describió como "una lista de sanciones" que se impondrían a los palestinos si la votación se realizaba. Entre otras cosas, advirtió que el congreso no aprobara los US$475 millones en la ayuda que Estados Unidos proporciona a los palestinos.

Abbas me relata la historia durante nuestra parada en Túnez. En la casa de invitados presidencial, un enorme complejo habitacional de lujosas suites y salas de reunión con candelabros, todos los televisores están sintonizados en las redes árabes de noticias. En este ciclo de noticias, el centro es Siria, donde Bashar al-Assad ha lanzado un violento ataque contra los manifestantes. Los palestinos que se encuentran en la habitación despotrican contra Assad, que ha dado dinero y apoyo a los rivales de Abbas en Hamas. A principios de la semana, la conversación con Abbas se había referido a Mubarak y al manejo de la revolución en Egipto por parte de Estados Unidos. Abbas me dijo que pensaba que el empujón que Obama dio a Mubarak había sido "descortés" e imprudente. "Desde el primer momento, cuando todo empezó con Mubarak, hablé por teléfono con Madame Clinton. Le dije, "¿Usted sabe cuáles serán las consecuencias? ‘El caos, la Hermandad Musulmana o ambos’", dice. "Ahora tienen a ambos."

Una vez que Abbas informó a Obama que no retiraría la resolución, Clinton pronunció su propia exhortación de 30 minutos. Entonces se produjo más presión. Funcionarios de menor nivel telefonearon a algunos palestinos influyentes en Ramallah y les pidieron que usaran su influencia sobre el líder palestino. Sin embargo, Abbas no estaba preparado para lo que vendría. Sólo se dio cuenta cuando vio por televisión la votación del Consejo de Seguridad. "Intuía que podían abstenerse", me dijo. "Pero cuando preguntaron, ‘¿quién votará en contra?’ Mi amiga Susan [Susan Rice, embajadora de Estados Unidos ante NU] levantó su mano." Abbas agita su brazo y deja escapar un largo aullido. Los otros 14 miembros del Consejo, incluidos Francia y Alemania, apoyaron la resolución.

A finales de la semana pasada, cuando el reportero de Newsweek en la Casa Blanca pidió a un portavoz una respuesta a la crítica de Abbas, un alto funcionario administrativo que había estado en la habitación durante la conversación de Obama con Abbas describió el recuento como "una interpretación selectiva de la forma en que habían ocurrido los hechos." El funcionario declinó ser identificado. Pero Tommy Vietor, un portavoz del Consejo Nacional de Seguridad de Obama, estuvo dispuesto a dar su nombre. Dijo que las conversaciones con Abbas y Clinton fueron más breves de lo que Abbas afirma e insistió en que Obama no mencionó la posibilidad de establecer medidas punitorias. "Simplemente no es exacto afirmar que amenazó al presidente Abbas", dijo Vietor. "El presidente Obama usó en privado los mismos argumentos que utilizamos públicamente -que este esfuerzo no ayudaría a los palestinos ni a los israelíes ni a la causa de la paz."

A la Casa Blanca también le ofendió la idea de que Obama había dejado colgado a Abbas; un funcionario declaró que la acusación era "una tontería." Y Vietor describió como "totalmente inexacta" la crítica de Abbas hacia Mitchell, el representante. "Por supuesto que él presentaba constantemente las ideas de ambas partes."

En París, el gobierno francés envía lujosos Peugeots para transportar a Abbas y a sus asistentes más cercanos del aeropuerto de Orly, mientras que el resto del séquito se transporta en Mercedes, propiedad de una empresa automotriz privada. Mi conductor me dice que el propietario de la compañía es un palestino que ha sido amigo de Abbas y Arafat desde la década de 1960. Él proporciona los automóviles de manera gratuita siempre que la delegación viene a la ciudad. Su compañía también proporciona servicios a Suha, la viuda de Arafat que vive en París y a quien mi conductor describe como "generosa con las propinas."

Nos dejan en el hotel Le Meurice, frente al jardín de Les Tuileries. Dos suites contiguas conforman la habitación de Abbas y su oficina, y los asistentes e invitados van y vienen constantemente. En la acera, varias docenas de admiradores esperan a Beyoncé Knowles, que también se aloja en el hotel. Ella cruza el vestíbulo unos momentos antes de que Abbas se dirija a sus reuniones.

El programa con Sarkozy incluye las previsiones para septiembre, cuando Abbas planea aplicar su gran táctica en NU. Las maniobras en Naciones Unidas, especialmente en lo relacionado con el Medio Oriente, suelen ser el equivalente de un sedante político. Pero Abbas piensa que una resolución que reconozca un nuevo estado palestino en las fronteras de 1967 sería un factor de cambio en el juego, especialmente si tiene el apoyo de las principales democracias del mundo. Y a eso se debe que París sea la quinta capital europea que ha visitado en las últimas seis semanas. A juzgar por la respuesta de Israel, es posible que no se equivoque. En un discurso ante partidarios de Israel en Nueva York el mes pasado, el generalmente imperturbable Ministro de Defensa, Ehud Barak, advirtió que Israel enfrentaría un profundo aislamiento, un "tsunami diplomático", en septiembre. 

En la habitación, Sarkozy se muestra receptivo. Le dijo a Abbas que le enfurece la construcción de asentamientos del primer ministro israelí Netanyahu y que respalda la independencia palestina. Sin embargo, la votación de NU podía provocar una severa reacción israelí o desatar otra ola violencia. Después de una hora de conversaciones, el presidente francés no asumió ningún compromiso.

La estrategia para septiembre constituye un riesgo para Abbas. Al menos a uno de sus asistentes le preocupa que genere la clase de expectativa que el líder palestino no podría cumplir. La votación en NU  no hará que 500,000 colonos judíos desaparezcan repentinamente de Cisjordania y el Este de Jerusalén. Y no es probable que Netanyahu se limite a entregar las llaves. (Su portavoz, Mark Regev, dijo acerca de la iniciativa de NU: "Los palestinos pueden elegir la retórica vacía o escoger una ruta para el cambio verdadero. El único camino para la paz y la construcción del estado palestino es a través de las negociaciones con Israel.") Para que la resolución sobre la construcción del estado no tenga sólo un valor simbólico, Abbas tendría que volver a Nueva York y aseverar la soberanía sobre el territorio que NU le acaba de entregar. Pero eso implicaría medidas polémicas -por ejemplo, dar fin a la cooperación de seguridad con Israel. Abbas me dijo que ése es un camino que no seguirá.

El riesgo es que sin un movimiento tangible, la decepción podía convertirse en cólera popular -dirigida hacia Israel o incluso hacia el mismo presidente palestino. A Abbas le gusta decir que si sólo 10 personas protestan afuera de su oficina en Ramallah, él renunciaría, en contraste con los líderes árabes que se aferran al poder. Cuando me lo dijo que en el viaje, uno de sus asistentes lo corrigió: "la última vez, usted dijo que bastaban tres personas."  

Abbas perdió la punta de su dedo anular derecho. La historia que yo había escuchado parecía reflejar la incomodidad que Abbas experimentó al pasar de ser el representante tras bambalinas de Arafat a dirigir la OLP -y cuánto odiaba las multitudes. Durante su campaña por la presidencia después de la muerte de Arafat a fines de 2004, una muchedumbre de personas rodeó su automóvil en el sur de Gaza. Como no estaba seguro de sus intenciones, presionó el botón eléctrico de su ventana blindada y la cerró sobre su propio dedo. Pero Abbas me contó la verdadera historia, una versión que tiene más sentido. Fue su conductor, preocupado por su seguridad, quien presionó el botón. Cuando Abbas reaccionó, había perdido la punta de su dedo.

Abbas debía dar un discurso en la ciudad, así que se vendó el dedo y permaneció allí durante dos horas. El mismo conductor lo transportó a un hospital en la ciudad de Gaza, a 30 kilómetros de distancia. "Encontré al médico del lugar y me hizo una cirugía", me dijo Abbas.

¿El conductor todavía trabaja para él? "No, no, no. Le dije, "Tiene que irse", y se fue."

Con Daniel Stone en Washington y Joanna Chen en Jerusalén