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| La guerra del general Rod |
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Si los 18 meses anteriores de triunfos militares de Estados Unidos soportan la próxima disminución en el número de soldados en Afganistán, la gente puede agradecer a teniente general David Rodríguez. Es probable que pocos estadounidenses lo hagan. De hecho, no muchos conocen el nombre de este general reacio a los medios.
“Nunca le dirá que todo este asunto fue idea suya”, señala el coronel Kimberly Field, su principal asistente. “Pero así fue”. Aunque el general David Petraeus, el mediagénico jefe de Rodríguez, ha obtenido la mayor parte del crédito por el éxito del despliegue de soldados en Afganistán, en realidad fue Rodríguez —general Rod, como lo llaman sus soldados— quien redactó el borrador del plan de operaciones incluso antes de que el presidente Obama anunciara la decisión ejecutiva de enviar a 30,000 soldados más en noviembre de 2009. “Uno nunca oye hablar del general Rod cuando el general Petraeus está a unos cientos de millas a la redonda”, afirma uno de los oficiales del estado mayor de Rodríguez. “Pero a él no podía importarle menos”. Uno no pensaría que el soldado paracaidista de 1.94 metros de alto fuera fácil de ignorar. “Luce un tanto atemorizante”, confiesa uno de sus oficiales. Pero sus oficiales del estado mayor lo describen como apacible, moderado, e incluso humilde. Y de bajo costo de mantenimiento: en contraste con algunos generales de tres estrellas, dicen, Rodríguez no exige ser tratado como miembro de la realeza. De hecho, su naturaleza sencilla es una de sus más valiosas fortalezas: sabe escuchar. “Yo le digo a todo el mundo, ‘Si usáramos nuestras dos orejas y nuestra única boca en la misma proporción en que las tenemos, estaríamos mejor’”, declaró a NEWSWEEK en una entrevista en exclusiva. Conforme Rodriguez creó y refinó sus planes para el despliegue, dio el paso poco convencional de consultar con funcionarios afganos civiles y militares, quienes le ayudaron a identificar el terreno clave que se debía asegurar. “Tenemos toda la tecnología y las habilidades, pero ellos conocen el terreno humano”, dice. “Uno sólo tiene que preguntarles y escuchar. Ellos saben lo que tienen que hacer para ganar esta pelea”.
Para ayudar a su equipo a ordenar las increíblemente enredadas alianzas y hostilidades del país,
Los avances en el terreno se han reforzado mediante una seguridad más estricta a lo largo de la frontera paquistaní. Con el estímulo del equipo del general Karimi (si acaso fuera necesario), los estadounidenses han intensificado sus patrullajes por aire y tierra. Durante años, Rodríguez y otros oficiales estadounidenses han mostrado su desacuerdo ante la política de Pakistán de permitir que los líderes del talibán operen desde el territorio paquistaní sin interferencia. Los servicios de inteligencia de EE UU han localizado con toda precisión siete fábricas de dispositivos explosivos improvisados y las instalaciones de entrenamiento para usarlos en la ciudad de Chaman en la frontera con Pakistán, así como las casas precisas donde los principales comandantes del talibán se detienen regularmente en sus viajes dentro y fuera de Kandahar. Aun así, Pakistán se niega a actuar contra los objetivos, y las preocupaciones políticas aún impiden que los soldados y los aviones teledirigidos armados de Estados Unidos realicen alguna acción. “Pensamos que [la cooperación de Pakistán] no mejorará”, señala un oficial de alto rango del servicio militar de información de Estados Unidos. “Sólo esperamos que no empeore demasiado”.
Esa podría ser una falsa esperanza. El talibán, con un número aproximado de entre 20,000 y 30,000 combatientes, puede estar a la defensiva ahora mismo, pero en casi nueve años de enfrentamientos, sólo un pequeño número de combatientes ha abandonado la causa, y nunca ha desertado ningún comandante de alto rango. Sin embargo, algo está ocurriendo. El secretario de Defensa Robert Gates confirmó recientemente que Estados Unidos participa en contactos “preliminares” con el talibán, y un funcionario afgano con una estrecha relación con Karzai declaró a NEWSWEEK que los delegados estadounidenses se han reunido con dos funcionarios del talibán, uno de ellos, un hombre conocido como Mullah Abdul Aziz, y el otro, un angloparlante llamado Tayyab Agha que se desempeñó como secretario particular del líder supremo del talibán, el Mulá Mohammed Omar. Los encuentros fueron solamente reuniones para “ponerse al día”, dice la fuente, y no se han programado más conversaciones. “Han abierto una nueva página, pero aún no se ha escrito nada”, señala la fuente afgana. Nada ha cambiado, dice a NEWSWEEK una fuente de alto rango del talibán que ha demostrado su confiabilidad en el pasado: “Aún mantenemos nuestras antiguas demandas”. Si es así, las conversaciones no va a ningún lado. Aun así, los comandantes estadounidenses están convencidos de que los recientes triunfos estratégicos en el sur han sido un serio revés para los insurgentes. “Regresan con tanta intensidad como les es posible, pero hasta ahora han fracasado”, dice Rodríguez. Aunque los ataques del talibán han aumentado 12 por ciento este año, la mayoría de los incidentes han tenido lugar en los márgenes de las antiguas fortalezas de los insurgentes, con los cuales el talibán tiene pocas esperanzas de recapturar en este momento. Además de las pérdidas despiadadas de comandantes y combatientes del grupo, también han perdido enormes arsenales de municiones y explosivos: las fuerzas de coalición confiscaron tres veces más escondites de armas de los insurgentes este último invierno que el anterior. Aun así, esos reveses no han detenido la guerra. En lugar de golpear blancos militares, el talibán se centra en bombarderos suicidas para asesinar a funcionarios. Rodríguez dice que confía en que los soldados afganos en los niveles de pelotón y compañía estén a la altura para tomar el control de manos de los estadounidenses. “Los pondremos en la primera línea, desde los niveles inferiores hasta los más altos”, dice. “Tenemos que mantener el impulso mientras vamos haciendo cada vez menos”. No obstante, reconoce que fortalecer la capacidad de mando y de control de la ANA tomará un poco más de tiempo. Su amigo y homólogo, el general Karimi, prometen que la ANA estará lista para reemplazar a las fuerzas estadounidenses que se retiren —en tanto sus hombres tengan lo que él denomina “elementos habilitadores”: artillería, aire, helicópteros armados, evacuaciones médicas, y el apoyo logístico de los estadounidenses, junto con la información de inteligencia de Estados Unidos. Rodríguez dice que Karimi puede contar con todos estos elementos hasta, por lo menos, 2014, el plazo que el presidente Obama ha establecido para la retirada final de las fuerzas de combate de Estados Unidos. El apoyo que necesitan los hombres de Karimi se retirará únicamente en el último momento, al mismo tiempo que los soldados de operaciones especiales de Estados Unidos y una fuerza de reacción rápida, dice Rodríguez.
Independientemente de cómo vaya la guerra en el próximo año, Rodriguez no estará ahí para verla. Este verano recibirá su cuarta estrella y se trasladará a Atlanta, donde asumirá el cargo de Director del Comando de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Está ampliamente calificado para dirigir la misión de ForsCom: entrenar, movilizar y desplegar soldados para cualquier conflicto futuro de Estados Unidos. El General Petraeus también regresará a Estados Unidos tras haber sido nombrado para asumir el cargo de director de la Agencia Central de Inteligencia, pero su trabajo en Afganistán será retomado por el general de la Marina John A. Allen. A pesar de los impecables antecedentes de Rodríguez, Allen parece mejor equipado para hacer frente con la tarea dolorosa pero inevitable de hablar ante el Congreso y la Casa Blanca. Rodríguez es más feliz cuando está en el terreno con sus soldados. “¿Acaso le gusta ser el máximo comandante?”, pregunta uno de los principales asistentes de Rodríguez. “Creo que sí. Adora a Afganistán, su misión, y quiere ver que se cumpla”. Rodríguez quiere estar ahí cuando las fuerzas de seguridad de Afganistán estén listas para desempeñarse por sí mismas. “Pueden hacerlo”, dice el general Rod. Con Sami Yousafzai |






Rodriguez denominó a su plan Operación Omid (“esperanza” en dari), y se ha centrado desde el principio en habilitar a las fuerzas gubernamentales afganas para valerse por sí mismas. Las fuerzas de seguridad del país tienen 94,000 nuevos policías y soldados desde el comienzo del despliegue, dice Rodríguez, y se espera que su fuerza total llegue a 350,000 el año próximo. El muy apreciado jefe del estado mayor del ejército de Afganistán, el general Shir Mohammad Karimi, atribuye a Rodríguez el hecho de haber desarrollado la profesionalidad y la lealtad en el Ejército Nacional Afgano (ANA, por sus siglas en inglés). “Es paciente y tolerante”, dice Karimi, “Pero lo más importante es que escucha las ideas, sugerencias y recomendaciones de los afganos”. Por ejemplo, dice Karimi, Rodríguez presta ahora una mayor atención a la escasamente poblada provincia de Nuristan, de la que los estadounidenses se retiraron a finales de 2009. “Rod dice francamente que las propuestas afganas a veces son mejores que aquellas con las que trabajó con su propio personal”, añade. Independientemente de lo bien que Rodríguez se relaciona con los oficiales afganos como Karimi, no es ciego ante los defectos que afligen a la filas de oficiales de alto rango. Con frecuencia, Rodríguez advierte a su personal en el campo que los comandantes y funcionarios afganos corruptos son exactamente tan peligrosos como el talibán, si no es que peores. “Rod dice a sus oficiales: ‘Tienen que poner límites a estos tipos —tienen que dejar claro aquello que es inaceptable”, dice Field. Algunos son “totalmente avaros y corruptos”, dice, y no tiene nada que ver con ellos, pero otros parecen rescatables, y los presiona para que se enmienden. “El gobierno tiene que demostrarse a sí mismo ante la gente a través de sus acciones”, afirma Alisa Stack, una civil estadounidense que es el enlace principal de Rodríguez con los ministerios afganos clave. “Las personas pueden ver y sentir la corrupción”. Las entregas indiscriminadas de ayuda internacional sólo han agravado la situación, advierte el general: “Hemos sido engañados por cualquier persona que hable inglés, incluso si es un ladrón”.
Con o sin la ayuda de Islamabad, los estadounidenses están hallando algunos motivos de optimismo. De acuerdo con oficiales de inteligencia de Estados Unidos, los líderes insurgentes están furiosos unos con otros debido a que su ofensiva de primavera fue un fiasco porque se ha vuelto demasiado difícil que los combatientes crucen la frontera. También hay señales de fricción entre los líderes del talibán en la línea de combate y sus comandantes de alto rango que viven en la seguridad de Pakistán. “Esperamos que esta tensión quebrante su idea de que pueden esperarnos”, dice el oficial de inteligencia. Ahora los oficiales estadounidenses esperan que importantes comandantes del talibán rompan filas y violen sus propios acuerdos de paz con el presidente afgano Hamid Karzai y con los estadounidenses. “El hecho de que el talibán y otros grupos estén descentralizados constituye una oportunidad para alejar [a los combatientes] desde las bases”, dice Rodriguez. “Queremos separar a las personas”. 
