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| Hasta nunca Gaddafi |
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HACE ALGUNAS SEMANAS en Benghazi, hablé con una amiga que había vivido toda su vida en Libia y cuyo padre había mantenido una estrecha relación con Muammar Gaddafi hasta que comenzó la insurrección. ¿Qué fue lo que le sorprendió como el mejor suceso desde el inicio de la rebelión? Esperaba que me hablara de las libertades recién descubiertas, sobre la capacidad de expresarse realmente por primera vez. En lugar de ello, respondió: “No tener que escuchar los discursos de Gaddafi todos los días”. Fue un detalle revelador. Mientras la rebelión se desarrollaba a su alrededor, ella se centró en un aspecto aparentemente menor de la vida bajo el régimen de Gaddafi, el cual había llegado a parecerle intolerable: el hecho de que el Líder —también conocido como el Guía, y el Rey de Reyes— era alguien cuya sola voz resultaba asfixiante. Al final, en formas que aún no comprendemos totalmente, los últimos días del régimen de Gaddafi llegaron rápidamente y de forma un tanto inesperada a manos de rebeldes del este de Libia. Sin duda, la constante degradación de los recursos del régimen desde el inicio de la campaña dirigida por la OTAN en marzo pasado contribuyó al desenlace, lo mismo que el hecho de que los rebeldes occidentales —a diferencia de sus homólogos orientales— estuvieran mejor organizados y hubieran cerrado filas en las semanas previas a la toma de Trípoli. Además está el hecho de que disfrutaron de una gran cantidad de suministros militares, aportados por Francia y Qatar, y de que la inteligencia de la OTAN había estado a su disposición. Ahora, Trípoli estaba en manos de los rebeldes. Fue el tipo de caída repentina del régimen a la que temían muchos observadores ya que, aunque el fin de la guerra civil produjo un gran alivio, también se sabía que, para el Consejo de Transición Nacional (NTC por sus siglas en inglés) —el gobierno rebelde en Benghazi que encabezó la revuelta— la verdadera prueba estaba a punto de comenzar. ¿Los nuevos líderes de Libia serán capaces de traducir su victoria militar en un triunfo en la lucha más amplia que les espera —la de construir un país cuyos principios políticos, sociales y económicos serán totalmente antitéticos de aquellos que han guiado a Libia durante 42 años?— Para responder a esa pregunta, podemos permitirnos cierto cauteloso optimismo. Existen dos desafíos desalentadores. El primero es la construcción del estado: la creación y el mantenimiento de las instituciones cívicas más fundamentales. En Libia, la construcción del estado fue suspendida por Gaddafi en la quijotesca persecución de la ausencia del estado (jamahiriya) —la idea de que las comunidades políticas pueden autogobernarse sin la intervención de las instituciones del estado. Durante el régimen de Gaddafi, Libia era un sistema desproporcionado en el que el estado se especializó en distribuir los ingresos petroleros entre la población, pero no tenía prácticamente ninguna otra función más allá de esta tarea distributiva (además de la opresión). En el período posterior a la guerra civil, la construcción del estado deberá comenzar desde cero. El segundo desafío será convertir a Libia en una nación unificada por primera vez en su historia. Más allá de la construcción de nuevas instituciones de estado, los líderes de Libia deben asegurarse de que este estado logre conquistar la lealtad de todos libios al tiempo que proporciona incentivos para impedir la deserción de ciertos grupos. Esto requiere la creación de una identidad cívica unificada. Vale la pena recordar que desde su independencia en 1951, la ciudadanía compartida ha sido un punto débil de ese país: Gaddafi y su predecesor, el rey Idris, favorecieron una identidad por encima del estado (panarabismo/islamismo) o por debajo de él (tribalismo).
El gran mérito del NTC es que dio pasos firmes hacia la construcción del estado, al planear seriamente una Libia post-Gaddafi basada en instituciones transparentes. Lo hizo en medio de una guerra civil y con pocos recursos a su disposición. Con equipos integrados en distintas ciudades del mundo, el NTC trazó un plan de estabilización con la ayuda de su delegación de 70 personas en Dubái. El Consejo también redactó borradores para una constitución, los cuales fueron analizados detalladamente durante sus reuniones y en consulta con sus socios externos. También planificaron la estabilización inmediata y a largo plazo de Libia, así como el orden público —que también constituye un enorme desafío, dado que miles de armas, entre ellas, misiles antiaéreos SA-7, han sido saqueadas de los arsenales. El Consejo también hizo planes para realizar elecciones y para hacer frente a los incendiarios asuntos de la retribución y la justicia. Todo esto es alentador. Los planes del NTC van mucho más allá de los trillados lemas que informaban de cualequier esfuerzo de planificación realizado por Gaddafi. Las aspiraciones del NTC tienen una cualidad lúcida que merece nuestra admiración: el reconocimiento del NTC como representante legítimo del pueblo libio en la reunión del Grupo de Contacto de Libia en Estambul en julio fue un gesto apropiado por parte de las dos docenas de países del grupo que han apoyado a la causa rebelde. Pero aunque se debe encomiar al Consejo por su habilidad organizativa y diplomática, aún hay muchas cosas por las que preocuparse. El mes pasado, después del asesinato de Abdel Fattah Younes, el comandante militar de los rebeldes, surgieron líneas de falla que muestran lo frágil que es el consenso dentro del NTC. En una conferencia de prensa, Mustafa Abdel Jalil del NTC afirmó inicialmente que el asesinato había sido obra de partidarios de Gaddafi. Resultó que había sido perpetrado por una de las 40 milicias rebeldes que existen sólo en Benghazi (hay 120 más en Misrata). Sorprendentemente, en la conferencia, Jalil estaba rodeado de miembros de la tribu de Obeidy a la que pertenecía Younes —ningún miembro del NTC estuvo presente por temor a la venganza. Aunque las tribus —una característica perdurable de la sociedad libia— tenían poco prestigio político en el régimen de Gaddafi, la muerte de Younes hizo que la dimensión tribal volviera al primer plano. Hubo también otras fisuras: los jóvenes que han librado batallas y se sienten con derecho a recibir alguna recompensa contra aquellos que se quedaron en Benghazi; las personas dentro de Libia que han tomado parte en el levantamiento contra aquellas que están fuera; los islamistas que están cada vez más organizados contra aquellos con una visión más secular. Estas divisiones fueron dejadas de lado por la incursión final en Trípoli y por el júbilo que siguió, pero muestran lo difícil que será la construcción de la nación, aún si los esfuerzos del NTC consiguen arraigarse. El mayor problema post-Gaddafi podría ser generado por una enorme cantidad de riquezas cuando una “fiebre del oro” de ayuda, activos descongelados e inversionistas descienda sobre un país cuyas capacidades de regulación son débiles y cuyos líderes serán cuestionados una vez que pase la euforia. El trabajo preliminar que el NTC realizó durante la guerra civil será útil, pero quizás no sea suficiente. Y como siempre en la historia moderna de Libia, el petróleo será fundamental. En el régimen de Gaddafi, el petróleo fue el gran botín que generó un sistema de influencias que perpetuó su dictadura durante 42 años. Para convertir el petróleo en una fuerza positiva se requerirá un extraordinario esfuerzo de las personas en el poder para evitar la alternativa fácil de limitarse a gastar los ingresos para obtener resultados políticos. Estas son cualidades que difícilmente se pueden esperar del NTC. En parte debido a la dirección de tipo universitario que el NTC ejerció durante la guerra, Libia carece de un líder carismático que pueda alzarse por encima de la refriega. El peligro es que el nuevo gobierno pueda crear los aspectos de un nuevo estado, pero que tenga dificultades para convencer a los libios de que este estado representa un consenso nacional. Occidente debe ser cauteloso sobre qué esperar. Pero debe proporcionar a Libia toda la ayuda que necesite. |






