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| Roddy Doyle escucha las bromas y el cotorreo de la parlanchina capital de Irlanda |
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Roddy Doyle escucha las bromas y el cotorreo de la parlanchina capital de Irlanda MATT MCGEE DUBLÍN ES UNA ciudad de palabras. Tiene un par de edificios contra los que vale la pena recargarse, y se ubica precisamente junto al mar, incluso en el mar donde el clima es duro. Las montañas están cerca, pero, en lo que respecta a las montañas, son más bien llanas. Y luego está el río, el Liffey. Es el ingrediente secreto de la Guinness pero, aparte de esto, es un poco decepcionante. Es pequeño. No estoy siendo honesto aquí; probablemente estoy siendo estúpido.
Dublín tiene su gloria y, en muchos de los sentidos de la palabra, la ciudad es adorable. Pero debo enfatizar este punto, el que quiero anotar como mi creencia: Dublín no es un lugar. Es un sonido. Dublín es el sonido de la gente hablando. La ciudad de Dublín es el sonido de los que aman hablar, los que aman las palabras, tomar palabras y jugar con ellas, doblarlas y torcerlas, alargando las cortas y acortando las largas, gente que ama inventar palabras y darles un nuevo significado a las viejas. Los esquimales tal vez tengan muchas palabras para “nieve”, pero los dublineses sólo necesitan dos para expresar su reacción a la decisión de la nieve de caer sobre Dublín: “Puta nieve”. En Dublín hay muchas palabras para decir hola: “Hola”, “¿Cómo estás?”, “¿Quihubo?”, “¿Todo bien?”, “¿Cómo te va?”, “¿Qué hay de nuevo?”, “¿Qué me cuentas?”, “Mira quién se aparece”, “¡Qué milagro!”, “¿Cómo te ha ido?”, “Dichosos los ojos”, “¿Qué me cuentas?”, “¿Qué hay?”. La mayoría lleva signos de interrogación; algunas incluso exigen una respuesta. “¿Qué me cuentas?” es una pregunta que se puede hacer varias veces al día, es más un reto que un saludo, como si la ciudad te empujase a convertirte en un hablador, un anecdotista, un escritor: uno no pasa hasta que haya dado una historia medio decente, algo que valga la pena escuchar y transmitir. Cuando fui profesor de escuela, allá en el borde de la última recesión, y me cruzaba con una pandilla de muchachos, apiñados en una esquina de un rincón del patio escolar, oliendo a una culpa alegre y humo de cigarrillo, a menudo les preguntaba: “¿Qué me cuentan aquí?”. Ellos lo entendían: los invitaba a hablar para salir del problema. Rara vez me decepcionaban. He visto a niños silenciosos en otras partes del mundo. Me aterran. Los chicos de Dublín nacen con un rumor. Recientemente leí un cuento, escrito por un muchacho de 15 años. La palabra “rumor” aparecía cada dos o tres líneas. Pero nunca fue usada exactamente de la misma manera: “el rumor”, “un rumor”, “rumoreando”. Era como observar la creación de una vida nueva, de miembros y rasgos puestos a prueba y hechos firmes. Ayer, un grupo de mujeres jóvenes me explicó lo que es una “incubadora casera”. El término aparecía en un pequeño diálogo que acababan de escribir: “Él solía ser una incubadora casera, pero ahora sale más por estos días”. Una incubadora casera es un muchacho o muchacha—más a menudo un muchacho— que se queda en casa todo el día, que no sale, porque está “demasiado metido con el Xbox”. La tarea descrita, “incubadora casera”, tal vez no se haya originado en Dublín, pero “alguien como una incubadora casera” no podía provenir de otra parte.
Lo sé, estoy siendo sentimental. En ocasiones he visto a muchachos de Dublín que no hablan. Uno puede caminar por días a través de la ciudad sin que le pregunten “¿Qué me cuentas?”. Pero mi sentimentalismo es deliberado. Hace unos días escuché a dos mujeres en un programa de entrevistas por la radio, llorando: sus hogares están a punto de ser embargados. Ese poco de dinero extra en el bolsillo, el verdadero indicador de los años del tigre celta para la mayoría de la gente, se ha ido. Las filas de desempleados están de vuelta. Las tiendas están cerrando. Edificios de apartamentos sin terminar empiezan a desmoronarse. La gente tiene miedo de respirar, de exhalar; algo más les será arrebatado. El otro día, el hombre junto a mí estaba en lo correcto: “El país está destartalado”. Pero la gente de Dublín siempre poseerá sus palabras. No hay impuesto al argot. La palabra temida de esta semana es “embargado”. La próxima semana alguien en una calle de Dublín, o en una puerta trasera, le dará una nueva propiedad: “¡Ven aquí o te embargaré!”. Dublín prosperará porque Dublín es la ciudad que nunca se calla. |






