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Extrañando a Bob Dole
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Extrañando a Bob Dole

Desafió a la derecha radical al paralizar las actividades del gobierno en 1995. ¿Quién hará lo mismo ahora?

Por Paul Begala

A PESAR DE LO DRAMÁTICO que fue para el país y lo pernicioso que resultó para el Partido Republicano (GOP), el paro gubernamental de 1995 se antoja el clímax de la moderación republicana si se le contrasta con las políticas riesgosas que hoy han servido de preámbulo al bloqueo de las conversaciones sobre el techo de la deuda.

La situación actual tiene diferencias respecto de 1995. Por una parte, la economía es más débil —los expertos aseguran que las repercusiones del bloqueo sobrepasarían con creces a un simple paro gubernamental. Por otra, los republicanos se muestran, digamos, más “inspirados ideológicamente”, como ilustran el líder de la minoría senatorial Mitch McConnell, el presidente de la Asamblea John Boehner y el líder de mayoría Eric Cantor, todos enfrascados en una competencia por el título del extremista más radical, el republicano más arrojado y dispuesto a impedir, por todos los medios, que el gobierno incremente su ingreso en siquiera un centavo, sin importar lo catastrófico de las consecuencias.

Pero para mí, la diferencia estriba en que Bob Dole no está en la sala. Después de que el entonces presidente de la Asamblea, Newt Gingrich, se quejara de que le habían dado un mal asiento en el Air Force One (por cierto, señor Gingrich, no hay malos asientos en el avión presidencial), precipitando al paro de actividades del gobierno, llegó el turno de lucirse al líder de mayoría senatorial, Bob Dole. “Ya basta”, restalló. “Lo que hacemos no tiene sentido”. Pues bien, la nación vuelve a posar su lastimera mirada en usted, senador Dole. El presidente Obama ha interpretado bien su papel —incluso rugió las mismas palabras: “Ya basta”, en otra desgastante sesión de negociaciones con los republicanos, el 13 de julio. Pero ¿qué dice la derecha? A mi parecer, Boehner tiene la intención de erigirse en nuestro nuevo Dole –aunque tal vez termine convertido en un líder de contados seguidores.

Es su momento, no hubo quien pudiera cuestionar las credenciales republicanas de Dole: fue presidente del Comité Nacional Republicano durante la presidencia de Nixon, compañero de cédula de Gerald Ford, aliado senatorial de Ronald Reagan, y estuvo dispuesto a competir contra Clinton en representación del GOP. Tampoco hubo quien se atreviera a dudar de su valentía, pues derramó su sangre y perdió el uso del brazo derecho al luchar contra los nazis. Para colmo, fue líder indiscutible de los republicanos del Senado. En comparación, el pobre Boehner sólo tiene a su favor la impresionante colección de dagas que Cantor le ha hundido en la espalda —en cantidad suficiente para abrir una armería. En 1995, Gingrich tuvo un control mucho más extenso de su conferencia; los novatos republicanos de la Cámara eran sus bebés; y cuando muchos de ellos hacían campaña, seguían al pie de la letra sus ideas maoístas sobre el “control del pensamiento”.

Con todo, Gingrich cometió un grave error estratégico: pensó que podría arrollar a Clinton. Tal vez percibió que las acciones centristas del entonces presidente de EE UU no eran consecuencia natural de unas desastrosas elecciones intermedias, sino una capitulación ante la agenda de la derecha. En realidad, meses antes del paro el propio Clinton me dijo, en privado, que no podía creer que los republicanos fueran tan torpes para creer que lo obligarían a firmar recortes masivos en Medicare. Incluso agregó que lo más inteligente habría sido que le presentaran un acuerdo más mesurado que él pudiera firmar, aunque hubiera resultado tan desagradable a su base demócrata que corriera el riesgo de perder el apoyo del Congreso y verse desafiado en las primarias.

Para Clinton, fue evidente que, cuando llegara el paro, él tendría todas las de ganar. Y no obstante, como inveterado constructor de consenso, el ex mandatario también sabía cuándo detenerse. Mejor que pactar acuerdos difíciles, “era llevar un liderazgo al estilo de Gary Cooper”, sentenció. Y así, llegado el momento de batirse a balazos con Gingrich, Clinton desenfundó con todo aplomo y señalando el escritorio presidencial, hecho con la madera del HMS Resolute, le dijo a Gingrich que si deseaba que alguien convirtiera sus recortes en ley, tendría que sentar a otro detrás de aquella mesa. Clinton ganó el duelo del paro y aunque sus cifras en las encuestas se desplomaron inicialmente, muy pronto se recuperó conservando una ventaja permanente sobre el GOP.

Tal vez algunos miembros del actual Partido Republicano crean que cuanto más empeore la situación de la economía estadounidense, mejor irán las cosas para los políticos republicanos. Para todos ellos, mi consejo es que presten atención a lo que dijo el sabio de Russell, Kansas: Ya basta.