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El Watergate de Murdoch
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El Watergate de Murdoch | Opinion

El Watergate de Murdoch

Su enfoque irrestricto se ha extendido en todo el periodismo como una plaga. Ahora amenaza con socavar la influencia que tanto ambiciona.

Por Carl Bernstein

EL ESCÁNDALO DE ESPIONAJE que sacude actualmente al imperio de Rupert Murdoch sólo sorprenderá a aquellas personas que deli­beradamente han cerrado los ojos ante la perniciosa influencia de ese imperio sobre el periodismo en el mundo de habla inglesa.

Muchos de nosotros hemos hecho un guiño divertido ante la lascivia, sin con­siderar la amplia corrupción del periodismo y la política promulgada por la Cultura de Murdoch en ambos lados del Atlántico.

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Los hechos del caso tienen un alcance asombroso. Miles de men­sajes telefónicos privados fueron intervenidos, presumiblemente por personas afiliadas al periódico News of the World, propiedad de Murdoch, y las partes afectadas van desde el Príncipe Guillermo y el actor Hugh Grant hasta víctimas de homicidio y familias de soldados muertos en Irak y Afganistán. El arresto de Andy Coulson, ex jefe de pren­sa del primer ministro David Cameron, por el escándalo durante su ges­tión como editor del periódico. El (segundo) arresto de Clive Goodman, el ex editor de asuntos de la realeza en el periódico. El impactante anuncio del 7 de julio de que el diario dejaría de publicarse tres días después, dejando sin trabajo a cientos de empleados. El riesgo en el que ha queda­do la oferta de Murdoch para adquirir el control total de la empresa de no­ticias por cable BSkyB. Acusaciones de soborno, intervención telefónica y otros delitos —sin mencionar el cargo de eliminación de millones de mensajes de correo electrónico para frustrar la investigación de Scotland Yard.

Todo esto rodea a un hombre y un imperio de los medios sin rivales serios en cuanto a su influencia política en Gran Breta­ña —en especial, pero no exclusivamente, entre los conservado­res que actualmente gobiernan el país. Casi todos los primeros ministros desde la era de Harold Wison durate las décadas de 1960 y 1970 han rendido pleitesía a Murdoch y a su poder sin igual. Cuando Murdoch realizó su fiesta anual de verano en Londres para la élite política, periodística y social del Reino Unido en The Orangery en Kensington Gardens el 16 de junio, el primer ministro Cameron y su esposa, Sam, estuvieron ahí, al igual que el dirigente del Partido Laborista Ed Miliband y otros ministros del Gabinete.

Los socios de Murdoch, actuales y anteriores —y sus biógrafos— han dicho que una de sus mayores ambiciones a largo plazo ha sido reproducir ese poder político y cultural en Estados Unidos. Duran­te mucho tiempo, su vehículo fue el New York Post —no rentable, pero útil para incrementar su eminencia y poner en marcha un cambio a gran escala no sólo en el periodismo estadounidense sino también en la cultura en general. La Página Seis, emblemática en su descuido sobre la precisión, la veracidad o el contexto —pero ¡ah!, tan agradable de leer— se convirtió en el modelo para la proliferación del chismorreo en una prensa estadounidense antes contraria a conside­rar siquiera la posibilidad de publicar algo semejante. (Murdoch ya había logrado una degradación similar en las transmisiones televisi­vas durante la década de 1990 con Hard Copy, el programa de televi­sión amarillista, que actualmente parecería tibio según los estándares actuales, mucho más bajos).

Entonces llegaron las injustas y sesgadas “noticias” politi­zadas del canal Fox News —mostrando (otra vez) el genio de Murdoch para construir un imperio fundado en un denominador periodístico cada vez más bajo. Dicho imperio se basa también en un fundamento que se relaciona poco o nada con las mejores costum­bres y valores del reporterismo verdadero y del periodismo respon­sable: la mejor versión alcanzable de la verdad. En lugar de este ideal periodístico, la perdurable ética de Murdoch introdujo el chismorreo, el sensacionalismo y la controversia prefabricada.

Y finalmente, en 2007 la rijosa familia propietaria del Wall Street Journal sucumbió ante su perspicacia, su fuerza de voluntad y su dinero, cumpliendo el sueño de Murdoch de po­seer un periódico estadounidense para igualar la influencia y el prestigio de su posesión en el Reino Unido, The Times of Lon­don —un diario que importaba realmente, en el peldaño más alto del periodismo.

Entre el Post, Fox News y el Journal, es difícil pensar en cualquier otra persona que haya tenido un mayor impacto en la cultura política y en los medios estadouniden­ses durante los últimos 50 años.

Pero ahora el imperio se tambalea, y no sabemos cuando se detendrá. Mis conversaciones con periodistas y políticos bri­tánicos —todos los cuales insistieron en hablar anónimamente para protegerse de la venganza del magnate, que aún es enormemente pode­roso — hacen evidente que el cierre de News of the World y las investigaciones oficiales anun­ciadas por el gobierno británico son el inicio, y no el final, de este evento sísmico.

News International, la rama británica del imperio mediático de Murdoch, “siempre ha trabajado según el principio de la omertà: ‘No diga nada a nadie que no pertenezca a la fami­lia, y nosotros cuidaremos de usted’”, señala un ex editor de Murdoch que conoce perfec­tamente el sistema. “Ahora están tratando de inculpar a varias personas. Una vez que usted hace eso, la omertà desaparece, y las personas van a hablar. Parece un pelotón de fusilamien­to circular”.

News of the World fue siempre el “bebé” de Murdoch, uno de los diarios más grandes en el mundo de habla inglesa, con 2.6 millones de lectores. Como diría cualquier persona del negocio, los estándares y la cultura de una institución periodística se establecen desde la cima, por su propietario, su editor y sus editores principales. Los reporteros y editores no suelen romper la ley, sobornar a los policías, interve­nir teléfonos y, en términos generales, tampoco se conducen como gánsteres a menos que ello sea una política acreditada y sobrenten­dida. Los detectives privados y los expertos en intervenciones telefó­nicas no se convierten en las principales fuentes de información de un periódico sin el conocimiento y la aprobación tácita de quienes están en la cima, con mayor razón en el caso de los periódicos que son propiedad de Rupert Murdoch, de acuerdo con aquellos que lo conocen mejor.

Como me dijo uno de sus ejecutivos principales —que alguna vez fue su asistente cercano, “Este escándalo y todas sus implicacio­nes no podían haber ocurrido en ningún otro lugar. Sólo en la órbi­ta de Murdoch. El espionaje en News of the World se realizó a escala industrial. Más que nadie, Murdoch inventó y estableció esta cultura en la sala de redacción, donde uno hace lo que sea para obtener la histo­ria, mostrarse implacable, destruir a la competencia, y el fin justificará los medios.”

“Al final, uno cosecha lo que siembra”, señala este mismo ejecutivo. “Ahora, Murdoch es una víctima de la cultura que él mismo creó. Es una conclusión lógica, y sus principales ejecutivos apoyaron y condo­naron la violación de la ley y la intervención telefónica”.

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¿Es posible que Murdoch sea acusado criminalmente? Siempre se ha rodeado de subordinados y miembros de la familia que cuentan con toda su confianza, así que ello quizás sea improbable. Aunque Murdoch ha negado enérgicamente estar enterado de la intervención telefónica y de los sobornos, es difícil creer que sus principales asistentes en el periódico no pensaran que tenían su autorización para usar esos métodos de reporterismo no tradicionales. Los in­vestigadores ya están integrando voluminosos registros que de­muestran la violación de la ley de manera sistemática en News of the World, y Scotland Yard parece creer que lo que ocurría en la sala de redacción era endémico en los niveles más altos del periódico y resultaba evidente en la estructura corporativa. Se han encontrado cheques que muestran pagos por decenas de miles de dólares a la vez.

Para este reportero, es imposible no considerar estos he­chos a través del prisma de Watergate. Cuando Bob Wood­ward y yo nos topamos con preguntas éticas difíciles, como el hecho de abordar a los miembros del jurado en busca de información (lo cual hicimos, y quizás no debimos hacer), buscamos el consejo del editor ejecutivo Ben Bradlee, el cual, a su vez, llamó a los abogados de la compañía, que dieron el visto bueno y describieron plenamente los problemas lega­les. La editora Katharine Graham estaba informada. De igual manera, Bradlee estaba enterado cuando obtuve los registros telefónicos privados y de la tarjeta de crédito de una de las figuras del Watergate.

Todas las instituciones tienen fallas, incluso las más gran­des, provocadas especialmente por empleados truhanes- son famosos los casos ocurridos en los últimos años en el Washington Post, el New York Times, y en las tres redes de televisión originales. ¿Pero acaso alguna persona que conozca y comprenda el proceso periodístico puede imaginar que el Post o en el Times condonen las tácticas empleadas regularmente por la prensa de Murdoch, especial­mente en News of the World?

Y aquí surge otra inevitable comparación con el caso Waterga­te. Las circunstancias de la supuesta infracción de la ley en News Corp. sugieren más que una semejanza pasajera con Richard Nixon, quien presidió una conspiración criminal en la que se protegió con­tra el conocimiento específico de numerosas actividades criminales individuales, al tiempo que autorizó y era personalmente responsa­ble de políticas generales que daban como resultado la infracción de la ley y generaban conductas anticonstitucionales. Todo ello, por no mencionar su papel en el encubrimiento. Quedará en manos de las autoridades británicas y de los presumiblemente asqueados o legal­mente presionados ejecutivos y editores revelar exactamente dónde se produjo la putrefacción en News of the World, y si Rupert Murdoch permitió, aprobó o se opuso a la evidente corrupción que contagiaba a sus subordinados.

conectando_puntos2Nada de esto niega el genio competitivo de Murdoch, su enorme comprensión del mercado de los modernos medios de comunica­ción, o su impecable interpretación de la cultura popular. Ha hecho que los periódicos ocasionalmente aburridos sean divertidos de leer y que las transmisiones de noticias de la TV sean divertidas de ver, y pocos de nosotros negaríamos que hay días en los que eso nos encan­ta. Ha tenido sus mejores momentos cuando ha venido desde fuera: al poner en marcha Sky News, que sacudió al complaciente orden establecido de la radiodifusión británica; al contradecir la sabiduría convencional de los medios estadounidenses de que una cuarta red de televisión (Fox) nunca podría despegar; al reducir el poder de los sindicatos de impresores de Gran Bretaña que estrangulaban a la prensa de este país.

Pero Murdoch y su imperio global de los medios tienen muchas cosas por las que deben responder. No sólo ha apoyado la metástasis del salvaje periodismo amarillista en ambos lados del Atlántico. Algo que es quizás igualmente preocupante es que las autoridades de Gran Bretaña podrían responder a la indignación popular ante el escándalo mediante la imposición del tipo de reglas que, inevitablemente, debi­litarían a una prensa realmente libre.

Los sucesos de los últimos días son un momento crucial para Gran Bretaña, para Estados Unidos y para Rupert Murdoch. El pe­riodismo amarillista —y nuestra cultura amarillista— nunca volve­rán a ser los mismos.


El libro más reciente de Bernstein es A Woman in Charge: The Life of Hillary Rodham Clinton (Una mujer a cargo: la vida de Hillary Rodham Clinton).