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Oz, el mago
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Oz, el mago

LA MÁS RECIENTE OBRA DE UN SABRA CONSUMADO ANALIZA LA VIDA DE UNA PEQUEÑA ALDEA, CONTRA UN FONDO DECIDIDAMENTE ISRAELÍ.

Por Dan Ephron

AMOS OZ SÓLO pretendía hablar de su libro. El mes pasado, el autor más celebrado de Israel me condujo a un estudio en el sótano de su sencillo hogar a orillas del desierto del Negev, rincón donde ha producido todas sus recientes novelas,

incluida la que este mes se publicará en Estados Unidos con el título “Scenes From Village Life” (Escenas de la vida rural). Sin embargo, la política no dejaba de entrometerse. Un programa televisado por el aniversario de los ataques del 11 de septiembre iluminaba silenciosa­mente la pantalla y en Nueva York, el presidente palestino Mahmoud Abbas, se disponía a solicitar la membresía de Naciones Unidas, incitando amenazas israelíes. “Si yo fuera el gobierno de Israel, pediría a los palestinos un aviso de 24 horas de antelación para declarar su independen­cia, a fin de que pudiéramos hacer nuestro propio anuncio”, me dice en su estudio, donde las obras de su creación ocupan varios entrepaños del librero. “Israel tiene que ser el primero en reconocer la soberanía de Palestina; sólo entonces podremos hablar de fronteras”. 

Desde hace ya 50 años, Oz ha pasado alguna parte del día escribiendo sobre temas de ficción íntimamente observados o abogando por un Estado Palestino coexistente con Israel. Y en su primera labor ha tenido más éxito que casi cualquier autor israelí, pues sus libros se han traducido a 30 idiomas y habitualmen­te se encuentra entre los finalistas del Premio Nobel de Literatura, incluido el de este año. Sus memorias de 2002, “Una historia de amor y oscuridad”, han vendido más de un millón de ejemplares en todo el mundo. No obstante, a los 72 años y con israelíes y palestinos más divididos que en muchas décadas, Oz comienza a aceptar la posibilidad de que su segundo empeño fracase —que la paz no se materialice durante su vida. “Sigo optimista, pero mi optimismo no tiene agenda”.

Entre los israelíes de su generación, Oz es el epítome del sabra (como se denomina a los nacidos en Israel): impetuoso, recio, de viril atractivo. Creció en Jerusalén, combatió en dos guerras y vivió durante años en un kibutz donde los líderes de la comuna le permitían escribir sólo un día a la semana (los demás, trabajaba en el campo). Sus incursiones en la literatura política coincidieron con su surgimiento como novelista. En 1967, inmediatamente después de la guerra y durante la euforia israelí por la liberación de Jerusalén y otros territorios, Oz escribió —casi proféticamente— que el dominio sostenido de más de un millón de palestinos en la Ribera Occidental y la Franja de Gaza tendría un efecto corrosivo en la sociedad de Israel (la población palestina actual suma más de cuatro millones). 

Desde entonces, ha escrito poderosos ensayos sobre la volátil psicología del conflicto árabe-israelí, incluidas las falsas suposiciones que persisten en ambos bandos. “Los árabes nos miran alos israelíes y no pueden ver quiénes somos en realidad: un montón de refugiados y supervivientes medio histéricos. Lo único que ven… es una extensión de la Europa blanca, opresiva, sofisticada y colonizadora que exprime y humilla a los árabes”, escribió en un ensayo de 1992. “Por nuestra parte, los israelíes vemos a los árabes… nada menos que como la encarnación de nuestros antiguos opresores: cosacos, incitadores de pogromos y nazis que, en esta ocasión, se han dejado crecer bigotes y se envuelven en kaffiyehs, pero cuyas intenciones siguen siendo las mismas: cortar gargantas judías”.

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Aunque las novelas de Oz suelen estar arraigadas firme­mente en la experiencia israelí, el autor asegura que no son alegorías de los grandes dramas de la nación. De hecho, pasó muchos años indignado por esas malas interpretaciones hasta que aprendió a vivir con ellas. “Ése es el destino de cualquiera que escriba sobre esta región del mundo”, confiesa. “Le apuesto a que si escribiera un cuento sobre un padre, una madre, una hija y unas monedas, habría gente que vería al padre como el gobierno, a la madre como la religión, la hija como la generación joven y las monedas como la endeble economía”. 

Su novela más reciente está ambientada en una aldea como pocas hay en Israel —vie ja y pintoresca, salpicada de boutiques y pequeñas vinaterías. Sus personajes viven abrumados no por el terrorismo o la lucha política, sino por los dramas más prosaicos de la vida: soledad, relaciones infelices, la sensación de estar atrapados en el lugar geográfico equivocado. El único personaje árabe de las siete viñetas que componen la obra no es amigo ni enemigo de los judíos, sino un estudiante que, por casualidad, vive entre ellos. De cierta manera, la narrativa versa más sobre la claustrofobia que impera entre los habitantes de los suburbios o las aldeas, que en una descripción específica de la condición israelí.

Y aun así, la sensación de presagio que permea los relatos posee un aire decididamente israelí. Durante una velada, el sonido de helicópteros en la distancia presagia lo que podrá ser un nuevo conflicto armado; en sus hogares, los personajes se sienten perseguidos por cosas que no pueden explicar. Uno de ellos escucha que alguien cava bajo la casa, pero no logra localizar el sitio; otro sigue el rastro de su esposa desaparecida. Pesach Kedem, el personaje más animado del libro, es un político jubilado de más de 80 años que despotrica sin cesar acerca de que los israelíes han perdido el espíritu de responsabilidad comunal. “Soñamos con mejorar a nuestro pueblo, con mejorar al mundo entero”, gruñe Kedem a su hija. “Pero ahora, todos los corazones han muerto”.

Por coincidencia, las diatrivas de Kedem hacen eco de temas que, en la vida real, precipitaron las tumultuosas manifestaciones israelíes del verano pasado, protestando contra la disparidad de los superricos del país y todos los demás (Oz publicó la novela original, en hebreo, hace dos años). Al mismo tiempo, resalta una interrogante que los israelíes se han planteado muchas veces, también desde las manifestaciones de verano: ¿cómo fue que el país degeneró de sus orígenes igualitarios de principios del siglo pasado —con sus kibbutzim y el énfasis en la riqueza compartida— en una sociedad donde una pequeña parte de las familias ejerce un tremendo poder económico?

Para Oz, los “gobiernos de gran capital” de los últimos 30 años tienen la culpa de las políticas que favorecieron a los ricos y propiciaron un clima de codicia. No obstante, reconoce que el experimento de los kibutz contenía las semillas de su propio fracaso. “Los fundadores… querían crear una mutación de la especie humana en apenas una generación. Buscaban crear personas que ya no fueran materialistas, hedonistas ni egoístas, y creyeron que podrían alcanzar su objetivo cambiando el ambiente, las circunstancias y las reglas del juego. Aquello estaba destinado a terminar en una decepción”.

La posibilidad de que los esfuerzos de paz también estén destinados al final crónico de la decepción, es un cuestionamiento que agravia a mucha gente en todos los frentes del conflicto. Oz opina que las mayorías israelíes y palestinas han aceptado, de mala gana, que la división del territorio es la única solución posible; sin embargo, el problema estriba en el liderazgo. “Creo que, aunque los pacientes —israelíes y palesti­nos— aguardan con desagrado la operación, los cirujanos son unos cobardes”. A mediados de la década de 1990, fue invitado a dirigir el Partido Laborista que, en aquellos días, controlaba una proporción sustantiva de los escaños parlamentarios, mas Oz no se imaginaba pasando siquiera una breve temporada en el ámbito político. “Tengo una discapacidad física”, agrega. “No puedo pronunciar las palabras: ‘Sin comentarios’”.

“Así pues, ¿cómo dedicarme a la política?”