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| “No siempre soy coherente, pero siempre tengo razón”. |
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“No siempre soy coherente, pero siempre tengo razón”. CONOZCA A NORMAN STONE: EL MÁS TENAZ DEFENSOR DE TURQUÍA. Por Melik Kaylan “TURQUÍA ES EL único país de la región cuyo pasado parece fluir hacia un resultado positivo, una historia con futuro. Como ocurre con cualquier relato, para encontrar interés en la trama hay que avanzar —de lo contrario, llegamos a la consabida definición de la historia como “la misma cosa una y otra vez”. Los turcos siempre han jugado un papel importante en el acontecer mundial. Durante un tiempo pareció que estaban inactivos, pero yo sabía que eso tenía que cambiar”. Se acerca el ocaso y el profesor Norman Stone se encuentra parado en el balcón de su residencia en la Universidad de Bilkent, en la capital turca, contemplando los flamantes conjuntos de torres que relucen contra el fondo de las montañas de Anatolia. Ankara no puede disimular su actual opulencia, con una expansión económica que este año alcanzará la marca de 11 por ciento. Hace dos días que presiono discretamente a Stone para que hable de su carrera, de la decisión de abandonar su cargo como profesor de historia moderna en Oxford para emigrar a Turquía en la década de 1990; de su vida antes y después. Entrevistar a uno de los más entusiastas admiradores de Turquía –postura opuesta a la mayoría de cualquier siglo— es una oportunidad conmovedora para mí, un turco educado en el Reino Unido.
Me pareció que el momento era propicio para el autoanálisis: Stone sufrió un leve infarto cerebral hace unos meses y por ello, a sus 70 años, ha dejado de beber y fumar (solía ser un empedernido practicante de ambos hábitos). Y recién ha publicado un libro por demás oportuno, Turkey: A Short History; oportuno porque el mundo está cada vez más intrigado, y hasta preocupado, por la dirección estratégica de su hogar adoptivo; una antigua hegemonía que, de manera algo alarmante, ha recuperado su espíritu de independencia en los últimos años. Con el repunte de la influencia turca en Oriente Medio y la naciente frescura de la Primavera Árabe, Occidente está conteniendo la respiración e inevitablemente, escuchará con atención cualquier cosa que diga Stone acerca de Turquía. “Nunca he tenido empacho en expresar mi opinión”, prosigue el escocés, con una gutural carcajada que evoca al catedrático de la década de 1980 —el pícaro e intenso bon vivant que escandalizó a la Academia con sus argumentos a favor de Thatcher e incluso, llegó a ser uno de los asesores políticos de la Dama de Hierro. ¿Por eso dejó Gran Bretaña, porque tenía muchos enemigos? Lanza otra carcajada. “Fue, simplemente, porque no pagan lo suficiente para vivir como un joven profesor. La dignidad nada tuvo que ver. Empecé a escribir para la prensa, cosa que disfrutaba porque, la verdad, en aquellos días el mundo entero necesitaba modificar sus ideas, sacudirse el pasmo socialista. Pasé el tiempo que quería lejos de la erudición y cuando quise regresar, Turquía me hizo un ofrecimiento respetable para que me dedicara a estudiar”. Si bien Stone ganó notoriedad periodística aguijoneando la vetusta virtud del estado ñoño, su reputación como historiador comenzó a temprana edad y evolucionó lentamente. Escrito en 1975, su libro “El Frente Oriental, 1914-1917” se convirtió en un clásico de la literatura sobre la Primera Guerra Mundial. Su experiencia como sovietólogo abarcaba el bloque Oriental y hasta sus idiomas, al punto de que, en cierto momento, llegó a estudiar y hablar en ruso, húngaro, alemán, eslovaco y varias otras lenguas. “Nadie había hecho un verdadero trabajo preliminar en los archivos extranjeros. Vivíamos la época de la Guerra Fría y el ambiente de trabajo era incómodo, hostil y dependía completamente de la burocracia, amén de que estaba plagado de los apologistas de Moscú. Pero desde el principio, antes de venir a Turquía, ya estaba interesado en la perspectiva oriental del mundo”. Digo a Stone que logró casi lo imposible incitando tanto la indignación en su país como en el extranjero. “En todas partes hay temas altamente sensibles”, responde. Tan pronto como se estableció en Turquía, comenzó a agraviar a lectores y escuchas (aún lo hace) con temas como golpes militares, masacres armenias y disturbios kurdos. Por ejemplo, encontró algo bueno en el golpe de 1980: “Fue una guerra civil entre la izquierda y la derecha, con miles de víctimas anuales e instigada, en parte, por los vecinos prosoviéticos. Sólo imagine la alternativa al golpe de Estado”. Acerca de la situación armenia: “No fue un genocidio al estilo Hitler”, sentencia. Quizá lo más ofensivo de su observaciones, para muchos, es su afán de analizar las cosas desde la perspectiva histórica. “Más de un millón de refugiados musulmanes fueron expulsados de Crimea, el Cáucaso o los Balcanes”, escribe. “El choque de aquellos refugiados contra los armenios fue parte del problema”. Conclusión: no se trató de genocidio repentino y arbitrario, sino de una guerra civil. En cuanto a los kurdos, él mismo se pone como modelo —un escocés que considera beneficiosa la nacionalidad británica. Y así, afirma que los kurdos están mejor servidos viviendo con los turcos que en un enclave monoétnico. ¿Existe un enfoque “Stoniano” de la historia? “Dígamelo usted”, contesta y a continuación, cito algunos de sus atributos: una prosa rápida de juicios categóricos sobre temas delicados; percepciones originales englobantes que realinean, de un solo golpe, el conocimiento adquirido. En su libro anterior, Breve historia de la Primera Guerra Mundial, el lector descubre que el Ejército ruso sobrevivió casi un año con escasos suministros, bebiendo “alcohol altamente tóxico”; todo para que, poco después, se desatara la Revolución. El libro sobre Turquía está plagado de revelaciones semejantes. El otomano fue un exitoso imperio europeo que comenzó a tambalearse sólo después de ser asimilado por Oriente Medio, aunque la peste y el cambio climático fueron igualmente responsables de su caída. En 1876, el primer Parlamento constitucional turco fue dispersado rápidamente cuando los estadistas turcos se dieron cuenta de que un plebiscito sólo serviría para dar poder a los reaccionarios religiosos. (¿Alguien dijo “Primavera Árabe”?).
En muchas cosas, las opiniones de Stone difieren entre la página escrita y la vida real. En lo personal, lamenta que se perdieran frases con “largas evocaciones poéticas” cuando Atatürk cambió el idioma y desechó numerosos vocablos pérsico-árabes. No obstante, en su libro argumenta que aquella lengua jamás habría sido un “vehículo para la alfabetización masiva que las letras latinas llevaron a Turquía”. “Sé que no siempre soy coherente”, reconoce, “pero siempre tengo la razón”. Y vuelve a lanzar la jovial carcajada de un hombre satisfecho. Reportero en Nueva York, Melik Kaylan cubre temas culturales para The Wall Street Journal |






En todos sus relatos, Stone introduce detalles deslumbrantes y un tanto excéntricos que cautivan al lector. En su último libro me entero de que el alma mater de mi padre, el liceo francófilo de Galatasaray, fue fundado por el sultán Abdulaziz en 1868 para dar origen a una élite educada que después trató de derrocar al sultanato. Asimismo, Stone hace alusión a hechos poco conocidos, como que, en el siglo XIX, los judíos secretos de Salónica, llamados dönme, se convirtieron en masa al islamismo (entre ellos, los antepasados de mi abuelo) para luego surgir como la élite ultrasecular de la República. De hecho, se rumora (aunque Stone no lo menciona) que el mismísimo Mustafa Kemal Atatürk descendía de los dönme —otra posible causa de la hostilidad islamista para sus reformas.