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MUCHO MÁS DE lo que la mayoría piensa, un cambio en las sensibilidades transforma los contextos históricos más profundamente que las guerras y los giros políticos. Amparado en esa convicción considero que gracias al poeta chileno Nicanor Parra, y sobre todo a la publicación de su libro Poemas y antipoemas, en 1954, nació desde la poesía cierta sensibilidad que anunciaba una época distinta.
Ahora galardonado con el Premio Cervantes, este “subversivo” supo ver antes que la mayoría de nosotros que “El poeta no cumple su palabra / si no cambia los nombres de las cosas”; consecuente con ello, pidió que al sol “se le llame Micifuz”, y a “los zapatos ataúdes”.
En 1914, cuando la primera confrontación mundial casi le cambia el nombre y el rostro a las estrellas, nació este inventor que sumó a la poesía de nuestra lengua un nuevo sujeto lírico. Bastaría un poema: Es olvido para confirmarlo: bella elegía —sin dolor— a una joven que debía llamarse María por “su aspecto de plaza de provincia”. En sus ágiles endecasílabos declara: “¡Tiempos aquellos!, yo un espantapájaros / ella una joven pálida y sombría”.
No obstante el engañoso pragmatismo que supone la sintaxis laxa de sus antipoemas, detrás de cada oración, como bálsamo para la ironía, subyace el hálito crítico humanista del hombre que a sí mismo se imagina atado a un ideal. Así el “hombre imaginario” de su antológico poema homónimo se rodea de un mundo que, si lo miramos al derecho, se desdibuja, y si lo miramos con la sangre, se configura como entidad merecida, por soñada. Ese hombre no tan imaginario “Todas las tardes imaginarias/ sube las escaleras imaginarias/ y se asoma al balcón imaginario / a mirar el paisaje imaginario / que consiste en un valle imaginario / circundado de cerros imaginarios”. La imaginación: correctora de la realidad.
Nicanor Parra contribuyó notablemente a que la poesía retornara a su tierra de sostén, ensambló al hombre a nuevos cimientos líricos, maridó al poeta con su naturaleza común, cotidiana, minúscula, enorme, y a partir de esas bases fue posible edificar una nueva manera de sentir la palabra, de expresar una época que, solo en el reino de las utopías, se iba transformando para bien.
Muy merecido el Cervantes para quien no solo representa a las alturas, sino también a la humana horizontalidad de aquel personaje suyo que, cansado de lo evidente, inventó “la mantequillera de terciopelo”.
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