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| Los seis acordes |
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Los seis acordes EL POETA Y MÚSICO CANADIENSE, LEONARD COHEN, DISTINGUIDO POR SU PATRIA ESPIRITUAL: ESPAÑA. Por Bruno H. Piché CONOZCO MEJOR LA obra literaria y musical de Leonard Cohen, distinguido con el Premio Príncipe de Asturias el pasado viernes 21 de octubre, que su biografía. Sé apenas, por ejemplo, que se matriculó en Leyes en la Universidad de McGill, en su natal Montreal, sólo para descubrir tempranamente que la suya era una misión más importante que la práctica del derecho. Otro dato curioso e inservible, aunque seguramente de gran valor para sus biógrafos, que se han de contar por decenas, fue su asistencia, al menos la única regular en McGill a dos cursos que, quizás, sólo quizás —que otros hablen de destino, yo no— cambiaron el rumbo de su vida: Literatura Comparada con el profesor Louis Dudek y Derecho Constitucional, con el profesor F. R. Scott, a la sazón un poeta destacado en la escena literaria canadiense de esos años. No se trata de un caso raro. Siempre hay un profesor desconocido para aquellos que, cándidos y en ocasiones ingenuos, serán tocados por la gracia del Arte.
Fue un precoz poeta y novelista, aceptado y celebrado por sus mayores. Por ahí todavía se pueden ver viejas escenas de Cohen leyendo sus poemas de pie ante salones y auditorios abarrotados. Después de 40 años de trayectoria, sus recitales, así como sus conciertos —si bien el trasunto de sus poemas y los temas de su música penetran el alma y son dardos para el corazón— siguen semejando el difícil y sutil arte del Standing-up Comedian y, ya entrado en años mayores, su espléndido papel de impecable Gentleman. Siempre hemos estado, pues, ante un verdadero artista, capaz de expresar y revelar, ya sea a través de la poesía o de la música, quizás más apropiado sería hablar de la fusión de ambas artes, la esencia de las cosas que pueblan el mundo: el amor y el desamor; la dicha y la desdicha; la belleza; la derrota; la dignidad; la celebración de la vida y la empatía porque quienes se hallan solos y desesperados; poetas y rebeldes a punto de ser fusilados por un pelotón de cobardes; seres extraviados en otra ciudad o entre los suyos, entre su propia tribu; aquellos quienes no pueden dejar de buscar razones en el pasado y al mismo tiempo intentar un atisbo de lo que podría suceder en el incierto futuro; la valentía frente a la persecución; el arrojo y la determinación de salir adelante entre las montañas mientras los partisanos que te acompañan mueren ejecutados como perros; el vértigo, la extraña sensación de ver pasar tu vida como un pájaro que, no lo sabes, quizás simplemente existe y ve pasar las nubes sostenido sobre un cable, o bien se halla en total desasosiego, lamentándose pero con absolutas ganas que pronto se convertirán en determinación para salir volando de ahí. En Oviedo, España, el pasado 21 de octubre, al recibir el Premio Príncipe de Asturias 2011, el poeta Leonard Cohen por fin contó la historia del músico, 40 años después de haber regalado prodigiosos versos y melodías a un público que ha acompañado esa aventura, su vida:
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“Yo era un guitarrista indiferente. Sólo me sabía unos cuantos acordes. Me sentaba con mis amigos, bebía y cantaba, pero nunca me vi como un músico o un cantante. Un día, a principios de los años sesenta, estaba de visita en casa de mi madre. Su casa estaba cerca de un parque con una pista de tenis donde íbamos a ver jugar el baloncesto. Era un lugar que conocía de mi infancia. Me paseé por allí y encontré a un joven tocando una guitarra flamenca. Me encantó, estaba rodeado de algunas chicas y me senté a escucharlo, me cautivaba, yo quería tocar así, aunque sabía que nunca lo lograría. Me acerqué a él y nos entendimos medio en francés medio en inglés y pactamos unas clases en casa de mi madre. Era un joven español. Al día siguiente se presentó. Me dijo: ‘Déjame escucharte tocar algo’. Lo hice y declaró que no tenía ni idea. Él cogió la guitarra, la afinó, me la devolvió y dijo: ‘No suena mal. Ahora tócala de nuevo’. No cambió mucho. La cogió otra vez y me dijo: ‘Te voy a enseñar unos acordes’. Tocó una secuencia rápida de acordes y luego me explicó dónde tenía que poner los dedos y me dijo otra vez: ‘Ahora toca’. Pero fue un desastre. Al día siguiente, empezamos de nuevo con esos seis acordes. Muchas canciones flamencas se basan en ellos. Al tercer día la cosa mejoró. Aprendí los seis acordes. Al día siguiente el guitarrista no volvió por casa. Dejó de venir. Como yo tenía el número de la pensión donde se alojaba fui a buscarlo para ver que le había pasado. Allí me contaron que aquel español se había suicidado, que se había quitado la vida. Yo no sabía nada de él, de qué parte de España era, por qué estaba en Montreal, por qué estaba en la pista de tenis, por qué se había quitado la vida. Sentí una enorme tristeza. Nunca antes había contado esto en público. Esos seis acordes, esa pauta de sonido, ha sido la base de todas mis canciones y de toda mi música y quizá ahora puedan comenzar a entender la magnitud del agradecimiento que tengo a este país.”