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| La dama de teflón de Argentina |
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La dama de teflón de Argentina Por Mac Margolis La elegante y combativa Cristina Fernández de Kirchner está preparada para barrer en las urnas para un período de cuatro años más como presidenta. EL AÑO PASADO la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner se estrelló contra una pared. Su marido, el ex presidente Néstor Kirchner, había muerto a los 60 años de un ataque cardíaco masivo. De un solo golpe, había perdido a su compañero de toda la vida, a su consejero de campaña y a su cómplice en una dinastía política que se había convertido en la comidilla del hemisferio. En el duelo, y tambaleándose en una prolongada lucha con poderosos cabilderos, la elegante y combativa Kirchner parecía repentinamente humillada. Los diplomáticos cuestionaban su salud mental y los expertos se apresuraron a redactar obituarios políticos. Los inversionistas inteligentes en Buenos Aires apostaron sobre cuándo dejaría el poder y la gloria, y no sobre si iba a hacerlo. Todos ellos se equivocaron. Aprovechando un voto de compasión y una economía resistente, Kirchner está preparada para barrer en las elecciones del 23 de octubre. Prácticamente todas las encuestas la colocan muy por encima del 50 por ciento del voto popular en lo que podría ser la mayor victoria absoluta en décadas. Lo que aún no está claro es lo que significarán otros cuatro años de la dinastía “K” para la tercera economía más grande de América Latina, que se ha convertido en el punto de referencia del auge y caída del mundo en desarrollo. Kirchner se ha librado antes de la ruina. Al asumir el cargo en 2007, cuando Néstor declinó buscar la reelección, sus posibilidades parecían escasas. La economía, aunque se recuperaba de un enorme incumplimiento de deuda en 2001, estaba sobrecalentándose y el disentimiento crecía. Kirchner respondió congelando los precios de la gasolina, de las tarifas de autobús y de los alimentos. En 2008 nacionalizó el sistema privado de pensiones —los críticos lo calificaron como un saqueo— y embargó la aerolínea más representativa del país. También impuso un rígido arancel de exportación sobre las mercancías agropecuarias. Los grandes agricultores, que cosechaban la cuarta parte del PIB, se rebelaron interrumpiendo los suministros. Conforme los supermercados se vaciaban, los argentinos de clase media salieron a las calles para protestar. Entonces, su Vicepresidente la traicionó y lanzó un voto de desempate en el Senado para derrotar su propuesta del impuesto agropecuario.
Mientras los índices de aprobación caían en picada, los aliados de Kirchner perdieron el control del Congreso. Cualquier otro líder podría haber dado marcha atrás. Kirchner dobló la apuesta. Cuando el congelamiento de precios no logró contener la inflación, purgó la agencia nacional de estadísticas, intimidando a aquellos que se atrevieran a divulgar cifras “no oficiales”. El resultado: mientras los informes oficiales revelaban un índice de inflación de 10 por ciento, todos los demás afirmaban que dicho índice era de 20 a 25 por ciento. Hasta ahora, tal arrogancia no ha tenido grandes costos. Con la economía activa y los consumidores gastando su dinero, la mayoría de los argentinos simplemente se encogen de hombros. Kirchner también ha invertido agresivamente en la eliminación de la pobreza, con la aportación de US$2 mil millones en transferencias de efectivo a las familias pobres con hijos en edad escolar únicamente este año. Esta generosidad ha hecho renacer su popularidad y suscitado comparaciones con Eva Perón, la icónica “madre de los pobres” de Argentina. Pero conforme los mercados globales se tambalean y los socios comerciales de Argentina se preparan para la recesión, las comparaciones podrían volverse pronto menos optimistas. “Uno puede burlar muchos límites cuando la economía crece y hay empleo, incluso en una economía mal dirigida”, señala Daniel Kerner, analista del Grupo Eurasia. “Pero las cosas pueden desentrañarse rápidamente en una crisis”. Algo que ni siquiera las estadísticas más amigables pueden evitar. |






