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Mucho antes de mudarse a la Casa Blanca, Barack Obama empezó a hablar a Israel acerca del programa nuclear de Irán, e incluso entonces ya había desconfianza.
En 2008 se reunió con varios líderes israelíes, entre ellos Benjamin Netanyahu antes de que Netanyahu fuera electo como Primer Ministro e impresionó a todos con su determinación para impedir que Irán adquiriera armas nucleares. A Netanyahu le gustó mucho lo que escuchó, de acuerdo con una fuente de su círculo íntimo. Sin embargo, lo que le molestó fue que Obama no hablara específicamente acerca de la seguridad de Israel.
En lugar de ello, habló de Irán en el contexto de una política más amplia de no proliferación. “Mostró un gran dominio de los problemas, aunque aún faltaban meses para que resultara electo”, señala la fuente de Netanyahu. “Estaba claro que leía y asimilaba las cosas. Pero cuando habló de Irán y su oposición a la nuclearización de Irán... el factor israelí no tuvo un papel prominente”.
Ese malestar se ha prolongado a través de una serie de reuniones y conversaciones desde que ambos hombres asumieron sus respectivos cargos. El 12 de enero de este año, Obama llamó a Netanyahu a aclarar nuevamente, en parte, el interés nacional y las políticas de Estados Unidos para hacer frente al programa nuclear de Irán. El mensaje ha sido expresado repetidamente a través de muchos canales: el gobierno pide “el tiempo y el espacio para que las sanciones funcionen”, de acuerdo con un alto funcionario administrativo. “No solo hemos establecido las sanciones económicas más duras de la historia, sino que también hemos comenzado a actuar en el sector energético”. Por encima de todo, la Casa Blanca no quiere que Israel inicie una guerra al menos, no por el momento.
Para Obama, lidiar con la política de Irán es como jugar una partida de ajedrez tridimensional con riesgos particularmente altos. El juego exige que el Presidente logre varios objetivos: evitar que las armas nucleares caigan en manos de los ulemas, impedir que la economía mundial basada en el petróleo caiga en el abismo y manejar el comodín que es Israel. También le gustaría lograr la reelección este año.
El logro de un objetivo podría perjudicar a otro. Por ejemplo, los consejeros de Obama más preocupados por la economía han estado en desacuerdo con sus aliados en el Congreso, que están más centrados en impedir que Irán obtenga armas nucleares. (Se requeriría mucho menos que una crisis petrolera para agudizar el pánico sobre Grecia y las otras economías europeas débiles.) Los intereses nacionales de Israel no siempre coinciden con los de Washington. Y una guerra sucia o una debilidad percibida con respecto a Irán podría inclinar la elección hacia el lado republicano en noviembre.
Los riesgos aumentan conforme la partida avanza. Es difícil exagerar el impacto sobre Irán de una nueva ronda de sanciones que apenas comienza. La moneda iraní, el rial, cayó en picada previendo la decisión de Obama de apoyar las sanciones. Estados Unidos ha ordenado la congelación de todos los activos del gobierno iraní en Estados Unidos, Gran Bretaña ha roto relaciones con el Banco Central de Irán y la Unión Europea ha anunciado que antes de julio cancelará los contratos petroleros existentes con Irán. Irán podría perder la cuarta parte o más de sus ingresos petroleros y no tiene ninguna industria comparable que le ayude a compensar la pérdida en moneda corriente. Los precios de los alimentos básicos, como el arroz y la carne, están ya por las nubes.
Mientras tanto, asesinos misteriosos mataron a otro científico iraní el mes pasado apenas un día antes de la llamada telefónica de Obama a Netanyahu y el principal funcionario de inteligencia de Washington advirtió que Teherán, que ya se percibe a sí mismo bajo ataque, pudiera verse impulsado a arremeter con violencia dentro de Estados Unidos. Hace apenas unos meses, el departamento de justicia de Estados Unidos reveló una supuesta conspiración iraní para asesinar al embajador Saudí en Washington un posible anticipo de las cosas por venir.
Por esta razón, no es de sorprenderse que el director del Mossad (Servicio de Inteligencia Israelí) estuviera en Washington recientemente para participar en reuniones de alto nivel sobre Irán. De acuerdo con un funcionario estadounidense que participó en las mismas, Tamir Pardo deseaba tomar el pulso del gobierno de Obama y determinar cuáles serían las consecuencias si Israel bombardeara los sitios nucleares iraníes pasando por encima de las objeciones estadounidenses. Pardo planteó muchas preguntas, de acuerdo con esta fuente: “¿Cuál es nuestra postura sobre Irán? ¿Estamos listos para bombardear? ¿Lo haríamos [después]? ¿Qué significaría si [Israel] lo hace de todos modos?”. Como están las cosas, Israel ha dejado de compartir una importante cantidad de información con Washington respecto a sus propios preparativos militares.
La política suicida podría ser una fórmula para obligar a los líderes de Irán a negociar en serio. Pero también puede ser un arma de doble filo. En enero, justo mientras la presión de las sanciones se intensificaba, Irán permitió el ingreso de inspectores nucleares al país por primera vez en muchos meses. Sin embargo, también empezó a producir uranio enriquecido al 20 por ciento a tan solo un paso del uranio al 90 por ciento que se utiliza en la fabricación de armas en su instalación subterránea cerca de la ciudad sagrada de Qum. Si se ve acorralado, Irán podría volverse más imprevisible. Y si Israel ataca, Estados Unidos podría dejar de lado hacia una guerra que podría incendiar aún más al Oriente Medio y hacer que los mercados globales cayeran en un pánico frenético. Entonces, ¿qué opción habrá de elegirse? ¿Cuánta influencia tiene Obama sobre Israel y qué tan comprometido está Estados Unidos con evitar a toda costa que Irán adquiera armas nucleares? Para responder a esa pregunta, resulta útil comprender el juego desde el punto de vista de Obama y darnos cuenta de cómo llegamos a este peligroso extremo en primer lugar.
HASTA HACE POCO, cuando se trataba de Irán, Obama seguía la máxima de Teddy Roosevelt: hablar en voz baja y llevar un enorme garrote. Incluso antes de asumir el cargo, Obama buscaba una nueva era en las relaciones entre Estados Unidos e Irán. Hillary Clinton y otras personas lo llamaron “ingenuo” durante la campaña de 2008 por sugerir la realización de conversaciones incondicionales con Teherán. Eso no lo disuadió: en uno de sus primeros actos como presidente, Obama escribió una carta conciliadora al líder supremo Ali Khamenei y apareció en un video de YouTube con ocasión del año nuevo persa, ofreciendo restablecer las relaciones. Obama comprendía la necesidad “de desarrollar una especie de prueba concreta de sus intenciones”, de acuerdo con un funcionario de alto rango de la Casa Blanca.
Al mismo tiempo, Obama dejó claro que si la reconciliación no funcionaba, Irán sufriría consecuencias dolorosas. Los líderes iraníes se mostraban recelosos: el presidente Mahmoud Ahmadinejad respondió a la propuesta de Obama diciendo “El cambio debe ser fundamental, no táctico”. Él y otros iraníes se encogieron de hombros ante las amenazas, y con buenas razones. La Casa Blanca y el Congreso habían impuesto una ronda tras otra de sanciones durante muchos años, sin lograr ningún efecto importante en gran parte porque los líderes estadounidenses no podían obtener mucho apoyo internacional y se mostraban precavidos respecto a iniciar una guerra comercial. En opinión de Obama, ésta era otra razón para ofrecer una “mano abierta” a Teherán: tuvo que hacer un esfuerzo sincero para comprometerse con el fin de convencer a otros países de que era necesario establecer medidas aún más severas si el compromiso fallaba.
La inteligencia estadounidense y el orden establecido del área de seguridad tenían sus propias preocupaciones con respecto a Irán y a Obama. Los generales y los espías temían que el nuevo Presidente pudiera poner fin a la elaborada guerra de sombras que habían estado desarrollando. El gobierno de Bush, junto con sus homólogos israelíes, había participado en una campaña supersecreta para retrasar el desarrollo nuclear de Irán. El programa incluía lo que se conoce en el mundo del espionaje como “acciones retardantes” u “operaciones de anulación”. Agentes que se hacían pasar por vendedores del mercado negro venderían a compradores iraníes artículos diseñados para su uso en operaciones nucleares, los cuales fallarían en condiciones de alta tensión, o artículos con dispositivos de rastreo para revelar las ubicaciones de laboratorios secretos. Ingenieros de software trabajaron para desarrollar sofisticados programas de guerra cibernética que podían penetrar las computadoras en las plantas nucleares de Irán y provocar daños al equipo esencial, como las centrífugas. Los espías no querían que nada de eso fuera puesto en espera, y la Agencia Central de Inteligencia se sentía particularmente preocupada de que se desvanecieran las posesiones iraníes que habían trabajado tanto para cultivar.
En los primeros días del gobierno, el subdirector de la CIA Steve Kappes y el general James Cartwright, vicepresidente del Estado Mayor Conjunto, se reunieron con Tom Donilon, uno de los asistentes en los que Obama más confiaba. Sabían que el Consejo de Seguridad Nacional estaba examinando todos los hallazgos presidenciales encubiertos teniendo en cuenta las promesas que Obama hizo en su campaña electoral y querían saber cuáles eran las intenciones del presidente. Pidieron a Donilon que no detuviera el programa encubierto. Donilon respondió que aún no había leído completamente los informes encubiertos, por lo que Cartwright llevó su petición a las altas esferas del escalafón directamente al nuevo Presidente. Obama escuchó atentamente. Comprendía la preocupación de Cartwright, pero toda su estrategia diplomática dependía de que los iraníes creyeran que ese acercamiento estadounidense era genuino. El Presidente consideró la pregunta de si las actividades encubiertas podrían poner en riesgo su naciente esfuerzo de llegar a un acuerdo con los líderes iraníes. “Trataba de ponderar la reducción en la velocidad de nuestras actividades encubiertas cuando eso significaba que Irán podría reprocesar [uranio] más rápidamente contra el riesgo de la política de manos abiertas”, recuerda un consejero. “Era un equilibrio difícil”.
Al final, Obama llegó a la conclusión de que podía perseguir ambos objetivos las vías encubiertas y las diplomáticas simultáneamente. Dijo a sus consejeros que una campaña exitosa para perturbar los planes nucleares de Irán en realidad daría más tiempo a la diplomacia.
Sin embargo, la guerra de sombras presentaba una complicación adicional: aunque la relación de Estados Unidos con Israel es sólida en términos generales con respecto a los temas de seguridad e inteligencia, existe un desacuerdo en cuanto a los métodos y la estrategia. Por ejemplo, Israel no tiene ningún reparo en asesinar a iraníes involucrados en la investigación nuclear; por su parte, las leyes estadounidenses lo prohíben. (Los ataques con aviones no tripulados contra líderes yihadistas son considerados actos de guerra.) “Los israelíes manejaron todo lo cinético, mientras que nosotros realizamos las actividades no cinéticas, en ocasiones junto con los israelíes”, señaló una fuente informada del Pentágono. Un oficial estadounidense de inteligencia de alto rango afirma que ambas partes realizaron una especie de “baile Kabuki” con respecto a los asesinatos y los “accidentes” industriales que aumentaron en Irán durante el año anterior: “Los israelíes no lo quieren decir, y nosotros no lo queremos saber”.
Además, Estados Unidos ha realizado revisiones periódicas de cooperación con Israel para asegurarse de que la inteligencia estadounidense no revele operaciones que infringen la ley estadounidense. “Siempre tuvimos cuidado con lo que decíamos a los israelíes en las reuniones, y ellos sabían por qué”, afirma la fuente del Pentágono. “Sabían que si les proporcionábamos ciertas clases de información, correríamos el riesgo de violar la ley. Con frecuencia les ocultamos cosas imágenes de satélite y otras clases de servicios de inteligencia que podían haberlos ayudado en sus actividades”.
Desde el inicio, Obama tuvo una relación fría con el primer ministro israelí Netanyahu. “No hay duda de que la tensión entre ambos creció, porque sentíamos... como si tuvieran una estimación diferente [del plazo para que Irán adquiriera la capacidad de producir armas nucleares]”, señala la fuente del Pentágono, “y sentíamos que algunas de sus actividades [cinéticas] perjudicaban lo que tratábamos de hacer. En opinión de Obama, ¿por qué descartar la oportunidad de lograr una solución diplomática para algo que era cada vez más importante [como matar a un científico]?”.
Ese déficit de confianza se vio exacerbado en mayo del año pasado, cuando Obama pronunció un histórico discurso en el que daba una idea general acerca de su política más amplia en Oriente Medio. Netanyahu se preparaba para volar a Washington en ese momento y se sorprendió al escuchar al Presidente decir que las fronteras de 1967 debían ser una base para negociar las fronteras finales de un estado palestino. Netanyahu pensaba que tenía un acuerdo con Obama respecto a que algunos asentamientos judíos construidos en áreas ocupadas por Israel en la guerra de 1967 permanecerían dentro de Israel, una postura detallada en una carta enviada en 2004 por el presidente Bush al entonces ministro Ariel Sharon. Cuando Netanyahu llegó finalmente a la Sala Oval, estaba furioso. En una sesión fotográfica con ambos líderes, Netanyahu empezó a dar una conferencia al Presidente sobre las necesidades de seguridad de Israel ante los periodistas reunidos.
En ese momento, el incidente fue tratado como un problema pasajero en las relaciones entre Estados Unidos e Israel. Obama aclaró su postura en la conferencia anual del Comité de Asuntos Públicos de Israel y Estados Unidos, el organismo de cabildeo a favor de Israel más poderoso en Washington, diciendo que las fronteras negociadas debían basarse en las fronteras de 1967 “con cambios mutuamente acordados”. Pero el resentimiento persistió. En junio, los servicios de inteligencia y oficiales del Ejército israelí dejaron de revelar cualesquier detalles de su planificación, análisis y ciclos de entrenamiento para un posible ataque contra Irán. Hasta entonces, la cooperación había sido estrecha: en 2009, durante la primera visita de Netanyahu a Washington, se estableció la realización de una videoconferencia periódica entre asesores en seguridad nacional estadounidenses e israelíes para hablar de Irán. En palabras de un funcionario israelí de alto rango, “ninguno de los dos... quería ninguna sorpresa”.
Sin embargo, durante aproximadamente cuatro meses, los israelíes actuaron con extrema discreción. Las reuniones continuaron, pero no eran sustantivas. “Sabía que estaban disgustados; cuando dejaron de conversar, dijimos, ‘tenemos un problema’” declaró a Newsweek un oficial estadounidense de inteligencia de alto rango. (Esto fue confirmado por un oficial del Ejército que trabajaba en el archivo de Irán.) El silencio fue roto por Israel principalmente en octubre. Pero a estas alturas, el gobierno de Obama ya había recibido un susto, y por una buena razón: es posible que Israel pudiera empezar una guerra contra Irán, la cual Estados Unidos estaría obligado a terminar. (Hasta el momento, Israel continúa reteniendo una “capa superior de información” respecto a Irán, señala el oficial de inteligencia estadounidense.)
Los funcionarios israelíes insisten ahora en que Obama ha tenido lo que consideran una evolución positiva en sus opiniones sobre Irán. “La año”, afirma un israelí que pertenece al círculo íntimo de Netanyahu. “Actualmente, cuando uno escucha a Obama... siente que los estadounidenses están listos para atacar si lo peor empeora aún más”. Otro funcionario enterado de las conversaciones sobre Irán en los niveles más altos en Israel dice, “Es cada vez más claro que Estados Unidos está en vías de entrar a un creciente conflicto, una creciente fricción, y un creciente riesgo de un conflicto a gran escala con Irán”.
Los funcionarios estadounidenses e israelíes atribuyen el endurecimiento de la postura de Obama a diferentes factores, entre otros, las medidas represivas del régimen iraní contra los manifestantes a favor de la democracia en junio de 2009. El descubrimiento el mismo año de una planta nuclear subterránea construida en secreto cerca de Qum “fue el verdadero punto decisivo”, señala el ex Subsecretario de Estado P.J. Crowley, que ocupaba dicho cargo en ese momento. “Mientras que antes de 2009 existía la esperanza de que pudiera haber un diálogo, después de Qum las acciones importantes cambiaron hacia el área de la presión. Nunca hemos cerrado la puerta al compromiso, pero evidentemente después de septiembre de 2009 se produjo una aceleración de otras actividades”. Después, en enero de este año, se reveló la noticia de que la instalación cerca de Qum era usada para producir uranio enriquecido al 20 por ciento. Ese anuncio, combinado con información de inteligencia sobre el desarrollo de armas, detallado en un informe de la Agencia Internacional de Energía Atómica de NU en noviembre de 2011 hizo que muchas personas consideran que el peligro era cada vez más claro y presente.
Obama también piensa de manera más amplia sobre una posible carrera de armamento nuclear en la región y la reputación de Estados Unidos. Uno de los funcionarios israelíes de alto rango entrevistados para este artículo dice que ha escuchado a sus homólogos estadounidenses expresar su preocupación de que si no se logra detener a Irán, podría producirse una decadencia del poder estadounidense en el Oriente Medio. “El riesgo consiste en perder una muy amplia área de influencia que fue suya durante 60 años”, señala el funcionario. “Si Irán desarrolla [armas nucleares] a pesar de Estados Unidos, ¿cómo quedaría Obama? ¿Cómo quedaría Estados Unidos?”.
Sin embargo, el cálculo de Obama también tiene que incluir otros factores que van desde el destino de Amir Mirza Hekmati, un ex infante de marina estadounidense sentenciado a muerte en Irán el mes pasado por cargos de espionaje, hasta el destino de cada estadounidense e iraní que participaría en una guerra abierta. Irán es un país de 80 millones de habitantes, comparado con aproximadamente 30 millones en Afganistán o Irak. Su territorio de 1.65 millones de kilómetros cuadrados, que incluye desiertos y escarpadas montañas, le confiere una impresionante profundidad estratégica. (En contraste, Israel posee solo 20,000 kilómetros cuadrados.) Irán es un productor de petróleo muy importante y se encuentra peligrosamente cerca de las líneas de suministro de petróleo y gas más importantes del mundo, desde el Estrecho de Ormuz en el sur hasta el Mar Caspio en el norte. Ciertamente, Estados Unidos aspiraría a evitar una guerra regional, pero una vez que las bombas y los misiles comiencen a volar, será difícil pronosticar el final. ¿Qué ocurriría si Irán logra hundir un buque de guerra estadounidense? O, más probablemente, ¿qué ocurriría si un ataque aéreo sólo consolidara el apoyo al régimen mientras que el programa nuclear, que actualmente se encuentra escondido sólo en parte, se volviera totalmente secreto? ¿Existe una guerra de desgaste? ¿Una invasión total? ¿Otra larga y desgastante guerra para Estados Unidos en el Oriente Medio? Muchos comentaristas señalan riesgos apocalípticos. Mike Lofgren, que durante décadas ha sido parte del personal republicano en Washington, advirtió recientemente contra una mezcla tóxica de tensiones internacionales y política nacional estadounidense análoga a la de Europa en 1914, cuando un suceso relativamente pequeño e inesperado provocó la primera guerra que abarcó a todo el mundo.
Incluso la posibilidad de establecer severas sanciones contra Irán basta para provocar temor en algunos sectores. Las sanciones podían forzar un alza en los precios del petróleo o incitar a Irán a afectar los embarques en el Golfo Pérsico, donde los buques cisterna transportan aproximadamente un tercio del petróleo del mundo. El año pasado, mientras el Congreso preparaba un proyecto de ley para castigar a cualquier institución financiera que hiciera negocios con el Banco Central de Irán, Timothy Geithner, secretario del Tesoro, escribió una carta al senador Carl Levin, el presidente demócrata del Comité de Servicios Armados, argumentando en contra de la medida: “En lugar de motivar a estos países a unírsenos para aumentar la presión sobre Irán, es más probable que [tales países] resientan nuestras acciones y se resistan a seguir nuestro liderazgo una consecuencia que ayudaría a los iraníes más que dañarlos”.
A la Casa Blanca le preocupaba que Obama, al final, pudiera tener que emitir un veto presidencial sobre las sanciones para proteger la economía estadounidense, haciendo que Estados Unidos pareciera un tigre de papel para los ulemas. En una reunión realizada en noviembre en Washington en una oficina especial fortificada contra la vigilancia electrónica el viceconsejero en seguridad nacional Denis McDonough y otros asistentes de la Casa Blanca dialogaron con los legisladores claves. Les preocupaba que el proyecto de ley no permitiera tener el tiempo suficiente para hallar fuentes alternativas de petróleo y para mantener estables los mercados mundiales. “Si ustedes nos obligan a emitir vetos de seguridad nacional contra estas sanciones, ello perjudicará todo lo que estamos tratando de hacer”, dijo McDonough, de acuerdo con uno de los participantes.
Mientras tanto, los saudíes y otros estados del Golfo garantizaron que podrían compensar cualquier cantidad de petróleo que Irán retirara del mercado y mantener los precios estables. (Este es uno de esos raros casos en los que los líderes árabes del Golfo y los israelíes están casi completamente de acuerdo.) Al final, la enmienda que autorizaba las sanciones contra las instituciones que hicieran negocios con el Banco Central de Irán fue aprobada por una votación de 1000. Sin embargo, la Casa Blanca ganó cierta posibilidad de movimiento, incluyendo la suavización del lenguaje que estipula una alternativa para imponer severas restricciones sobre los bancos en lugar de expulsarlos completamente del sistema financiero estadounidense.
Ahora, la pregunta clave es cuánto tiempo queda para lograr una solución negociada. Los funcionarios israelíes dicen que Estados Unidos piensa que puede darse el lujo de esperar hasta que Irán esté a punto de desarrollar armamento, porque las Fuerzas estadounidenses tienen la capacidad de lanzar una gran cantidad de vuelos de bombardeo y de paralizar el programa iraní en ese momento. Sin embargo, Israel no sería capaz de llevar a cabo un ataque tan sostenido y deberá atacar mucho antes para ser eficaz antes de que Irán pudiera proteger gran parte de su programa bajo tierra. Un ex funcionario israelí declaró a Newsweek que escuchó esta explicación directamente del ministro de Defensa Ehud Barak. “Si Israel pierde su última oportunidad [de atacar], entonces tendremos que depender solamente de Estados Unidos, y si Estados Unidos decide no atacar, entonces enfrentaremos a un Irán con una bomba”, dice el ex funcionario israelí. Esta fuente dice que Israel ha pedido garantías a Obama de que si las sanciones fallan, usará fuerza contra Irán. La negativa de Obama de proporcionar esa garantía ha ayudado a dar forma a la postura de Israel: la negativa a prometer restricciones, o incluso a dar aviso previo a Estados Unidos.
Los críticos podrían decir que este es un ejemplo de Obama “conduciendo desde atrás”. Sin embargo, lo que su registro indica más claramente es que está dispuesto a abordar el problema de Irán desde todos los ángulos posibles: desde atrás, desde los lados, abiertamente, en forma encubierta, diplomáticamente y económicamente. Ese registro también indica que si se avecina una guerra quizás iniciada por un ataque israelí contra las instalaciones nucleares de Irán, con la aprobación estadounidense o sin ella Obama continuará siguiendo políticas multifacéticas, moderadas y, si es posible, una conflagración a pequeña o a gran escala.
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