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El año en que nació EE UU 1776 fue también el año en el que murió el gran filósofo escocés David Hume. Más de una vez durante el calvario de mi amigo Christopher Hitchens como él mismo dijo, menos una “lucha” contra el cáncer de esófago que un acto de “resistencia” ante el tumor maligno que le hizo sucumbir el 15 de diciembre pensé en la carta que
Adam Smith escribió acerca de su amigo Hume y de la heroica fuerza y del fuerte compromiso con la verdad que mostró durante toda la enfermedad que acabó matándolo.
En la carta, Smith narraba cómo, después de visitar al filósofo, un médico bienintencionado dijo que le diría a un amigo mutuo que Hume un ateo impenitente e imperturbable racionalista parecía estar de un ánimo excepcionalmente bueno. A lo que Hume respondió, “dado que creo que usted no diría otra cosa que la verdad, dígale que estoy muriendo tan rápido como podrían desearlo mis enemigos, si es que tengo alguno, y tan fácil y alegremente como podrían desearlo mis mejores amigos”. Hubo ocasiones durante la enfermedad de Hitch en las que la alegría debe haber estado completamente fuera de su alcance. Pero aunque la radiación lo quemaba y lo dejaba en carne viva, nunca redujo su ingenio a cenizas ni él perdió la agudeza de su temperamento analítico. Increíblemente, siguió escribiendo, sin autocompadecerse, aclarando constantemente y quitando la basura de hipocresías ignorantes y falsos consuelos con un golpe de su furiosa escoba de racionalidad.
Fue un hecho típico que su último ensayo para Vanity Fair haya sido menos una crónica de su sufrimiento que un ataque contra la aseveración de Nietzsche de que “lo que no te mata, te hace más fuerte”. Había mucho en lo que había soportado últimamente, insistió, que demostraba que el aforismo de Nietzsche era evidentemente falso. No hubo ninguna caída ninguna retirada ni atenuación.
Su escritura sólo murió cuando él lo hizo. En ese sentido, si al final no pudo derrotar a la enfermedad, ciertamente encaminó su poder para sacudir mentes y espíritus. Su serenidad fue la de una serena autorreflexión. A los bienintencionados desconocidos que se aventuraron a afirmar que cuando se enfrentara al final quizás reconsideraría su ateísmo él los trató como una clase inferior de vendedores de seguros, dignos de lástima en sus ilusiones, ofensivos en su presunción. Mirar las cosas de frente llenó su escritura con una inflexible integridad. Se dirá que Hitch vivía para la palabra. Se podría decir con igual facilidad que el inglés en todo su muscular y jubiloso esplendor representativo vivía para que personas como él lo aprovecharan, hicieran enemigos y formaran olas. Y debido a que las polémicas de Hitch y a sus muchos ensayos reflexivos y a menudo muy graciosos solían atacar a los imbéciles, él dejará un inmenso vacío, quizás imposible de llenar, en el que su prosa sacudía y hacía girar a los recatados, a los hipócritas y a los presumidos ignorantes.
Su ausencia se sentirá especialmente en el lado estadounidense del océano, donde, en palabras de uno de los héroes de Hitch (George Orwell), “En nuestro tiempo, el discurso y los textos políticos son en gran medida la defensa de lo indefensible” contaminados por “pútridas metáforas”. Hitchens pensaba que cualquier persona que hablara con la rancia pereza de “ir pateando la lata por el camino” debía recibir ella misma una buena patada en el trasero. Quizás Hitch no hubiera tenido el mismo impacto en el mundo de la escritura y de los argumentos políticos si se hubiera quedado en Inglaterra.
Siendo hijo de un oficial de la Marina, pasó por las experiencias acostumbradas de la clase media alta el internado; un indiferente título en historia en Oxford; la fama como un bebedor empedernido y mujeriego; un duro pugilista de la izquierda. Podría haberse quedado como un aristócrata socialista con una vena alcohólica en su ironía en una Gran Bretaña literaria notoriamente ácida que ha visto ir y venir a muchos de ese tipo. Pero sentía, como lo dijo recientemente en una entrevista impactantemente honesta y conmovedora con Jeremy Paxman de la BBC, “que el tirón planetario de Estados Unidos” se había vuelto irresistible. Rendirse a su fuerza magnética fue una de las mejores cosas que nunca hizo, tanto para sí mismo como para el destino de su fuerte, franca y pública escritura en su país adoptivo. Hitchens nunca sería un periodista convencional. Pero no deseaba simplemente desatar las fuerzas del infierno; quería oler su pestilencia de primera mano. De ahí sus viajes a lo profundo de los pantanos del despotismo y la atrocidad que produjeron algunos de sus textos más incisivos. Pero el instinto para causar estragos tanto más inolvidable porque se alojaba en los rasgos de un libertino querubín al final se convirtió en un bien grandioso y serio. Y la razón de ello fue que la insaciabilidad de Hitch como lector era aún mayor que su calidad como escritor prolífico y prodigioso. Hablar con él equivalía a recibir tutoriales con actitud especialmente sobre la genealogía del radicalismo anglófono, desde los demócratas parlamentarios como los Levellers de siglo XVII hasta su decadente posteridad actual. Si se mostraba agudo, la suya era una agudeza con pedigrí la de los francos, enérgicamente razonadores y mordaces ironistas de la tradición inglesa: Jonathan Swift, Tom Paine, William Hazlitt y Orwell. Pero era también un admirador casi romántico de sus homólogos estadounidenses: Mark Twain y H. L. Mencken.
Quería que Estados Unidos, del despiadado pero perversamente gracioso denunciador de los moralistas, viviera y fuera rescatado de la asfixia del dinero y las falsas interpretaciones. Fue el virtuosismo de Twain ante lo pomposo y lo banal lo que Hitch trató de perpetuar en la era de los despotricadores conservadores de la radio, de las tonterías amorfas de los blogs indulgentes para el ego, del timorato decoro del idealismo liberal. Para aquellos que desecharon lo que él llamó “Islamofascismo” en nombre de la sensibilidad cultural sólo tuvo el desdeñoso fruncimiento de su labio humeante.
Hitch amaba furiosamente la empecinada decencia de la libertad de expresión, y la encarnaba en tal medida que la mayoría de nosotros, sus colegas del oficio, no podíamos más que admirar, incluso mientras lloramos su pérdida. Era, en pocas palabras, uno de los grandes polémicos del idioma inglés. Y en una época en la que lo que se hace pasar como debate político es en realidad la débil declaración de piadosos irreflexivos y cuando hay tanto el juego en lo que podría debatirse realmente, no sólo en Estados Unidos sino también en todo el mundo lo necesitamos más desesperadamente que nunca. Después de todo, quizás a usted le gustaría creer en la inmortalidad de los no creyentes, su admisión a un Valhalla de los justificadamente sinvergüenzas. Porque entonces, porlo menos, podríamos estar seguros de que Hitch sería saludado alegremente por Paine, quien estiraría una mano para tirar de él, mientras en la otra sostiene un whisky d
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