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Uno lo oye en todas partes. Los demócratas están decepcionados con el Presidente. Los independientes se han agriado aún más. Los republicanos se han alterado hasta un fervor apocalíptico. Y, sí, esto no es precisamente inusual.
Un presidente en el último año de su primer término siempre será atacado despiadadamente por sus oponentes partidistas, y también, a menudo, por los miembros más determinados de su propia base.
Y cuando el desempleo está en niveles notablemente altos, y con la deuda nacional estableciendo marcas, las críticas serán y deberían ser aún más virulentas. Pero esta vez, con este presidente, algo diferente ha sucedido. No es que yo no entienda las críticas a Barack Obama de la derecha enfurecida y la izquierda desmoralizada. Es que yo ni siquiera reconozco su descripción del primer período de Obama de ninguna manera. Los ataques tanto de la derecha como de la izquierda contra el hombre y sus políticas no están fuera de todo límite. Simplemente —empíricamente— son erróneos.
Una advertencia: escribo esto como un partidario evidente de Obama desde principios de 2007. Lo hice no tanto como un liberal, sino como un independiente de mentalidad conservadora horrorizado por el historial de la administración de Bush en la guerra, la deuda, el gasto y la tortura. Yo no esperaba, ni quería, un mesías. Ya tengo uno, muchas gracias. Y ha habido muchas veces en las que he estado en desacuerdo con las decisiones que ha tomado Obama: lanzar la comisión de deuda Bowles-Simpson, ignorar los crímenes de guerra del pasado reciente y lanzar una guerra en Libia sin autorización del Congreso, para citar tres. Pero dada la enormidad de lo que él heredó, y dado lo que él prometió explícitamente, sigue siendo simplemente un hecho que Obama ha cumplido de una manera que la trastornada derecha y la purista izquierda todavía no comprenden o absorben.
Los arrebatos a corto plazo de estas han omitido el juego largo de Obama, y porque su reelección sigue siendo, a mi parecer, tan esencial para el futuro de EE UU como su elección original en 2008.
El argumento central de la derecha es que Obama ha gobernado como un izquierdista radical buscando una “transformación fundamental” del modo de vida americano. Mitt Romney acusa al Presidente de haber empeorado la recesión, de querer convertir a EE UU en un estado de bienestar europeo, de no creer en la oportunidad o la libre empresa, de no tener un entendimiento de la economía real, y de disculparse por EE UU y pacificar a sus enemigos. Según Romney, Obama es una amenaza mortal para “el alma” de EE UU y un traje vacío que no podía dirigir una empresa, mucho menos un país.
Si dejamos de lado la incoherencia interna ¿cómo alguien tan incompetente podría ser una amenaza para alguien? Nada de esto está remotamente conectado con la realidad el historial mejora. Sobre la economía, los hechos son estos. Cuando Obama asumió el cargo, Estados Unidos perdía alrededor de 750 000 empleos al mes. El último trimestre de 2008 vio una baja anualizada del crecimiento cercana al 9 por ciento. Este fue el descenso más serio desde la década de 1930, había una posibilidad real de un colapso sistémico de todo el sistema financiero global, y el desempleo y la deuda indicadores rezagados estaban a punto de aumentar aún más. Ninguna persona justa puede culpar a Obama por el siniestro de los siguientes 12 meses, cuando la crisis financiera se abrió camino a través del empleo. A las economías les toma tiempo cambiar de curso.
Pero Obama hizo varias cosas de un tirón: continuó el rescate bancario comenzado por George W. Bush, inició un rescate de la industria automotriz, y trabajó para aprobar un enorme paquete de estímulos de US$787 000 millones.
Todas estas decisiones merecen escrutinio. Y en retrospectiva, fueron mucho más exitosas de lo que cree cualquiera que todavía no le ha dado todo el crédito a Obama. El colapso de los empleos tocó fondo a principios de 2010, cuando el estímulo tuvo efecto. Desde entonces, EE UU ha sumado 2.4 millones de empleos. Ello no es suficiente, pero es mucho mejor de lo que Romney quiere hacernos creer, y más que los empleos netos creados en toda la administración de Bush. Solo en 2011 se crearon 1.9 millones de empleos en el sector privado, mientras que se perdieron 280 000 netos en el gobierno. El empleo gubernamental general ha disminuido en 2.6 por ciento en los últimos tres años (ello es comparable con una caída de 2.2 por ciento durante los primeros años de la administración de Reagan). Al escuchar la retórica republicana actual sobre los modos socialistas de un gobierno grande de Obama, uno se imaginaría que lo contrario es lo cierto. No es así. La derecha afirma que el estímulo fracasó porque no redujo el desempleo a 8 por ciento en su primer año, como lo predijo el equipo económico de transición de Obama. Más bien, se elevó a 10.2 por ciento. Pero la predicción del 8 por ciento fue hecha antes de que Obama asumiera el cargo, y estaba equivocada únicamente porque confiaba en estadísticas que pensaban que la economía sólo estaba disminuyendo en aproximadamente 4 por ciento, no en 9. Quitemos ese error de cálculo estadístico (hecho por economistas tanto del gobierno como del sector privado) y el estímulo hizo exactamente lo que se suponía que haría. Le puso un tope a la caída libre. No es una exageración decir que evitó una caída en espiral que pudo habernos llevado a la Segunda Gran Depresión.
Uno pensaría, al escuchar los debates republicanos, que Obama ha aumentado los impuestos. De nuevo, esto no es cierto. No solo aceptó no ponerle una caducidad a los recortes fiscales de Bush durante todo su primer período, sino que ha reducido con un gran dinamismo los impuestos de la mayoría de los estadounidenses. Un tercio del estímulo fue para recortes fiscales, afectando a 95 por ciento de los contribuyentes; él ha recortado el impuesto a la nómina, y recientemente tuvo que batallar contra la oposición republicana para mantener el recorte. Su historial de gasto también es mucho mejor que el de su predecesor. Con Bush, las nuevas políticas de impuestos y gastos le costaron al contribuyente un total de US$5.07 billones. Con los presupuestos de Obama, tanto pasados como proyectados, él habrá sumado US$1.4 billones en dos períodos. Con Bush y los republicanos, el gasto discrecional para ítems distintos a la defensa creció el doble que con Obama. De nuevo: imagine que Bush hubiera sido un demócrata y Obama, un republicano. Uno podría argumentar fácilmente que Obama ha sido mucho más conservador fiscalmente que su predecesor, excepto, por supuesto, que Obama ha tenido que gobernar bajo la peor recesión desde la década de 1930, y Bush, después del descenso de 2001, gobernó en un período de crecimiento moderado. Se requiere de trabajo para aumentar la deuda en tiempos de crecimiento, como lo hizo Bush. Se requiere de mucho más trabajo constreñir la deuda en la profunda recesión que Bush le legó a Obama. La gran pesadilla conservadora, Obamacare, también es mucho más moderada de lo que han afirmado sus críticos. La Oficina Presupuestal del Congreso ha proyectado que reducirá el déficit, no lo aumentará notablemente, como sí lo hizo el beneficio sin fondos de Medicamentos con Receta de Medicare de Bush. Está basado en el mandato individual, una idea promovida por la archiconservadora Fundación Heritage, Newt Gingrich y, por supuesto, Mitt Romney, en el pasado. No tiene una opción pública; les da una enorme y nueva base de clientes a las compañías de medicamentos y seguros; sus intercambios de seguros de salud también fueron promovidos por la derecha. Está a la derecha de la monstruosidad de los Clinton en 1993, y es notablemente similar a la propuesta de Nixon en 1974. Su aprobación no remplazó los esfuerzos de recuperación, los siguió.
Necesita mejorarse de muchas formas, pero la administración está abierta a más reformas, y ha aceptado el permitir a los estados que experimenten con maneras diferentes para obtener el mismo resultado. No es, como insiste Romney, una prescripción de modelo único y de arriba para abajo. Al igual que la iniciativa educativa Carrera a la Cima de Obama, fija estándares, garantiza incentivos, y luego permite que los estados experimenten. También incluye un montón de planes piloto de reducción de costos para disminuir el gasto en el sistema de salud. Sí, cruza el Rubicón del acceso universal al sistema privado de salud. Pero dado que la ley federal manda que los hospitales acepten todos los casos de emergencia que requieran de tratamiento, EE UU ya obedece ese principio socialista, pero de la manera más ineficiente posible. Hacer que 44 millones de aprovechados actuales le paguen al sistema no es fiscalmente imprudente, es fiscalmente prudente. Es, me atrevería a decir, conservador.
En política exterior, las críticas del ala derecha han sido las más trastornadas. Romney acusa al Presidente de disculparse por EE UU, y otros lo acusan de traición y apaciguamiento. Más bien, Obama revirtió la política de Bush de ignorar a Osama bin Laden, fijando inmediatamente un curso que a la larga llevó a su captura y su muerte.
Y cuando llegó el momento de tomar decisiones, el Presidente invalidó la decisión tanto de su Secretaria de Estado como de su Vicepresidente al ordenar el plan más riesgoso pero más ambicioso en la mesa. Incluso él ordenó personalmente los helicópteros extra que salvaron la misión. Fue un triunfo, no solo en cuanto a matar al principal enemigo global de EE UU, sino en obtener un tesoro descomunal de inteligencia para minar a Al Qaeda aún más. Si George Bush se hubiera encargado de Bin Laden, arrasado con la dirigencia de Al Qaeda y reunido un tesoro oculto de inteligencia real mediante una incursión osada, él ya estaría en el monte Rushmore. Pero mientras que Bush habló duro y actuó de forma contraproducente, Obama simplemente ha diezmado tranquila e implacablemente a los enemigos reales, a la par que ganaba la más amplia guerra propagandística.
Desde que asumió el cargo, la popularidad de Al Qaeda en el mundo musulmán se ha desplomado.
La política exterior de Obama, como las de Dwight Eisenhower o George H.W. Bush, evita los golpes políticos a corto plazo a favor de una ventaja estratégica a largo plazo. Está forjada por alguien interesado en promover los intereses estadounidenses, no en reivindicar una ideología y hacerla valer por la fuerza de las armas sin importarle las consecuencias. Al resistirse un poco, mediante “liderar desde atrás” en Libia y otras partes, Obama ha hecho que otros países busquen activamente la ayuda de EE UU y han vuelto a apreciar su papel. Como un antídoto a la mala espina por la guerra de Irak, ha funcionado próximo a la perfección.
Pero la derecha no está sola en cuanto a malinterpretar a Obama.
Aun cuando la izquierda está menos trastornada en su crítica, también deja de ver el bosque por ver los árboles. Desde el principio, los liberales proyectaron en Obama nociones absurdas de lo que un presidente realmente puede hacer en un país polarizado, donde todo requiere de 60 votos en el Senado incluso para tener una oportunidad de convertirse en ley. Ellos lo han descrito como una herramienta desventurada de Wall Street, una continuación de las libertades civiles de Bush, un elitista enclaustrado incapaz de comprender el momento populista que es su oportunidad histórica. Ellos claman contra sus intentos de lograr un Gran Acuerdo en la reforma a la ayuda social. Ellos censuran su estímulo demasiado pequeño, su reforma financiera demasiado débil, y su enfoque demasiado precavido respecto a los derechos civiles de los homosexuales. Ellos se desesperan porque él reaccione a los rabiosos asaltos republicanos con llamamientos nobles a la unidad y el compromiso.
Ellos omiten, a mi parecer, dos cosas vitales. La primera es la simple escala de lo que se ha logrado en asuntos que los liberales dicen que les preocupan. Se evitó una depresión. El rescate de la industria automotriz fue increíblemente exitoso. Incluso los rescates bancarios han sido reembolsados en gran medida por un sector bancario en recuperación. La Guerra de Irak —el asunto que volvió candidato a Obama— ha sido terminada a tiempo y, lo cual es de importancia vital, sin tropas que hayan quedado atrás. El gasto en defensa se ha recortado a un ritmo constante, incluso cuando Obama ha alejado a su partido de una defensa reflexiva, al estilo de Pelosi, de todos los derechos federales. Con Obama, el apoyo a la igualdad matrimonial y la legalización de la mariguana se han elevado a niveles marca. Con Obama, un estado crucial, Nueva York, hizo de la igualdad matrimonial para los homosexuales un hecho irreversible en la vida estadounidense.
Los homosexuales ahora sirven abiertamente en las fuerzas militares, y la Ley de Defensa del Matrimonio está muriendo en las cortes, sin que la defienda el Departamento de Justicia de Obama.
Mucho dinero gubernamental se ha canalizado en inversiones de energía no carbónica a través del estímulo. Los estándares de las emisiones de combustible se han elevado drásticamente. Se acabó con la tortura. Dos mujeres moderadamente liberales remplazaron a hombres en la Suprema Corte. Oh, sí, y el santo grial liberal que eludieron Johnson, Carter y Clinton, un sistema de salud casi universal, ha sido declarado ley. Politifact recientemente señaló que de 508 promesas específicas, un tercio ha sido cumplido y en solo dos no se ha tomado alguna acción. Haber hecho todo esto mientras simultáneamente combatía un huracán económico, hace de Obama alguien honesto y un artista que termina lo que empieza, como cualquiera podría esperar de un político.
Lo que los liberales nunca han entendido de Obama es que él practica una forma de política local de presentar las cosas sin decirlas, de hacer un juego largo y no corto. Lo que a él le importa es lo que puede hacer, no aquello por lo que inmediatamente podrían darle crédito. Así, yo clamé en su contra la mayor parte de dos años por arrastrar los pies con los problemas de los homosexuales. Pero lo que él estaba haciendo era hacer que su republicano Secretario de Defensa y el Jefe del Estado Mayor se movieran antes que él. El hombre que argumentó a favor de revocar la política “no preguntes, no digas” fue, al final, el almirante Mike Mullen. Esto requirió de tiempo como lo hizo su cambio concienzudo en la norma que prohibía el acceso a inmigrantes y turistas VIH-positivos, pero la manera lenta, deliberada y nada provocativa en que se logró hizo más durables los cambios. No fue la primera vez en que caí en cuenta de que para entender a Obama uno tiene que mirar a largo plazo. Porque así lo hace él.
O tomemos el asunto de los bancos. Los liberales lo han ridiculizado como un cautivo de Wall Street, de haber sido presionado por Larry Summers y Tim Geithner para dar una respuesta demasiado pasiva a la imprudencia de los principales bancos de EE UU. Pero vale la pena recordar que, a principios de 2009, la prioridad de cualquier presidente responsable hubiera sido la estabilización del sistema financiero, no vengarse. Obama no fue elegido, a pesar de las fantasías liberales, para ser un cruzado del ala izquierda. Él fue elegido como un reformista pragmático y unificador que sería más responsable que Bush.
¿Y qué hemos visto? Un patrón recurrente. Para usar los términos que Obama empleó por primera vez en su discurso de toma de posesión: el Presidente empieza extendiéndole una mano a sus oponentes; cuando ellos responden alzando el puño, él demuestra que son ellos el origen del problema; luego, finalmente, se mueve a su posición favorita de un liberalismo moderado y lucha por ello sin ser tildado efectivamente de ideólogo o divisor. Este tipo de estrategia requiere de tiempo. Y significa que hay períodos largos en los que Obama parece incapaz de defenderse a sí mismo, o dispuesto a permitir que otros lo definan, o simplemente débil. Recuerdo esos períodos durante la campaña contra Hillary Clinton. También recuerdo cuál de las dos estrategias ganó al final.
Aquí es donde en verdad la izquierda es ingenua. Al malinterpretar la estrategia y el temperamento y la perseverancia de Obama, al vociferar en un asunto tras otro, al proyectar fantasías poco realistas en un candidato que nunca prometió una revolución liberal, ellos no han podido notar que, desde el principio, Obama estaba haciendo un juego largo. Él hizo esto con su propio partido sobre la reforma al sistema de salud. Lo ha hecho con los republicanos sobre la deuda. Lo ha hecho con el gobierno israelí sobre detener los asentamientos en la Franja Occidental, y con el régimen iraní, al no seguirles la mano durante la Revolución Verde, incluso cuando dispararon contra inocentes en la calle. Nada en su primer período incluido el complicado desarrollo multianual del sistema universal de salud puede entenderse si uno no se percata de que Obama siempre estuvo planeando para ocho años, no para cuatro. Y si es reelegido, él habrá ganado una batalla más importante que la de 2008: ya que será un mandato por un cambio de ocho años lejos de los excesos de la desigualdad, las extralimitaciones en el exterior y el gasto deficitario imprudente de las últimas tres décadas. Ello lo recapitalizará para afianzar lo que ya ha hecho y hacerlo irreversible.
Sí, Obama ha entablado una guerra basada en una lectura del poder ejecutivo a la que muchos libertarios civiles, incluido yo, se oponen. Y convirtió en ley la detención indefinida de ciudadanos estadounidenses sin un juicio (incluso cuando prometió nunca invocar este poder tiránico). Pero él ha hecho la cosa más importante de todas: extirpar el cáncer de la tortura en la detención y justicia militares. Si no es reelegido, ese cáncer podría regresar. De hecho, muchos en la derecha parecen ansiosos de que regrese.
Claro, Obama no puede recuperar la promesa extraordinaria de 2008. EE UU ya eligió a su primer presidente negro y remplazó a un delfín con dificultades para hablar con un hombre de elocuencia sin par. Y ciertamente ha fracasado en ponerle un fin a la brutal polarización ideológica de Washington, como prometió hacerlo.
Pero la mayoría de los estadounidenses en las encuestas lo ven acertadamente como menos culpable de este punto muerto que al
Partido Republicano. Obama se ha abstenido tenazmente de entablar la guerra cultural, mientras que la derecha lo ha acusado de una “guerra contra la religión”. Ha ofrecido recortar la ayuda social (y ya ha recortado Medicare), mientras que los republicanos se han negado a sacarle un solo dólar de los ingresos netos a cualquiera. Incluso el gobierno de mentalidad más austera de Europa, los conservadores británicos, está a la izquierda de eso. Y es la intransigencia republicana desde la declaración en 2009 de Rush Limbaugh de que él quiere que Obama “fracase”, hasta la admisión del líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell, de que su objetivo primario es negarle a Obama un segundo período la que ha sido en verdad responsable del punto muerto. Y la única manera de salir de ese punto muerto es una derrota electoral aplastante de los republicanos, ya que el lenguaje de la victoria y la derrota parece ser el único que entienden. Si sueno tendencioso es porque lo soy. Tendencioso a favor del historial real, no del retruécano; tendencioso a favor del presidente que se ha comportado con gracia y calma bajo una presión increíble, que ha tenido que sortear crisis que no hemos visto desde la Segunda Guerra Mundial y la Depresión, y que todavía no ha tenido un solo escándalo significativo a su nombre. “Ver lo que está frente a nuestra nariz necesita de una lucha constante”, escribió George Orwell. Lo que veo enfrente de mi nariz es un presidente cuyos carácter, historial y promesa siguen siendo tan grotescamente poco apreciados ahora como fueron absurdamente promocionados en 2008. Y tengo confianza en que, más pronto que tarde, el pueblo estadounidense llegue a ver este primer período desde la misma perspectiva tranquila y sensata. Y decida terminar lo que empezó.
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