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VENGAN ACÁ, EL AGUA ESTÁ BIEN QUE NO LE IMPORTEN LAS DECAPITACIONES, LOS SECUESTROS, LAS TUMBAS MASIVAS. MÉXICO QUIERE DE VUELTA A SUS TURISTAS. POR BRYAN CURTIS EN UN DÍA CÁLIDO Y SOLEADO DE PRIMAVERA, me registré en Los Flamingos, un hotel de estuco rosa que se extiende sobre un acantilado en Acapulco. Los Flamingos otrora fue el patio de recreo, repleto de cerveza, de John Wayne, Cary Grant y Johnny Weissmuller (mejor conocido como Tarzán), quien tenía una casa circular en el local. Chapoteo en la piscina. Me aventuro hacia la casa redonda del señor Johnny. Veo por todas partes al sonriente personal de uniforme blanco. Pero empiezo a preocuparme cuando, dos días después, no he visto otro cliente. El “Soleado Acapulco” de hoy día es más bien un Acapulco vacío, un paraíso desierto, excepto por la presencia del Ejército. Mientras me hallaba en el club de yates una mañana con un abogado local, vemos a un policía federal caminar con indiferencia por los terrenos arreglados portando una metralleta. Soldados camuflados con máscaras negras pasan zumbando de un lado a otro de La Costera, el paseo frente a la playa de la ciudad. ¿Qué sucedió? Primero, los narcos empezaron un encuentro mortal por Acapulco. Luego, la ciudad se volvió un escenario de la sangrienta película gore que se ve en los medios de comunicación estadounidenses. “Quince cuerpos decapitados encontrados en Acapulco”, atronó CNN previamente este año. “Dejan una bolsa con varias cabezas cerca de una escuela mexicana”, anunció otro encabezado este mes.
Guevara tiene las pestañas como los dientes de la Venus atrapamoscas, y usa vestidos amplios y de colores vivos. Ella ha ordenado a su personal que la llamen a su BlackBerry cada vez que México reciba “malas noticias”. En abril, se encontraron 183 cuerpos a 85 millas al sur de la frontera con EE UU, en el estado de Tamaulipas. La masacre no representaba gran peligro para los turistas (Tamaulipas nunca será confundida con Cancún), pero las palabras “tumba masiva” rodando en el cintillo de CNN es la clase de cosas que una turista no olvida. El teléfono de Guevara repiqueteó. Más malas noticias: antes de que el gobernador de Texas, Rick Perry, lanzara su campaña presidencial, su gobierno estatal instó a los ciudadanos a “evitar viajar a México”: todo el país, desde Ciudad Juárez hasta Cozumel. En abril, el Departamento de Estado publicó una nerviosa alerta de viaje que catalogaba muertes y asesinatos en 14 de los 31 estados mexicanos. Era como si “40 por ciento de nuestro país estuviera en llamas”, refunfuña Rodolfo López Negrete, director general adjunto del Consejo de Promoción Turística de México.
También dice mucho de cómo se piensa México a sí mismo. GLORIA GUEVARA, QUIEN nació en 1967, siempre ha notado cómo México fue visto a través de los ojos gringos. Su padre, Gustavo Guevara, general del Ejército Mexicano, gustaba de llevar a la familia a viajes al estilo de Clark Griswold (el personaje de Chevy Chase) a lo largo de EE UU: a Houston, Detroit, las cataratas del Niágara. Guevara estaba en la universidad cuando un terremoto de 8.1 grados devastó la ciudad de México en 1985. Sus predecesores en la Secretaría de Turismo corrieron frente a las cámaras de CNN para decirle al mundo que el área afectada sólo era del tamaño del Central Park. Fue una lección temprana para Guevara en geografía de desastres. Guevara ascendió rápidamente en la oficina de Sabre en México, la compañía estadounidense de tecnología para viajes que posee Travelocity. Ella diseñó la estrategia de ventas de México para las necesime dades estadounidenses. “Gloria ha hecho un trabajo muy bueno al ser capaz de describir a México en términos experienciales”, dice Greg Webb, presidente de Sabre Travel Network. En enero pasado, Calderón llamó a Guevara a su oficina y decidió que ella podía realizar un milagro similar para el gobierno. Al referirse a Sabre, Calderón le preguntó: “¿Cuánto tiempo necesitas para hablar con los gringos?” Volverse la secretaria de Turismo de México en 2010 fue un honor discutible, como volverse el enlace de asuntos gubernamentales de Solyndra este otoño. Además de la guerra contra las drogas, México se vio afectado en 2009 por dos eventos: la pandemia del virus H1N1, la cual asustó a los cruceros, y la Recesión, la cual asustó a todos los demás. “Fue el peor año en la historia para el turismo mexicano”, dice Teresa Solís, una consultora y ex funcionaria del Consejo de Promoción Turística de México. La cantidad de turistas extranjeros en México descendió bruscamente de 22.6 millones en 2008 a 21.5 millones en 2009. El país perdió ingresos por US$2,000 millones. Desde entonces, la cantidad de turistas ha regresado a los niveles de 2008, pero México todavía no se ha recuperado del ingreso perdido. La idea de Guevara, me dice ella, es reemplazar la imagen manchada de sangre de México por una exótica. El otoño pasado, el Consejo de Promoción Turística rentó una valla publicitaria en Times Square. Presentaba destinos turísticos como el Sótano de las Golondrinas, un abismo de 1,000 pies de profundidad en San Luis Potosí, en el que los visitantes pueden descender en rapeleo o lanzarse dentro en paracaídas. Guevara se ha distanciado del enfoque tradicional de las escapadas de “sol y playa”, optando por una visión europea de poblados coloniales y gastronomía. Nos recuerda a la década de 1940, cuando la ciudad de México, al tratar de atraer a los estadounidenses después de la Revolución Mexicana, fue promocionada como la “París del Nuevo Mundo”. México quiere ser glamoroso otra vez. En abril, el gobierno trajo a Jennifer Lopez a Chichen Itzá, y pagó su estadía en el centro turístico Mayaland. Lopez terminó filmando un video musical en las ruinas. “Dirigiéndome a las calles duras de México”, tweeteó Sylvester Stallone en noviembre pasado, antes de reunirse con Guevara en Rosarito, un poblado costero a 20 millas al sur de la frontera con California. Stallone estuvo allí para buscar locaciones para una secuela de Los Indestructibles, pero terminó masticando alegremente tacos de langosta. “Acabamos de enterarnos de que las Housewives of Beverly Hills vendrán a Guadalajara”, dice orgullosamente Rodolfo López Negrete. El más preciado agente de relaciones públicas de Guevara es Calderón, el hombre que lanzó la guerra contra las drogas y llevó a México por el oscuro camino de la violencia. (Guevara me mostró el alias de él en la función de chat de su BlackBerry, el cual había marcado como jefe.) En febrero, Calderón de hecho dejó su trabajo y acompañó a Peter Greenberg, el Travel Detective de la TV, en un paseo de cinco días por México para un especial que se transmitió en septiembre por PBS. Calderón se puso un equipo de buceo y rapeleó en el Sótano de las Golondrinas. Posó en la cúspide de la Pirámide del Sol en Teotihuacan con un atuendo autóctono. (“Él es un hombre que ha escalado hasta la cima”, recitó la narración, como si un emperador indígena hubiera regresado.) Fue un acto de turismo desafiante, como George W. Bush regresando a Nueva Orleans para comprar quingombó y un Huracán. Que los estadounidenses sean estimulados por este aluvión es otra cuestión. La frontera entre México y EE UU también es una frontera mediática: la forma en que México sea retratado en la prensa estadounidense será la forma en que se lo retrate para el mundo. “Tenemos un sistema de salud casi universal”, me dice un funcionario mexicano, “pero ¿por qué ni siquiera los mexicanos saben esto? Porque estamos perdiendo la batalla de las transmisiones”. Las cabezas cercenadas se han vuelto la única historia sobre México, ahogando incluso el crecimiento robusto del país durante la Recesión. “A lo más que llega es el cuarto o quinto párrafo”, dice el funcionario. “Debería ser el encabezado”.
“¿Conoce usted esas cintas policiales de advertencia?”, me dice esta primavera Greg Abbott, el fiscal general de Texas. “Es como si tuviéramos una cinta de advertencia extendida a lo largo de la frontera”. Viajar a México, añade Abbott, es “dejar tu vida en tus propias manos”. Ted Poe, un congresista de los suburbios de Houston, dice rotundamente: “Yo no iría a México”. Pocos meses antes de que declarase su postulación a la presidencia, Rick Perry me dijo: “Al ser el gobernador de Texas y tener un alto perfil como el mío, no quiero que mis hijos viajen a México”. En cuanto a la advertencia general de viajes hecha en Texas, Perry añadió: “Eso continuará aplicándose mientras veamos que la violencia emana del país”. López Negrete bromea: “Sabemos que Isla del Padre tuvo un año exitosísimo en turismo”. Pero éste es el efecto de la guerra contra las drogas en la mentalidad estadounidense. “México” se ha vuelto una única narcoesfera indiferenciada. Parte de lo que hace tan difícil el esfuerzo de Guevara para cambiar la imagen es que ella carece de una metáfora geográfica para explicar dónde está la violencia. Arde principalmente a lo largo de la frontera, pero también se ha presentado en ciudades coloniales como Morelia, en centros comerciales como Monterrey, y en ciudades turísticas como Mazatlán y Acapulco. En una tarde de primavera, me reuní con Alejandro Poiré, un hombre bajo y fornido que era el portavoz de seguridad federal de México. Poiré, quien estudió en Harvard, es un funcionario devoto con un estilo insidioso e hiriente, un Ari Fleischer mexicano. Sobre las preocupaciones de Texas porque la violencia se desborde, Poiré bromea: “La preocupación más significativa en términos de ‘desbordamiento’ es el desbordamiento de armas que provienen de la frontera de los Estados Unidos con México”. Él añade rápidamente: “Puedes citarme diciendo eso”. Le pregunto a Poiré sobre el problema de la metáfora. Él lo piensa por un momento y luego aventura una. Imagine que México es una casa hermosa, bañada por el sol, dice Poiré. Un día, el dueño de la casa descubre una rata. La rata en la metáfora de Poiré es un narco. Éste no es el tipo de metáfora fue yo tenía mente, pero dejo que Poiré siga hablando. Él dice que el dueño de la casa descuida las ratas, y éstas se vuelven dos, luego tres, después cuatro. Pronto, las ratas —o sea, los narcos— se escurren hasta por el último recoveco, y es hora de llamar al exterminador. “El Presidente Calderón”, dice Poiré, “se percató de que el sótano estaba plagado de ratas”. ACAPULCO ES SEGURO, me dice Guevara. No se dará cuenta de las ratas. Mientras tanto, el Departamento de Estado de EE UU advierte sobre “tiroteos a la luz del día” y las “muertes de transeúntes inocentes”. Rick Perry piensa que yo no debería ir allí para nada. Mientras paseo frente a los hoteles relucientes, pienso en el problema de definir “seguro”. El día previo a mi llegada, alguien aparentemente atacó un edificio de la ciudad, a pocas millas de Los Flamingos, en un intento de asesinar al jefe de tránsito de la ciudad. Pero nadie me ataca. Me meto en uno de los taxis Volkswagen azul y blanco que corren a toda velocidad por La Costera. A altas horas de la noche, como un molcajete acapulqueño, pilas chisporroteantes de carne de res y de cerdo, y nopales asados, en restaurantes en su mayoría vacíos. Ni siquiera una vez sentí la mano fría de los narcos. Mi gran tragedia es que dejé mi iPhone en un taxi. Al leer la prensa estadounidense, uno nunca sabrá que Acapulco también es un municipio. Cuando una noticia reporta que alguien fue asesinado en “Acapulco”, a menudo significa que lo mataron en comunidades distantes del otro lado de la Sierra Madre, como Las Cruces y Renacimiento. Pero la historia se abre paso estrepitosamente por los cables internacionales de todas formas, invocando la imagen del Capitán Stubing siendo decapitado en cuanto se apea del Crucero del Amor. Una imprecisión geográfica embarra a toda la ciudad. Acapulco es un México en miniatura. Para cuando terminó el verano, las pandillas callejeras de nuevo habían aumentado la tasa de asesinatos en Acapulco y acabado con la vida nocturna. Esto es lo que acecha a México: una violencia real, por una parte, pero también sus réplicas, un desorden por estrés postraumático en la imaginación gringa. EE UU nunca ha tenido un debate real sobre la guerra mexicana contra las drogas, y el apoyo entusiasta de dos presidentes, así que más bien nos preocupamos de si es seguro ir a la playa. Octavio González Flores, el director de la autoridad portuaria de Acapulco, dice que la cantidad de cruceros extranjeros caerá este año de 90 a aproximadamente 40. En un giro irónico, el Soleado Acapulco se ha vuelto un destino turístico casi enteramente mexicano. El paraíso de John Wayne y Johnny Weissmuller ha sido reconquistado por los chilangos de la capital que buscan cuartos de hotel baratos. De vuelta en el bar de Los Flamingos una noche, me tomo un coco loco —una especialidad de la casa que lleva tequila y ron servida en un coco verde— y pienso en la estrategia de ventas más lastimera de Guevara. El gringo aventurero que ahora va a México, escalando su propio muro fronterizo psicológico, es recompensado con precios bajísimos. Le digo al gerente de Los Flamingos que pienso quedarme un día o dos más en Acapulco. “Señor”, dice él cansinamente, “usted puede quedarse todo el tiempo que quiera”. |





Cuando me reúno con una funcionaria de Acapulco, ella dice misteriosamente: “Seguimos vivos, ¿no?” Pocos días después, me reúno con Gloria Guevara, la secretaria de Turismo de México, en su oficina en la ciudad de México. Los intelectuales del país tienden a hablar de la guerra contra las drogas en términos de problemas manifiestos: su duración (cuatro y medio años), el número de víctimas (35,000 muertos), [otras fuentes señalan 50,000] y los daños colaterales (abusos a los derechos civiles, juicios irregulares, usted dígalo). Guevara habla de ello como un problema de relaciones públicas. Como BP y Goldman Sachs, la marca mexicana se ha vuelto tóxica. “Hace muchísimos años, los mexicanos no nos dimos tiempo para decidir la imagen o el estilo de México”, dice Guevara. “Alguien más lo decidió”. Guevara está tratando de cambiarle la imagen a México.
Frente a los gritos de muerte del norte, Guevara cambia resueltamente de tema: ¿qué tiene que ver un decapitado en Juárez con el mole negro de Oaxaca? Su campaña de cambio de imagen tiene un aire desafiante. Aun cuando 2010 fue el año más sangriento de la guerra contra las drogas, con más de 15,000 muertos, el presidente de México, Felipe Calderón, declaró a 2011 el “año del turismo”. Guevara compró anuncios en EE UU con el atrayente eslogan “México, el lugar que usted creía conocer”. Visiones de buzos e iglesias viejas —en vez de cuerpos colgados en los pasos a desnivel— adornaban los carteles en el metro de Nueva York. La guerra de relaciones públicas de México es una campaña de sonrisas cálidas: tortillas, no bombas. “Pienso que hay un lado sin revelar de la historia”, dice Guevara. Su intento de reprogramar al turista dice mucho de lo que EE UU piensa de su vecino.
Una razón por la que los estadounidenses le temen a México es porque en verdad malinterpretan su peligro. Cada nueva atrocidad produce páginas y páginas de copias. Pero si uno mira la cantidad de estadounidenses asesinados en México desde que empezó la guerra contra las drogas en 2006, y luego aísla la cantidad de inocentes “atrapados en el fuego cruzado”, suma sólo 10 a 20 asesinatos por año, según una investigación compilada por el Instituto Transfronterizo de la Universidad de San Diego. Éste es un país con cientos de miles estadounidenses expatriados y más de 17 millones de turistas estadounidenses. “Sería ingenuo decir que hay cero riesgo”, dice David Shirk, el director del Instituto Transfronterizo. “Pero sería alarmista decir que el riesgo es mucho más alto que ‘muy bajo’.” Otra razón por la que los estadounidenses le temen a México es el terror a lo mexicano vendido por los políticos. En Texas, un grupo de republicanos ha empezado una nueva guerra fronteriza.