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Escrito por Por José Carreño Carlón y Fernando Escalante Gonzalbo    PDF Imprimir E-mail
Noticias rojas. La violencia y los medios de comunicación en México.
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¿Cómo romper el círculo vicioso que existe entre los medios de comunicación mexicanos y la violencia que reportan? En este imprescindible diálogo se ofrecen algunas respuestas.

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Recientemente, los principales medios de comunicación en México firmaron un Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia que intenta atacar de frente uno de los problemas nodales que padece la sociedad mexicana el día de hoy: la perversa simbiosis, en muchos casos involuntaria, que hay entre los perpetradores de la violencia y los medios encargados de reportarla. En este sexenio, un sangriento desfile de ejecuciones ha acaparado las primeras planas de la prensa nacional en una especie de macabro monólogo informativo.Ante esa dinámica, el presidente Calderón dijo que a fuerza de malas noticias el ánimo nacional sufre un efecto de demolición, y agregó que hay que buscar la manera "de ser mensajeros de la sociedad y su realidad, y no necesariamente de los criminales". Pero la realidad se ha impuesto con un conteo de muertos que, en los años 2008 y 2009, se disparó, como lo demostró Fernando en un ensayo reciente. ¿Cómo deben manejar los medios de comunicación esa información? ¿Hay buena información? ¿Corresponde la realidad de México al país que reflejan las primeras planas de la prensa nacional? ¿Se ha sobredimensionado el problema de la violencia al enfocarse los medios en ella? ¿Funcionan inconscientemente los medios como "mensajeros" de los criminales? ¿Qué lenguaje se debe usar (el bélico no ha sido muy exitoso) para referirse al enfrentamiento entre el gobierno y el crimen organizado? Hay muchas más preguntas que respuestas, y los medios han reaccionado a esas grandes incógnitas de diferentes maneras, desde la claudicación (la tregua pedida por El Diario de Ciudad Juárez al crimen organizado) hasta la simple repetición de cables deliberadamente ambiguos. Los especialistas José Carreño Carlón y Fernando Escalante Gonzalbo nos ayudan a responder las interrogantes y proponen algunas respuestas.

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José Carreño Carlón: Es cierto que a fuerza de malas noticias –como dice el presidente– la sociedad sufre un efecto de demolición, y es que la comunicación tiene efectos lo mismo cognitivos (es decir en el conocimiento que tenemos de nosotros mismos como una sociedad sitiada y atemorizada por la violencia y la inseguridad), que efectos en las actitudes (y de allí el desánimo que registran las encuestas), que efectos también en los comportamientos (que van desde el apertrecharse en casas y oficinas hasta la huída o del país o al menos la rehuída de las zonas que los medios nos dicen que son más peligrosas).

Lo que es más difícil de comprender de los dichos del presidente es eso de que los medios busquen la manera de ser mensajeros de la sociedad y su realidad, y no necesariamente de los criminales. Porque si son mensajeros de la sociedad lo que van a trasmitir es esa percepción de estado de sitio que generó el discurso gubernamental con su metáfora de la guerra al crimen organizado; ese desánimo y ese impulso por ponerse a salvo en la inmovilidad o en el éxodo.

Menos mal que no pidió que los medios sean mensajeros del gobierno, porque, precisamente, porque lo han sido, han contribuido en parte a generar ese efecto de demolición del que habla el presidente, junto con los mensajes, ciertamente, de los criminales.balazo_2

Y es que nuestros medios están diseñados para privilegiar los mensajes de las fuentes, sean del gobierno o de los criminales, y por eso tanto el gobierno como los criminales han sido los definidores primarios, a través de los medios –que son los definidores finales– de una agenda de terror y de mensajes de poder de las bandas que aparecen ante nosotros con la capacidad para controlar territorios, matar impunemente, secuestrar, cobrar tributo de extorsión o venta de protección y reprimir libertades, específicamente las libertades informativas de los medios en la zonas que controlan.

No creo que los medios reflejen, o puedan o deban reflejar la realidad, porque se ha probado que eso es imposible. Más bien construyen discursos de la realidad en un proceso en que, en México, las fuentes del poder –del poder del Estado o del poder criminal– son determinantes ante la pasividad de los medios –ante su histórica falta de iniciativa– para generar sus propias estrategias informativas y sus propias narrativas.

Por eso, más que decir que los medios funcionan inconscientemente como mensajeros de los criminales, habría que decir que funcionan rutinariamente como tramitadores más o menos automáticos de los mensajes de los poderes, los estatales o los criminales, en este caso, o los empresariales, religiosos o intelectuales, en otros casos de concurrentes activos a la definición de la agenda pública a través de los medios.

Si en ese proceso se ha sobredimensionado o subdimensionado la violencia y el poder de los criminales, tú, Fernando, has hecho las precisiones más valiosas y puntuales.

El diario Reforma destaca que en los primeros catorce días de 2011, las muertes vinculadas al narcotráfico se han disparado con respecto a los años anteriores: 2007, 112; 2008, 111; 2009, 179; 2010, 458; 2011, 507. Señala que los estados con el mayor número de asesinatos son: Chihuahua con 96, Guerrero con 78, Sinaloa con 73, Durango con 52,  Nuevo León con 41 y Jalisco con 37.

Fernando Escalante Gonzalbo: Leer malas noticias es deprimente, sin duda. Ahora bien: aparte de lo que los medios hagan o dejen de hacer, el problema es que haya malas noticias, el problema es que haya motivos para deprimirse. En este caso concreto, el problema es que se haya duplicado el número de homicidios en el país en dos años, el problema es que haya cuarenta mil efectivos del ejército desplegados en siete estados y que el gobierno federal haya asignado la máxima prioridad a la lucha contra el crimen organizado. Los medios reflejan eso.  

Es verdad también que con frecuencia, en estos años pasados, hemos tenido en la primera plana noticias que corresponderían a la nota roja. En cierto sentido, es una distorsión. Pero lo que las ha puesto en la primera plana no es el puro amarillismo, aunque haya amarillismo, sino la interpretación oficial de su significado. No han sido los medios los que han decidido situar así el problema del crimen organizado; entre otras cosas porque, como dices, los medios en México funcionan como tramitadores automáticos de los mensajes de los poderes.

Dicho todo lo anterior, hay que decir también que el tema se ha tratado como se tratan todos los temas en la prensa nacional, es decir: pésimamente mal.

Vienen a la memoria numerosos ejemplos que son para libro de texto. Veamos. ¿Qué hacer con cuatro cabezas cortadas, con un cuerpo mutilado, con un montón de cadáveres? Para empezar, no publicar las fotografías, que no añaden ningún contenido informativo a la nota. ¿Qué hacer con las declaraciones de un asesino que quiere alardear, justificar, amenazar? Para empezar, no prestarle el micrófono, no jugar a la neutralidad, no limitarse a transmitir las amenazas. ¿Qué hacer con una pinta, un cartel que acusa de lo que sea a policías, militares o funcionarios? Para empezar, no publicar el contenido. Por otra parte, ¿qué hacer con los boletines de prensa, los comunicados oficiales, los discursos? Pues para empezar, no transcribirlos tal cual, sin hacer la más somera verificación ni preguntar nada.balazo_1

Según yo, nuestros medios se han equivocado sistemáticamente en el modo de tratar el asunto. Peor: siguen publicando las fotografías, siguen jugando a la neutralidad frente a los asesinos, siguen transcribiendo boletines de prensa.

¿Hay buena información? No. Ése es el mayor problema: que prácticamente no haya trabajo periodístico. Ni investigación, ni análisis, ni el más apresurado intento de poner en contexto las noticias. Cada periódico lleva su cuenta, por ejemplo, de los asesinatos atribuidos al crimen organizado; llama la atención que ninguno de ellos se haya preocupado por buscar la tasa de homicidios de los años y décadas anteriores: mil homicidios, cinco mil o diez mil no son ni muchos ni pocos, todo depende del modo en que evoluciona ese número, si aumenta o disminuye, y en dónde aumenta o disminuye. Sin eso, que es lo más elemental que se me ocurre pensar como información, el número no dice nada. Como nota de contexto, prácticamente todos los periódicos han publicado alguna vez declaraciones de algún experto o presunto experto que ha dicho que la tasa de homicidios en México superaba a la de Colombia de los años ochenta: todos le han dado titulares a la expresión sin molestarse siquiera en saber de cuánto era esa tasa.

¿Se ha “sobredimensionado” la violencia? Yo creo que sí. Y se ha magnificado el poder de lo que se suele llamar “el crimen organizado”. Sobre todo por el empleo de un lenguaje de aparente sofisticación técnica: cárteles, ejecuciones, plazas, rutas, lugartenientes, sicarios… Pero, otra vez, no fueron los medios los que empezaron con eso.pistola_2

Julio Trujillo: Tal vez ahora valga la pena profundizar un poco en los mecanismos internos de generación de información y en los "medios" de los medios: ¿qué capital –humano y económico– tienen de veras para perseguir una nota hasta el final?, ¿y qué tanto les interesa llevar a cabo esa tarea?, ¿el rating noticioso juega un papel importante? 

JCC: Sí. Un problema es que ciertamente hay malas noticias: multiplicación de homicidios y aparatosos despliegues de efectivos militares en parte del territorio nacional, como bien lo resumes, Fernando.  

Pero el otro problema es que los medios construyen sus discursos de la realidad concentrados sólo en eso. Y lo digo así en contraste con tu afirmación de que “los medios reflejan eso”. La diferencia entre las dos formulaciones no es sólo por el prurito académico de que los estudios de comunicación dejaron atrás hace tiempo la metáfora o la teoría del reflejo o del espejo –mirror theory– como función o como deber de los medios, bajo el supuesto de que los medios podrían o deberían poner un espejo frente a la realidad para “reflejarla”. Lo que me importa aquí es desestimar tanto el argumento o la coartada de algunos medios de que sus contenidos no hacen sino “reflejar” la realidad de la violencia y por tanto no hay nada que reprocharles, como el sermón sin sentido de quienes les exigen que “reflejen” de otra manera esas realidades.

Según el diario Milenio, durante 2010 hubo 12,658 ejecuciones en el país, lo que representa un incremento de 52 por ciento con respecto a los casos presentados en 2009, es decir: se registró un muerto por cada 40 minutos. En su recuento anual, Milenio explica que durante 2010 se registró alrededor del 42 por ciento de las ejecuciones que ha habido en el sexenio de Felipe Calderón, que es de 29,481.

Si no hay medio ni medios que puedan reflejar las complejidades de las muy diversas realidades –y por tanto carece de sentido la exigencia de que lo hagan–, la alternativa de las teorías de las noticias como construcción de discursos de la realidad permite meternos precisamente a las factorías de discursos de la realidad que son las empresas informativas y analizar sus rutinas y sus procesos de toma de decisiones informativas y editoriales. O como dice nuestro convocante Julio Trujillo: profundizar en los mecanismos de procesamiento de la información, en los recursos profesionales, económicos y culturales a disposición de informadores y editores así como en los incentivos y condicionamientos que los mueven en un sentido o en otro a la hora de manufacturar sus discursos informativos.

Y aquí ya podemos empezar a enlistar una serie de factores que han concurrido a multiplicar los problemas de la cobertura mediática de la violencia, con sus efectos en las percepciones públicas internas del país, en su imagen externa y en las actitudes y los comportamientos de los mexicanos y sobre los mexicanos como respuestas a este catastrófico o catastrofista discurso de las realidades nacionales.

El primero de esos factores, en el que ya se produjo el primer acuerdo de este diálogo, se refiere a los reflejos arcaicos de las relaciones entre medios y poder político, que en el pasado condujeron y en el presente siguen conduciendo a los medios a llevar al primer plano el discurso del poder político, en este caso, el de la guerra al crimen organizado, como el contenido noticioso de mayor jerarquía del sexenio, en los términos en que lo han dictado cada día las fuentes oficiales. Ahora habría que agregar que se activan los mismos reflejos arcaicos al incorporar también sin mayor procesamiento crítico los mensajes de los poderes criminales.

El segundo factor se resumiría en los más recientes reflejos comerciales de los medios,  de competencia por los mercados de audiencias, lectores y electores como base para competir en el mercado de la inversión publicitaria y de la influencia política. Estos nuevos términos de la competencia entre las empresas informativas incluyeron el redescubrimiento o el descubrimiento tardío del alto valor de la sangre, la adversidad, lo negativo en el mercado de las noticias, algo que descubrió la prensa popular estadounidense hacia mediados del siglo antepasado. Y aquí entran los temas, a los que aluden tú y Julio, de la lucha por el rating y los tirajes con el gancho del amarillismo.

balazo_3El tercero de esos factores que explicarían los problemas de los medios en la cobertura de la violencia radicaría en la secular baja calidad profesional de nuestros medios, que te lleva a la conclusión de que el tema de la violencia se ha tratado en México en estos años “como se tratan todos los temas en la prensa nacional, es decir: pésimamente mal”. Es éste un catalizador que acelera la mezcla de por sí explosiva de los dos factores anteriores: la atención privilegiada a la agenda del gobierno y a los mensajes de los criminales con el tema de la inseguridad, y la búsqueda del beneficio económico al concentrar el discurso informativo en el alto valor noticioso y comercial de la sangre.

Y es que lo que han avanzado los medios mexicanos en independencia del poder político no se ha traducido en un avance en la calidad profesional. Esta realidad tiene también su anclaje en la dependencia secular que tuvieron los medios de los recursos de los poderes políticos: históricamente, las empresas informativas no tuvieron necesidad de competir por los mercados de lectores y audiencias con base en el mejoramiento de la calidad de sus productos noticiosos. Permanecieron volcados casi en exclusiva al Estado, como un proveedor de recursos y dispensador de márgenes de operación que no exigía calidad informativa sino subordinación a los criterios del gobierno sobre lo  que se debía, lo que no se debía y cómo se debía publicar. De manera que a la hora de empezar a volver la cara al mercado, en la medida en que el Estado dejaba de ser su principal transferidor de recursos, la elevación de los estándares de calidad profesional de nuestros medios sigue siendo una asignatura pendiente que los lleva ahora a reprobar ante los retos informativos que trae consigo la violencia.

Por eso es que abundan en nuestros medios imágenes de decapitaciones, mutilaciones, ahorcamientos y otras atrocidades que no añaden valor informativo a las noticias pero con las que todavía algunos medios simplifican al extremo la idea del ejercicio irrestricto de la libertad en el que consideran un mercado ávido de malas noticias.bala_2

Pero hay un punto en el que a la falta de atención y de inversión en la calidad profesional –y al abandono de todo propósito de elaborar una narrativa propia para construir discursos de la realidad con algo más que los mensajes de las fuentes oficiales y las fuentes del crimen– los medios agregan con frecuencia la incultura general y la pobre formación política de los comunicadores del gobierno y de los operadores de los medios. Sólo así se explica que, a veces unos, a veces otros, y a veces entre los dos erijan a los jefes de las bandas criminales –detenidos o en libertad– como fuentes confiables de noticias y opiniones, como declarantes en horarios estelares y en entrevistas de portada, es decir como definidores primarios de la agenda pública para que coloquen sus mensajes de justificación, autodefensa, advertencias  o amenazas.

Quienes acuñaron y desarrollaron el concepto y el proceso de establecimiento de la agenda pública plantearon como sus definidores primarios a los actores públicos de los espacios de la legalidad. Nunca imaginaron este espectáculo esperpéntico mexicano en el que la agenda del debate público es definida por las declaraciones de un asesino que quiere alardear, justificar, amenazar, o por las pintas de un cartel que ofrece su veredicto sobre las políticas públicas y sus responsables, en competencia –en los espacios mediáticos– con algún comunicado oficial que tampoco es sometido al mínimo proceso de verificación y comprobación, como dices.

FEG: Estamos de acuerdo, según creo, en que el periodismo mexicano es mediocre en el mejor de los casos, y estamos de acuerdo en que esa mala calidad afecta a la manera como se reporta el problema de la violencia. Por otra parte, me resultaría imposible resumir los defectos de nuestro periodismo, de modo que adopto tal cual el esquema que propones para explicarlos: subordinación, amarillismo, falta de calidad profesional, escasa o nula exigencia intelectual y moral por parte del público. En todo ello estamos de acuerdo también. 

Visto lo anterior, valdría la pena cambiar un poco el enfoque y preguntar en qué consiste la distorsión, de qué modo, por qué medios y en qué sentido todo ello afecta a la representación de la violencia.escopeta

Sin pensarlo mucho, lo primero que a uno se le ocurre es que la prensa exagera. Creo que no es exactamente eso. Para ordenar un poco mis ideas se me ocurre señalar cuatro factores de distorsión.

En primer lugar, hay un efecto de distorsión por la jerarquía de las noticias cuando información que correspondería a la nota roja (todo lo más a la sección de información de los estados) aparece sistemáticamente en primera plana. La violencia está en las ocho columnas desde hace cuatro años, semana tras semana, y llega a ocupar la totalidad de las portadas de algunas revistas, hasta convertirse en la única realidad del país, lo único que sucede, lo único que se puede relatar.

En segundo lugar, hay un efecto de distorsión por el tratamiento periodístico del fenómeno cuando la violencia se convierte en el contenido fundamental de la noticia, en detrimento de todos los demás temas que la componen. Los textos de las notas se detienen con un pormenor absolutamente innecesario en los detalles de violencia, en lo que se ha hecho con los cadáveres, en los rastros de tortura. Peor todavía, se publican fotografías que no añaden absolutamente nada al contenido informativo de la noticia, pero que producen un impacto emocional imposible de obviar.

Para el periódico El Universal, 2010 fue el año más violento del sexenio al acumularse 15 mil 273 homicidios vinculados al crimen organizado, 58 por ciento más que los 9 mil 614 registrados durante 2009. Según el diario, del 2006 al final del 2010, se registraron 34 mil 612 crímenes y Chihuahua es el estado más violento desde el 2006.

En tercer lugar, hay un efecto de distorsión por la subordinación a comunicados, boletines y declaraciones cuando eso significa que el fenómeno de la violencia, la inseguridad, la lucha contra el crimen, se separa del resto de la vida social. El trabajo periodístico, de crónicas y reportajes, tiene el propósito de poner en contexto lo que sucede, para que sea posible entender lo que sea como parte de la sociedad. Con las declaraciones y entrevistas sucede lo contrario. No se entiende nada porque todo está fuera de contexto, aislado.

Por último, hay un efecto de distorsión por el lenguaje cuando se recurre a términos de presunta exactitud técnica, que tienen el efecto de enmascarar los fenómenos, porque nos permiten fingir una seguridad que no tenemos para explicarlos. Todos los medios hablan hoy en día de cárteles, lugartenientes, plazas, rutas, territorios, como si supiesen de qué se trata eso, como si tuviesen información seria y contrastada, como si la explicación de lo que sucede fuese sencilla y unilateral: el ejército y la policía en contra del ejército masivo, nacional, del “crimen organizado”: el singular es engañoso, el resto de las expresiones más todavía.

En resumen: si no lo he visto mal, lo que hay es mucho más que exageración: es una representación descaminada y engañosa, que no permite que el público se haga una idea sensata, realista, razonable, de lo que sucede. Y esa confusión pesa sobre nuestra vida pública.

Julio Trujillo: Podríamos pasar, si están de acuerdo, a un enfoque más propositivo. ¿Cómo empezar a darle un tratamiento más sopesado al tema de la violencia en México, tomando en cuenta la preparación profesional, los recursos, los intereses y las presiones a los que están sometidos los medios de comunicación? 

JCC: De las conclusiones de Fernando sobre cómo afecta la mala calidad de nuestro periodismo la manera en que se reporta la violencia en México, paso a la siguiente consecuencia: la de que los medios no están satisfaciendo el derecho de la gente a saber bien a bien lo que pasa y por tanto la gente carece de información confiable, utilizable para tomar las decisiones más elementales, que van desde las que tienen que ver con los lugares por dónde transitar o dónde trabajar, invertir o asistir a la escuela, hasta las que llevan a algunos a abandonar pueblos, ciudades y el país.

Y están también las distorsiones que  enumera Fernando al ejercer, los medios, sus funciones selectivas de lo que van a convertir en noticias –hechos y dichos de los criminales y de las fuerzas públicas y de los voceros del gobierno– así como  su forma de enmarcar y jerarquizar esas noticias. Lo más lamentable aquí es que esas distorsiones conforman los discursos o las representaciones de la realidad que nos entregan los medios  y con ello determinan nuestras percepciones por las cuales suponemos conocer la realidad de la violencia. Y también provocan, por ejemplo, nuestras actitudes de temor y desconfianza hacia quienes nos rodean e influyen en nuestros comportamientos, por ejemplo, de apertrecharnos en nuestras casas, de armarnos o de abandonar el país.balazo_1

Ahora faltaría, como lo propone Julio, pasar a un enfoque más propositivo. Y en este punto considero que al menos por un tiempo, es urgente atender el problema tanto del lado de las fuentes como del lado de los medios. Claro. En los medios hay que trabajar para ir haciendo desaparecer la cultura de privilegiar acríticamente y sin contexto –sobre la indagación periodística– la simple reproducción de las declaraciones y otros mensajes de las fuentes, lo mismo las mantas o las escenas de sangre elaboradas por los criminales, que  las informaciones y los golpes escénicos de las fuentes oficiales.

Pero mientras eso no desaparezca hay que modificar las estrategias o las rutinas de las fuentes oficiales. Por ejemplo, el gobierno tendría que corregir la narrativa de su lucha contra el crimen, específicamente, la politización de sus mensajes. Concretamente, tendría que revisar su magnificación del poder de las bandas con fines de enaltecer el valor del presidente que finalmente decidió combatirlas, así como la frecuente referencia a los grandes recursos del hampa, con los que, entre otras cosas, infiltra  autoridades en los estados no gobernados por el partido del presidente, que son la mayoría.  Y es que los efectos de esta narrativa coinciden plenamente con los efectos que busca la comunicación de las bandas criminales, con sus cuerpos destrozados, sus mantas y grafitis, sus coches bomba y granadas, sus “levantones” y sus homicidios. Porque las dos acciones comunicativas –la del gobierno y la del hampa– concurren a extender las percepciones deseadas por los criminales de que el crimen ha llegado a desbordar a las instituciones del Estado. Y que controla territorios, autoridades y medios de comunicación. Y en esta percepción cada vez más arraigada, lo  mismo por los mensajes del crimen que los del gobierno, resulta irrelevante el mensaje de que ahora sí hay un presidente que tiene la voluntad de combatir a las bandas pero no avanza por el tamaño del problema que le dejaron y que allí sigue porque otras autoridades no tienen la misma voluntad de él o están infiltradas por el hampa.

Y en cuanto a los medios, parece llegado el momento de que la independencia que ahora muestran al haber dejado atrás las formas reverenciales ante el poder presidencial, e incluso al llegar a la ofensa y la falta de respeto a la persona del presidente, se traduzca ya en independencia de las estrategias, los mensajes y las rutinas comunicativas del gobierno, lo mismo que de las estrategias de control social que desarrolla el crimen organizado a través de sus mensajes.bala

El reto aquí está en la construcción de formas de rigor profesional hasta ahora desconocidas en las rutinas de los medios mexicanos, que los lleve a su vez a la  construcción de una narrativa propia, capaz de satisfacer el derecho de la gente a saber lo que está pasando en los campos de batalla criminales, en base a información de calidad e independiente de las  estrategias del hampa y del gobierno.

Y en este punto, los medios tendrían que destinar mayores recursos a la formación de sus profesionales de la información, reporteros, editores. Sería recomendable enviarlos a observar, estudiar y asimilar las formas de trabajo y de procesamiento informativo en medios internacionales con varias generaciones de elaborar sus productos mediáticos para competir en mercados más exigentes de rigor profesional y de equilibrio en el manejo de los datos y de las fuentes.

Porque otro reto que surge aquí es el de contribuir también, con otra oferta informativa,  a la formación de audiencias y lectores activos, críticos, más allá del simple alineamiento de hoy de algunos profesionales en enviar mensajes automáticos a los medios a favor o en contra de un personaje, una opinión, un informador o comentarista.

Para el diario La Jornada, los registros de diciembre de 2006 a diciembre de 2010 arrojan 28 mil 801 asesinatos presuntamente cometidos por el crimen organizado. Según este periódico, el recuento de los últimos tres años es como sigue: en 2008 ocurrieron 5 mil 903 asesinatos; en 2009, 7 mil 42, en 2010, 11 mil 759, y durante la gestión de Felipe Calderón han ocurrido 28 mil 801 casos.

Las prescripciones específicas, las fórmulas, las guías o las recetas para elevar la calidad y para alcanzar estas otras formas de independencia del trabajo periodístico están en centenares o miles de manuales que hay que seguir o adaptar a nuestro medio. Lo más urgente, sin embargo, es cambiar los patrones dominantes en los medios de hoy, que suelen reducir el periodismo a la reproducción llana de los mensajes de las fuentes. Y ese cambio supone desde nuevos métodos de formación de los periodistas en la afinación de los valores de las noticias, hasta la construcción de nuevas actitudes del periodista ante los actores, lo mismo los del mundo de la legalidad que de la criminalidad.

De esas transformaciones es que podrían surgir enseguida una serie de entendimientos tácitos o incluso acuerdos formales entre los propios medios, para normar los términos de una nueva forma de competencia basada en el rigor profesional de los productos informativos y no en el sensacionalismo más elemental de la exhibición de  los cuerpos cercenados o de los mensajes efectistas, pero frecuentemente distractores o francamente desinformadores que trasmiten las fuentes interesadas.

FEG: Imposible estar en desacuerdo contigo en cuanto a la solución práctica: hace falta dedicar más tiempo y más dinero a la formación de reporteros, en todos los medios; hace falta alguna clase de acuerdo entre los medios [como el ya mencionado Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia] para fijar estándares mínimos de calidad profesional; y las orientaciones prácticas no tienen misterio, están en todos los manuales de periodismo. Insisto: es imposible estar en desacuerdo con la idea. Eso es lo que habría que hacer. No obstante, me parece difícil de poner en práctica.

Trato de explicarme. Estoy de acuerdo en que hace falta todo eso para mejorar la calidad de nuestro periodismo, pero ¿quién quiere eso, a quién le interesa? Nuestros medios hacen su negocio así, a base de chismes, boletines y filtraciones; nuestros políticos han aprendido a moverse en esas aguas, el público no exige otra cosa y en general, prefiere rumores porque los hechos no le convencen: ¿en nombre de qué o de quién pedir otro periodismo?

balazo_1Sin duda, hay un problema gravísimo de formación de los periodistas y redactores. Si sólo se tratara de eso, se podría remediar y sería incluso fácil. El problema es que a nadie interesa realmente cambiar las cosas.

Hay un acuerdo básico entre nuestra prensa y nuestro público. El pésimo nivel del periodismo se corresponde con el nivel casi subterráneo del público. Basta ver el tono de los comentarios que suelen aparecer al pie de las noticias en la versión electrónica de cualquier periódico. El público no quiere información, sino materia para consignas. Esta prensa nuestra: banderiza, calumniosa, oportunista, frívola, primitiva, comodona y tramposa, es exactamente la que la gente pide. Por eso es difícil imaginar un cambio.pistola_3

A mí me parece de lo más revelador que el público mexicano sea a la vez infinitamente escéptico e infinitamente crédulo. Para el público mexicano, y para buena parte de la prensa, periodistas, opinadores, locutores de radio y televisión, ningún dato, ninguna información es digna de crédito: no se puede creer ni a los datos del censo, porque todo está amañado, todo es mentira. Sin embargo, ese mismo público, esos mismos periodistas, admiten como cierto el rumor más volandero e inverosímil, siempre y cuando confirme cualquiera de sus prejuicios. En esas condiciones es prácticamente imposible hacer buen periodismo, y casi no tiene sentido ni intentarlo.

Sucede con la violencia como con cualquier otro tema, que no podemos ponernos de acuerdo ni siquiera en los hechos.

Con ganas de ser optimista diría que algo siempre se puede hacer, desde luego. Tengo la impresión de que tendría que empezar un medio: un periódico, una revista, que por su cuenta y riesgo, sin preocuparse por lo que espera el público o la clase política o los anunciantes comenzara a hacer periodismo serio. Por cierto que, aparte de consideraciones morales y profesionales, en el tema de la violencia como en cualquiera otro, las historias que podría contar un medio así serían infinitamente más interesantes que las que circulan hoy en día. Con el tiempo, podría convertirse en término de referencia.

Pido poco: pido seguramente lo que no puede ser. NW


José Carreño Carlón tiene una trayectoria de décadas en la comunicación pública.  Actualmente es conductor del primer programa de TV de análisis de medios, “La Agenda Pública”, en ForoTV, articulista de El Universal, profesor de derecho de la información de la UNAM y coordinador de periodismo de la Universidad Iberoamericana,

Fernando Escalante Gonzalbo es sociólogo y profesor en El Colegio de México. En entre otros libros suyos destacan Ciudadanos imaginarios (1992) y A la sombra de los libros. Lectura, mercado y vida pública (2007). Es columnista del periódico La Razón.