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Enrique Krauze
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Enrique Krauze —doctor en Historia por El Colegio de México, secretario de redacción y subdirector de la revista Vuelta hasta 1996, ac­tual director de Letras Libres, autor de más de 20 libros, miembro de la Academia Mexicana de la Historia, portador de la “Gran Cruz de la Orden de Alfonso X, el Sabio”, y miembro de El Colegio Nacional— el Ingeniero, como es conocido en los pasillos de su empresa, Clío, es un personaje de una seriedad que corresponde a quien lleva sobre sus espaldas una empresa cultural cuyo soporte es, ante todo, el capital intelectual tanto suyo como el de sus colaboradores.

krauze1A la vez, el Ingeniero es un afabilísimo intelectual públi­co, abierto a la discusión de ideas, un brillante ensayista y uno de los pocos historiadores cuya buena parte de su obra se ha centrado en un género imprescindible, la biografía política y cultural, muy popular en otros países, pero poco apreciado entre la más rancia e improduc­tiva academia, tanto nacional como internacio­nal, fenómeno que el propio Krauze se explica desde la endogamia a la que se ven sometidas y se someten las comunidades académicas. No es un tema menor, como lo señala él mismo antes de iniciar esta conversación en exclusiva para Newsweek en español con nuestro director edito­rial: “Si estás muy acostumbrado a escribir para tus colegas únicamente, sin tomar la opinión del público, va a afectar la frescura, la calidad de tu obra, porque no tiene la sanción fundamental del público lector de México y del público lector internacional, que suele ser la verdadera sanción al trabajo realizado. Y luego existe también, por eso mismo, un empobrecimiento de la calidad literaria de la historia. Los grandes historiadores han sido grandes escritores; entonces la prosa, la buena prosa no es un mero factor, un elemento digamos ornamental. El estilo no es un orna­mento, el estilo es esencial, igual que la arquitec­tura, igual que la estética de la obra”. Todavía no inicia formalmente la conversación con Enrique Krauze y ésta ya ha abierto una interesante brecha para el intercambio de ideas.

BRUNO H. PICHÉ: En tu libro Redentores, afirmas que se trata de figuras marcadas por la pasión, el poder, la literatura, la his­toria, la idea de revolución, sin duda, e incluso yo añadiría la violencia, muy claramente en el caso del Che Guevara, en el mi­litarismo de Chávez, e incluso la violencia de ideas de Vasconce­los en sus último años. ¿Al componer el libro cómo seleccionaste a tus redentores? Obviamente había personajes sobre los cuales ya habías estado trabajando durante mucho tiempo, tenías ma­terial, etcétera, pero ¿cómo los seleccionas? ¿por qué incluyes a unos y dejas a otros fuera? Dos ausentes que me parece perti­nente mencionar: Luiz Inácio “Lula” da Silva y sin duda Guiller­mo Cabrera Infante.

ENRIQUE KRAUZE: Muy bien. Vamos a ver, el libro lo hice de atrás para adelante. El ensayo de Eva Perón, el del Che Gueva­ra, los escribí porque en el gozne de los dos siglos, a fines de la década de 1990 y a principios de este siglo, volvió a poner­se de moda Eva Perón y el mito de Eva Perón, a través del cine y de biografías. Lo mismo ocurrió con el Che Guevara, yo sentí la necesidad de escribir sobre él porque quiso redimir, no digamos a América Latina o a Cuba, sino a la raza humana; inventó la idea del hombre nuevo que incluso yo creo que tiene un eco hasta de San Pablo. Por otro lado, siempre escribí sobre el movimiento zapatista, que tuvo una vigencia que ahora ya no recordamos, pero el primer número de la revista Letras Libres lo dediqué a un ensayo largo sobre Samuel Ruiz, y luego en el año 2000 escribí sobre el subcomandante Marcos, que estaba en el pináculo de la fama y de la vida pública mexicana en esos años. De nuevo, los ensayos que reúno aquí parten de aquellos, pero son distin­tos. Como ves, son figuras redentoristas sobre las cuales estaba yo escribiendo, digamos, al calor del momento. Luego vino mi ensayo sobre López Obrador que, indudablemente tiene ese per­fil, pero como se trata de López Obrador esa es obviamente una historia todavía abierta, y Redentores es un libro de historia, no de política, así que decidí no incluirlo. Pero hay que decirlo: la experiencia del redentorismo de López Obrador fue tan intensa, tan difícil, sin duda costosa, para mí, con la izquierda. Pero yo sentí la necesidad de escribir ese ensayo y no creo hasta la fe­cha haberme equivocado. Entonces, me llevó a estudiar al otro gran redentor que tenemos en América Latina, pero mucho más poderoso, el redentor con petrodólares: Hugo Chávez, y le dedi­qué un año, y un libro sobre él: El poder y el delirio. Por cierto, ahí tienes un ejemplo claro de la posible oscilación de mi propia obra puesta en una línea de tiempo: una sucesión de análisis bio­gráfico político en el que este paso de la política y la vida intelec­tual, a la vida política y de ahí a la vida intelectual.

Y además en una buena parte de Redentores de lo que Alfonso Reyes llamaba el pasado inmediato.

Claro. Entonces ya tienes ahí a una constelación de personajes. Al mismo tiempo salieron libros fundamentales biográficos y literarios y novelas de García Márquez y de Vargas Llosa. Yo ya había escrito sobre Vargas Llosa a raíz de la publicación de su autobiografía El pez en el agua, seguido de La fiesta del Chivo. Y por otro lado de García Márquez salió su biografía. Me puse a trabajarlos biográficamente. Si la vida del Che y Eva Perón me pa­recen de cierta forma paralelas, la vida en cuanto a iconos que se santifican o se mitifican, de igual modo, la vida de Samuel Ruiz y la de Marcos me parecen vidas, digamos sucesivas, complemen­tarias, cabría decir que la de García Márquez y de Vargas Llosa, robándole el título a nuestro amigo Álvaro Enrigue, son vidas per­pendiculares. Pero si tú tienes ya esos siete personajes, ya tenía yo allí una constelación de historia reciente, del pasado inmediato. Me fui a escribir sobre Octavio Paz, quise conocer al hombre que yo había encontrado en 1976 y lo que escribí no son 40 páginas del libros, sino 164.

Paul Bergman incluso menciona en su reseña aparecida en The New York Times Book Review que se trata del tercio del libro.

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Es el tercio del libro, en efecto. Paz me daba no solamente para hablar de todo el arco del siglo XX, que fue significativo en su vida, sino del XIX también con las biografías de su padre y de su abuelo. Paz vivió de 1914 a 1998, desde la Revolución mexi­cana en la que nació, hasta la Revolución Zapatista en cuya per­plejidad, frente a la cual, en gran perplejidad murió. Todo ese arco cubre todas las revoluciones del siglo XX y me daba para eso. Colocado ya Paz en el centro del libro lo que quedaba era irme aún más atrás, y lo que hice fue hacer el perfil de Martí, Rodó, Vasconcelos y Mariátegui, cuatro profetas de la pasión revolucionaria. ¿Por qué no está Lula?, porque Lula es un gran líder de izquierda y un gran líder político y hasta un estadista, no es un redentor porque no ha pretendido redimir a Brasil y porque, dos, actúa dentro del marco y piensa dentro del marco de la institucionalidad democrática, y los redentores no actúan, rebasan ese marco, e incluso destruyen ese marco. Porque en Lula no veo la rigidez dogmática e intelectual que sí advierto en los redentores, y porque incluso no diría yo que Lula ha provo­cado, ha alimentado el culto de la personalidad a la manera en que lo ha hecho Chávez. Y si no hay culto de la personalidad, si hay respeto a las leyes, a las instituciones y también hay apego estricto, y no hay apego estricto y no hay un pragmatismo ideo­lógico, no tenemos por qué hablar de redentorismo. Ahora bien, sí coloqué a Vargas Llosa y a Octavio Paz en el elenco, y a García Márquez como personas marcadas por el fenómeno de la revo­lución, en el caso del último fiel a la causa todavía. En efecto tie­nes razón, en este libro cabía perfectamente Guillermo Cabrera Infante. En cuanto a Cabrera Infante, su crítica, su pasión moral, su genio literario no están aquí, hay que dedicarle un ensayo, ojalá y lo pueda hacer. Siguen saliendo sus obras. Valiente, ade­más brillantísima, única, un estilo inimitable, inteligentísimo. Publicó ensayos inmortales en Vuelta y Letras Libres, todo eso, pero qué quieres, el tiempo, lo tuve que sacrificar, creo que es el único sacrificio que verdaderamente lamento. Pero digamos que sí, es un gran ausente, igual que cabía Fidel Castro. Lo que pasa es que un libro de 580 páginas, y tenemos una sola vida y los lectores son limitados para una obra así, por no decir que la figura de Fidel Castro recorre el libro, presagiado digamos por algunos profetas de principios de siglo en el antinorteamerica­nismo criticado por Paz y Vargas Llosa, reverenciado por García Márquez y por Chávez.

¿Tú estarías de acuerdo con lo que dice Paul Bergman en su reseña a Redentores, en el sentido que tú muestras una cierta ambigüedad frente a Paz? Es decir, Paz muere siendo un revolu­cionario, no un demócrata, no sé si un redentor, pero sí un revo­lucionario y cuentas la ilustrativa anécdota en la que, ya grande, Paz está en una cena con José Luis Martínez y tras una disputa se para y grita: “¡Yo soy un revolucionario!”

La respuesta es compleja. Yo espero que el lector comprenda que Paz era, además de contradictorio, dialéctico. Siempre estaba in­conforme y volviendo en la búsqueda de la verdad. Yo tengo un enorme reconocimiento y admiración por el modo en quekrauze3 abrazó la Revolución mexicana y las revoluciones para luego, gradual­mente, ir dejándolas.. Yo no le paso cuentas a Octavio Paz por haber reaccionado paulatinamente frente a la Unión Soviética, porque la verdad es que reaccionó infinitamente antes que todos los intelectuales de América Latina, creo que sin excepción, y al­gunos a la fecha ni siquiera han reaccionado. Fue valientísimo en eso. Digamos que mis diferencias, que lo hablamos en vida, son con el concepto de revolución. Amaba mucho la revolución fran­cesa, yo la criticaba, un poco a la manera de un liberal como Ed­mund Bruke. Paz tenía una idea muy idealizada de la Revolución mexicana debido al padre, como explico en el libro. Creo que El laberinto de la soledad era el laberinto de su soledad, y que él se encontró a sí mismo y que encontró a su padre y se reconcilió con su padre en ese libro. Bueno, yo no tengo una idea tan exaltada de la Revolución mexicana, ni del zapatismo como la que tenía él, y yo creo que Paz era digamos, más liberal que demócrata, por­que siempre creyó, hay que hacer la distinción, creyó en la liber­tad, bajo palabra. Pero digamos que no lo entusiasmó, al menos no que yo supiera, el tema de la libertad del sufragio; el mismo Madero, por ejemplo, no aparece mucho en sus libros, y hasta Vasconcelos, en 1949, al leer con todo entusiasmo El laberinto de la soledad, le reclama a Octavio Paz el no haber sido justo con Madero. Y en una conversación que tuvimos en televisión, Octa­vio Paz dijo sí, es verdad, hay que reivindicar el maderismo. Pero hay que hacer la convergencia entre el maderismo y el zapatismo. Es decir, entre la tradición profunda del campesino mexicano, la idea de la revolución zapatista y la democracia maderista. Yo, digamos, entiendo a Octavio Paz como un hombre que era un hijo de la Revolución mexicana, lo fue siempre y murió siéndolo. Y por eso, quiso que el orden nacido de esa revolución encontrara un cauce para reformarse a sí mismo. Ese orden estalló con la rebelión zapatista; estalló con el asesinato de Colosio; estalló con la crisis del 1994-95; y quedó claro a los gobernantes de México, particularmente a [Ernesto] Zedillo, que no cabía otra opción más que abrir el sistema a la alternancia y a la auténtica libertad del sufragio, es decir, al proyecto maderista y ahí estamos, con todas las ventajas y las desventajas que ha tenido desmontar el viejo sis­tema político. Y entonces, como vez, todas esas ideas, todas estas convicciones de Octavio Paz, frente a la Revolución, frente a la vida política mexicana, frente al socialismo y al propio capitalis­mo, son muy complejas. Cambiaron a lo largo del tiempo, unas permanecieron, otras cambiaron, otras se afinaron. Todas las asumió con valentía y todas las asumió pensando profundamente que correspondían al mejor camino para el país que tanto quiso.

En alguno de sus artículos o reseñas, Jesús Silva Herzog Márquez hizo mención precisamente al recelo de Paz, hacia la derecha, en concreto hacia el PAN. En voz de Enrique Krauze, si quieres retomando sus ideas, o lo que tu habrás discutido con Octavio Paz, ¿qué era lo que le generaba ese rechazo, esa desconfianza?

Paz era un jacobino. En mi libro creo apuntar hacia una veta muy profunda en Octavio Paz, que es la veta impresa por la madre de una religiosidad católica o cristiana, vamos a decir, que creo, si no me equivoco, impregna su actitud política y su poesía, eso lo puedes encontrar, lo habrás encontrado en el libro, por ejemplo en sus textos sobre Revueltas, o en su interés en Dostoievski. Por muchos motivos tenía rechazo, cierto, yo no diría una repulsa, pero si tenía una distancia muy grande con respecto al PAN. No obstante, fue amigo de Carlos Castillo Peraza, un hombre que en­tendía y respetaba el liberalismo… una excepción a la regla. Ade­más no lo culpo, el PAN no tenía, ni ha tenido nunca, nacidos dentro del partido, más intelectuales que Castillo Peraza.

Entonces de facto no había interlocutores a la altura de Castillo Peraza.

No había interlocutores y, además, digamos la verdad, también Paz no entendía mucho o tendía a ser injusto con el PAN, nada más en dos aspectos. Yo creo que el PAN tuvo una contribución a la vida democrática de México. Ve la lucha del PAN en los cua­renta, cincuenta, sesenta, setenta, cuando la izquierda estaba en un paradigma puramente revolucionario, el PAN pensaba en tér­minos democráticos, esto que te digo es impopular por supuesto, y los “sospechosistas” de siempre van a decir: “ahí está ya el pa­nista”. Bueno, yo no soy panista por razones genéticas, porque el PAN apoyó al Eje, a los mismos poderes que masacraron a mi fa­milia. No soy panista, pero tampoco soy fanático, y acepto que el PAN, a pesar de su pasado oscuro, ultra y archicatólico, archide­rechista, un poco profascista, y hasta pronazi, en algunas zonas, contradictoriamente en la política interior tenía una postura a favor de la democracia. Yo creo que en el PAN hay dos vertientes, la de Gómez Morín, que es la más liberal a la manera de Adam Smith, que por soledad tuvo que consentir, digamos, en la in­corporación de tantas personas que estaban, que no estaban a su altura y estaban ideológicamente a su derecha, sin duda alguna. En todo caso, por relativa ignorancia y por una repul­sa ideológica que se explica por su biografía Octavio Paz no se sentía cerca de PAN. Yo apunto esos aspectos de su vida, lo entiendo y comparto en alguna medida su actitud, pero creo que hay que darle al PAN el crédito de las generaciones de panistas, de abogados, de gente con coraje cívico que de sexenio a sexe­nio soportaron la represión del PRI. A veces les costó la vida, y llevaron la flamita de la democracia hasta los años 80, cuando también la izquierda despertó a la conciencia de que México po­día ser una democracia.

Krauze, Enrique Krauze, no Octavio Paz, ¿cuáles serían los ele­mentos y puntos a destacar que te harían decir, o no decir tam­bién, que Paz no estaba tan equivocado en relación al PAN, y con ello estoy hablando más de la coyuntura…

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Hubo una convergencia entre el ala liberal del PAN y el ala libe­ral de la izquierda en los años ochenta. Esa convergencia estaba representada por Luis H. Álvarez y Heberto Castillo, yo me sen­tí cerca de esa convergencia, yo creo que en Vuelta y fuera de Vuelta muchos escritores e intelectuales jóvenes, fuimos parte de esa convergencia. Yo creo que ese pacto de convergencia duró a lo largo de [Carlos] Salinas y Zedillo y llegó al año 2000. Yo me sentía más cerca de Heberto Castillo que de Luis H Álvarez aun­que a ambos los he querido mucho, pero me parecía una gran cosa que esa convergencia en la democracia liberal por parte de las fuerzas más lúcidas del PAN y de la izquierda nos llevara a la alternancia. ¿Qué ocurrió? Que el PAN tuvo el más decep­cionante de los presidentes, un buen candidato, pero un pésimo Presidente. Irresponsable, frívolo, que dejó pasar la oportunidad de construir, de verdad construir, el orden democrático moder­no en México. Fueron seis años que, con algunas excepciones a la regla, como la Ley de Transparencia etc., fueron seis años per­didos. Precisamente por el derrumbe de la credibilidad del PAN en el gobierno de [Vicente] Fox, surgió la figura de López Obra­dor, una figura con gran instinto popular, con gran “colmillo” y con gran arraigo que galvanizó, catalizó y unió a la izquierda. Y yo hubiera querido que la primera impresión que tuve de López Obrador hubiese prevalecido, que era la de un líder a la manera de Cárdenas, de Cuauhtemoc Cárdenas y de Lázaro Cárdenas. Pero los rasgos redentoristas en su personalidad, me convencie­ron que era auténticamente un tipo de liderazgo redentorista que podría introducir una discordia en el corazón de México, créeme que siento que más seria de la que vivimos ahora. En­tonces, en esas circunstancias llegó Calderón al poder. Bueno, Calderón podía haber formado un gobierno de coalición para enfrenar la debilidad inicial de su gobierno. No lo hizo, en ese sentido falló. Hay que decir entonces que en los 12 años, ade­más, el PAN no ha logrado los principales objetivos de su gobier­no como el empleo; no lo alcanzó. Y claro, está que el tema de la violencia lo empaña todo. Yo creo que el PAN va a salir del poder castigado por la ciudadanía, bajo la idea que de los 12 años no ha pasado bien la prueba. El PAN había sido tanto tiempo una oposición parlamentaria, sin experiencia de gobierno, que el resultado fue que llegó impreparado, y esa impreparación, esa “novatada”, la hemos pagado todos. Los primeros que la paga­rán son ellos mismos. El PAN, por sus yerros, saldrá del poder, por eso pienso que no me he equivocado y que Octavio Paz no se equivocó cuando pensaba que el PAN no estaba preparado para el poder.

En una frase: ¿porque no supieron gobernar?

No supieron gobernar, y el aprendizaje de gobernar nos ha cos­tado mucho a todos los mexicanos. Que el desafío era enorme, pero eso es estar en la política, ¿no? Si no se quieren esos de­safíos, pues que no se opte por puestos ciudadanos, por pues­tos de elección popular. Yo creo que es temprano quizá para juzgar el desempeño de Calderón, creo que la ciudadanía va a castigar el sexenio, depende como salga en los años siguientes esta famosa batalla contra la delincuencia, el crimen y el nar­co. Esa es una gran pregunta, pero no hay que tapar el sol con un dedo: es evidente que el PAN, el desempeño en el poder, ha dejado muchísimo que desear.

Regresando un poco a Paz, ¿crees, Enrique, que su relación de desconfiaza o recelo hacia el PAN provenía precisamente de esa falta de capacidad para gobernar?

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Pero no sólo por eso, también por la persistencia de los va­lores más retrógrados, en términos sociales. El PAN, en resu­midas cuentas, no ha podido encontrar un entronque con el liberalismo. Creo que Gómez Morín era liberal en sus prime­ras décadas. Terminó por no serlo, terminó por rodearse de personas con valores opuestos al liberalismo, a un liberalis­mo social. La posición del PAN frente a los grandes problemas de la sociedad y de la moral social, como el aborto, como el tema de los homosexuales, las libertades en general en el ámbito social, es completamente retrógrada. Y yo creo que en ese sentido podemos decir que les ha costado muchísi­mo tender puentes con la tradición liberal. Es decir, como no pueden tender puentes con la tradición liberal (y yo sos­tengo que la sociedad mexicana es esencialmente liberal y al mismo tiempo es católica), bueno entonces ahí te explicas por qué el PAN tiene tantos adversarios. Y además, no ha teni­do nadie que, heredando a Castillo Peraza, pueda articular un pensamiento católico social y católico liberal. Entonces como no tienen al pensador intelectual católico y liberal y social que los articule pues en eso también han fallado, eso explica tam­bién el fracaso.

No sé si estés de acuerdo, pero acudiendo a las ideas de Max We­ber acerca de la política como vocación, tal vez podríamos ver en el desempeño de los dos gobiernos panistas la falta absoluta de una mística, la vocación indispensable para dedicarse a una actividad que requiere entrega, sacrifico personal, tiempo…

Excatamente: una mística, un bagaje de ideas, una visión.. ¿Cuál es esa mística del PAN? No existe. Esa mística existe en el PRI, qué duda cabe, exacerbada, en algunos sectores del PRD, yo creo que eso también. Tienen demasiada mística e incluso creo que tienen demasiada mística en la mística stricto sensu.

Dentro de la izquierda, PRD o no PRD, ¿tú verías a Marcelo Ebrard, un político muy centrado en la solución de problemas, un tipo práctico, como posible y viable candidato a la presidencia?

krauze6Bueno, yo ya lo he dicho, lo he dicho con todas sus letras, a mí no me gusta el redentorismo en la izquierda, no me gusta el continuismo digamos de una actitud mojigata ante los valores sociales y de una impreparación para el poder como la que tiene el PAN, tampoco soy partidario de una restauración priista, ¿qué nos queda? Pues queda la alternancia de la izquierda, pero una izquierda moderada, una izquierda, para decirlo en una palabra, del perfil de Lula. Yo creo que Lula, en cuanto a sus ideas, tanto a su persona, pues lo tiene Marcelo Ebrard. Déjame contarte una anécdota que repite mucho el ex presidente Sarney. Sarney, para definir a Lula, al gran Lula; dice que Lula sabe el valor de un 3 por ciento, con lo cual quiere decir que un líder sindical por más radical que sea sabe el valor de una negociación, sabe el valor de que “bueno, no puedo lograrlo todo pero puedo lograr una parte, y además si yo empujo demasiado puedo destruir un orden que es el que impone la realidad, y la realidad puede me­jorarse solamente por pasos fragmentarios paulatinos, a veces más rápidos pero no de manera brutal, súbita, violenta” como el que los redentoristas proponen.

¿Pero tu considerarías a Marcelo un redentorista?

Precisamente por eso creo que es el único personaje que se acerca al perfil de Lula, porque sabe el valor de un 3 por cien­to, Marcelo Ebrard es un hombre que sabe negociar y no por eso deja de ser menos recto o menos firme en sus convicciones de una izquierda liberal. La ciudad de México se ha vuelto la ciudad más liberal del mundo y eso se debe a que tenemos un gobierno liberal, pero al mismo tiempo es una ciudad que en el marco de la violencia mexicana vio la postración que vive Méxi­co en tantos sentidos. Bueno, ha estado bien gobernada, esto es lo que se requiere para México.

Tanto al principio como al final de Redentores señalas que tanto México como América Latina nos hallamos en un cruce de ca­minos, en el lugar donde los caminos se bifurcan: ¿redentores o demócratas?

Yo creo que la democracia está caminando en México, pero ne­cesitamos una reforma política que los diputados no han estado dispuestos a hacer por razones de cálculo político. Pero necesi­tamos una reforma política, de eso no cabe duda. Me preocupa bajo estas condiciones la aparición del caudillo, que es muy latinoamericana y también mexicana, con dos características que subrayo: el culto a la personalidad, que en nuestra época se puede alimentar con la radio, con la televisión, con el Twit­ter, con Facebook, etcétera, y el apego rígido a una doctrina; ese cocktail, esa boda de Marx y Carlyle en una sóla persona es lo que produce el redentorismo. Mejor ejemplo que la Euro­pa del siglo XX en Alemania no hay, pues es la boda de Carlyle con una figura de sólido aunque cuestionable intelecto como Carl Schmitt, con Fichte o con alguno de los grandes ideólogos del nacionalismo alemán. Si tú tienes una doctrina asumida dogmáticamente como verdad revelada, como religión y un hombre considerado como el hombre providencial que lo en­carne tienes el redentor, y el redentor es de verdad la receta de la violencia, la polarización, el odio en una sociedad y el desastre.

Entonces el verdadero riesgo que tú ves para América Latina, para México ya el año que viene es esencialmente el redentorismo.

Al redentorismo, la vuelta al diseño político corporativo, pero también una especie de marasmo de continuidad; necesitamos cambiar, necesitamos reformar, necesitamos muchas reformas: necesitamos que Pemex se vuelva una empresa que no vaya en el tobogán hacia la muerte, sino que se convierta en una Pe­trobras, necesitamos eso y muchísimos cambios. ¿Dónde está el líder para esos cambios? No lo sé, esperemos que surja de la izquierda democrática.

Enrique, como uno de nuestros más eminentes historiadores, ¿qué ves para México en el futuro cercano, en el 2012 y en los próximos años?

Hemos sido muy crueles e injustos con nuestro avance demo­crático: lo logramos sin violencia política, tenemos violencia delincuencial pero no política, hay que distinguir. Logramos el cambio de manera ordenada, de manera pacífica, tenemos división de poderes, tenemos libertad de expresión plena, tenemos una ley de transparencia, tenemos participación públi­ca de la sociedad, tenemos un Instituto Federal Electoral, a pesar de todo, es mejor que lo que teníamos. Entonces no seamos in­justos con esa joven y frágil democracia en la que por lo visto, se­gún últimas encuestas de Latinobarómetro, los mexicanos en su mayoría ya no creen en la democracia. Nos urge hacerla funcio­nal, y para ello se necesita diálogo, se necesita tolerancia, se ne­cesitan reformas que cuenten con un consenso, consenso entre la mayoría y respeto a las minorías, pero también de las mi­norías a la voluntad de las mayorías, doble respeto. Todas esas cosas, y muchas más, nuestra joven democracia tiene que aprenderlas, sería una lástima que volvieran los tiempos del carro completo, sería una lástima que tuviéramos un caudillo iluminado. Sería una lástima, insisto, que siguiéramos en esta especie de marasmo en el que hemos estado en estos últimos años. ¿Qué nos queda? Bueno, hay muchas decisiones popula­res y otras muchas más impopulares que un líder, que el Presi­dente tiene que tomar y que un Congreso tiene que asumir. Yo espero que en el 2012 los ciudadanos elijamos a ese Congreso y a ese presidente, y espero que los intelectuales, los académicos y los empresarios y todo aquel que tenga voz pública y el ciudada­no común participe en la vida pública para sacar adelante a este país que en tantos sentidos va a la deriva. El asunto no es menor: la historia nos demuestra que aquello que genera el redentor es el derrumbe del orden y del sistema democrático.

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