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La dama los prefiere rubios. A Angela Merkel, de 57 años, alguna vez llamada la Reina de Europa, le gusta rodearse de cortesanos y aliados recién afeitados, impecables y sí, a menudo rubios. Sólo mire a su asesor publicitario más exitoso, el aterciopelado Ulrich Wilhelm.
O al hombre a quien eligió como presidente de Alemania, el recto Christian Wulff. O al consejero económico a quien nombró como director del Bundesbank, Jens Weidmann, que parece haber salido del mismo banco de genes. Por supuesto, no son realmente sus características germánicas y su arreglo personal lo que interesa a la Canciller, sino su enfoque serio ante la crisis mundial: en caso de duda, apegarse a las reglas.
Hace unos años, después de una entrevista con Merkel, tuve un roce con la cancillería. Yo, indicó la corte de Angela, había quebrantado un embargo de publicación vagamente definido. “¡La Canciller considera que este es un comportamiento inaceptable!”, aulló Wilhelm en el teléfono. “¡Creíamos que Gran Bretaña era el hogar del juego limpio!” La Señora del Orden había hablado. Ahora ella y su equipo, desconcertados por el repentino poder de denuncia de los mercados de valores de renta fija sobre las economías individuales de la zona del euro, luchan por imponer el orden alemán, no sólo sobre un desaliñado corresponsal, sino sobre todo el continente. No es una visión agradable.
Para los alemanes, el juego limpio no tiene nada que ver con el críquet. En lugar de ello, deriva de un sentido de derecho innato. La cuestión sin resolver —y va al núcleo del enigma de Angela Merkel—es cuán lejos el creciente resentimiento del país se concretará en un programa nacional más estricto. Como la economía más grande del continente, y como el país que tendrá que pagar la mayoría de las facturas, Alemania está haciendo valer su derecho a imponer condiciones y estándares a los reincidentes. Así como Alemania insistió alguna vez en que el Banco Central europeo reprodujera la independencia política y los principios antiinflacionarios del Bundesbank —la condición absoluta del país para abandonar a su amado marco alemán— ahora quiere imponer la disciplina fiscal alemana en todas partes y en todo momento, a cambio de sacar de apuros a los griegos y al resto de los rezagados. Hasta ahora, cinco gobiernos europeos han caído debido a su incapacidad para afrontar la crisis, y la gente de Merkel asiente sigilosamente para dar su visto bueno para que los denominados PIIGS (Portugal, Italia, Irlanda, Grecia, y España) sean castigados por sus descuidadas operaciones de gestión interna. Se dice que Mario Monti, cabeza del nuevo gobierno tecnócrata de Italia, es “muy alemán”, al igual que el nuevo presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi. “Ninguna nación quiere arrojar su dinero por la ventana”, afirma un demócrata cristiano de alto rango. “Queremos garantías de hierro, promesas por escrito, la seguridad de que los bellacos serán castigados”.
Los votantes de Alemania casi no tienen importancia en el manejo de la crisis europea por parte de Berlín. Las decisiones las toman unos cuantos miembros agrupados alrededor de la Canciller y su jefe del Bundesbank. En última instancia, la responsabilidad de mantener unida a la Unión Europea se ha posado en los hombros de una mujer que creció en el país que en ese entonces era conocido como Alemania Oriental y llegó a la madurez política cuando el imperio comunista se desmoronó. Cuando el Muro de Berlín se derrumbó en noviembre de 1989, no corrió a ver cómo ocurrían esos hechos históricos. En lugar de ello, acudió a su sesión semanal de sauna. Sus críticos, consternados por su respuesta retrasada ante una crisis que se ha estado desarrollando durante tanto tiempo, bromean que parece haberse retirado nuevamente al sauna —esta vez durante dos vaporosos años. El líder de la oposición Frank Walter Steinmeier dice que hay una Ley de Merkel: “Cuanto más ferozmente descarta algo Merkel, más seguro es que asuma finalmente esa política”. De ahí los cambios bruscos, no sólo sobre cómo manejar la crisis europea, sino también sobre asuntos como su compromiso previo con la energía nuclear después de Fukushima.
Entonces, ¿por qué la Canciller ha mostrado tanta desidia en el manejo de la crisis? Una de sus biógrafas, Margot Heckel, ha revelado una anécdota que supuestamente arroja luz a la más reservada de las líderes. Cuando aprendía a nadar mientras estaba en la escuela, la Canciller tenía un miedo desmedido a bucear. Un día subió hasta el trampolín más alto y se quedó ahí, inmóvil, aparentemente luchando contra ella misma. En el preciso momento en que sonó la campana de la escuela, se zambulló hasta el fondo de la piscina. Y salió viva. Personalmente, no puedo descifrar la moraleja de esta historia. La interpretación obvia es que se trata de una mujer que vacila, cavila y al final encuentra el valor para actuar. Pero no es necesario ser psiquiatra (lo cual, por cierto, en Alemania le toma a uno nueve años) para pensar en otras razones para el retraso en el clavado. En primer lugar, MerMerkel carece excepcionalmente de coordinación. Al tener un lento desarrollo, ella misma se entrenó a los cinco años para subir y bajar escaleras, un escalón tras otro; e incluso ahora, la actividad física le exige una profunda concentración. ¿Pudo haber sido que lo fue, y lo que es, temiendo fallar frente a otros? Y, más revelador, ¿por qué insistió en saltar exactamente dentro del tiempo asignado para la lección, y no tres minutos después, cuando no había ninguna persona en la piscina? ¿Ya desde entonces era muy quisquillosa con respecto a las reglas? Se quedó en el trampolín hasta forzar las reglas al máximo —pero se mantuvo dentro de ellas. ¿Fue ese momento Rosebud, la clave de su intento actual de crear una zona del euro creíble ante los mercados porque se adhiere a un reglamento alemán?
Mi historia favorita de Merkel data de 1981, cuando dejó al marido cuyo apellido todavía lleva, Ulrich Merkel. Se conocieron mientras estudiaban física en Leipzig, se casaron, se mudaron a Berlín del Este, y durante tres años, Ulrich hacia los quehaceres del apartamento mientras Angela terminaba su doctorado. Cuando el sitio estaba inmaculado, ella decidió irse. “Un día, simplemente empacó sus cosas y se mudó”, recuerda su ex marido. Aparentemente, una operación casi muda. Tomó sólo un artículo —el refrigerador, que fue retirado mientras Ulrich estaba fuera de la casa. Eso es Angela Merkel para usted: una mujer que se fuga con un refrigerador.
Nadie se acerca realmente a la Canciller. Su marido actual, Joachim Sauer, una figura sobresaliente en el campo de la química cuántica, es identificado periódicamente como un futuro premio Nobel, pero se conoce públicamente muy poco sobre él, más allá de su amor por Wagner —la prensa alemana le ha llamado “El fantasma de la ópera”— y su afición por el montañismo. A las personas que han escuchado a escondidas las conversaciones de la pareja les asombra su formalidad. Se dice que durante la cena, su charla se centra en la ciencia (el tema de la investigación doctoral de Merkel fue la química cuántica), la música, y los dos hijos mayores de Sauer. No hay una gran mezcla de la política y la vida privada, en contraste con la imagen que permitió que su antiguo consejero, Helmut Kohl, promoviera su visión de Europa.
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“Sólo empacó sus cosas y se fue”, dice su ex marido. Se llevó un aparato doméstico: el refrigerador.
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El enfoque de Merkel respecto a Europa se refleja en su relación con Kohl, ahora débil y atado a una silla de ruedas a sus 81 años. Es un conflicto entre el visionario más viejo e imperfecto y la joven pragmática e insegura de sí misma —entre el estilo efusivo y a menudo arrogante de gobierno tribal de él y los incesantes esfuerzos de ella por calcular los resultados y disminuir la velocidad del cambio. Como miembro de la generación de la guerra (él solía decir que la primera vez que experimentó el hambre fue cuando era adolescente, mientras atravesaba Alemania a pie para volver a su bombardeado pueblo natal de Ludwigshafen), Kohl encontró un lenguaje común con personas como François Mitterrand. Al escuchar un discurso en el que el presidente francés recordaba sus propias experiencias del tiempo de guerra, Kohl rompió en llanto. De hecho, lloraba a menudo. Merkel nunca lo hace, por lo menos no en público.
Kohl tomó el enlace entre Francia y Alemania, su compromiso compartido para evitar otra guerra desastrosa, y lo amplió a toda Europa. Desarrolló amistades personales con personas como Felipe González, el líder socialista de España, creando un puente entre las prósperas élites del norte y el apremiado sur. Merkel, por contraste, se muestra profundamente recelosa de su homólogo francés, Nicolas Sarkozy, y se dice que odia el epíteto que le ha dado la prensa a su asociación supuestamente simbiótica: “Merkozy”. Se trata de una amistad mayormente fingida, un espectáculo montado para calmar a los mercados que se desbocarían ante cualquier indicio de sus profundas diferencias. “Nos preocupa mucho que Alemania se encuentre a la deriva”, afirma un diplomático francés. Las cejas de los líderes de la Unión Europea aún están fruncidas por la abstención de Alemania en la votación del Consejo de Seguridad de NU con respecto a la zona de exclusión de vuelos en Libia.
Cuando las dos Alemanias se convirtieron en una, Kohl quedó desconcertado ante Oriente. Introdujo a Merkel en el gabinete para convertirla en su Ministra de mujeres y jóvenes, sabiendo solamente tres cosas acerca de ella: había sido útil para los demócratas cristianos de Alemania Oriental; tenía antecedentes protestantes (su padre era un pastor); y a pesar de su temporada en la Juventud Alemana Libre, parecía no tener una relación con el Ministerio de Seguridad Estatal de Alemania del Este. (Ella ha dicho que cuando la abordaba la Policía secreta, se negaba a cooperar, argumentando poco convincentemente que era demasiado bocona para ser una soplona). Después de todo, en ese entonces era imposible salir adelante en Alemania Oriental sin unirse a la Juventud Alemana Libre. Kohl la trataba como trataba a los habitantes del Este en general, con un benigno aire de superioridad. “Das Mädchen”, llamaba a Merkel de 36 años: “La niña”.
Al igual que muchos otros políticos alemanes, Kohl la subestimó. Algunos años después, la niña hizo su jugada —publicó un artículo en el que llamaba a los demócratas cristianos a deshacerse de sus antiguos líderes. Fue un momento de refrigerador, un acto de egoísmo absoluto. Los ansiosos jóvenes líderes regionales del partido, todos ellos varones, muchos de ellos rubios, se quedaron al margen y miraron, pensando que ella haría su trabajo sucio acelerando la partida de Kohl y abriendo el camino para la sucesión. Sin embargo, para su gran sorpresa, asumió esa función ella misma, terminando como líder de una coalición demócrata cristiana-socialdemócrata que se convirtió en precursora de los gobiernos tecnocráticos de toda Europa. Nerviosa sobre la opinión pública, simplemente la excluyó de las decisiones difíciles.
Esa fórmula ya no funciona para los alemanes ni para Europa. Kohl conocía el valor de la pasión para movilizar el apoyo del público. El euro era una cuestión de guerra y paz, dijo al pueblo alemán. Comprendió que sólo el miedo de los alemanes a otra guerra europea podía superar al miedo alemán de la hiperinflación. Los alemanes se quejaron, pero se convencieron de su programa. Por su parte, Merkel no se ha molestado en convencer a su público de la importancia de salvar a la Unión Europea, aunque los votantes del país se han vuelto más sofisticados y más escépticos acerca de Bruselas de lo que eran durante el régimen de Kohl. En lugar de ello, la Canciller parece apostar a que la aversión de los alemanes hacia el caos y el desorden haga que sigan siendo fieles a Europa. “Si el euro cae, Europa también lo hará”, dijo al Parlamento alemán. Es casi seguro que ella misma no lo crea; es claro que no es algo que salga de su corazón. En privado, su equipo establece una diferencia clara entre la zona del euro —que podía ser reorganizada con la posible exclusión de Grecia y la entrada de Polonia— y la Unión Europea, que Merkel dice a sus colegas que está destinada para sobrevivir, aunque como una embarcación más eficiente y estrictamente operada. Su prioridad es proteger el interés nacional de Alemania, que significa sobre todo proteger el mercado europeo individual. No es una cuestión de nacionalismo alemán, incluso si gran parte de Europa tendrá que bailar al ritmo de las melodías escritas en Berlín y Fráncfort. Pero tampoco surge de la chispa más leve de apego sentimental a la idea de Europa.
Impulsada por los mercados de bonos, preocupada porque el electorado alemán se vuelva en su contra, bajo la presión de sus colegas de la Unión Europea y de la Casa Blanca, Merkel se apoya en lo que conoce mejor: reglas, reglas y reglas. Su plan para endurecer la vigilancia de las tesorerías de la zona del euro necesitará ganarse a muchos jugadores, y rápido. Pero Katinka Barysch del Centro para la Reforma Europea dice que por lo menos está empezando a ayudar. Los llamados de los tabloides para que los griegos vendan la Acrópolis han dado lugar a una actitud más serena. “Ahora que el gobierno habla de nuevos tratados e instituciones, parece tener más control”, dice Barysch. “Políticamente, la estrategia funciona: ahora, casi dos tercios de los alemanes aprueban el manejo de la crisis del euro por parte de Merkel, por encima de 45 por ciento en octubre”.
Aun así, estos no son tiempos fáciles para la mujer que se supone que debe rescatar a todo un continente. Su alma científica se rebela contra la combinación de prioridades de corto plazo —particularmente la necesidad urgente de interrumpir la creciente disminución de la confianza en el euro— con el objetivo a largo plazo de rehacer Europa. Duerme poco, se muerde las uñas, envía mensajes de texto constantemente; un terrorífico estudio de la soledad del liderazgo.
Roger Boyes, editor diplomático en The Times of London, pasó 35 años como corresponsal en el extranjero. Su más reciente libro es To Prussia With Love: Misadventures in Rural East Germany. (A Prusia con amor: Desventuras en la zona rural de Alemania Oriental).
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