Síguenos en twitticon
Escrito por Rosemary Righter    PDF Imprimir E-mail
Grecia
Usar puntuación: / 1
MaloBueno 
AddThis Social Bookmark Button
Grecia | Europa
GRECIA: NUESTRO SENTIR
¿CÓMO FUE QUE UNA NACIÓN MARGINAL Y MAL GOBERNADA LLEVÓ AL LÍMITE A TODO UN CONTINENTE?
POR ROSEMARY RIGHTER

Con una riqueza e influencia colectivas que le convierten en el elefante del zoológico global, la Unión Europea se enorgullece de ser más que la suma de sus 27 partes. El euro, moneda común de 17 gobiernos (que, de manera muy reveladora, no incluyen a Gran Bretaña), sólo es superado por el dólar como divisa de reserva. A pesar de ello, cuando el ratón griego comenzó a trepar por su trompa, el elefante europeo fue presa del pánico.

El espantoso desastre precipitado por las locuras de Grecia, nación mediterránea marginal, derrochadora y congénitamente mal gobernada, es, con mucho, más grave que la crisis bancaria de Irlanda, o aún, que la deuda portuguesa —tanto, que ha aterrorizado a los mercados del mundo entero y de persistir los malos manejos, podría echar por tierra el crecimiento de Occidente.

¿Qué sucedió? ¿Cómo fue que los guardianes de Bruselas permitieron que Grecia, un insignificante actor de reparto, llegara al extremo de poner en peligro la economía mundial?

OW85803OW85801OW85802OW85807

Muy fácil: dando a la política más peso que a la economía. En varias ocasiones y desde hace 30 años, los griegos han tañido el arpa que marca el ritmo para el resto de los europeos. La cumbre UE de junio ejemplificó el caos con toda claridad: el acuerdo de último minuto, mediante el cual Atenas ha de incrementar el umbral de su impuesto sobre la renta y elevar su gravamen al petróleo para calefacción, fue celebrado como un gran logro aunque todos los interesados saben que, en el mejor de los casos, apenas servirá para dar a Grecia unos meses de gracia frente a sus acreedores. Así “arregladas” las cosas, el yate de placer griego (por supuesto, registrado como barco de pesca para evitar impuestos) sigue hundiéndose bajo las olas. Entre tanto, los mercados han elevado a 80 por ciento la probabilidad de que Grecia incurra en mora en los próximos cinco años.

En su momento, cuando dirigía las políticas europeas desde su despacho en el Ministerio de Asuntos Exteriores, Margaret Thatcher hizo una recomendación clara que pretendía ser confidencial: Grecia no estaba en condiciones de unirse a la Comunidad Europea (CE). Por su parte, David Hannay predijo que el retrógrado y caótico archipiélago provocaría continuas fugas del tesoro Europeo y no sólo eso —una vez aceptada en la comunidad, Atenas ocasionaría problemas, frustraría un arreglo para Chipre y envenenaría las relaciones entre Europa y Turquía.

La filtración del profético memorando de Hannay, a principios de la década de 1980, ocasionó profunda incomodidad en Downing Street.

La Dama de Hierro, recién llegada al campo de juego europeo, ya había tenido que vérselas con Francia y Alemania para exigir una reducción a la cuota de Gran Bretaña en la CE (injustamente elevada). Ella no quería buscarse otra pelea por causa de Grecia.

Eso, sin mencionar que sería muy difícil preparar una defensa. La “cuna de la democracia” recién había puesto fin a seis años de dictadura militar, y ya que España y Portugal fueron invitadas a unirse al club con el único objetivo de ayudarles a consolidar sus emergentes democracias, ¿cómo negar el mismo beneficio a los griegos?

La deliberada, comprensible y absurda decisión de cambiar las reglas a favor de Grecia, en 1981, fue el origen de la crisis que hoy asola la eurozona y amenaza las costas de Estados Unidos. De manera consciente entre la mimada élite política y subliminalmente en el resto de su sociedad, los griegos se quedaron con la idea de que resultaba muy rentable erigirse en los delincuentes retrógrados y malcriados del Viejo Continente.

Y con razón. Bruselas comenzó a desembolsar fondos de ayuda regional y “estructural” para que Grecia “alcanzara” al resto de Europa, mas no implementó los controles debidos para determinar, con toda precisión, qué hacían los griegos con el dinero o por qué los sucesivos gobiernos se daban el lujo de expandir la nómina del sector público —al extremo de emplear a casi la mitad de la fuerza de trabajo del país, sin siquiera un intento de cobrar más de la mitad de los impuestos generados. El chantaje griego también contaminó el ámbito político, tanto que aseguró el ingreso de Chipre sin que UE exigiera, para empezar, que la mayoría griega de Chipre hiciera las paces con la minoría turca chipriota, perpetuando así una disputa que NU había pasado décadas tratando de resolver.

Con todo, el asunto heleno habría sido un problema marginal y localizado si no fuera porque, hace 10 años, los europeos cometieron el error de meter al zorro en el gallinero, permitiendo que Grecia intercambiara su dracma por el euro.

La creación de una Unión Monetaria Europea independiente fue un riesgo calculado porque, a falta de la disciplina unificadora de una política fiscal común, los gobiernos manirrotos podrían usar los ahorros de los más frugales. Con miras a evitar ese abuso, el Tratado de Maastricht impuso firmes criterios de ingreso: poca inflación, deuda pública manejable y déficit presupuestal reducido.

OW85808
OW85814
OW85800
OW85804

Grecia reprobó estrepitosamente el examen en 1999, y sin embargo, dos años después (luego de meter mano a la contabilidad nacional) se escurrió por la puerta a pesar de la manifiesta debilidad de sus instituciones económicas y de administración fiscal. Una vez que accedió a los mercados a precios tan bajos como los que disfrutaba Alemania, Atenas se embarcó en una orgía de gastos. El pasmoso presupuesto dedicado exclusivamente a las Olimpiadas de Atenas, organizado (por decirlo de alguna manera) nada menos que por el autoproclamado ministro de finanzas Evangelos Venizelos, debió ser una señal de alarma; pero los cancerberos de Europa ni se inmutaron.

Grecia pudo solicitar préstamos con toda libertad porque, aunque el Tratado de Maastricht proscribía expresamente el rescate de miembros endeudados, los mercados financieros juzgaron que los gobiernos de la eurozona harían cualquier cosa para evitar un impago soberano, y además, porque nadie dijo a los griegos que no vivirían para siempre en la tierra de Nunca Jamás. De hecho, el primer ministro George Papandreou ganó las elecciones de octubre 2009 con las promesas de elevar el salario y eliminar recortes, amparado en su célebre máxima: “El dinero está allí”. Pero no era cierto, y Papandreou lo sabía.

Hace un año, cuando terminó la fiesta, la canciller alemana Angela Merkel dio la razón a los mercados financieros. Mientras en Atenas estallaban violentas protestas por el alza de impuestos y los recortes al gasto, instó a los parlamentarios alemanes a respaldar un rescate de 110 mil millones de euros para Grecia, porque “está en juego nada menos que el futuro de Europa”. Merkel prometió que las duras condiciones para el préstamo restablecerían la salud económica de Grecia. ¿De veras lo creyó?

En ese momento, la deuda pública griega era de 300 mil millones de euros; un año después, asciende a 340 mil millones de euros (160 por ciento del PIB) y sigue en aumento, mientras que la capacidad de Atenas para pagar, aunque sea los intereses, se reduce día a día. Las medidas de austeridad han sido muy dolorosas, reduciendo la economía en 8 por ciento por debajo de los niveles previos a la crisis y disparando el desempleo de los jóvenes a más de 42 por ciento. Los que tienen trabajo han visto caer su ingreso en, por lo menos, 20 por ciento —excepto los políticos quienes, con habitual descaro, se niegan a sacrificar un centavo de sus jugosos cheques.

Ya que todos los recortes no han permitido que Grecia alcance los objetivos fiscales definidos por la UE y el Fondo Monetario Internacional, la siguiente tajada de 12 mil millones de euros se encuentra en suspenso hasta que el gobierno recién renovado apruebe —a fines de junio– una nueva legislación que impondrá a sus furiosos, amargados y desesperados votantes, otros 28 mil millones de euros en recortes. “¿Alguien quiere comprar un estadio olímpico casi nuevo?”, bromea un amigo banquero de nacionalidad griega, agregando: “¿Le gustaría comprar la lotería estatal griega?”

La gente de Bruselas ha regresado a la mesa de trabajo. Los gobiernos de la Unión Europea están debatiendo las condiciones de un nuevo préstamo por 100 mil millones de dólares para evitar la mora de Atenas y como aparente medida de presión, Merkel propone que los bancos que tienen bonos griegos de inminente repago presten “voluntariamente” el dinero a Grecia, con maduración a largo plazo. Ese esquema se fundamenta en el Acuerdo de Viena de 2008, el cual permitió que las economías de Europa Oriental permanecieran a flote, sin embargo, hay que señalar una diferencia fundamental: aunque los europeos orientales necesitaban efectivo para superar la contracción crediticia post-Lehman, no estaban en bancarrota. Grecia está quebrada, endeudada, en la ruina. Aún cuando el atolondrado gobierno de Papandreou apruebe la legislación requerida, cualquiera que piense que de veras implementará los recortes es un iluso (en Grecia, las leyes se hacen para violarlas). Y aun suponiendo que las implementara —junto con otras reformas necesarias para abrir la economía griega— el abismo entre el sufrimiento presente y las ganancias a largo plazo es políticamente insalvable. La economía se contraería aún más, dejando a los griegos “un día más viejos y endeudados”, como dice la canción.

Lo que Merkel realmente pide a los bancos es que recojan su dinero y luego lo lancen por la ventana. Póngale el nombre que quiera, pero para los mercados, eso no es otra cosa que reestructurar la deuda —justo lo que Europa ha tratado de evitar durante todo un año. Y en esa contradicción estriba la genialidad del proyecto. La infusión continua del dinero de otros contribuyentes sólo tendrá sentido si contribuye a que Grecia arregle sus finanzas para volver a recibir capitales de los mercados. Mas eso no sucederá a corto plazo.

Lo cual plantea dos opciones: seguir bombeando impuestos de los contribuyentes del norte para postergar lo inevitable, al menos hasta que Irlanda, Portugal y España estén en menor riesgo de contagio financiero —y a condición de que los contribuyentes accedan, cosa bastante incierta. O bien, aceptar la inevitable y “ordenada” amortización contable de la deuda griega, antes que el incumplimiento de la deuda se salga de control.

¿Qué sucederá entonces? Las dificultades no se harán esperar. Con Grecia dentro o incluso fuera de la eurozona, el costo de los préstamos para los demás países se disparará. Más aun: los bancos con bonos griegos necesitarán una recapitalización extensiva —no sólo en Francia y Alemania, también en Estados Unidos. Hace poco, el presidente Obama declaró que la recuperación de su país depende del control exitoso de la crisis griega. El Banco de Arreglos Internacionales valúa el riesgo de exposición potencial de la banca estadounidense frente a la situación griega (incluidos instrumentos como derivados de crédito y préstamos) en 41 mil millones, cifra sólo superada por Francia. Si a esto sumamos su exposición total en Portugal (46 mil millones de dólares), Irlanda (105 mil millones de dólares) y España (175 mil millones de dólares), hablamos de dinero en serio.

No obstante todo lo anterior, es difícil que la confianza económica resulte tan mermada como después del colapso Lehman, porque los bancos han tenido todo un año para digerir la dura realidad de que, a pesar de lo que dicen los políticos, los bonos helenos son frágiles como telarañas.

Eso sí, las repercusiones políticas serán tremendas. Es improbable que provoquen el colapso del euro, pero seguramente conducirán a un rediseño radical. Timeo Danaos et dona ferentes: Temed a los danaos (griegos) incluso cuando traen regalos. Sin embargo, si algún beneficio ha derivado Europa de la estrategia financiera Ponzi de los griegos, ha sido sacar a la luz los riesgos de una política monetaria “unitalla”. Para salvar al euro, la eurozona quizá deba reducirse a un pequeño círculo de miembros financieramente viables y aunque esa posibilidad aún no está contemplada en la agenda, sin duda llegará el momento de hacerlo.


Righter es editora asociada de Times of London.