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Cambridge: Ángel Gurría-Quintana nos habla de aspectos de una pequeña ciudad que pocos conocen.
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Cambridge: Ángel Gurría-Quintana nos habla de aspectos de una pequeña ciudad que pocos conocen. | Europa


Arribé a la estación de autobuses de Cambridge en 1997. Traía demasiados suéteres en mi equipaje, pero ningún zapato a prueba de agua.

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Una de los tantos rostros de Cambridge: la ciudad universitaria de
fama mundial y rancio abolengo.


Le mostré a un taxista la dirección de mi nueva residencia. Dio la vuelta a la cuadra y me dejó a unos 100 metros de donde me había recogido. “Son cinco libras,” dijo. El primer descubrimiento: Cambridge era pequeña y cara. El segundo: Cambridge era especialmente hermosa bajo la lluvia.

Vine a estudiar las crónicas de los viajeros ingleses en México —desde los náufragos del siglo XVI hasta los mineros del siglo XIX. Me parecía una vida lujosa, porque no concebía lujo mayor que el de dedicarse a perseguir ideas y cultivar amistades.

Al final del primer año, mi tutor me invitó a almorzar en un pub campirano. Le interesaba saber cuáles eran mis planes. “Quiero escribir,” le dije. “No sé si como académico, o como periodista, o como autor de ficción. Pero quiero escribir”. El viejo respondió: “Lo que quieres es ser un diletante”.

Quizá escribir sea una forma de diletancia. Pero es también una forma de sentirse parte del mundo, de buscar lo que tiene de memorable, de salvar lo que merece ser rescatado. Y algo tiene de acto canino: escribir es una forma de marcar nuestro territorio.

No sé exactamente en qué momento el idioma inglés pasó de ser mi residencia temporal a ser mi territorio. Recuerdo aún el día que amanecí con la certeza de haber soñado in English. Cuando decidí escribir una novela, me pareció natural hacerlo en la lengua de Graham Greene y Ford Madox Ford.

Hay antecedentes (algunos muy ilustres) de escritores que encontraron su voz en otras hablas. Los pasos que yo aspiraba a seguir eran los de contemporáneos como el peruano Daniel Alarcón, o el jaliciense Salvador Plascencia. Nunca acabé mi novela, pero ahora me gano la vida escribiendo en inglés.

Cambridge favorece ese tipo de transformaciones. Es una ciudad propicia a los cambios de piel.

Frente a la casa en que viví ese primer año hay un prado: Parker’s Piece. Ahí, en 1848, se jugó el primer partido de fútbol con reglas semejantes a las de hoy. Al centro del prado hay un solitario farol de hierro en cuya pintura están raspadas las palabras Reality check (afronta la realidad).

Ese farol es un umbral entre realidades imaginadas: al sur están los barrios con hileras de casas de ladrillo construidas para obreros ferroviarios; al norte, los colleges con sus capillas góticas. Town, o ciudad, contra gown, la toga académica. En la imaginación colectiva son antagónicos, pero en realidad forman parte del mismo tejido urbano.

En Cambridge convergen ciudades que se sobreponen y se encuentran. Está la ciudad de los colegios seculares, con sus rituales medievales y su inamovible sentido de superioridad. A su lado, poblada de tiendas de souvenirs, ha ido creciendo una Cambridge para turistas que llegan en tropel a que les inventen cuentos sobre lo que sucede en los colleges.

Existe otra Cambridge que ni los académicos ni los turistas suelen ver: la de los housing estates, conjuntos multifamiliares en los cuales se concentran la pobreza material y de aspiraciones. Madres adolescentes, cigarro en boca y vestidas con ropa deportiva, se ajustan con grotesca exactitud a los clichés de los programas cómicos.

Está la babel que es Cambridge como destino de inmigrantes —legales e ilegales. Y aquella otra Cambridge de parques industriales, institutos de investigación e incubadoras de negocios
—una ciudad de la innovación.

Hay una Cambridge acuática, inmersa en un paisaje artificial de humedales, diques y canales construidos por ingenieros holandeses en el siglo XVII. Hay una Cambridge de aldeas que se van quedando sin tiendas, sin escuelas y sin oficinas de
correos. Hay la Cambridge que es un satélite de Londres, cuyos habitantes exhaustos van y vienen en trenes demasiado llenos.

Todas esas facetas de la ciudad componen la Cambridge en que hoy me siento arraigado. Es menos pintoresca que la Cambridge que descubrí hace 14 años, pero es más rica. Y es un buen lugar para el diletante. 



 

Ángel Gurría-Quintana es historiador, traductor y periodista. Escribe regularmente para las páginas literarias del Financial Times. Su próximo proyecto es un libro sobre la historia de Rio de Janeiro.

 

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