Síguenos en twitticon
Escrito por Abel German    PDF Imprimir E-mail
Algo más que una postal
Usar puntuación: / 7
MaloBueno 
AddThis Social Bookmark Button

A finales de noviembre se produjo una manifestación in­sólita en Madrid. Alrededor de 300 comerciantes chinos salie­ron a la calle para pedir al Ayuntamiento que les autorizase a vender alcohol, la llamada segunda licencia, ya que, según afir­man, eso representa el 65 por ciento de sus recaudaciones.

Y es que en diciembre de 2010 se aprobó la modificación de la Ley de Drogodependencia, mediante la cual se les priva de esa posi­bilidad so pena de pagar grandes multas. Esta Ley únicamente concede esa autorización desde las 22:00 horas, a los llamados establecimientos “de conveniencia” que poco o nada tienen que ver con los típicos comercios chinos de barrio.

postalAparte de la razón que al parecer asistía a los comerciantes chinos, lo más llamativo de esta manifestación es que… son chi­nos; ciudadanos provenientes, pues, de una nación abierta desde hace unos 25 años al capitalismo económico pero hermé­ticamente cerrada al capitalismo político, con todo lo que eso significa: partido único, control absoluto de la sociedad civil, privación de derechos fundamentales como el de manifesta­ción mismo, profundas desigualdades sociales, etc. Así que, como he dicho, fue observada (la susodicha manifestación) como una curiosidad, algo inédito en un país democrático ha­bituado —sobre todo en estos tiempos— a las manifestaciones. Y no es para menos. Imagínense a ese grupo de chinos que de normal solo pueden verse en sus tiendas, o reuniéndose entre ellos, quizá algunos como turistas, pero básicamente no inte­grados ni participando, y menos en actitud crítica, en la vida del país; imagínenselos desfilando con pancartas sostenidas por cañas de bambú, sin estridencias, algo indecisos y con son­risas que podrían ser de embarazo, como si se sintieran fuera de lugar. Es algo digno de ver. Y de meditar.

Los chinos constituyen un sector “misterioso” de la inmigra­ción, su contacto con la sociedad de acogida se limita como he dicho casi exclusivamente a sus establecimientos mercantiles que, con una constancia pertinaz —y gracias a la mano de obra barata, casi esclava, que les abastece— bordean los efectos de­moledores de la crisis y se expanden por las ciudades y el mer­cado minorista de España y, podríamos decir, del resto de Europa, con una eficacia y una rapidez incontenibles que los comerciantes nativos observan con preocupación y califican ya de competencia desleal.

Detrás de eso que algún periodista tildó de “postal inédita”, hay pues algo más que una postal. Los comerciantes chinos, al salir a las calles de Madrid, entre otras cosas estaban revelando, seguramente sin proponérselo, un complejo fenómeno políti­co-social de mayor alcance que comprende, entre otros aspec­tos, el enfoque o tratamiento europeo —quiero decir, no específicamente español— y, por contraste, el asiático —quiero decir, específicamente chino— del ejercicio del derecho a la li­bertad de expresión. Dos tratamientos opuestos.

Desde ese ángulo la manifestación de los comerciantes chi­nos fue, al menos para ellos, una “fiesta”. La mayoría participa­ba por primera vez en una protesta pública en contra de una disposición del poder establecido. Vale señalarlo porque, si bien no exigían ninguna reivindicación políti­ca directa, ¿acaso no lo estaban haciendo al acusar al Ayuntamiento de tratarlos de un modo discriminatorio?

La mayoría participaba por primera vez en una protesta pública.

Por eso sus sentimientos debían ser ex­traños para los ciudadanos de las socie­dades democráticas de este lado del mundo, aún para la española, cuya expe­riencia democrática, si contamos a partir de la incorporación de España en la Co­munidad Económica Europea, futura Unión Europea, en 1985 o 1986 —o sea, si obviamos la transi­ción— cuenta apenas con 25 o 26 años; por cierto, una canti­dad aproximada a la que hace que China consolidó su experimento de Capitalismo de Estado. En la conciencia de estos característicos manifestantes, sin duda alguna (y sal­vando las distancias de contenido) debía pesar por tanto la sombra terrible de Tiananmen; incluso la de las más recientes protestas que, inspiradas por los sucesos de Túnez, comenza­ron el 20 de febrero pasado en 13 ciudades y que fueron as­fixiadas por la represión de las fuerzas de seguridad y “voluntarios” del régimen.

Vista a través de ese dramático prisma, esta manifestación realizada a casi 10,000 kilómetros de su país de origen puede verse como una lección práctica de ejercicio democrático que, ojalá, algún día puedan aplicar también allá.

Motivos no les faltan. En China —que mantiene una tasa de crecimiento que ronda el 9 por ciento—, cientos de millones de personas despedidas de las otrora empresas estatales deam­bulan desesperadas de ciudad en ciudad en busca de trabajo, y otros cientos de mi­llones trabajan en condiciones de semies­clavitud. Apenas el 4 por ciento —la clase capitalista burocrática— se beneficia real­mente del capital y se ha convertido en “nuevo rico”, algunos en “grandes nuevos ricos”, auténticos y ostentosos millona­rios. Y esa mayoría que pulula en la peri­feria del “gran milagro” ni siquiera cuenta con el elemental derecho de realizar ma­nifestaciones como ésta.

Para intentar decirlo todo, añado lo siguiente: quizá la modi­ficación de la Ley en cuestión merecería ser revisada. ¿No con­vendría asegurarse de que los argumentos que la fundamentan no ocultan, como ellos (los chinos) denuncian, un posible caso de discriminación o xenofobia?

Así como sabemos que no todo lo que brilla es oro, también sabemos que no todo lo que lleva el sello de la democracia es democrático.


Abel German es escritor y periodista cubano radicado en España. Colabora con varios diarios españoles y en Cubaencuentro.com