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LLAMAR “BOXEADOR” A Manny Pacquiao es una de esas descripciones que no lo abarcan totalmente; es como decir que Mahatma Gandhi era “un abogado hindú”. El más grande peleador sobre la tierra libra por libra ha empezado a moverse más allá de su sangriento deporte en formas cada vez más imprevisibles. En Filipinas, país donde nació en la más abyecta de las pobrezas, el campeón de los pesos welter de la WBO es una figura cuasi religiosa, cuyos entusiastas seguidores son casi como una secta. En Estados Unidos, es “Pacman” —el ídolo de las mega- peleas de Las Vegas, el Bruce Lee del boxeo del Marqués de Queensberry: diminuto, furioso, y letal. “Manny Pacquiao”, ha dicho Mike Tyson, “es un fenómeno”. No hay nada que discutir: ESPN lo clasificó en el primer puesto entre los atletas mejor pagados del mundo este año.
Las peleas de Pacquiao no son peleas corrientes. Sus combates con Miguel Cotto, Oscar de La Hoya y Shane Mosley, sus vaivenes con Erik Morales y Juan Manuel “Dinamita” Márquez —contra quien peleará, por tercera vez, el próximo 12 de noviembre en (dónde si no) Las Vegas - mostraron una mortífera intensidad sin igual. Contra de La Hoya, pocos esperaban una pelea fácil para el filipino. Sin embargo, Pacquiao dominó a su oponente, de mayor estatura, con su precisión y velocidad.
En cierto modo, resultó irónico: En 2001 Pacquiao asaltó la escena estadounidense en una pelea preliminar donde la estrella del programa era de La Hoya. Siendo un desconocido, entró como un tardío sustituto de Enrique Sánchez en una pelea por el título del peso super-bantam de la IBF en la categoría de 122 libras contra el campeón de Sudáfrica Lehlohonolo Ledwaba.Pacquiao tenía un registro de 32 victorias y dos derrotas, pero nadie sabía realmente quién era. (George Foreman, quien narraba la pelea, pronunció mal su nombre varias veces.) Después de que un rampante Pacquiao agobió a Ledwaba, Larry Merchant dijo “Ledwaba vino aquí con la oportunidad de convertirse en una estrella, pero parece que Pacquiao puede salir de aquí convertido en la verdadera estrella”. Sin embargo, no fue sino hasta noviembre de 2003 que Pacquiao se convirtió en una verdadera superestrella estadounidense, al propinar un nocaut técnico en el undécimo round al amenazante mexicano Marco Antonio Barrera en la pelea por el título de peso pluma. Cuando avanzó a la siguiente categoría de peso, Pacquiao hizo callar a los escépticos e hizo crecer su fama más allá de Asia. Ahora era un campeón en tres divisiones de peso, y seis meses después libró una batalla clásica contra el mexicano Márquez, campeón peso pluma de la WBA. El combate, que terminó en un empate, fue la pelea más grande de 2004.
En 2005 avanzó hasta la categoría de peso superpluma de 130 libras y peleó contra Morales por el título vacante de la WBC. Perdió por decisión, pero ganó el título a finales de ese año al derrotar a Héctor Velásquez. Al año siguiente, noqueó a Morales en la revancha.
Pacquiao peleó contra Márquez nuevamente en 2008 y ganó por decisión, y ese mismo año avanzó a la categoría de peso ligero para ganar el título de la WBC contra David Díaz. Fue justo después de esto que peleó contra De La Hoya en la categoría de peso welter, es decir, de 147 libras. El filipino avanzaba de una categoría de peso a la siguiente como si nada. En 2009 destruyó al británico Ricky Hatton, obteniendo el título de los superligeros de la IBO. Parecía que ya no le quedaba nadie con quien pelear.
De hecho, aunque volverá a enfrentar a Márquez dentro de algunos días, muchas personas sienten que su verdadero rival es el estadounidense Floyd Mayweather Jr., la otra superestrella libra por libra cuyo campamento ha acusado desde hace mucho tiempo a Pacquiao de consumir esteroides y de no hacerse pruebas de sangre para evitar pelear contra su rival. Pacquiao-Mayweather sería la pelea más grande en la historia del boxeo.
Esta pelea de ensueño podría ocurrir o no, pero en todo caso, el ocho veces campeón del mundo se está orientando hacia una carrera totalmente diferente. En 2010, Pacquiao, ahora de 33 años, fue electo al Congreso de Filipinas, como representante del empobrecido distrito de Sarangani, donde vivió cuando era pequeño. Sarangani y el cercano distrito de General Santos son las raíces de Pacquiao. Salió de allí a los 14 años para hallar su fortuna en el boxeo en las duras calles de Manila, pero siempre ha regresado a la isla de Mindanao a cumplir con su ferviente catolicismo, dando unos cuantos de sus millones a los pobres. Al hacerlo, se ha convertido en una especie de celebridad sacra, floreciendo al mismo tiempo hasta convertirse en una franquicia invaluable.
El boxeador posee sus propias líneas de moda, e incluso su propia colonia (llamada MP8 en honor a sus ocho títulos obtenidos en ocho categorías de peso distintas). Desde anuncios de tiendas departamentales y cabinas de lotería instantánea, su media sonrisa resplandece como el rostro de un santo reproducido a nivel masivo. Es Pambansang Kamao, “el puño nacional”. Esta aura religiosa resulta adecuada, ya que Pacquiao mismo es sumamente devoto. Después de sus peleas victoriosas, lo que equivale a decir todas sus peleas, siempre regresa a orar a la iglesia del Nazareno Negro en el vecindario de Manila. Los Nazarenos Negros son una secta que venera una imagen de Cristo que resultó quemada durante un viaje de México a las islas en un galeón que se incendió en 1606.
Por lo tanto, irónicamente, es una tontería volar a Manila para tratar de conocer a Manny Pacquiao. Como me dijo uno de sus asistentes, “Es como tratar de almorzar con Jesucristo”.
Sin embargo, fui. Me reuní con él por primera vez en el aeropuerto internacional de Manila durante un aguacero, donde había llegado para protagonizar su propio programa de televisión, Manny Many Prizes, que se transmite en vivo todos los sábados a las 6 p.m. Salió de la sala de llegadas con una intensidad vidriosa y fue rodeado al instante por una muchedumbre que no lo esperaba. Pero poco después ya se había ido, trasladado rápidamente en un convoy de la Policía y en un Land Cruiser con matrícula del Congreso. Si hubiera amputado mi mano, que acababa de estrechar la de Pacquiao, probablemente podría haberla vendido a los cazadores de recuerdos.
Para perseguir a Pacquiao alrededor de Manila se requiere resistencia. Bajo una lluvia de tifón, salimos tras él a toda velocidad. De esta manera, podríamos entrar en el estadio Cuneta Astrodome con Pacman. Los ensayos para la función de esa noche tomarían toda la tarde, y al unirme a su séquito, yo podía sentarme en los vestidores y ver cómo actuaba entre su gente.
Reclinado en un sofá, vistiendo medias blancas, zapatillas D&G, y un chillante cinturón de Hermès, el gran hombre recibía un masaje en las piernas y el cuello mientras una sarta de estrellas de televisión entraba y salía de los austeros camerinos para rendirle tributo. Pacquiao parecía disfrutar el hecho de que Manny Many Prizes era su programa, una lotería con público en vivo donde 4,000 personas recibían números y serían elegidas al azar para recibir premios en efectivo proporcionados por él. Eso era “retribuir”. Durante los ensayos de esta tarde, Pacquiao se sentó al piano de la banda y tocó los acordes de Let It Be. Después, tocó la guitarra y cantó. Es importante ser un Hombre del Renacimiento si uno es el Puño Nacional.
Uno de los consejeros más cercanos de Pacquiao es el abogado Franklin Gacal, que ronda con una pálida sonrisa alrededor de los acuerdos de negocios de Pacman. “Ésta es una sociedad”, me dijo Gacal mientras bebíamos un trago, “que busca héroes. La mayoría de las personas son pobres y se encuentran en la desesperación extrema. Manny es un símbolo de esperanza. Su nivel de fama mundial nunca antes había ocurrido, y nunca ocurrirá otra vez. Algún día podría llegar a ser presidente”.
La función de esa noche fue como una reunión de predicación. El público había recorrido grandes distancias para ver a su ídolo en carne y hueso, y muchos habían acampado toda la noche en la calle. Se sentaban en las gradas agitando sus tarjetas con números en color rojo brillante, moviéndose de un lado a otro, gritando y cantando. Después de las rutinas de animación, Pacman salió finalmente en medio de un frenesí de hielo seco y confeti, ascendiendo desde las profundidades del escenario como un dios en pantalones vaqueros. Bailó, como un John Travolta compacto. Cuando gritó en el micrófono para preguntar lo que quería su público, le respondieron, “¡dinero para el transporte!”—para cubrir los gastos que implica acudir al programa. Escuché los gritos de “Ninong” —padrino— y pronto esta palabra se convirtió en un cántico. “Cualquier cosa que ustedes necesiten, mi gente, yo les escucho”, respondió. “Sólo díganmelo”. Y camino hacia la caja que contenía los números premiados. “Todos pueden participar”, dijo, mirándome por un momento, “excepto el estadounidense”. Y yo, el solitario hombre blanco, tuve que hacer una reverencia.
Los llorosos ganadores subieron al escenario: viejas sin dientes, enfermos y pobres. Pacquiao los entrevistó. Inevitablemente, una mujer de edad que vende pasteles de arroz y lava ropa ajena para llegar a fin de mes le hizo recordar a su madre, que hizo lo mismo cuando él era niño. Poniéndose serio, incrementó repentinamente el premio en 100,000 pesos. Los asistentes desfilaron llevando brillantes utensilios de cocina, una nueva bicicleta, fajos de efectivo. El público gritaba “¡Ninong!” Y los concursantes lloraban histéricamente.
Después del programa, Pacquiao decidió hacer lo que hace a menudo después de la medianoche: jugar al billar. Nos dirigimos rápidamente al Pan Pacífico en el centro de Manila. En el piso más alto del hotel se encuentra una sala de billar americano y una habitación VIP donde a Pacquiao le gusta relajarse en sofás de cuero negro. Una vez que se encontraba en la mesa de billar, la inevitable multitud ya se había reunido, y él se enfrentó contra el campeón de billar Efren “Bata” Reyes, un hombre imposible de vencer, pero a Pacman le gusta apostar dinero contra él. Bata logró meter todas las bolas. Un silencio se cernió sobre los observadores. El magnetismo de Pacquiao es extraordinario. La multitud se quedó allí toda la noche, hasta que Pacman se acostó al amanecer. Se levantó tres horas después y tomó un vuelo de dos horas a General Santos. Nadie podría decir en qué momento durmió.
GENERAL SANTOS ES “la capital mundial del atún”, una ciudad relajada de 700,000 habitantes con un vibrante ambiente gay y un excelente sushi. Por su parte, la inmensa isla de Mindanao, cuya costa sur domina, ha sido el escenario de una sangrienta revolución islámica. Esa misma semana, cinco infantes de marina filipinos habían sido asesinados y decapitados en una emboscada.
La mañana siguiente, con el ánimo alejado de tales horrores, Pacquiao abrió el terreno para un nuevo hospital en Sarangani, que él había financiado en parte. El evento tuvo lugar en una sofocante carpa con un escenario lleno de eminentes cirujanos. Su esposa, María Geraldine “Jinkee” Jamora, la madre de sus cuatro hijos y originaria de Sarangani, estaba ahí. Jinkee y Manny son la pareja de mayor influencia en Filipinas, la realeza de los medios de comunicación. Juntos poseen un hotel, tiendas de moda, una cafetería en General Santos, una estación de gasolina, y numerosas mansiones de lujo. Hija de agricultores empobrecidos, Jinkee es ahora tan famosa a nivel local como Manny. Más tarde, ella me dijo que conoció a Pacquiao en un salón de belleza de Pond’s donde ella trabajaba cuando ambos eran adolescentes y que él la había cortejado durante un largo noviazgo. “¡Me mandaba tarjetas!” Su tío participaba en el entrenamiento del joven boxeador y había ayudado a convencerla de que Manny era serio y devoto.
Bajo el calor de una mañana tropical, un Pacquiao prolijamente elegante estaba en pie frente a la multitud, citando a Thomas Edison. “¡Visión sin ejecución es alucinación!” Los doctores aplaudieron un tanto desconcertados. Una vez que el terreno fue abierto ceremoniosamente, el boxeador se alejó en el convoy acostumbrado.
Antes de reunirme con él esa noche en su mansión en General Santos, fui en coche a Glan, el pueblo de playa donde él creció. Una playa de arena gris, pequeñas mezquitas desconchadas y casas de bambú tejido. En la diminuta escuela primaria José H A Young me mostraron el aula donde el niño era obligado a sentarse en una fila reservada para los bravucones y los malos alumnos. El espacio mal ventilado estaba lleno de bebés y cuando les pregunté quién era Pacquiao, todos se pusieron de pie, formando pequeños puños. Una profesora, Gina Inquito, lo recordaba como un niño descalzo. “Era un alborotador, pero uno tiene que recordar que dormía sobre trozos de cartón y se alimentaba únicamente de potaje de arroz. Vivía de raíces. Pescaba con redes sólo para comer”.
Esa noche, en la Mansión no. 1 en General Santos, me impresionó la tranquilidad que rodeaba a su hogar. No había ni un alma cerca de los altos muros. El encargado de la seguridad me acompañó hacia el interior del complejo, pasando una enorme piscina con forma de guante de box. En el jardín, se encontraban los tres alegres matones: su primer entrenador; un viejo sparring y amigo de toda la vida y el nuevo instructor que enseñaba a la familia Pacquiao los misterios del buceo recreativo. Uno de ellos recordó que Pacquiao solía ganar 300 pesos por pelea, otro afirmaba no haber visto nada especial en el joven Pacquiao. “Tenía poder, pero no vi en él a un futuro campeón del mundo”.
Pasamos a una larga habitación rodeada de fotografías de las peleas de Pacquiao, entre ellas, la del nocaut del pobre Ricky Hatton. En el extremo de la habitación había una barra abastecida con Domecq 2000 y Johnny Walker Blue Label. El equipo de ejercicio estaba en un rincón. Era un lugar más cómodo que lujoso, adecuado para pequeñas reuniones y vida con un séquito residente.
Pacquiao entró vistiendo una camiseta rayada y Levi’s, y con el pelo laqueado. Le pregunté sobre su buceo. Se fue relajando inmediatamente y codeándome, dijo, “¿Qué es mejor que el buceo? Hermoso y peligroso, como el boxeo. Estoy completamente solo ahí abajo, igual que en el ring”. Observé de inmediato lo controlado y delicado que lucía, un hombre seguro de sus movimientos físicos. Su buceo era igual de sereno, a juzgar por un video que vimos.
¿Qué quieren decir los filipinos cuando lo llaman ninong? “Es como ser el padre de todo el pueblo filipino. Yo cumplo todas mis promesas, a diferencia de la mayoría de los políticos de este país. ¿Le gustó la ceremonia del hospital esta mañana? Sarangani, el lugar donde crecí, no tiene un hospital, ni siquiera uno — 500,000 personas y ningún hospital. Así que construí un hospital. Recuerde, no necesito entrar en la política. Tengo todo el dinero que necesito. Podría dedicarme sólo a divertirme. Pero tengo un deber con las personas. Quiero establecer un nuevo ejemplo, cambiar a Filipinas”.
Parece probable que Pacquiao se postule para Gobernador de Mindanao y que se incorpore al Senado, como dice, para 2016. Le pregunté si se postularía para presidente. Risas y palmadas en los muslos, pero un centelleo en el ojo que sugería, ¿y por qué no?
“Usted sabe”, continuó, “no es fácil equilibrar el boxeo con la política y todas las demás cosas. Al final, tendré que elegir. Pelearé contra Márquez otra vez, pero después de eso sólo queda Mayweather y quién saber si eso ocurrirá”. Le pregunté cuál había sido su pelea más satisfactoria. “Oscar de La Hoya, sin duda. Fue muy importante para mí derrotar a De La Hoya. Lo estudié de arriba abajo y lo entendí. Fue una dulce victoria”. Pacquiao habló un poco acerca de Tyson. Sabía que eran conocidos, incluso amigos, y me preguntaba si el veía alguna semejanza en sus historias personales. “Sí, en algunos aspectos. Pero él consumía drogas. Todavía pienso que es un gran hombre”.
A diferencia de Tyson, Pacquiao también tiene su fe católica y una carrera política. Reza ocho veces al día y alimenta a los pobres. Hay algo encantador en sus risitas y en su voz suave y muy asiática. Los más grandes peleadores son tranquilos y metódicos, y su rabia es una eficiencia puramente mental. Su brutalidad no es emocional. Son los amos del control. ¿Por qué no podrían ser políticos admirables?
Más tarde esa noche nos fuimos al «karaoke» en el club nocturno de Jinkee, el J’Mix. Mientras su séquito bebía y cantaba, Pacquiao fue tranquilamente al primer piso del centro comercial a jugar a un torneo de billar. Fui con él y permanecí detrás de las ventanas de vidrio de la sala de billar junto con la multitud. Ganó 1.8 millones de pesos al derrotar a los otros. Bajo esas luces de líneas blancas, solitario en medio de la multitud, sin protección y accesible, parecía estar en su elemento.
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