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LA RESPONSABILIDAD DE PROTEGER Y EL FINAL DE GADDAFI
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LA RESPONSABILIDAD DE PROTEGER Y EL FINAL DE GADDAFI

Aunque Muammar Gadafi pensaba cortar de tajo la Primavera Árabe, la comunidad internacional impidió un nuevo Auschwitz.

Por Ángel Jaramillo

EL 2 DE DICIEMBRE DEL 2010 Muammar Gadafi respondía pre­guntas, vía satélite, ante un abarrotado salón de conferencias en la London School of Economics.

Sus respuestas estudiadas eran la de un hombre seguro en el poder, la de un sobrevi­viente que por 42 años ejerció su voluntad sobre seis millones de habitantes sin que nadie se le opusiera con éxito. El dés­pota libio no podía saber que dos semanas después su suer­te estaría echada y que la rueda de la historia, por primera y última vez, daría vueltas en su contra. El 17 de diciembre un vendedor callejero, Mohamed Bouazizi, se prendía fuego en Túnez, dando comienzo a un gran movimiento histórico que se ha dado en llamar “la Primavera Árabe.” En los días pos­teriores a la inmolación de Bouazizi, el mundo presenciaba, con una rara mezcla de perplejidad y gozo, el derrumbe súbi­to, primero del presidente tunecino Zine El Abidine Ben Ali y luego del dictador egipcio Hosni Mubarak. Los dos se fueron pacíficamente. Por unos momentos las revueltas del mundo árabe lucían como las revoluciones de terciopelo de Europa del Este: democráticas, no violentas, cívicas. El contagio re­volucionario cruzó las fronteras libias. Pero Gadafi, the mad dog, como le llamaría Reagan, no iba a sucumbir tan fácil­mente al destino de Ben Ali y Mubarak. Su apuesta era de­tener la Primavera Árabe, su apuesta requería la ejecución de la más implacable violencia en contra de sus opositores, cuyo número crecía exponencialmente. Tenía de su lado no sólo la más férrea voluntad sino la superioridad militar. Una a una las ciudades que habían tomado los rebeldes en ataques sorpresa fueron retomadas por el Ejército de Gadafi. Pronto sus fuerzas pusieron sitio a la ciudad de Bengazi, núcleo de la oposición.

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No sólo la Primavera Árabe parecía marchitar­se, sino que el mundo estaba a punto de presenciar la ani­quilación en masa de los habitantes de Bengazi. Se trataba de una situación que recordaba los grandes genocidios del siglo XX, ante los que muchos héroes morales habían dicho “nun­ca más”. Con lo que no contaba el dictador libio era que el mundo no solamente observaba, sino que había decidido actuar. Bajo el concepto de la Responsabilidad de Proteger, una pléyade de instituciones internacionales y regionales que en el pasado habían fracasado en actuar para detener los ge­nocidios en Ruanda y Srebrenica, así como otras atrocida­des en masa en varios países del mundo, de Camboya a Sri Lanka, pusieron en mar­cha de manera orquesta­da una serie de medidas para detener la ejecución en masa de civiles libios: La Liga Árabe expulsa­ba al régimen de Gada­fi de la organización; el Consejo de los Derechos Humanos en Ginebra pe­día a la Asamblea Gene­ral de NU que retirara a Libia como miembro del Consejo; la resolución 1970 del Consejo de Se­guridad, que fue apro­bada por unanimidad, sancionaba al gobierno de Gadafi al tiempo que establecía un embargo de armas y, de manera notoria, refería la cuestión a la Corte Penal Internacional. Fue cuando todas esta medidas fracasa­ron que el Consejo de Seguridad de NU aprobó la resolución 1973 que establecía “todas las medidas necesarias” para pro­teger al pueblo libio de los ataques indiscriminados del régi­men de Gadafi. Fue en esos momentos en que dos fenómenos convergieron: la revolución social en Libia, por un lado, y la necesidad de proteger poblaciones en peligro de ser aniquila­das en masa, por el otro. La Primavera Árabe le daba la mano a la responsabilidad de proteger. Como resultado de ello Ben­gazi no se unirá a Auschwitz, Ruanda, Kolima, Srebrenica como los lugares que afectan nuestra conciencia moral. Los infatigables ataques aéreos de la OTAN debilitaron decisiva­mente a los ejércitos del régimen libio. Después de más de seis meses de conflictos los rebeldes tomaron Trípoli y convir­tieron a Gadafi y sus colaboradores en prófugos. El autollama­do “rey de reyes” africano se perdió en el desierto del sur libio. Desafortunadamente para él, no por mucho tiempo.

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En la Metamorfosis de Kafka, Gregorio Samsa, un vendedor itinerante, se despierta un buen día convertido en un insecto. La transformación de Samsa es menos dramática que la que ha operado en el caso de los tiranos árabes de principios del siglo XXI. Gadafi comparte con Sadam Hussein el destino singular de haber transitado de ser el hombre más poderoso de su país a convertirse en una criatura subterránea. Ambos pasaron sú­bitamente de decretar la vida y muerte de sus conciudadanos a ser los únicos en no poder respirar libremente sobre la su­perficie de la tierra. Su metamorfosis fue la del dictador que se transforma en topo. Hussein fue encontrado en un agujero, mientras Gadafi se refugió, al final, en un canal subterráneo: Sic Transit gloria mundi. Los últimos días de Gadafi fueron los de un hombre en fuga. Comiendo sólo arroz y pasta, sin acceso a computadora y a ve­ces sin electricidad, trató de encontrar algún refugio espiritual en el Corán. ¿Lo habrá encontrado? Es difícil penetrar la men­te de un tirano en desgracia. ¿Sabría acaso que estaba perdi­do? ¿Que nunca más vería el Mediterráneo desde las riberas de Trípoli? Es lícito supo­ner que, como Napoleón en sus 100 días, Gadafi pensa­ría que un último golpe de suerte lo llevaría de nuevo al poder; que le sería dada la dicha de la venganza; que le sería concedida la últi­ma carcajada. No fue así. Lo que le esperaba era un fi­nal gore. Sus verdugos no pudieron contener la ten­tación de maltratar el cuer­po inerme del autócrata. El linchamiento de Gada­fi no califica como civiliza­torio. Para los ejecutores de Gadafi, La Haya y su Corte Penal Internacional, que el pasado junio había expedi­do una orden de arresto contra Gadafi acusándole de críme­nes contra la humanidad, parecían pertenecer a otro planeta: con sus derechos humanos y su comunidad internacional. Y, sin embargo, los rebeldes libios nunca habrían podido derrocar al régimen de Gadafi sin el concurso de esa comunidad inter­nacional. ¿No hubiera sido mejor haber llevado a Gadafi herido a un hospital para luego transportarlo a La Haya donde habrá sido juzgado y, muy posiblemente, condenado? Mucho podría­mos haber aprendido de la mentalidad y la psicología de un tirano si Gadafi hubiera podido defenderse en una Corte Inter­nacional. Mucho también habríamos podido haber aprendido de la forma en que opera un régimen totalitario como el libio. Pero la moraleja del tirano que se convierte en topo quizás sea tan poderosa como para persuadirnos de que el poder corrom­pe y de que el poder totalitario no sólo corrompe de manera total, sino que termina deshumanizando a quien lo ejerce.


Jaramillo es Research Fellow del Global Centre for the Responsibi­lity to Protect, Ralph Bunche Institute of International Studies en la City University of New York (CUNY)