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| In Memoriam Las diferencias sobre la conmemoración del 11/9, son prueba de nuestra fortaleza. |
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In Memoriam Las diferencias sobre la conmemoración del 11/9, son prueba de nuestra fortaleza. Por Stephen L. Carter ES IRÓNICO QUE la atención al décimo aniversario de los ataques del 11 de septiembre gire en torno de nuestra muy estadounidense proclividad a señalar defectos. Han pasado 10 años, gruñen los críticos, y todavía no terminan de construir One World Trade Center. Persiste la controversia en cuanto a la ubicación y el contenido del memorial que levantarán en el sitio (incluso disputan la corrección de usar una inscripción latina de Virgilio). Discutimos sobre la oración o falta de ella durante la ceremonia de dedicación y debatimos si la planificación ha prestado demasiada o muy poca atención a las familias de los caídos. Más aún, ¿para qué los construimos —esos memoriales a los cataclismos de la vida, al sufrimiento y horror del momento presente? La teoría es que los erigimos como recordatorio para fu-turas generaciones, pero en la práctica, muchas veces sirven más al olvido pues, casi siempre, lo que se graba en la memoria es el monumento y no la tragedia. La mayor pieza de oratoria jamás pronunciada en suelo estadounidense fue el discurso de Abraham Lincoln en Gettysburg —el discurso que, según el historiador Garry Wills, “engendró toda la prosa política moderna”. Lincoln predijo, erróneamente, que las futuras generaciones olvidarían sus palabras y recordarían los hechos de quienes dejaron la vida en el campo de batalla. Pues bien, ha sucedido todo lo contrario. El Discurso de Gettysburg se ha convertido en leyenda, en cita oportuna para políticos y eruditos, en lección que los escolares deben memorizar. Seamos sinceros: ¿Quién recuerda la batalla? En su complejo, aunque fascinante libro An Ethics of Remembe-ring, la filósofa Edith Wyschogrod nos habla de que el gran desafío que acompaña todo cataclismo es la necesidad de construir “una comunidad de experiencia compartida”. Es verdad que compartimos el 11 de septiembre aunque fuera fugazmente. Durante un portentoso momento nacional, la tragedia nos perteneció a todos. Después, al reintegrarnos a nuestras tribus pendencieras, la comunidad nacional se desintegró, silenciando el eco de la tragedia. Pero somos estadounidenses y semejantes desacuerdos como los del memorial son prueba de lo bueno más que de lo malo de nuestra nación. Nuestra pluralidad, aunque frustrante cuando estamos seguros de tener la razón, es un aspecto vital de nuestra singularidad y eso es algo que debemos atesorar, algo por lo que vale la pena luchar. Es importante recordar que los ataques no fueron sólo contra Estados Unidos, sino contra lo que representa el país. Los hombres que estrellaron aviones en el Centro Mundial de Comercio y el Pentágono, y estuvieron tan cerca de lanzar otro contra Washington, D.C., no eran basura ignorante y oprimida del colonialismo. Eran miembros de una clase media, educados, inteligentes y bien entrenados. Culpe a la política exterior estadounidense, si así lo desea; culpe también a la versión fanática del islam que fue su inspiración; pero de hacerlo, estará buscando la fuente del mal más allá del corazón humano que lo concibió. La explicación más simple es que, aquel día, unos hombres perversos hicieron el mal porque quisieron. La nación tiene enemigos reales y el llamado a la vigilancia es, tal vez, la lección más importante del 11/9. Escucharlo ha llevado a sucesivas administraciones a combatir grupos terroristas en el extranjero, a aplastarlos antes que puedan dañarnos —“a eliminar a nuestros enemigos”, en palabras del presidente Obama. Mientras tanto, en nuestra casa y con la anuencia bipartidista, hemos construido un aparato de seguridad nacional aún más voluminoso e intrusivo que nunca. Es comprensible. Mas debemos asegurarnos de nunca implementar medidas de seguridad que sofoquen las voces discrepantes que hacen tan especial a Estados Unidos, y que es indispensable proteger. La discrepancia es vital para la democracia. Estuvimos muy unidos en los álgidos días posteriores al ataque, nuestra resolución nacional fue mucho más poderosa que las diferencias que nos dividen. Las familiares disputas partisanas que han caracterizado desde entonces al debate público, son prueba tangible de la vitalidad de nuestra democracia. Con todo, debemos recordar siempre el breve instante de propósito común. Nuestra tarea, hoy, es descubrir qué otras cosas pueden unirnos, además de la tragedia. Porque no obstante los monumentos que erijamos, vivir como si estuviéramos juntos en este gran experimento estadounidense es el memorial más perdurable que podemos ofrecer a quienes murieron el 11/9.
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