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| David Cameron ama las crisis |
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David Cameron ama las crisis El escándalo de Murdoch lo demuestra: el Primer Ministro es brillante cuando está bajo el fuego —y un somnífero cuando no lo está. GEORGE ORWELL DIJO que Inglaterra “como todas las cosas vivas [tiene] el poder de cambiar hasta quedar irreconocible y seguir siendo igual”. Y cuando miro el rostro ligeramente regordete, amorfo y rubicundo del primer ministro británico David Cameron, puedo ver la presciencia de Orwell una vez más. Cameron es casi un ideal platónico atemporal de un líder conservador británico. Vagamente relacionado con la monarquía, educado en Eton, la escuela privada más elitista, pero con un hijo discapacitado que murió en brazos del socialista Servicio Nacional de Salud, con un gran cariño hacia los perseguidos en Libia y a las personas que mueren de hambre en Sudán, logra alcanzar niveles máximos entre las élites y niveles ínfimos de corte populista. La antigua coalición conservadora —una mezcla de los “toffs” aristocráticos y las masas patrióticas, que gira amorosamente alrededor de la monarquía— todavía es visible, como pudimos ver en el reciente espectáculo de la boda real. El legado de sus predecesores, la aspirante a burguesa Margaret Thatcher y el incómodo miembro de la clase obrera John Major, parecen haberse fundido en un estado conservador de entropía más convencional: un líder decente con los antecedentes adecuados y con un temperamento de primera que hace frente a la historia. A mediados de julio, la historia llegó a la puerta de Cameron de una forma bastante ruda. O más bien, a la puerta trasera del No. 10 de la Calle Downing, donde Rupert Murdoch había ido a menudo a tomar el té. En 2007, Cameron tomó la fatal decisión de contratar a un ex editor de News of the World, Andy Coulson, como su consejero político, con el sueldo más alto del gobierno. Coulson estaba y está metido hasta el cuello en las acusaciones de espionaje telefónico (renunció a principios de este año debido a los cargos de autorizar intervenciones telefónicas y fue arrestado recientemente) y había brillado con radiactividad de baja intensidad antes de que Cameron decidiera incorporarlo a su equipo.
¿Por qué Cameron le dio una segunda oportunidad a Coulson cuando éste le aseguró su inocencia? Pienso que se trataba en parte de lealtad de clase —la clase social de Cameron no descarta la ayuda de manera informal— y en parte de inseguridad social. Cameron necesitaba un enlace con los votantes lectores de tabloides de las clases media y baja, y Coulson fue su mejor apuesta. Coulson fue el Dick Morris o el Karl Rove de Cameron. Y cuando Cameron parecía tambalearse más en el período previo a la última elección, Coulson fue el que mantuvo alineados a los tabloides de Murdoch. Aunque Cameron no logró obtener una mayoría completa (casi matemáticamente imposible dada la caída del voto conservador en la última década), formó una alianza con los Demócratas Liberales que en realidad reforzaron su mano para controlar a la siempre intranquila derecha conservadora. Desde entonces, el cargo de primer ministro de Cameron ha estado determinado en gran medida por lo que ese otro gran conservador de la década de 1950, Harold Macmillan, llamó alguna vez “Eventos, querido niño, eventos”. La crisis de la deuda en un país como Gran Bretaña —aislado y dependiente del comercio— dejó poco espacio para realizar maniobras fiscales. Cameron, junto con su despiadado ministro de Hacienda, George Osborne, tuvo que reducir el gasto más drásticamente que Thatcher y además aumentar algunos impuestos para evitar que Gran Bretaña se convirtiera en la siguiente Grecia. Su fórmula —una proporción de 3 a 1 de recortes presupuestales e incrementos tributarios— es casi idéntica al más reciente modelo preferido por Barack Obama. El riesgo, por supuesto, es que la austeridad puede empeorar la deuda al disminuir el crecimiento, pero ahora mismo la economía británica, aunque letárgica, no luce como si estuviera en camino hacia una doble caída. La extrema izquierda, como de costumbre, ha ayudado al gobierno en lugar de lastimarlo, al amotinarse violentamente en las calles a favor de —¡gulp!— mayores créditos para los estudiantes; sus payasadas con una placa de papel y un poco de espuma de afeitar incluso han logrado hacer que Rupert Murdoch parezca vulnerable. El nuevo dirigente sindical, Ed Miliband, es considerado ampliamente como un primer ministro no creíble, aún con el escándalo de Rupert. Al menos por ahora, Cameron está seguro. Sus diputados le dieron una estruendosa ovación después del largo debate de Murdoch el 20 de julio, y el sondeo combinado de la coalición da ahora al gobierno un margen de 47 —40 por ciento sobre la oposición. Pero sigue habiendo una duda persistente sobre lo que realmente impulsa a Cameron y a su gobierno de coalición. En términosgenerales, el pueblo está insatisfecho con los servicios públicos, y la respuesta de Cameron ha sido decirles que hagan más por ellos mismos. Ésa es la respuesta correcta para una pregunta distinta. La derecha política sigue estando frustrada porque Cameron simplemente no tiene las suficientes agallas para satanizar a los solicitantes de asilo o a los estafadores de la asistencia social. Sus propuestas de educación han tropezado, y sus reformas de salud siguen siendo muy impopulares, aun cuando el panorama a largo plazo del Servicio Nacional de Salud es casi tan sombrío como el de Medicare. En un momento dado, parece un refinado amigote de Murdoch, codeándose con el jet set en Chipping Norton, Oxfordshire. Poco después, luce como una figura totalmente modernizadora. La proporción de miembros parlamentarios conservadores de sexo femenino pasó de 1 por ciento en 2005 a 16 por ciento (49 en total) en 2010; hay 13 miembros del Parlamento conservadores abiertamente gays, más que todos los laboristas; la Presidenta del Partido Conservador es musulma. Díganselo a Herman Cain. Todo esto fue provocado por un despiadado empujón desde la cima. No es de sorprenderse que el presidente Obama supuestamente le haya dicho a Cameron en una reciente visita a Gran Bretaña que él sería un cómodo demócrata conservador en Estados Unidos. Ciertamente, sería considerado un comunista por Fox News.
Y en algunos aspectos, la comparación con Obama es muy instructiva. Al igual que Obama, Cameron es un pragmático y no un ideólogo. Si Obama fue el primer presidente negro, restando fuerza al importante asunto de la raza en Estados Unidos, Cameron es el primer conservador abiertamente de clase alta en obtener el cargo de Primer Ministro después de la revolución de la clase media encabezada por Margaret Thatcher. Si Obama prometió tender un puente sobre la división racial de Estados Unidos, Cameron prometió tender un puente sobre la polarización de clase de Gran Bretaña. Por primera vez, el público dijo que no le importaba si había estudiado en Eton, sólo le importaba si podía hacer el trabajo. Y Cameron, al igual que Obama, parece planear irreflexivamente durante largos períodos, a menudo en aguas peligrosamente picadas. Pero luego, al igual que Obama, chasquea los dedos y vuelve a la vida cuando enfrenta una crisis. La actuación de Cameron el 20 de julio en la Cámara de los Comunes fue una hazaña —un discurso tan extraordinario como el que dio en septiembre de 2007, cuando parecía encontrarse al borde del fracaso. Pero entonces, mientras el verano se aproxima, casi es posible sentir cómo la energía disminuye otra vez, conforme el pragmatismo para enfrentar las dificultades regresa. Hay una razón por la que ha sido llamado “artificial” por sus críticos. Pero también hay una razón por la que sigue siendo, como Obama, personalmente agradable para la mayoría de los no partidistas. Estos intuyen que, debajo de los efectos, existe una base de decencia que respetan intuitivamente. Porque la decencia, sólo después del sentido del humor, es la principal virtud inglesa. Mientras parezca conservarla, Cameron seguirá siendo una figura pública más durable de lo que sus adversarios se atreven a darse cuenta. |







