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| Cómo terminará esta tragedia griega |
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Cómo terminará esta tragedia griega El incumplimiento de pagos podría ser inevitable —y costoso. Esto es para lo que debe prepararse el mundo. Rosemary Righter ES TIEMPO DE dejar de engañarnos sobre Grecia. En el tercer aniversario de la caída de Lehman Brothers, la brigada pesada —la Reserva Federal, el Banco Central Europeo, el Banco de Inglaterra y los bancos centrales japoneses y suizos— actuó contundentemente el 15 de septiembre para evitar una crisis de liquidez en los bancos europeos que, mientras Grecia se dirige hacia el Hades, ha encontrado a los inversionistas estadounidenses comprensiblemente recelosos de prestar su efectivo a bancos con carteras llenas de bonos sin valor de Grecia. Entre este día y la Navidad, los Cinco Grandes realizarán subastas conjuntas, proporcionando cantidades ilimitadas de dólares. Después del colapso de las acciones bancarias en la UE y de la baja en la categoría de Moody’s de dos de los principales bancos de Francia, esta muestra de capacidad armamentística fue una réplica robusta y muy necesaria al incompetente micawberismo en las capitales de la zona del euro. Los bancos centrales están armando al mundo financiero contra el incumplimiento griego que todos —excepto (si uno da crédito a lo que dijeron apenas el miércoles pasado) Angela Merkel, Nicolas Sarkozy y George Papandreou— esperan ahora.
Si la idea era que el hecho de conceder grandes cantidades de dinero a Grecia desviaría la atención de Portugal, España o Italia, la estrategia resultó contraproducente: los mercados financieros razonaron que si los políticos carecían del valor para enfrentar los hechos en Grecia, ¿qué confianza podría haber en que la influencia del grupo obligaría a Italia y España a poner sus atroces finanzas en orden, comenzando por tomar una bola de demolición para arrasar con sus extravagantes redes públicamente financiadas de patrocinio político? Cuanto más Merkel y Sarkozy insisten en que el porvenir de Grecia se encuentra inequívocamente dentro de la zona de euro, más arriesgan a esa divisa. El contagio ha llegado ahora al Rin y ha agitado fuertemente la política alemana, haciendo que resulte incierto si Merkel puede conseguir el segundo rescate griego a través del Bundestag. Sin embargo, en estos momentos eso es casi irrelevante porque en Grecia misma todo está perdido. Su economía se desploma, la factura por los intereses de su deuda galopante absorberá la cuarta parte de los ingresos del Estado el próximo año, y los recaudadores de impuestos que deberían estar reuniendo €40 mil millones en impuestos no pagados casi están en huelga. Las reformas han sido deplorablemente tímidas, pero aun así han sido amargamente resentidas. La cacareada venta de activos del Estado nunca ha sido más que un plan, existe pánico en los bancos griegos, y a menos de que la UE y el FMI suelten los siguientes €8 mil millones en el plazo de una quincena, Atenas se quedará sin efectivo para pagar la abultada factura salarial del sector público del próximo mes. En una apuesta desesperada, el gobierno ha anunciado un impuesto a la propiedad que será pagado a través de las facturas domésticas de electricidad —las cuales el poderoso sindicato de los electricistas ha dicho que se negará a recolectar. Actualmente, las únicas incertidumbres son los términos del incumplimiento griego, cuál será el daño más amplio y cómo limitarlo. El hecho de que los políticos hayan pintado al incumplimiento como una catástrofe inimaginable no ayuda. Será un desorden —pero no menos que la confusión política que ha frustrado las decisiones durante los últimos 18 meses. La reducción de la deuda griega, digamos, en un 60 por ciento cargaría al Banco Central Europeo con una enorme factura; crearía agujeros en los estados financieros de los grandes bancos franceses, belgas y alemanes; y, en una medida aún no conocida, expondría a los poseedores británicos y estadounidenses de swaps de incumplimiento de crédito. No sólo los bancos griegos, sino también los rumanos y búlgaros podían desplomarse, mientras que el riesgo de Chipre con respecto a la deuda griega es de 156 por ciento de su PIB —y Rusia tiene enormes depósitos en Chipre. Pero como ha señalado Timothy Geithner, la zona euro no es precisamente pobre y debe ser capaz de recapitalizar a los bancos que lo necesitan. La tarea más difícil será calmar al mercado europeo de valores de renta fija, empezando por proporcionar a Irlanda y Portugal, que están en la sala de recuperación, la liquidez suficiente para capear la tormenta. El Banco Central Europeo también necesitará comprar bonos españoles e italianos —pero con la condición de que sus políticos mimados den el tipo de pasos a los que Italia se opuso este verano, notablemente la abolición total del costoso e inútil estrato del gobierno provincial de Italia. El mayor riesgo es de carácter político. En lugar de trabajar en serio para restituir la confianza, los políticos de Europa están empeñados en otro enredado rediseño. José Manuel Barroso, el presidente de la Comisión Europea, asevera que la “lucha a favor del futuro económico y político de Europa” requiere “un nuevo momento federal”. Qué tontería: requiere las disculpas a los furiosos votantes de la zona del euro. El fracaso griego es resultado de unir economías incompatibles. La Unión Monetaria Latina del siglo XIX que comprendía a Francia, Italia, España y Grecia se desplomó cuando los griegos (y el Papa) fueron atrapados degradando la moneda de plata común, y el mundo no se acabó. No es posible desmantelar al euro sin correr un enorme riesgo en las turbulentas condiciones de hoy, pero su futuro a largo plazo es otro tema. Los colosales resentimientos generados por la admisión a la zona del euro, en sus miembros deudores y acreedores por igual, constituyen la verdadera amenaza para Europa como un modelo de perfección. La agitación en la zona del euro es un dolor de cabeza que el mundo no necesitaba. Pero los dolores de cabeza pocas veces son fatales. |





En el País de las Maravillas, la Reina Blanca le dijo a Alicia que creer en “seis cosas imposibles antes del desayuno” era muy apropiado; pero en Europa no lo es. En los últimos 18 meses, la ficción de que la crónicamente disfuncional y manirrota Grecia podía retomar su camino al bienestar económico, incluso con enormes préstamos, ha costado miles de millones a los contribuyentes europeos, una suma que podría haberse empleado mejor en compensar los costos de una amortización temprana y metódica de las deudas impagables de un país de poca importancia. Peor aún, el hecho de andarse con rodeos políticos con respecto a Grecia ha costado credibilidad vital a los gobiernos dentro y fuera de sus respectivos países y ha magnificado los riesgos al euro que trataron de evitar.

