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La Sra. Thatcher está en la treintena”, consignaba un memorando de la BBC en 1957, “es muy bonita y se viste con mucho gusto”. La aspirante política “concentra bien sus pensamientos”, pero “su principal encanto”, concluía el reporte, es “que ella no se ve como una ‘mujer de carrera’”.
A Margaret Thatcher le tomó 22 años superar el sexismo dominante de la generación de los Hombres Locos para llegar a primera ministra, en 1979. “Recuerdo que todos estaban, en cierta forma, trastornados en secreto porque ella llegó allí”, señala Meryl Streep, quien ahora estelariza como Thatcher. “Que una mujer llegase allí. Pensamos que ello significaba que en cualquier momento aquí tendríamos una presidenta”. Conforme ella ascendió, su mística paradójica alimentó las fantasías tanto de los críticos como de los admiradores. Incluso, cuando el feminismo evolucionó junto con su carrera, las metáforas y desaires “ojos como misiles buscadores de calor”, “Calzones de Hierro”, “coqueta”, “perra”, “The Handbag” (“el bolso” acortado por sus detractores a, simplemente, “The Bag”, que se traduciría como “la desagradable”) se le pegaron como no lo hicieron con otras mujeres poderosas. Su marido, decente y solidario, sería retratado como un timorato encogido, tal era la amenaza que ella significaba para el statu quo. Y aun así ella ganaría tres elecciones generales como una conservadora revolucionaria en su país y una líder mundial, transformando (junto con Ronald Reagan) el terreno ideológico del mundo angloamericano a la par que daban un final categórico a la Guerra Fría.
En las dos décadas desde su caída del poder, su mente se ha desvanecido, igual que su imagen otrora mítica, ya sea calcificada como una caricatura de un hacha de guerra que golpeaba a los sindicatos, o eclipsada por los logros de otras mujeres en el escenario mundial: Angela Merkel, Hillary Clinton, Condoleezza Rice. Pero ello está cambiando ahora con las convulsiones del euro que predijo y un regreso a los conflictos ideológicos en los que fue la defensora más apasionada del libre mercado. Los subterfugios la enfurecían. Cuando siendo líder del partido pensó que algunos conservadores mostraban tendencias liberales desviacionistas —ella los llamaba “vacilantes”—, marchó dentro de la oficina del Partido Conservador agarrando firmemente un libro de Friedrich Hayek y proclamó: “Esto es en lo que creemos”. Como la película se enfoca en el deterioro mental de Thatcher, esto ha sido denunciado por sus admiradores, los cuales, al igual que los de su compañero de viaje Reagan, tienden a ser furiosamente sobreprotectores con la imagen y el legado de su heroína. Pero sus críticas omiten un aspecto más amplio. La interpretación matizada de Streep del humano vulnerable detrás de la máscara de la Dama de Hierro nos recuerda convincentemente los logros de Thatcher, pero no sólo como política y líder, sino como mujer, esposa y madre.
No obstante, ella es tan controvertido en Gran Bretaña, que nunca ha sido destacada por el movimiento feminista. En 2009, una protesta generalizada obligó una reimpresión después de que la segunda al mando en el gobierno laborista, Harriet Harman, publicase una lista oficial de las 16 mujeres políticas que cambiaron a Gran Bretaña y dejó afuera a Thatcher. Su rechazo, “incluso por las feministas”, dice Streep, parece “tener algo que ver con nuestra profunda… incomodidad con las mujeres en el poder. O nuestro terror a ello”. Tal vez más importante —y quizás éste sea su triunfo máximo— sea que ella todavía es relevante por sus ideas, no por haber sido una pionera feminista, lo cual ciertamente fue, incluso si esta verdad no es reconocida. Todo esto motiva la pregunta de cómo deberíamos evaluar hoy a Thatcher.
La Inglaterra en que Margaret Roberts nació, en 1925, era un país en el que la clase a menudo determinaba el destino. Su padre, Albert, abandonó la escuela a los 14 años y se volvió el propietario de una tienda de víveres y una figura principal en la política local. “Sacrifícate hoy para un mejor mañana”, era el mantra de Albert. Condenaba al socialismo por penalizar a los trabajadores a favor de los haraganes. Albergaba a su familia en habitaciones sobre su tienda. No había lujos en casa: un baño interior, por ejemplo, era considerado innecesario. Todo se dedicaba a favorecer la educación de Margaret. Había un extra de libros, lecciones de música, de elocución (para borrarle el acento provinciano) y, por supuesto, una asistencia semanal a las reuniones del ayuntamiento para que ella pudiera ver al alcalde Roberts en acción y aprender de los debates. “Margaret recibió de su padre”, recuerda un ex asesor, “opiniones políticas muy fuertes y coherentes”.
Margaret hizo realidad las ambiciones de su padre al conseguir una beca en Oxford cuando pocos en Gran Bretaña podían esperar una educación universitaria, mucho menos una mujer de su clase. Sin embargo, allí fue donde tuvo su primera experiencia personal con las barreras que existían para mantener fuera —y abajo— a pequeñas advenedizas como ella. Las hijas de tenderos, incluso aquellas con lecciones de elocución, eran excluidas de muchas de las instituciones dirigidas a formar líderes futuros, incluida la afamada sociedad de debates de la universidad; ella no fue invitada a sus Bailes de Mayo o cenas de etiqueta. Incluso en la cúspide de su poder como primera ministra, fue estigmatizada por su origen pequeñoburgués: un político belga una vez comentó sobre ella con Roy Jenkins, un presidente británico de la Comisión Europea: “Voilà parle la vraie fille del’epicier” (“Ya habla la verdadera hija de un tendero”). En 1951, Margaret Roberts, de 26 años, ya estaba determinada a dedicarse a la política cuando se casó con un hombre 10 años mayor, quien había regresado después de años en el ejército sólo para descubrir que su primera esposa se divorciaba de él. Denis Thatcher era un jocoso pequeño empresario, el tercer propietario de la compañía de pinturas y plásticos de su familia. Afable, sin ser controvertido, retraído pero no anodino, Denis era el consorte perfecto.
No sentía envidia por la prominencia de su esposa y, aun cuando era igual de conservador, nunca fue tan pintoresco como ella, a pesar de los mejores esfuerzos de las revistas satíricas por resaltar sus pocas excentricidades. No hubo mayor tragedia en la vida de Margaret Thatcher que la muerte, cuando se dio, en 2003, de su amado Denis. Aun cuando él no era en absoluto un plutócrata, la riqueza de Denis y su posición social hicieron posible que Margaret hiciera frente al esnobismo de los comités de selección de concejales, ya que ella, también, tenía los obligatorios sombrero y perlas de los conservadores, y podía presumir de una gran casa con jardín. De lo que nunca dio muestras fue del antisemitismo que se hallaba oculto como una hierba nociva en algunos jardines de clase media.
La considerable población judía del distrito de Finchley, al norte de Londres, rompió con el patrón de rechazo que ella había recibido al seleccionarla en 1958 como su candidata al Parlamento. Ella ganó. Luego, los líderes conservadores pensaron en hallarle un electorado diferente cuando funcionarios de la Oficina del Exterior dijeron al líder en la Cámara de los Lores, Peter Carrington, que temían que los líderes árabes la vieran como “una prisionera de los sionistas”. Thatcher fue infatigable como miembro del Parlamento. La película hace todo lo posible para mostrar que tenía poco tiempo para criar a sus mellizos, Mark y Carol, pero siempre se mantuvo casada con una visión tradicional de su papel como esposa y madre. No importaba cuán agotadoras fuesen las horas, ella insistía en preparar el desayuno para la familia y siempre siempre le cocinaba la cena a Denis, con quien forjó un matrimonio espléndido.
En el Parlamento, Thatcher pronto descubrió que su sexo elevaba su visibilidad, pero minaba su credibilidad. “Tenemos que demostrarles que somos mejores que ellos”, le dijo a Shirley Williams, ministra laborista. La primera vez que Thatcher mostró su capacidad de fuego superior fue cuando era ministra menor en el Ministerio de Hacienda, durante un debate sobre las pensiones estatales. Su investigación enorme sobre el tema redujo a la Cámara a un silencio estupefacto; el presidente tuvo que llamar dos veces hasta que ella recibió una respuesta. En 1970, los esfuerzos de Thatcher finalmente se vieron recompensados con un escaño, como ministra de Educación, en el gabinete del primer ministro Edward Heath. “Estaba allí principalmente como la mujer estatutaria”, escribió ella en sus memorias, “cuya tarea principal era explicar lo que las ‘mujeres’… posiblemente pensaban y querían sobre asuntos problemáticos”.
A Heath le desagradaba en lo personal, y desde el principio Thatcher fue tratada con frialdad por el resto del gabinete. La sensación de ser una extraña pronto se vio empequeñecida por la protesta generalizada a causa de que ella suspendió la leche gratuita para los niños a favor de un programa para construir escuelas. Al oler un triunfo, el Partido Laborista encabezó una campaña sin precedentes de “Desháganse de la Perra”, la cual alentaba a la gente a acosar a “Thatcher la Robaleches”, su casa e incluso a su familia. “Aprendí una lección valiosa (de esa experiencia)”, escribió en sus memorias. “Había provocado el máximo de odio político por el mínimo de beneficio político”. Muy pronto Margaret vio cómo esa lección de política práctica se le aplicó a su líder, Heath.
En 1974, al fracasar en terminar una huelga de mineros de carbón, él convocó a una elección general y la peleó bajo el tema “¿Quién gobierna a Gran Bretaña?”. El público, harto de su imposición de una semana laboral de tres días para ahorrar combustible, dio un veredicto ambiguo que llevó por un escaso margen al regreso del gobierno laborista de Harold Wilson. Las bases conservadoras ya habían tenido suficiente de Heath, pero, crucialmente, no de su gabinete. Cuando Thatcher lo desafió por la dirigencia del partido, la mayor cadena de apuestas en Gran Bretaña le dio un pronóstico de 50 a 1. Ella trató de convertir su sexo en una ventaja: “Tengo la capacidad de una mujer para apegarme a un trabajo y seguir con él cuando todos los demás se marchan y lo abandonan”. Un cuadro de descontentos miembros del Parlamento ayudó a Thatcher en su batalla por la victoria. “Típica mujer”, recordó un miembro del Parlamento que estuvo presente cuando se corrió la noticia, “ella rompió en llanto y nos besó a todos”. Calle abajo, en la Oficina Central Conservadora, la reacción fue más visceral. “¡Por Dios! ¡La perra ganó!”, exclamó el vicepresidente del partido. Ella era la primera mujer en la historia que lideraría a los conservadores. Heath de inmediato empezó una campaña para sacar a EMM —Esa Maldita Mujer— para Navidad. Dos giras por EE UU se siguieron en rápida sucesión, donde sus declaraciones audaces en todo tópico, desde el fracaso del keynesianismo hasta la amenaza soviética, causaron sensación. Cuando la prensa estadounidense le preguntó sobre su deuda con el feminismo, Thatcher respondió con enfado: “Algunas de nosotras salíamos adelante mucho antes de que siquiera se pensase en la liberación femenina”. Pero al regresar a casa permitió que el asesor mediático del partido realizase una cirugía reconstructiva a su imagen. Su cabello, su voz y su ropa fueron modificados para hacerla parecer menos como un personaje de telecomedia y más como una estadista. Y dejó de usar sombreros.
La nueva imagen de Thatcher fue sellada cuando la prensa soviética la apodó la Dama de Hierro. El metal inflexible era justamente lo que la gente quería después de meses de huelgas de consecuencias catastróficas, un “invierno de descontento” que había llevado al país al borde del colapso donde los muertos se quedaban sin enterrar (gracias al sindicato de sepultureros) y los supermercados estaban vacíos (por el sindicato de camioneros). El caos nacional fue representado en la televisión, cuando el sindicato de técnicos no estaba en huelga. El 28 de marzo de 1978, la Dama de Hierro ganó un voto de no confianza contra el gobierno laborista, y luego la elección general al año siguiente.
Sus primeros dos años como Primera Ministra fueron un cuento con moraleja de iniciativas fallidas e implementación inepta. Heath levantó su cabeza resentida para denunciar las políticas monetaristas de Thatcher como “moralmente equivocadas”. Para finales de 1981, su índice de aprobación había caído a 23 por ciento, el más bajo jamás registrado. Ella fue desafiante. En un discurso enardecedor en la conferencia del Partido Conservador, articuló cada sílaba mientras atacaba con fiereza a los liberales por exigir una retractación. “Sólo tengo una cosa que decir: ustedes retráctense si quieren. La dama no va a retractarse”. Los éxitos principales de Thatcher de nuevo se dieron en el exterior, en la arena pugilística de la UE, donde peleó para salvaguardar los intereses económicos de Gran Bretaña, y en EE UU, donde una reunión con el recién electo Ronald Reagan consolidó su amistad floreciente. Ella nunca permitió que su estima mutua la inhibiese en lo más mínimo. Expresó su furia directamente cuando Reagan ordenó la invasión de Granada, un miembro de la Commonwealth británica, sin su visto bueno. Aun cuando los críticos lanzaban por lo alto pullas pueriles (algunos colegas la llamaban por su segundo nombre, Hilda, para enfatizar su origen de clase inferior), su reputación y su influencia sólo crecieron conforme terminaba la década, moviendo a un líder extranjero, el canciller alemán Helmut Schmidt, a quejarse: “Ella es una perra, es dura, le falta alcance y no puede liderar”. Schmidt estaba espectacularmente equivocado sobre la incapacidad de Thatcher para liderar. Y en ninguna parte su comando, su autoridad, estuvo en mayor evidencia que en la Guerra de las Malvinas, el evento que consolidó su reputación como “lideresa” y como una primera ministra británica de un incontenible patriotismo belicoso.
Después de que Argentina invadió las islas Malvinas en abril de 1982, Thatcher rápidamente envió una fuerza especial naval para desalojar a los argentinos. Estados Unidos reaccionó con intranquilidad a la posibilidad de una guerra en el hemisferio occidental, y Reagan, para la consternación de Thatcher, envió a su secretario de Estado, Al Haig, para que tratase de mediar un acuerdo entre Londres y Buenos Aires. Ni soñarlo. Margaret había despedido a todo aquel que, tras bambalinas, la presionó para echarse atrás. Resultó que Henry Kissinger estaba de visita en Londres por entonces, y presenció el complot en contra de ella. Durante un almuerzo en la Oficina del Exterior, Kissinger fue informado por el secretario del Exterior, su personal y todos los anteriores secretarios del Exterior allí presentes que estaban “a favor de la negociación”. Más tarde, ese día Kissinger le preguntó a Thatcher cuál de las diferentes opciones de negociación ella favorecía. “Eso”, dice Kissinger, “llevó a una explosión general. Ella dijo: ‘¿Cómo puedes, siendo un viejo amigo, siquiera sugerir eso?’. Le expliqué que no estaba sugiriendo nada, estaba repitiendo lo que sus funcionarios me habían dicho”. La victoria sobre Argentina tomó 72 días. Un total de 649 militares argentinos y 255 soldados británicos fueron muertos. Cuando la guerra terminó, Thatcher dio una de sus aseveraciones más memorables: “Sólo regocíjense con la noticia… ¡regocíjense!”. Por esto fue ridiculizada por sus críticos, quienes pensaron que su tono era demasiado triunfalista, demasiado impropio. Pero para la mayoría de los británicos la guerra la convirtió en una heroína, y ella fue celebrada como una encarnación moderna de Boudica, una antigua reina guerrera británica. En la elección general de 1983, regresó alegremente a casa con una mayoría aplastante de 144 escaños. No había algo que celebrar en otra guerra, la que ocurría en casa contra el Ejército Republicano Irlandés.
El 12 de octubre de 1984, el ERI casi tuvo éxito en asesinarla. Ella estaba en su suite del Grand Hotel, en Brighton, puliendo su discurso para la conferencia del partido. Las bombas que despedazaron el hotel mataron a cinco personas, entre ellas dos de sus ministros. Thatcher y Denis apenas y se salvaron de ser heridos. Ella fue directamente a la conferencia del partido y denunció “un intento de lisiar al gobierno elegido democráticamente de Su Majestad”. Pero también hubo señales sugerentes de que por lo menos algunas de las políticas económicas de su gobierno estaban funcionando. La inflación había caído cinco por ciento, las tasas de interés bajaron a nueve por ciento, y apareció el más diminuto brote de crecimiento económico. Su segundo período fue una fuerza devastadora.
Por su propia cuenta, ella obligó a los comisionados europeos a que regresasen mil millones de libras esterlinas prácticamente sólo con fijar en ellos sus duros ojos azules y golpeando su bolso de mano contra la mesa. El último de los colaboradores de Heath fue despedido del gabinete. Los monopolios estatales fueron disueltos y privatizados. La venta de un millón de propiedades de los ayuntamientos (viviendas subsidiadas y propiedad del gobierno) creó una nueva clase de propietarios de casas. La llamada legislación del Big Bang abrió el sector financiero londinense a la competencia. La tasa impositiva más alta fue reducida de 60 por ciento a 40 por ciento, mientras que el ingreso promedio aumentó en 25 por ciento. Tal vez lo más importante de todo fueron las nuevas leyes que restringieron el poder de los sindicatos. Ella estaba lista para el enfrentamiento con los mineros de carbón que Heath había perdido. Apiló reservas de carbón y tuvo un contacto estrecho con los mineros izquierdistas; el líder de ellos no había hecho un sondeo de sus miembros, pero había aceptado dinero del libio Gadafi. Una huelga de todo un año efectuada por el sindicato de mineros, dramatizada en la película y la obra de teatro Quiero bailar, trajo violencia y miseria a muchas comunidades mineras. Pero, en contraste con sus huelgas exitosas de 1973 y 1978, las luces no se apagaron y el resto de Gran Bretaña siguió trabajando.
En un primer momento, Thatcher a menudo se salía con la suya gracias a la manipulación hábil de supuestos sexuales. “Muchos políticos con los que hablé dijeron cuán atractiva y coqueta era ella al principio”, dice Streep. “Ella reconoció el poder de la femineidad, y realmente le encantaba ser la única mujer en la sala”. En las cenas londinenses era una costumbre que las mujeres partieran al llegar el café, dejando a los hombres para que fumasen y hablasen de política y deportes. Pero cuando las damas se retiraban, Maggie se empeñaba en quedarse, y para la intensa irritación de las otras esposas, no pedía que ellas fueran incluidas. Ella nunca mostró siquiera un poco de deferencia hacia los hombres. Si uno estaba de acuerdo con ella en una cosa, esperaba que estuviese de acuerdo en todas. Su ministro de Energía, Lord Howell, y otros se quejaron de que en vez de discusiones a menudo eran confrontaciones. “Ella podía ser muy chillona, en parte como una táctica”, admite su asesor de asuntos exteriores, Lord Powell. “Usaba el ser mujer con mucha habilidad en muchos tipos de situaciones, por ejemplo, para salirse con la suya con sus colegas políticos y de gabinete.
Sabía que los hombres británicos instruidos en escuelas públicas no eran educados para discutir con las mujeres”. La rutina marimandona de Thatcher podía tener un efecto desconcertante en algunos de los miembros más jóvenes del Parlamento. “Una vez hice una especie de intervención modesta”, dice Francis Maude, pagador general en el actual gobierno conservador. “Los ojos de ella ardieron y se inclinó sobre la mesa hacia mí, como si fuera a gatear sobre la mesa y darme una paliza con su bolso de mano”. El actual primer ministro británico tuvo un encuentro similar. “Nunca olvidaré mi primera reunión con Lady Thatcher”, recuerda David Cameron. “Fue en la fiesta de Navidad del Departamento de Investigación Conservador. Yo era un joven miembro del personal en la oficina de comercio e industria. Se corrió la voz de que la primera ministra había llegado para hablar con todos nosotros. Yo estaba allí parado nerviosamente, agarrando firmemente un vaso de vino caliente, cuando la primera ministra se paró justo delante de mí, me miró a los ojos, y preguntó: ‘¿Has visto las cifras de comercio hoy? ¿Qué pensaste de ellas?’. Sentí como si la música se hubiera parado de repente.
Desgraciadamente, no había visto las cifras. Huelga decirlo, nunca cometí el mismo error otra vez”. Después de la victoria electoral de Thatcher en 1987 —entre los primeros ministros, ella fue la primera en 160 años que ganó tres elecciones sucesivas—, ella desvió la mayor parte de su atención a la escena internacional, donde su impacto fue considerable. Les dio esperanza a los polacos, y a los afganos, misiles Stinger. Tras decidir que Mikhail Gorbachev era “un hombre con el que puedo negociar”, formó una troika extraordinaria con él y Reagan que llevó al colapso del comunismo en Europa, aunque ella tuvo serias dudas sobre la reunificación de Alemania. “Ella dominaba el mundo como un coloso”, dice el ministro de hacienda británico, George Osborne.
El bolso de mano de Thatcher, primero un símbolo de debilidad, se había vuelto una cosa de poder sin paralelo. “Los hombres con los que hablé sobre Thatcher —dice Streep— “aseguraron que cuando ella tomaba su bolso uno nunca sabía lo que iba a salir. El corazón se te iba a los pies”. En una reunión del gabinete, los ministros llegaron y descubrieron que ella estaba ausente, pero el artículo icónico estaba en la mesa. “¿Por qué no empezamos?”, sugirió el secretario del medioambiente. “El bolso de mano está aquí”. El bolso de mano se volvió su leitmotiv, marcándola como una primera ministra que era parte Lady Bracknell y parte Winston Churchill. A menudo la prensa decía que los políticos que se veían enfrentados con ella habían sido “bolseados”, una mezcla, de hecho, entre un atraco y una evisceración. En 1988, el secretario de Estado de EE UU, George Shultz, le presentó la Gran Orden del Bolso de Mano, un bolso Asprey lleno con sus agudezas. Al final, Maggie fue, a su vez, asaltada por los hombres que otrora se encogieron ante ella. En 1989, el Partido Conservador se dividió respecto a si unirse o no al euro. Thatcher se opuso categóricamente, pero dos de sus aliados más antiguos, Geoffrey Howe y Nigel Lawson, rompieron con ella. “Muchos miembros conservadores del Parlamento llegaron a la conclusión de que, en aras de que el partido ganase la siguiente elección, y, más importante aún, para que ellos conservasen sus escaños, simplemente tenían que deshacerse de ella”, dice Osborne. Una valoración secreta de la situación hecha por los jefes del partido concluyó que Thatcher en sí era el problema. A mediados de noviembre de 1990, Howe anunció su renuncia ante una callada asamblea de miembros del Parlamento, desafiándolos a que actuasen. Michael Heseltine, ex secretario de Defensa de Thatcher, respondió mediante iniciar un desafío a la dirigencia. Thatcher, quien se creía invulnerable, se negó a solicitar apoyo. Tampoco cambiaría su parecer respecto a Europa.
En su última entrevista como Primera Ministra, advirtió contra el peligro de renunciar a la soberanía fiscal: “¿Vamos a… tener una moneda única de la cual no tendremos ningún control, de la cual no podemos determinar nuestra propia tasa de interés u otra cosa?”. Fatalmente, Thatcher insistió en programar la votación para cuando estuviera en París, en una cumbre para celebrar el fin de la Guerra Fría. “Le llamé a su oficina”, recuerda Kissinger. “Le dije que no debía ir a París porque yo pensaba que se estaban acumulando fuerzas en su contra”. Justo un mes después, Thatcher fue depuesta como líder del partido. Su discurso final ante la Cámara de los Comunes es materia de leyenda. “Fue una de las cosas más valientes que he visto”, dice Romilly McAlpine, su amiga íntima. “Ella iba hacia una turba embravecida”. Thatcher dio la actuación más grande de su carrera. Al final del discurso, los miembros del Parlamento aplaudían y ondeaban sus papeles; unos cuantos lloraban.
Afuera, las multitudes cantaban: “Ding Dong, la Bruja Ha Muerto”. Después de dejar el cargo, la ocupación principal de Thatcher fue dar discursos, muchísimos discursos, por muchísimo dinero. Resultó que Streep se tropezó con uno de tales eventos mientras visitaba a su hija en la Universidad Northwestern: “Ella dio la conferencia, la cual fue fluida y muy controlada. Y luego empezó a aceptar preguntas. Continuó por más de hora y media, ganando vivacidad y entusiasmo conforme seguía. Yo pensé: oh por Dios, es absolutamente formidable”. Sin embargo, nada podía sanar las heridas que su propio partido le infligió a Thatcher. En una entrevista documental para acompañar sus memorias, mira directo a la cámara y afirma: “Fue una traición con una sonrisa en la cara”. Algunos lo habrían llamado necesidad: “Pero en los años siguientes había una pregunta”, dice Osborne: “¿Cómo votaste, como miembro del Parlamento, en el voto de confianza a ella?”. La cuestión sobre quién empuñó la daga infundió un sentimiento compartido de culpa entre los miembros del Parlamento de que habían participado en una tragedia shakesperiana. Pero ¿cuál de ellas? Para Ronald Miller, el redactor de discursos de Thatcher, la respuesta era obvia cuando vio cómo ella recibió una recepción clamorosa de los conservadores fieles en la conferencia del partido después de su destitución. Él la acompañó a almorzar más tarde ese día. “Para cuando nos llevaron el café, la Dama de Hierro había regresado, las balas de cañón reluciendo a todo lo largo del espectro político. Me recordó a Coriolanus diciéndoles a los romanos que lo habían desterrado, ‘Yo los destierro’”.
Para George Osborne, la respuesta es Julio César. “Él fue asesinado porque era una figura muy dominante. Pero si uno recuerda, Julio César muere a mitad de la obra. Ello todavía deja la segunda mitad sobre el recuerdo de Julio César y la sombra que él proyecta. Tal vez Thatcher haya dejado de ser primera ministra en 1990, pero su influencia permaneció mucho, mucho después de ello. El hecho de que todo primer ministro desde entonces ha sentido la necesidad de invitarla a Downing Street, y sentido que podía lograr algo político con la invitación, es en sí una afirmación de cuánto ha crecido su reputación”. Para otros, la verdadera analogía es El rey Lear: un líder poderoso derribado por la arrogancia. Thatcher rugió inútilmente desde la línea de banda conforme los conservadores se acercaron más a la integración europea. Su ira la llevó a algunas intervenciones tremendamente nocivas, notablemente su artículo de Newsweek en 1992, “No deshagan mi trabajo”. Meryl Streep concuerda con la idea de Lear. “Yo quería que la película tuviese autenticidad… no me refiero en términos documentales. Quiero decir, en términos humanos: lo que se siente ser Lear, no en el brezal, sino acunando a Cordelia al final”. En años recientes, el mundo de Thatcher se ha reducido a un pequeño círculo de amigos y cuidadores. “Me gusta llevarla a pasear”, dice McAlpine. “En Navidad le encanta el ballet, por lo general Cenicienta o El cascanueces. La última vez que fuimos fue a una matiné, porque las noches son muy difíciles. Estuvimos en un palco, ya que para ella es un poco más privado. Durante el intermedio había una fila de tres o cuatro niñas, todas queriendo su autógrafo. Ellas eran muy dulces, y Margaret le dijo a una: ‘Bueno, ¿qué quieres ser, querida, cuando crezcas?’. Ella respondió: ‘Quiero ser como usted. Quiero ser primera ministra’”.
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