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Por: Niall Ferguson

La Reserva Federal podrá negarlo, pero los estadounidenses saben que los precios están aumentando. La inflación está de vuelta.

“No puedo comer un iPad”. Ésta podría pasar a la historia como la frase que lanzó la gran inflación de la década de 2010.

Por allá de marzo, el presidente de la Reserva Federal de Nueva York, William Dudley, trataba de explicar a los ciudadanos de Queens, Nueva York, por qué no tenían razón de preocuparse por la inflación. Dudley, un ex economista en jefe de Goldman Sachs, lo dijo así: “Hoy ustedes pueden comprar un iPad 2 que cuesta lo mismo que un iPad 1 y es dos veces más poderoso. Tienen que ver los precios de todas las cosas”. Rápida como el rayo, se oyó una voz en la audiencia: “No puedo comer un iPad”.

El jefe de Dudley, Ben Bernanke, tuvo mucho más tacto en su primerísima conferencia de prensa el miércoles de la semana pasada. Pero no tuvo éxito en cerrar la brecha entre la opinión de la Reserva Federal y la del público sobre la inflación.

Respeto a Bernanke. Como experto en la historia financiera de la década de 1930, él fue una de las muy pocas personas que estaban en el poder en 2008 que captaron cuán cerca estábamos de otra Gran Depresión. Pero si hemos evitado una repetición de la década de 1930 sólo para terminar con una repetición de la década de 1970, el público juzgará que él falló.

Para esto, la Reserva Federal tiene una respuesta hecha. Señala al índice de precios al consumidor urbano (IPC-U) y observa que sólo había aumentado 2.7 por ciento en marzo con relación al mismo mes del año anterior. Quite los costos de los alimentos y la energía, y el “IPC básico” —la medición preferida por la Reserva Federal— es sólo de 1.2 por ciento. Cuando Google devele su nuevo índice de precios en línea, es posible que diga una historia similar.

No obstante, para los estadounidenses comunes no es el precio en línea de un iPad lo que importa, sino el precio de los alimentos en los estantes y de la gasolina en la bomba. Después de todo, éstos son los costos que ellos encuentran con mayor frecuencia. Y con el precio promedio de la gasolina llegando a US$3.88 por galón la semana pasada, llenar el tanque ahora es dos veces más doloroso que cuando el Presidente Obama asumió el cargo.

Al detectar una amenaza a sus esperanzas reelectorales, el presidente la semana pasada llamó al Congreso para que eliminara las excepciones fiscales “injustificadas” para las compañías petroleras y estableciese un grupo de trabajo del Departamento de Justicia para que investigue el aumento ilegal de precios y el fraude en los mercados petroleros. Denme un respiro. El incremento en los precios de la gasolina es el resultado de la política de la Reserva Federal, la cual ha aumentado tres veces la base monetaria en la misma cantidad de años, y de una crisis geopolítica en Oriente Medio que el presidente y sus asesores todavía no han podido manejar.

Y la razón de que el IPC pierda credibilidad es que, como lo ha señalado incansablemente el economista John Williams, es un índice falaz. La manera en que el Buró de Estadística Laboral calcula la inflación ha sido “mejorada” 24 veces desde 1978. Si todavía se usaran los viejos métodos, el IPC sería realmente de 10 por ciento. Sí, amigos, la inflación de dos dígitos está de vuelta. Muy pronto serán capaces de averiguar la verdadera tasa inflacionaria con sólo mover el punto decimal en el IPC básico un lugar a la derecha.

No es sólo el BEL el que habla con lengua bifurcada. Los miembros del Consejo de Relaciones Exteriores la semana pasada oyeron al Secretario del Tesoro, Tim Geithner, decir: “Nuestra política ha sido y siempre será… que un dólar fuerte es un interés del país”. Hecho: el dólar se ha depreciado en relación con otras monedas en 17 por ciento desde 2009. Esa vacación europea va a costar casi una quinta parte más de lo que usted anticipó cuando reservó los vuelos hace un año.

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Bernanke acepta preguntas durante su primerísima conferencia de prensa en la Reserva Federal. En sus comentarios minimizó la amenaza de la inflación.

 

Crecí en la década de 1970. Mi primera publicación, cuando tenía 10 años, fue una carta al Herald de Glasgow en la que lamentaba el alza en los precios de los zapatos escolares (realmente pensaba que mis pies estaban creciendo demasiado rápido). Escribí mi tesis doctoral sobre la hiperinflación alemana. Así las cosas, quizás sea hipersensible. Tal vez en junio, cuando la Reserva Federal detenga su relajamiento cuantitativo (su programa de inyectar dinero mediante comprar bonos del gobierno), la inflación se desvanezca. Tal vez los altos precios del combustible, como predice Goldman Sachs, ralentice la economía y reviva el espectro de la deflación.

Tal vez. O tal vez las expectativas inflacionarias empezaron a cambiar cuando el tipo de Goldman —una María Antonieta de nuestros tiempos— parecía decir: ¡déjenlos que coman iPads!