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Escrito por Niall Ferguson    PDF Imprimir E-mail
El gran titubeo
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NiallFerguson_artcObama estuvo en lo correcto al apoyar una zona de exclusión aérea en Libia. Pero debió hacerlo hace semanas.

“Si al hacerse quedara todo hecho, bueno sería que se hiciera con rapidez”. La famosa frase de Macbeth antes de matar a Duncan me vino a la mente la semana pasada, cuando el Presidente Obama tardíamente cambió de opinión respecto a la intervención militar en Libia. Como Obama, Macbeth espera fervientemente que “este golpe fuera todo y el fin de todo”.


Mas para casos como estos… nosotros sólo enseñamos instrucciones sangrientas, las cuales, una vez aprendidas, se vuelven cual plaga contra su gestor: esta ecuánime justicia ofrendaría los ingredientes de nuestro cáliz envenenado a nuestros propios labios. 

El presidente ha sido más Hamlet que Macbeth desde el comienzo de la crisis revolucionaria que ha barrido las tierras desérticas de África del Norte y Oriente Medio. ¿Actuar o no actuar? Ésa ha sido la cuestión. Los resultados de su indecisión han sido infaustos. Hosni Mubarak, por mucho tiempo un aliado de EE UU, ha sido derrocado en Egipto. Muammar Gadafi, el antiguo patrocinador del terrorismo tan tontamente rehabilitado por Occidente hace sólo cuatro años, ha vivido —hasta ahora— para luchar otro día más en Libia. Mientras tanto, en Bahréin, otra insurrección es aplastada con la ayuda de Arabia Saudí, un aliado de EE UU aun más importante que Libia.

Obama, un novato en relaciones exteriores, es un presidente sin una estrategia. Otrora un crítico de la intervención militar estadounidense en Oriente Medio, otrora un escéptico sobre las posibilidades de democratizar la región, ahora se encuentra con un cáliz envenenado en cada mano. En uno están los desechos de las intervenciones de la última administración: compromisos militares en Irak y Afganistán que él está ansioso por reducir. En el otro está un borrador recientemente vertido por él mismo.

No se equivoque. Sea cual sea la redacción de la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Estados Unidos ahora está en guerra con el gobierno libio, y el objetivo de esta guerra es derrocar a Gadafi. En palabras de la secretaria de estado, Hillary Clinton: “Si no lo sacamos y si no apoyamos a la oposición y él se queda en el poder, no hay modo de saber lo que hará”. Sin duda ella recuerda más claramente que Obama lo que sucedió en Bosnia, cuando su esposo tardó años en aprobar una intervención militar efectiva. De haber sido la presidenta, mi opinión es que habría tomado una acción más rápida. Pero en esta obra de teatro, ella es Lady Macbeth, instando a Obama a endurecerse.

Esto era lo correcto. Era. Pero debió hacerse hace semanas, cuando se hizo claro que Gadafi, al contrario de Mubarak, era capaz y estaba dispuesto a desencadenar la fuerza militar contra sus opositores. Ahora, con las fuerzas leales acercándose al baluarte rebelde de Bengasi, tal vez sea demasiado tarde. Ciertamente parece poco probable que una intervención de exclusión aérea en la guerra civil libia pueda derrocar a la bestia rabiosa de Trípoli. E incluso si todavía es posible inclinar la balanza a favor de los rebeldes, entonces ¿qué? Cuando las noticias de una zona de exclusión aérea llegaron a Bengasi la semana pasada, fue transmitida desde los altavoces de las mezquitas, y las multitudes respondieron con gritos de “Allahu akbar!”, no de “¡Dios bendiga a EE UU!” De forma significativa, el portavoz rebelde citado por The New York Times era un imán.

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Una multitud en la Plaza de la Corte, Bengasi, celebra la resolución de NU, la cual llegó después de semanas de deliberaciones en la Casa Blanca.


Me gustaría poder creer que el Consejo de Seguridad Nacional ahora está presentándole al presidente una mejor serie de escenarios de la que le puso en la mesa cuando esta crisis comenzó en Túnez. Como lo dije desde el principio, una transición pacífica a la democracia de estilo occidental en el mundo árabe es, de todos los escenarios, el menos probable. Los resultados más probables son: a) restauraciones al estilo de 1848 de los viejos regímenes; b) una caída a guerras civiles prolongadas; c) tomas de poder islamitas y d) un conflicto suní-chiita en toda la región. Por cierto, las opciones B, C y D no se excluyen unas a otras necesariamente. Podrían ser una secuencia de eventos.

La fortuna no le ha sonreído al Presidente Obama en el papel del vacilante Hamlet. Pero una mejor suerte es lo último que esperan los actores que interpretan a Macbeth.