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| Cómo derrotar a Gadafi |
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El Presidente Obama es renuente a intervenir en la sangrienta guerra civil que está sucediendo en Libia. Como un alto asesor dijo a The New York Times la semana pasada, “Él nos sigue recordando que las mejores revoluciones son completamente orgánicas”. Me gusta esa idea de las revoluciones orgánicas: garantizado que no tienen aditivos extranjeros, exclusivas de Whole Foods.
¿La Revolución Estadounidense fue “completamente orgánica”? Es gracioso, hubiera jurado que había barcos franceses en la costa de Yorktown. ¿Qué hay de la Revolución Gloriosa de Gran Bretaña, la que estableció el gobierno parlamentario? Es extraño, tenía la loca idea de que Guillermo III era holandés.
La realidad es que muy pocas revoluciones, buenas o malas, tuvieron éxito sin alguna asistencia extranjera. Lenin tuvo dinero alemán; Mao tuvo armas soviéticas. Las revoluciones que no tienen alguna ayuda del exterior no son tan inorgánicas como poco exitosas. De hecho, por lo general no pasan a la historia como revoluciones. Más de una revuelta ha sido aplastada brutalmente por un dictador árabe: piense en el destino de los árabes del pantano a manos de Saddam Hussein. Tales eventos tienden a ser recordados como masacres. Debemos albergar la esperanza de que alguien le dé al Presidente Obama una lección de historia antes de que miles de libios compartan ese destino. Sería en verdad trágico si EE UU concluye de la experiencia de derrocar tiranías asesinas en Afganistán e Irak que la política correcta es hacerse de la vista gorda al asesinato en Libia. Recordemos que esa fue la política seguida por el último demócrata que ocupó la Casa Blanca, en Ruanda así como, por demasiado tiempo, en Bosnia. Pero también sería una conclusión errónea que la única forma en que EE UU puede ayudar a las buenas revoluciones sea militar. Después de todo, una zona sin vuelos no fue lo que ayudó a los revolucionarios de Europa Central y Oriental a derrocar a sus tiranos en 1989. La asistencia que les dimos no fue militar. Fue moral. Uno de los logros menos cacareados del Presidente Gerald Ford, el Acta Final de Helsinki en 1975, fue la mayor píldora venenosa de la historia. El documento fue el resultado de dos años de regateo en la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa, originalmente una iniciativa soviética para lidiar con problemas de seguridad, pero que viró inesperadamente a tratar problemas de derechos humanos. Ocho de los 35 países que firmaron el Acta Final eran comunistas. Aun así contenía las siguientes palabras sorprendentes:
Los Estados participantes respetarán los derechos humanos y las libertades fundamentales, incluidas la libertad de pensamiento, de consciencia, de religión o creencia, para todos y sin distinción de raza, sexo, idioma o religión… Los Estados participantes respetarán los derechos iguales de las personas y su derecho a la autodeterminación.
Tan acostumbradas estaban las autoridades soviéticas a mentir, que no vieron menoscabo en adscribirse a estos compromisos. De hecho, el Acta Final se reimprimió íntegra en Pravda. Pero para los disidentes dentro del bloque soviético, como el físico Andrei Sakharov o el dramaturgo checo Václav Havel, Helsinki representó un gran palo con el cual golpear a sus perseguidores. La Guerra Fría terminó no sólo porque EE UU logró una ventaja militar sobre la Unión Soviética, sino porque la legitimidad del sistema soviético se colapsó desde dentro. Nuestro papel fue insistir en la importancia de esos “derechos humanos y libertades fundamentales”. Incluso si no todos nuestros aliados en la Guerra Fría siempre los sostuvieron, el otro lado los respetaba menos. ¿Por qué hemos fracasado en aprender de ese éxito? ¿Por qué hemos permitido que se haya hecho burla del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, el cual tenía a Libia entre sus miembros hasta hace unos días y todavía incluye a Arabia Saudí, sin mencionar a China y Cuba? Memorándum para el Presidente: las revoluciones orgánicas, igual que su rúcula de Whole Foods, necesitan que les dé el sol y se las riegue. Es hora de una nueva Helsinki, destinada a desacreditar a todos los estados no libres de hoy día, empezando con los cuatro que acabo de nombrar.
No importa lo que diga la Casa Blanca de Obama, pocas revoluciones tienen éxito sin alguna ayuda del mundo, como el presidente Ford lo estipuló en Helsinki en 1975. |





Sr. Presidente, no les envíe armas a los libios. Envíeles un trozo de papel.