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| NO SE METAN CON DILMA |
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NO SE METAN CON DILMA UNA MUJER OCUPA LA PRESIDENCIA DEL PUJANTE Y MACHISTA BRASIL, Y TIENE LA ÚLTIMA PALABRA EN TODO. POR MAC MARGOLIS AUNQUE DILMA VANA Rousseff cuenta muchas historias acerca de su transformación de revolucionaria a burócrata y presidenta de Brasil, un relato llama particularmente la atención. Sucedió a poco de iniciar su campaña como sucesora de Luiz Inácio Lula da Silva, justo cuando la mayoría de los brasileños empezaba a acostumbrarse a la idea de seguir adelante sin el hiperpopular dirigente, el “padre de los pobres”. Cierto día, estando en un bullicioso aeropuerto, una madre y su pequeña hija se aproximaron tímidamente a Rousseff para ver de cerca a la advenediza que iba a la cabeza en la contienda. “¿Una mujer puede ser presidenta?”, preguntó la niña —convenientemente llamada Victoria. “Así es”, respondió Rousseff. Al oírla, la pequeña dio las gracias y se alejó, caminando con la cabeza muy erguida. Rousseff sonríe al revivir el episodio durante una entrevista con Newsweek, en el palacio presidencial de Brasilia. Eran casi las seis de la tarde y el sol que abrasaba la meseta central de la capital comenzaba a ponerse, pero aún faltaba mucho para que terminara el día de la mandataria. Inundaciones que dejaron a miles de sureños sin hogar; demoras en la construcción para la Copa Mundial de Fútbol, a celebrarse en Brasil en 2014; el ininterrumpido placer de la prensa con el escándalo de corrupción y el gabinetazo que privó a la presidenta de cinco ministros en menos de nueve meses. No obstante, Rousseff, con chaqueta fucsia, pantalones negros y enormes pendientes de perlas, parece muy tranquila al hablar de Brasil, la economía mundial, la pobreza y la corrupción. Su lustroso y abundante cabello y sus encarnadas mejillas no guardan rastros de las duras sesiones de quimioterapia a las que fue sometida para tratar el linfoma diagnosticado en 2009. La audiencia dura casi una hora y, en ese tiempo, proporciona cifras precisas y pasa fácilmente de la creación de empleos (“En el primer semestre, generamos un millón 593 mil 527 plazas”) a T.S. Eliot (“Miércoles de Ceniza” es su poema favorito) y cómo las mujeres pueden reescribir las reglas de la lucha política. “De niña quería ser bailarina o bombera, y punto”, dijo. “No sé si éste sea un nuevo mundo, pero ciertamente está cambiando. El simple hecho de que una niña pregunte si puede ser presidenta, es indicación de progreso”.
Para quienes aún abrigan dudas, la Asamblea General de NU —convocada para esta semana en Nueva York— es clara señal de un nuevo orden mundial. Asistirán Hillary Clinton y la canciller alemana Angela Merkel —otra mujer que, en resumidas cuentas, tiene en sus manos el destino de una abrumada Unión Europea. Sin embargo, lo más notable es que cuatro de las 20 mandatarias de estados modernos (12 de ellas estarán presentes en la Asamblea) son originarias del Continente Americano: amén de Rousseff, la argentina Cristina Kirchner, Laura Chinchilla (Costa Rica) y Kamla Persad-Bissessar (Trinidad y Tobago). Y no sólo eso: el 21 de septiembre, cuando la brasileña tome el podio, se convertirá en la primera mujer en la historia de NU que pronuncie el discurso inaugural ante un mar de corbatas. El surgimiento de Rousseff es eco del auge de su país. Antaño considerado un estado retrógrado, Brasil se ha vuelto incontenible. El año pasado, su economía creció 7.5 por ciento (el doble del promedio mundial); y aunque concluirá 2011 un poco a la baja, no obstante publicará un respetable crecimiento de 3 a 3.5 por ciento. Es muy revelador que mientras las naciones ricas se las ven negras para evitar una doble recesión, Brasil navegue sin sobresaltos impelida por una economía candente; su moneda es muy estable; el sistema de justicia (aunque con fallas y lento) funciona; y sus medios se cuentan entre los más beligerantes del hemisferio. Con la parálisis de las naciones más ricas y el mundo árabe en revolución, esta nación floreciente y democrática está rompiendo sus barreras hemisféricas. La semana pasada, Brasil incluso aventuró la idea de organizar un rescate para la eurozona. “Tenemos que encontrar la manera de hacer que las naciones emergentes más pujantes ayuden a Europa”, declaró Guido Mantega, ministro de finanzas de Rousseff, quien se encontrará con sus colegas del BRIC (Brasil, Rusia, India y China) durante la reunión anual FMI-Banco Mundial a celebrarse esta semana, en Washington. “En 2008, ayudamos a incrementar la capacidad de financiación del FMI, de 250 mil millones de dólares a un billón. Considero que, en estos momentos, podemos hacer algo parecido [por la eurozona]”. Nadie espera, seriamente, que Brasil rescate a Grecia (Reuters calificó el ofrecimiento de Mantega como “una baladronada”, una estratagema de bajo riesgo para “mejorar la posición internacional de Brasil”); pero, ¿quién habría imaginado semejante propuesta de una nación que, hace apenas 15 años, se encontraba al límite en el orden financiero mundial? “Desde hace mucho se les ha llamado la nación del futuro”, declaró Barack Obama en la abarrotada ópera de Río de Janeiro, en marzo pasado, haciendo referencia a un conocido proverbio que afirma que Brasil es el país del futuro y siempre lo será. “Pues bien. El pueblo de Brasil debe saber que ese futuro ha llegado. Ya está aquí”. El viaje ha sido largo. En enero, cuando Rousseff prestó juramento a la edad de 63 años, nadie sabía qué esperar. Neófita política, mejor conocida por su turbio pasado como guerrillera marxista durante la dictadura brasileña y luego, como estricta burócrata que iba a todas partes con su laptop, Rousseff jamás se había postulado para un cargo de elección pública hasta que Lula la señaló como su sucesora a la presidencia. ¿Sería capaz de seguir los pasos del “político más popular del planeta” —como dijera Obama en su desafortunado y untuoso elogio para Lula, un hombre cuyo surgimiento de tornero a presidente se ha convertido en leyenda? Impedido por la ley para postularse por un tercer periodo consecutivo (habría ganado con los ojos cerrados), Lula no sólo lanzó la campaña de Rousseff sino que, cual Pigmalión de los trópicos, la inventó como candidata. Sin embargo, a diferencia del carismático y populista mandatario que la creó, Rousseff era meramente una contadora sublimada, más a gusto trabajando con PowerPoint que ocupándose de los asuntos de estado. ¿Sería posible convertir a la oveja en una pastora que guiará al gigante latinoamericano hacia su muy acariciada condición de superpotencia global? ¿O acaso Rousseff y Lula se convertirían en la versión latinoamericana de Dmitry Medvedev y Vladimir Putin, conformándose la primera en calentar la silla del segundo hasta que éste pudiera regresar al poder, al cabo de cuatro años? El veredicto ya ha sido emitido. A escasos nueve meses de asumir el poder, Rousseff ha impuesto su sutil estilo en el país que fuera propiedad de Lula. “Es una administradora consumada que exige eficacia. El trabajo es su pasatiempo”, afirma Eike Batista, multimillonario del sector de energía y minas; opinión compartida por Nizan Guanaes, otro magnate brasileño y director ejecutivo de Grupo ABC, la mayor compañía de servicios de mercadotecnia en el país: “No está jugando a la política ni trata de vender su imagen. Me parece que la nación ya ha sentido que alguien está al mando... Brasil ha estado bajo la dirección de un prestigiado profesor, un líder sindicalista y ahora, una mujer —todo ello es una extraordinaria muestra de madurez. Es muy revelador que nuestro ‘hombre del año’ sea una mujer”. Por supuesto, no todos piensan así. Adriano Pires, experto en energía del Centro para Infraestructura Brasileña, ha criticado a Rousseff por su “microadministración”. Cuando el poderoso jefe del Estado Mayor fue acusado de amasar una fortuna con clientes gubernamentales durante el periodo previo a las elecciones, los enemigos de Rousseff la emprendieron contra ella argumentando que su credibilidad quedó dañada por haberse tomado demasiado tiempo para despedirlo. Pero, desde entonces, la mandataria ha demostrado su destreza para controlar daños, silenciando a los críticos mediante el rápido despido de otros tres ministros involucrados en escándalos de corrupción. Rousseff (abuela y dos veces divorciada) mantiene un estricto silencio en cuanto a su vida personal. Vive en el Palacio Alvorada, la residencia oficial, en compañía de su madre —también llamada Dilma (“la Dilma original”, bromea su progenitora)—, una tía y un labrador negro. Se levanta muy temprano para caminar por los jardines, devora una selección de cortos noticiosos en su iPad y se sienta al escritorio presidencial a las 9:15, donde permanece hasta las nueve de la noche. Se sabe que mantiene estrecho contacto con su último marido, Carlos Araújo, quien corrió a Brasilia al enterarse de que Rousseff había sido diagnosticada con cáncer; y aunque la Presidenta resguarda a su familia de las miradas públicas, el 7 de septiembre presidió el desfile del Día de la Independencia con su nieto (de un año de edad) sentado en su regazo. Rousseff es poco sentimental en su trabajo; de hecho, se muestra bastante taciturna y hace gala de su legendario temperamento. Según uno de sus principales asistentes, no tolera la estupidez ni la mediocridad y abundan historias de burócratas que han enmudecido y hasta llorado después de una reprimenda presidencial. Fernando Pimentel, ministro de Desarrollo y confidente de Rousseff desde su época de guerrilleros proscritos, explica la situación de esta Dama de Hierro: “Dilma es una mujer ruda rodeada de hombres delicados y afables. Sabe que, a veces, debe ser incisiva para imponerse”. João Santana, asesor que estuvo al frente de su campaña, va más allá: “Dilma es el nuevo rostro de Brasil; segura de sí, poco interesada en caer bien, generosa y ajena a las lisonjas. Sabe lo que vale”. Atributos que le han servido de mucho en Brasilia, donde la díscola coalición de 10 partidos (encabezada por el poderoso Partido Obrero, que la llevó al poder y es capaz de desbancar a políticos de poca monta) se encuentra actualmente bajo control y topa con inamovible resistencia a sus peticiones de prebendas. Rousseff transformó el escándalo de corrupción en una victoria política y aprovechó la oportunidad para deshacerse de los funcionarios deshonestos que le fueron impuestos con la presidencia, reemplazándolos con antiguos colegas y confidentes; en especial mujeres, como la nueva jefa del Estado Mayor, Gelisi Hoffman, la ministra de Planificación, Miriam Belchior y la ministra de Relaciones Institucionales, Ideli Salvatti. De hecho, la tercera parte del gabinete brasileño es un verdadero matriarcado cuyo lema es la lealtad a Rousseff y no a los grandes personajes partidistas. Incluso Lula, a quien nunca le agradó el papel de segundón, se muestra bastante comedido. “Un cuatrienio no basta a quien va a gobernar ocho años”, dijo, recientemente, refiriéndose a Dilma, la presidenta “delegada” que se ha erigido en la “mujer alfa” de la política de Brasil. “Es un caso de Pigmalión a la inversa”, asegura el analista político Amaury de Souza. “La criatura está devorando a su creador”. Y no es exageración. Aunque Rousseff rara vez pierde la ocasión de elogiar a su padrino político, no es la inocente que sus rivales tratan de vender al público. Pregunte al socialdemócrata José Serra —principal asistente del presidente Fernando Henrique Cardoso y ex gobernador de São Paulo, a quien se ha dado el crédito de rescatar a Brasil de la hiperinflación en la década de 1990. El año pasado, como sucesor aparente de Lula, Serra descartó a la novata Rousseff como “un sobre vacío” hasta que la actual Presidenta lo hizo pedazos en las elecciones con una ventaja de 12 puntos (56 contra 44 por ciento para Serra). La carrera de la mandataria brasileña inició con una ráfaga de protestas radicales. En 1964, Rousseff estudiaba el bachillerato en la elegante Belo Horizonte cuando el Ejército impuso una dictadura que habría de durar 21 años. Como muchos jóvenes brillantes y privilegiados de su generación, la enfurecida joven se unió al movimiento estudiantil, el cual fue proscrito posteriormente llevando a Dilma a engrosar las filas de la Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares (Var-Palmares), grupo de izquierda comprometido a derrocar la junta. Rousseff afirma que jamás empuñó las armas (aunque las limpiaba muy bien), pues su miopía le impedía disparar. Sin embargo, ayudó a trazar la estrategia del grupo, que llevó a cabo una serie de arriesgados atracos bancarios. La Policía arrestó a la joven rebelde en 1970, durante el periodo más siniestro del régimen militar. Fue conducida a São Paulo, donde sus carceleros la interrogaron aplicándole descargas eléctricas, propinándole palizas y (un tratamiento muy popular en Brasil) colgándola de cabeza desde una alta viga llamada “percha de perico”. Rousseff sufrió muchos abusos, pero jamás pudieron doblegarla y siempre dio a sus captores nombres y pistas falsos. Después de un tiempo, fue transferida de los separos de tortura a la prisión de Tirandentes, en São Paulo —así llamada, irónicamente, por un héroe independentista de Brasil. Cuando finalmente recobró su libertad, al cabo de tres años, había perdido casi cinco kilos y habían destruido su tiroides. Tenía 25 años. Militantes como la joven Rousseff habrían de convertirse en la nueva generación política de las democracias nacientes en América Latina —y como es natural, aspiraban al poder. El problema era que algunos persistían en su ideología de izquierda, pero el realismo inevitablemente prevaleció al final. Por ejemplo, Lula se postuló a la presidencia en tres ocasiones, personificando al consabido agitador político. Sin embargo, cuando fue derrotado en cada oportunidad, decidió recortarse la barba, ponerse traje y compartir el pan con inversionistas e integrantes de la clase media. Su estrategia le dio la victoria. Graduada de economía, Rousseff afinó sus habilidades de líder en la cárcel, donde sostuvo largas conversaciones con otros reos y devoró los contados libros que sus carceleros autorizaban. “¿Puede creer que dejaron pasar La cuestión agraria de Karl Kautsky?”, pregunta, refiriéndose a un clásico del marxismo. Aquella disciplina le sirvió de mucho cuando emigró a Porto Alegre como organizadora política; y una vez allí, su habilidad para los números y su facilidad para persuadir companheiros llamó la atención del alcalde. Rousseff se deleitaba en el servicio civil, y ascendió rápidamente del cargo de secretaria de Finanzas de la ciudad a secretaria de Energía y Comunicaciones del Estado, posición donde adquirió fama de capataz inflexible, siempre acompañada de su laptop para consultar cifras y silenciar a los badulaques. Lula quedó tan impresionado con ella que —no obstante ser una recién llegada al partido— la designó ministra de Energía, justo cuando Brasil anunciaba el hallazgo de una gigantesca reserva de crudo en sus costas. No obstante su notoriedad de nacionalista económica, los inversionistas extranjeros hacían fila ante sus puertas. “Era práctica y muy directa, aunque no siempre fácil de tratar”, recuerda Donna Hrinak, vicepresidenta de PepsiCo y ex embajadora estadounidense en Brasil. “Las compañías [estadounidenses] trabajaban con ella de buena gana porque hacía el esfuerzo de entender sus problemas. Siempre daba la impresión de que tomaba decisiones fundamentada en criterios técnicos y económicos sólidos”. En 2005, cuando un escándalo de sobornos sacudió al gobierno y derribó al principal asistente de Lula, el Presidente nombró a Rousseff como jefa de su Estado Mayor —cargo que le permitía, prácticamente, gobernar sola en Brasilia mientras Lula revolucionaba su ya hiperactiva diplomacia en una misión para situar a Brasil como una potencia en el escenario mundial. Fue en ese momento cuando Rousseff se convirtió en su heredera. Aunque es posible que la influencia de Lula contribuyera a la victoria electoral de Rousseff, hacía falta más que un patrocinador poderoso para dirigir la democracia más insubordinada de América Latina. Lula tuvo éxito combinando una economía conservadora con un gasto social agresivo. Por supuesto, también le favorecieron el auge de los valores globales y la oleada de liquidez que inundó los mercados internacionales en busca de buenos acuerdos y puertos seguros —colchón que le permitió amortiguar el golpe cuando estalló la crisis económica global de 2008. Ahora bien, aunque Rousseff se ha mantenido fiel a esas políticas, la creciente desaceleración de la economía global ha ocasionado que su curva de aprendizaje se vuelva cada día más cerrada. “No somos una isla”, dice la Presidenta. “Leo las noticias todos los días. Grecia no puede pagar su paquete de rescate; España está en problemas, igual que Italia; Estados Unidos no crece. Todo ello tiene un impacto negativo en el resto del mundo”. Hace una pausa, y prosigue. “¿Sabe cuál es la diferencia entre Brasil y el resto del mundo?”, pregunta. “Que todos nuestros instrumentos para control de políticas están intactos y nos permiten combatir un crecimiento lento o incluso la ‘esestanflación’ de la economía mundial”. Gracias a la cautela gubernamental para solicitar préstamos y la rígida supervisión del banco central de Brasil, “podemos recortar nuestras tasas de interés. Otros países no están en condición de hacerlo, porque su capacidad [para obtener] préstamos es casi inexistente”. Apasionada del tema, comienza a explicar, punto por punto, cómo fue que Brasil se transformó del agonizante latinoamericano en la fuerza arrolladora de la región. “Somos una economía enorme, rica en recursos y con un mercado interno gigantesco. Gracias a nuestras políticas sociales, 40 millones de personas han pasado de la pobreza a la clase media desde 2003 —el equivalente a toda Argentina. La demanda interna permaneció reprimida tanto tiempo que tenemos un potencial de crecimiento inmenso. Estamos experimentando un auge en la construcción, ciertamente; pero no es una burbuja. Nuestro mercado interno acelerará nuestro crecimiento”.
Rousseff ofrece poco consuelo al cabildo de impuestos y gasto. “La Constitución de 1988 promete atención médica universal, de calidad y gratuita”, dice. “En ninguna parte del mundo es posible hacer eso sin dinero”. Y, recientemente, envió un ominoso mensaje a los políticos habituados a comer del granero oficial y pasar la cuenta a los contribuyentes: “No recibiré griegos que traigan regalos”. Delfim Netto, zar económico durante el régimen militar, confiesa estar muy impresionado. “Dilma tiene una visión para Brasil, pero sabe que no puede violar los principios de la contabilidad internacional”. Llevar cuentas claras quizá no sea un dogma de fe en Brasil, mas Rousseff asegura que es sólo cuestión de tiempo. Ella misma aprendió esa lección hace años, cuando pronunciaba discursos no en los marmóreos palacios de Planalto, sino tras las rejas de São Paulo. “La cárcel nos enseña a sobrevivir y a entender que los problemas no se resuelven de un día al otro. La espera parece eterna en prisión; mas la espera significa, necesariamente, que hay esperanza; y sin esperanza, caemos presas del temor. Por ello, aprendí a esperar.” |






Nadie espera que Rousseff encabece una revolución política, pues se requiere la aprobación de tres quintas partes de cada cámara del Congreso para implementar un nuevo código fiscal o reformar el sistema de pensiones brasileño (que genera grandes pérdidas). “Sin embargo, ella puede hacer mucho desde su lugar, al margen”, afirma Matthew Taylor, científico político de la Universidad de São Paulo. Para empezar, es necesario que el desequilibrado servicio público nacional se adapte al siglo XXI. Durante años, dice la Presidenta, “el estado fue excesivamente voluminoso en algunas áreas y tuvo una presencia muy limitada en otras. Debemos responder a las necesidades de un país en crecimiento mediante la profesionalización del servicio público y promoviendo a sus integrantes con base en los méritos. Ninguna nación que aspire a un alto nivel de desarrollo podrá alcanzar esa meta sin antes reformar el servicio público”.