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Él no era un pelele
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Por John Solomon

Ahora él tiene 86 años, sus cejas están plateadas y sus piernas debilitadas por el parkinsonismo, un trastorno vascular similar a la enfermedad de Parkinson. Pero conforme George Herbert Walker Bush se acerca al ocaso de su vida, están empezando a reconocer su valía. El mes pasado, el Presidente Obama le otorgó la Medalla de la Libertad. El 21 de marzo, Bush será agasajado —nada menos que por Bill Clinton— en un gran evento en el Centro Kennedy de Washington para honrar su contribución al voluntariado a través de la Points of Light Foundation. Sus cualidades otrora vistas como vicios —su tono civil, su disposición a negociar con la oposición, incluso su cambio respecto a los hombres fuertes de Oriente Medio— de repente parecen más como virtudes en un mundo cansado de la política de ataque y que enfrenta una serie en cascada de crisis globales.

Los estigmas que otrora lo persiguieron —el escándalo Irán-Contra, el “factor pelele”, “lean mis labios”, y la caricatura impasible de Dana Carvey— se han desvanecido de la memoria pública, sólo para ser remplazados por una visión fresca, ayudada por documentos recientemente revelados y las lenguas desatadas de viejos asesores: que el Presidente 41 de EE UU tal vez haya sido una figura más aventura y menos egoísta, políticamente hablando, de cómo lo apreciaron los estadounidenses durante su ejercicio en Washington. “Por entonces, [el estilo de Bush] no parecía tener cualidades de liderazgo para el público. Algunos incluso lo vieron como debilidad”, dice Roman Popadiuk, un portavoz de seguridad nacional en la Casa Blanca de Bush y que hoy dirige su fundación de la biblioteca presidencial.

“Pero ahora la gente recuerda cómo trataba él a la gente y cómo Washington está ahora. Y están apreciando cómo él prestaba oídos a una era en la que la gente era tratada con respeto y en la que había algo de civilidad en la política”, dice Popadiuk. “La manera de cooperación mutua con que trató de abordar las cosas, la manera tranquila en que manejó las cosas en las crisis. La gente hoy lo ve como una fuerza”.

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La reunión de Bush con el presidente de El Salvador en 1983, en un viaje cuando tuvo un enfrentamiento, nunca antes reportado, con líderes militares que portaban armas.

Como lo dice su sucesor, Bill Clinton: la gente ha llegado a valorar “el contraste entre su tipo de conservadurismo y el que domina hoy día: menos extremo en esencia, menos duro en la retórica, más abierto a transigencias razonables”.

La primera prueba del Estado en la historia revisionista: un viaje del que se habló poco en diciembre de 1983. Bush casi cumplía tres años en su primer período como vicepresidente de Ronald Reagan. Su agenda pública sugería una visita de rutina para presentarle sus respetos al presidente recientemente elegido de Argentina. Pero según unas entrevistas exclusivas con viejos asesores de Bush, se escabulló para realizar una misión secreta conocida sólo por un puñado de funcionarios estadounidenses: un enfrentamiento espeluznante con los comandantes militares salvadoreños.

Los militares de El Salvador estaban perdiendo la confianza de EE UU por entonces, en medio de reportes sobre abusos a los derechos humanos y asesinatos de civiles efectuados por escuadrones de la muerte. Los homicidios no resueltos de tres monjas católicas habían irritado de más las emociones.

Bush y un pequeño contingente de asesores de la Casa Blanca y agentes del Servicio Secreto volaron allá, llevando una advertencia severa de Reagan: acaben con los asesinatos. Detengan los abusos. Y permitan elecciones totalmente libres y democráticas, o EE UU cortaría al instante su ayuda en la lucha contra los rebeldes comunistas.

Tras salir del Air Force Two en San Salvador, Bush abordó un helicóptero militar Black Hawk, volando muy por encima de los árboles para evitar el fuego antiaéreo. Su destino: la casa de campo del presidente en la ladera. Cuando su cuerpo de avanzada el lugar, los tapetes de la sala de reuniones estaban manchados con un color amarronado y sangriento, y había salpicaduras similares en las paredes. “Parecía como si una reunión se hubiera puesto muy mal y nadie hubiera sobrevivido”, recuerda Antonio Benedi, uno de los asesores de avanzada en quien más confiaba Bush y que lo acompañó en la misión.

El equipo de Benedi consideró cancelar la reunión, pero nadie quería decirle a Bush, un ex piloto de bombarderos en la Segunda Guerra Mundial que sobrevivió tras ser abatido en el Pacífico, que temían por su seguridad. Para cuando Bush entró a la sala, ya habían borrado las manchas, pero el ánimo todavía era sombrío. Cuando Bush se retiró a un cuarto privado para una conversación en privado con el Presidente Álvaro Magaña, un grupo de comandantes entró, algunos portando rifles semiautomáticos y otros con pistolas, haciendo que los asesores del vicepresidente se preocuparan. Estalló una conmoción cuando los soldados se negaron a las solicitudes de dejar sus armas afuera. Bush dejó la reunión y asomó la cabeza para pedir silencio.

“Los estadounidenses estábamos superados en cinco a uno, y la perspectiva de tener al vicepresidente dando un mensaje que ellos evidentemente no querían oír era inhóspita a lo más”, dice Oliver North, un oficial de los Marines asignado al Consejo de Seguridad Nacional que se había unido al viaje, a NEWSWEEK. (Por supuesto, North luego sería la piedra de toque impenitente del escándalo Irán-Contra.) Después de cortesías breves, un Bush animado golpeó con su puño en la mesa de conferencias, sobresaltando a los soldados. North dice que la escena fue surrealista. “Todos son de alto rango, y de algunos teníamos buenas razones para creer que estaban involucrados con los escuadrones de la muerte. Y todos —incluido el vicepresidente— sabían eso”, dijo él.

“Él da este mensaje increíblemente duro: ‘Si los asesinatos no paran y no se celebran elecciones, vamos a cortar nuestra ayuda, y esto lo parará en seco y ya sabe lo que ello significa’,” recuerda North. Tras entregar su mensaje, Bush abordó de nuevo su Black Hawk, esperando que la visita abrupta tuviera una impresión duradera. North había entregado a los líderes militares una lista de los líderes de escuadrones de la muerte que los estadounidenses querían que se removieran. Y luego fueron a una cena pública con el presidente salvadoreño.

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Al otorgarle a Bush la Medalla de la Libertad, Obama alabó la “humildad y decencia” del Presidente 41 de EE UU.

Apenas dos semanas después, el veterano piloto del Ejército que voló el helicóptero de Bush fue acribillado en su cabina en San Salvador, víctima de un pistolero y rebelde comunista, dice Benedi. Poco después de la visita de Bush, el ejército salvadoreño reportó que había empezado a disolver sus tristemente célebres escuadrones de la muerte, y la ayuda de EE UU siguió fluyendo conforme los reportes de abusos a los derechos humanos se hicieron menos frecuentes. Sin embargo, la guerra civil continuó por años, y los reportes de escuadrones de la muerte regresaron durante la presidencia de Bush, cuando los asesinatos de sacerdotes jesuitas en 1989 renovaron las preocupaciones por los derechos humanos.

El papel de Bush en Centroamérica fue criticado después por la izquierda. Por otra parte, su papel en la caída del Muro de Berlín irritaría a los conservadores, muchos de los cuales todavía acreditan a Reagan el histórico colapso comunista allí, aun cuando ocurrió durante la guardia de Bush, y culpan al Presidente 41 de no celebrar el momento con más avidez.

Lo que el público no supo entonces —y Bush se negó a discutir públicamente— fue que el presidente soviético, Mikhail Gorbachov, le envió un cable urgente a Bush el 9 de noviembre de 1989, cuando el muro se derrumbaba. En él, pedía a Estados Unidos que no tomara una acción provocadora que pudiera incitar a una represión militar en Alemania Oriental como la de la Plaza de Tiananmen.

El comunicado de Gorbachov todavía es confidencial hoy día. Pero fuentes familiarizadas con él dicen a NEWSWEEK que el líder soviético suplicó que ningún bando tomara cualquier acción que pudiera llevar a una confrontación o provocase protestas que pudieran salirse de control.

Bush consintió en ello, conformándose con una respuesta tan apagada que los reporteros se preguntaron en voz alta, durante una conferencia de prensa de la Oficina Oval, por qué él no parecía más entusiasmado por el derrumbamiento histórico de un icono comunista.

Bush no soltó prenda, manteniéndose enfocado en el plan que él y sus asesores de seguridad nacional concibieron. Seis días después, Bush le escribió una carta de tres páginas a Gorbachov asegurándole que Estados Unidos apreciaba la propuesta cuidadosa del líder soviético ante los eventos en Alemania Oriental y que apoyaba la transición pacífica del poder.

Hoy, Bush parece en ciertas formas desfasado con su partido político. Una carrera que abarcó ser congresista, presidente del Comité Nacional Republicano, director de la CIA, enviado a China, embajador de EE UU en Naciones Unidas, vicepresidente y la Oficina Oval, parece una especie de atavismo en una época en la que la experiencia en Washington es algo peyorativo. Cuando los republicanos en el Capitolio hacen una cuestión de orgullo del marchar al unísono para oponerse al Presidente Obama y sus aliados demócratas, la amistad genuina y duradera de Bush con Bill Clinton —forjada cuando los dos trabajaron juntos para recaudar dinero por el último tsunami asiático— se siente como un vestigio de una era distante.

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Palabras mayores

La familia Bush estaba furiosa por este perfil de NEWSWEEK, que se publicó en la semana que George H.W. Bush anunció su candidatura a la presidencia. Y ¿quién podía culparlos? La portada sugería que el entonces presidente era un pelele, una acusación extraña a un hombre que escapó por poco de un bombardero naval ametrallado en la Segunda Guerra Mundial e hizo un audaz viaje, muy poco comentado, para reunirse con comandantes militares salvadoreños armados durante los años de Reagan. Barbara Bush hizo una llamada furiosa a su hijo, el futuro presidente George W., quien había investigado a la periodista Margaret Garrard Warner. “¿Ya viste NEWSWEEK?”, gruñó Barbara Bush, según el reciente libro de memorias de su hijo, Decision Points.

“Rápidamente localicé un ejemplar y me topé de frente con el chillón encabezado: ‘Combatir el Factor Pelele’,” escribió Bush 43. “Estaba que ardía. Le hablé a Margaret por teléfono.  Yo… le dije que pensaba que eso era parte de una emboscada política. Ella farfulló algo respecto a que sus editores eran los responsables de la portada. Yo no farfullé. Despotriqué contra los editores y colgué. Desde entonces, fui receloso con los periodistas políticos y sus editores ocultos”.

Un año después, la propietaria Katharine Graham hizo las paces con los Bush, aun cuando “el problema nunca se extinguió realmente”, escribió Graham en su libro Personal History.

Clinton recuerda afectuosamente las peleas por los dormitorios en sus viajes. “Tomamos un largo vuelo juntos a Indonesia para visitar la zona del tsunami, y el avión tenía un pequeño cuarto con una cama”, dice Clinton a NEWSWEEK. “Él me ofreció el cuarto para empezar y dijo que cambiaríamos. Pero le dije que se adelantara y tomara el cuarto, que yo bien podía dormir en una colchoneta en el suelo. Después de 40 años de privarme del sueño, puedo dormir donde sea. Él merecía la cama”.

bush_artPor estos días, Bush se atreve a ir a su tienda de abarrotes local, y participa en un juego de pelota cuando puede. Pero está disminuyendo su velocidad un poco, aunque habitualmente mantiene su privacidad al respecto. Sus piernas están perdiendo fuerza, debido al parkinsonismo, dicen sus amistades.

Los síntomas empezaron hace unos años, cuando Bush se recuperaba de una cirugía de espalda. Ahora, a veces se le dificulta caminar, incluso con un bastón, aunque su torso sigue siendo fuerte, dicen sus amistades. Cuando el mayor de los Bush fue a Washington para la ceremonia de la Medalla de la Libertad con Obama, se detuvo primero a almorzar con algunos de sus amigos, incluido Benedi. Bush llegó en una silla de ruedas, luego se sentó a la mesa. Pero cuando llegó la hora de aparecer en público, Bush dejo atrás la silla, insistiendo en caminar por sus propios medios en la Casa Blanca que otrora gobernó, esta vez con la ayuda de un asistente militar.

Separado en cuestiones generacionales e ideológicas del hombre a quien honraba, Obama recitó de un tirón una letanía de logros, luego bromeó sobre una de las proezas de Bush en sus últimos años y que le granjeó el cariño de muchas generaciones más jóvenes. “Sólo para rematar, bien entrado en sus ochenta años, él decide saltar de aviones”, dijo el actual presidente con veneración mientras colocaba el listón azul y rojo alrededor del cuello de Bush.


Solomon es editor ejecutivo del Centro por la Integridad Pública.