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Escrito por Yamil Díaz Gómez    PDF Imprimir E-mail
María Mantilla, hija de Martí
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¡Cuántos dolores se juntan en torno al nacimiento de María Mantilla!: el de una dama que conoció a su gran amor cuando tenía tres hijos, en una época en que los matrimonios eran hasta la muerte; el de un padre que huye, quién sabe si arrastrado por las culpas, tras un bautismo en que fungió de padrino; el de un esposo al que Martí parece retratar en este apunte:

marti1Oh qué prueba!—Qué deliquios en el alma de un hombre que se cree padre de un hijo, qué sentir, cuando lo oye bal­bucear, que le corren riachuelos de plata por el corazón—qué parecerle cuando vuelve a su lado que reclina la cabeza en almohada de plumas!—y en el instante que sabe que aquella hija no es suya—aquella misma voz, presencia, mi­rada, golpe de la manecita en la mejilla y de los piececitos en la alfombrita no alumbran su corazón, ya no desarrugan su ceño, ya no estremecen su mejilla, ya no ablandan la ex­presión de su faz y son las mismas, sin embargo, que antes eran: qué nervio lo explica.

¿Qué nervio explica este estremecimiento de sus vidas?

El Martí personaje romántico se revela especialmente en este capítulo. Para entenderlo en su amarga circunstancia hay que enfrentar el tema sin tapujos. De nada vale ser esquivo frente a la realidad. Si Martí y Carmen Miyares, ambos casa­dos, tuvieron que ocultar sus amores, cercados por las hipó­critas moralidades decimonónicas, el prójimo de hoy debe ponerse a la altura de aquel dolor, de aquel amor, de aquella verdad trágica.

María Mantilla es hija del Apóstol. Pero no porque ella lo proclame en una carta de 1935 o en otra de 1959 ni porque su hijo, el actor César Romero, lo repitiese en esquelas, entrevis­tas o programas de televisión; ni porque, en la hora de su muerte, los familiares la nombraran en todos los obituarios como “María Martí”; ni porque de ello estuviesen convencidos Gonzalo de Quesada y Aróstegui (el secretario del Delegado) y Gonzalo de Quesada y Miranda (alguien que conservó durante varias décadas la papelería martiana, más todo lo que su pa­dre le contó). No porque lo hayan dicho sutil o abiertamente autores como Marinello, José Miguel Oviedo o Nydia Sarabia.

María Mantilla es hija del Apóstol porque lo afirman con ter­quedad admirable los ojos, los labios, el pelo, las manos, las orejas, la nariz y la frente de María, en armónico coro con los ojos, los labios, el pelo, las manos, las orejas, la nariz o la fren­te de José Martí.

Además de su ahijada o de su “hija espiritual”, fue su hija biológica. Ningún científico lo afirmará rotundamente mien­tras no lo confirme una prueba de ADN; pero ¿de qué otro modo se explica una coincidencia de un 74.3 por ciento de rasgos an­tropométricos entre ambos, certifi­cados en una prueba pericial de alta fiabilidad?

Estas cuartillas no se escriben a partir de una impresión caprichosa o subjetiva, sino desde un estudio científicamente validado y jurídica­mente respaldado por el Tribunal Supremo de mi país.

Aquello que puede dilucidarse en terrenos científicos no debe permanecer en el perenne pantano de la especulación. Y he aquí que el prestigioso antropólogo y médico legal cubano Ercilio Vento Canosa aplicó al caso su Prueba Morfológica An­tropológica, que se define como:

marti4“Un instrumento de valor que se aplica en los conflictos de filiación, es decir: cuando se impugna una cierta paternidad, o en el caso en que un ciudadano desea confirmarla. […] es el resultado de 32 años de mi experiencia profesional, 32 años de intercambio con antropólogos de diferentes partes del mundo. En este lapso, la prueba no ha fallado en ningún caso, incluso frente a la comprobación con la prueba de ADN. La sumatoria de los rasgos en estudio aporta un alto grado de fiabilidad en los resultados, lo único que se precisa por parte del perito es su experiencia y capacidad para identificar los rasgos físicos, privando su examen de toda subjeti­vidad, toda vez que no se trata de establecer una simple semejanza, sino buscar los caracteres físicos heredados por el hijo a partir del presunto padre. Estos rasgos deben proce­der del padre y de la madre. Si pueden ser identificados los de la madre, pero no los del padre, la paternidad debe ser formalmente excluida. […] En el caso particular de la posible paternidad de José Martí con María Mantilla, se tenía el in­conveniente de ser ambas personas fallecidas. Esto no es obstáculo cuando se cuenta con suficiente material fotográ­fico del cual se pueden sacar conclusiones fiables. Gran parte lo aportó gentilmente la doctora Nydia Sarabia […] Gracias a la abundante iconografía existente, se pudo contar con un amplio material comparativo […] se alcanzó a establecer comparaciones en un rango de se­mejanzas del 74.3 por ciento. Se ex­ceptuaron las comparaciones en los casos en que no se disponía del elemento semejante, como lo es la sangre. […] El índice de coinciden­cia o porcentual de coincidencia es alto y muy fiable, teniendo en cuenta que María posee también elementos que son heredados de su madre. Hay detalles que superan el simple valor numérico por su peso cualitativo. En este sentido llaman la atención algunas identidades: la forma del labio inferior, la comisura palpebral interna, la forma de la oreja, la forma de los ojos, el surco subnasal, la forma de la cara, el ángulo nasal, la orientación de las comisuras labiales, la orientación de las comisuras palpebrales, el eje general del ojo y las cejas, entre otros. […] En la práctica, este tipo de prueba se efectúa con frecuencia por la sala civil del Tribunal Provincial de Matan­zas, aprobada y admitida por el Supremo. […] Salvo que se aporte una prueba en contrario que niegue de manera ro­tunda lo comprobado a través del examen realizado, y para decirlo en el modo que se suele hacer: la paternidad de José Martí con María Mantilla no puede ser excluida. […] el exa­men ha sido en esta parte lo suficiente concluyente para afirmar la paternidad presumida”.

En ese instante mágico en el que el científico deja al margen cualquier idea preconcebida y se enfrenta con los hechos, fueron saltando ante su vista las indudables coincidencias de rasgos antropométricos entre padre e hija: tres en los labios, cinco en la nariz, cinco en las manos, nueve en los ojos, 12 en las orejas... En total, 49 caracteres coincidentes de 66 evalua­dos para un ¡74.3 por ciento! de compatibilidad.

Si no reconocemos la relación consanguínea, ¿cómo podría­mos explicar tan alta “coincidencia” somática?

marti2¿Seguiremos especulando sobre lo que Martí podía o no ha­ber hecho, sobre los episodios que sus principios éticos le permitían o le prohibían vivir? ¿O aceptaremos que todo ese debate fue rebasado por evidencias materiales sólidas y obje­tivas? ¿Continuaremos pensando que sus amores con Carmita Miyares no fueron más que una infamia del Enemigo, como si no los confirmaran amigos y compañeros de ideales, entre los que se cuentan Fermín Valdés Domínguez, Gonzalo de Quesa­da y Gerardo Castellanos Lleonart? ¿Seguiremos enarbolando la ambigua carta de Martí a Victoria Smith como la “última palabra” o “prueba definitiva” de que entonces no tenía rela­ciones íntimas con Carmita? ¿Es tan difícil percatarse de que para él no existía la opción de reconocer lo opuesto? ¿O esque lo honesto y lo “martiano” era someter a una mujer abnegada al escarnio colectivo? ¿Seguiremos pretendiendo ser más martianos que Martí?

Por el contrario, aceptar a María como la hija carnal del Maestro alumbraría mejor muchos pasajes de su accidentada tragedia perso­nal: Martí viaja (¿se fuga?) de Nueva York a Venezuela, en ene­ro de 1881, solo dos días después del bautismo de la niña. Allá escribe el cuaderno Ismaelillo, para su Pepito, como si fuera una necesidad de su alma, atormentada por la culpa, recor­darle a su hijo legítimo que no sería destronado... Martí lleva­ba apuntes sobre las cosas que la pequeña decía o hacía... Y, acerca de Carmita Miyares, le confió a su entrañable Fermín: “¡Y cuánto hay que querer a la que dada la situación en que yo me encuentro hace el sacrificio de sufrir con valor los juicios de la sociedad que no sabe apreciar las grandezas, y está dis­puesta a descuartizar —con la lanceta de la crítica y de la mur­muración— los corazones y las almas más puras y buenas!”... Martí se convierte, de hecho, tras la muerte de Mantilla, en el hombre de esa casa.

marti5Según carta del 1 de abril de 1895, conocida como su “tes­tamento literario”, él decidió partir su herencia: una mitad para su hijo José Francisco y la otra para María y su hermana Carmita Mantilla... A propósito, Carmen Zayas-Bazán, espo­sa del Apóstol —una mujer de mayor estatura moral quela que muchos le conceden—, le comenta indignada a Gonza­lo que Pepito “acaba de saber por usted mismo a quien no autoricé para tanto, que casi se le ha desheredado en la últi­ma voluntad de su padre […] Pepe es el único hijo José Martí, y por lo tanto heredero de cuanto le pertenecía […] oponién­dome a esa última disposición de mi esposo, tenía que levan­tar un velo, que oculta inmensos dolores y daña un nombre que debe conservarse intacto […] Pepe no podía consentir en partir su patrimonio con los que habían robado la felicidad de su hogar...”.

marti3Cuando cayó en combate, el Delegado llevaba en un bolsillo, donde no había ninguna de su hijo, una foto de María. Y carga­ba consigo, además, la única carta hoy conocida (y, por cierto, mutilada) de Carmita Miyares para él: “Cuénteme todo, usted sabe que de mí no puede esperar ninguna indiscreción […]. No tema escribir a esta casa, pues mis cartas nadie las ve, ni se fija nadie en las cartas que trae el cartero, los huéspedes duermen mucho, sobre todo el que podría hacer algún perjuicio”. Y, al recordar que su hijo mayor, Manolito Mantilla, acompañabaal Delegado en su periplo por Santo Domingo, no puede conte­nerse: “Espero que Manuelito le ha de servir, y lo ha de acom­pañar; trate de tenerlo siempre a su lado, pues así siento cómo algo de mi cuerpo está junto al de usted”.

Si aceptamos los hechos de que María fue su hija, y Carmita su amante, entenderemos mejor la batalla del fiel abogado norteamericano Horatio Rubens para evitar que el New York Herald mencionara la foto de María ocupada al cadáver, y la advertencia de Carmita Miyares a Gonzalo de Quesada y Arós­tegui al terminar de entregar los manuscritos martianos para su edición: “Ponga mucho cuidado con lo que se publica; ya usted sabe lo que quiero decir”; y el asombro de la nuera del Apóstol, Teté Bances, en 1953, ante el notable parecido físico entre María y Pepito, y este fragmento de la respuesta de Que­sada nada menos que de Gonzalo de Quesada y Miranda, a la carta de 1959 en que María pedía que se divulgara que ella era hija del Héroe Nacional cubano: “Todos sabemos que usted lo es, y que si por ejemplo nosotros los Quesada nunca lo hemos expresado públicamente es porque no ha sido hasta ahora en que usted autoriza y hasta desea que se haga saber...”.

Así como Jesús ordenó a uno de sus seguidores: “Deja que los muertos entierren a sus propios muertos” (Lc 9:60), el Apóstol, dos días antes de desembarcar en Cuba para ocu­par un puesto en la manigua, le escribió a María una pre­ciosa carta en que la llama “hijita” cuatro veces, como si deseara llamarle la atención sobre esa palabra en aparien­cia retórica. Y allí le pide: “Y si no me vuelves a ver, haz como el chiquitín cuando el entierro de Frank Sorzano: pon un libro, el libro que te pido, sobre la sepultura. O so­bre tu pecho, porque ahí estaré enterrado yo si muero don­de no lo sepan los hombres”.

Dejemos que los muertos entierren a sus propios muertos. Venzamos los cuestionamientos y prejuicios. Y permitamos que José Martí repose para siempre en el pecho de su hija: la mejor tumba que soñó.