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Latido de extrema izquierda
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Latido de extrema izquierda

Por Mac Margolis

La joven líder revolucionaria de Chile sacude a una nación —y a un continente— al defender la reforma educativa.

SON LAS 7 P.M. en Brasilia, y las calles de la capital de Brasil están atestadas de personas que van de camino a casa, pero en un auditorio ubicado en un sótano del oscuro edificio del Congreso, un mitin estudiantil ha alcanzado su punto máximo de euforia.

“¡Ca-mi-la, Ca-mi-la, Ca-mi-la!”, cantan. Todo el día habían tratado de ver a Camila Vallejo, la universitaria chilena que convirtió una disputa en el campus sobre la costosa educación en una revuelta política nacional que ha sacudido a la nación andina y ha electrizado a la juventud latinoamericana desde la ciudad de México hasta Puerto Montt. Ahora, ella había iniciado su gira de la “Primavera Chilena” y los brasileños no pensaban perdérsela. Miles de ellos habían marchado con ella bajo el ardiente sol hasta las puertas del Congreso. La habían seguido hacia el interior, donde habló ante la Comisión de Derechos Humanos, posó en sesiones fotográficas con legisladores que buscaban estar bajo los reflectores y repartió autógrafos, dejando tras de sí una fila de reporteros, fotógrafos y cámaras de TV donde quiera que aparecía. Y ahora que la mujer de cabello oscuro, vaqueros holgados, blusa diáfana y sonrisa de cartelera ha subido a escena, sus seguidores están eufóricos. “Guarden sus silbidos para después”, bromea Vallejo. Es una bienvenida a la que se ha acostumbrado.

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Camila Amaranta Vallejo Dowling no es una revolucionaria común. Con sus ojos color verde claro, un aro nasal de plata y 63,000 seguidores en Facebook, la líder estudiantil originaria de Santiago encajaría mejor en la pasarela que en las barricadas. Hace un año, era sólo otra alumna vestida de mezclilla de la universidad de Chile, en Santiago. Pero a sus 23 años, esta estudiante de geografía se ha convertido en el rostro más visible de un movimiento político que ha agitado a la nación más ordenada de América del Sur, ayudado a echar cuesta abajo los índices de aprobación (actualmente de 22 por ciento) del respetado presidente multimillonario Sebastián Piñera y puesto a marchar a los zapatos de tenis en todo el hemisferio. Sirena estudiantil, la bella y la bestia, flor de la Primavera Chilena —no faltan metáforas para describir a esta deslumbrantemente atractiva joven miembro del Partido Comunista, cuyo llamado a favor de una educación asequible en Chile ha resonado en todo el continente. El movimiento estudiantil es más grande que Vallejo, pero ella es la estrella polar de la revuelta de cinco meses que ha enviado a millones de personas a las calles en el mayor levantamiento político en Chile desde el golpe militar de 1973.

Las protestas han paralizado a Santiago, provocado la dimisión del jefe de Policía y la destitución de un burócrata de alto rango del Ministerio de Cultura, cuyo amenazador mensaje en Twitter —“Maten a la perra y eliminen los desperdicios”— fue tomado directamente del manual de juego del fallecido dictador, el general Augusto Pinochet. El alzamiento ha sacudido a Piñera, obligándole a desechar una audaz reforma educativa tras otra. El programa rebelde de Vallejo podría ser una lista de quejas, desde el sumamente razonable llamado a aliviar las cargas de la deuda estudiantil hasta la utópica demanda de “educación gratuita para todos”. Pero ha captado la atención de una insensible clase política. “Es posible que este movimiento no alcance todos sus objetivos relacionados con la educación, pero la política chilena nunca volverá a ser la misma”, señala la encuestadora Marta Lagos de Latinobarómetro, en ese país.

A primera vista, Chile parece el lugar equivocado para iniciar una revolución. Ordenado y democrático, con una economía activa y poca corrupción, este espigado país ha sido desde mucho tiempo el punto de referencia para América Latina, al combinar la prosperidad con una sólida contabilidad y agresivas medidas para combatir la pobreza. Aunque la desigualdad persiste, actualmente sólo 15 por ciento de los chilenos son pobres, mientras que 40 por ciento lo era en 1990. Y los chilenos superan constantemente a sus pares latinoamericanos en exámenes estandarizados de ciencias, matemáticas y lectura. Al menos una parte de las buenas notas de Chile se deben a un modelo económico que Vallejo y sus compañeros rechazan. En la década de 1970, Chile tenía pocas universidades propiedad del gobierno y muchas escuelas privadas financiadas por los contribuyentes. Los diplomas eran para la élite. Los economistas adeptos al mercado durante el régimen de Pinochet tomaron el control, reduciendo los subsidios a las universidades, descentralizando las escuelas elementales y secundarias financiadas con fondos públicos y apoyando la creación de universidades con fines lucrativos.

nw_Page_14La matrícula universitaria creció de 180,000 en 1984 a 1 millón en la actualidad. Pero lo mismo ocurrió con las deudas estudiantiles. Muchos estudiantes sobreendeudados dejaron la escuela, aumentando el deprimente índice de deserción escolar de 52 por ciento de Chile, mientras que a otros les tomaba una década o más pagar sus préstamos. Piñera heredó este desproporcionado sistema, pero el hecho de no haberlo arreglado y su reputación como derechista lo convirtieron en un blanco fácil para una amplia gama de descontentos chilenos, desde atribuladas familias de clase media hasta marginales políticos. La extrema izquierda de Chile, que según se informa ha reprobado repetidamente en las encuestas, ha hallado la redención en el movimiento estudiantil. Tras subestimar gravemente a los estudiantes, el presidente de Chile lucha por complacerlos, ofreciendo aumentar el número de las becas y rebajar drásticamente las tasas de interés sobre los préstamos universitarios. ¿Es suficiente? “Todas estas medidas son buenas, pero no son cambios estructurales”, dice Vallejo, dando una calada a un cigarrillo, un lujo infrecuente en el austero régimen de la rebelde. “Dicen que éste es un movimiento antigubernamental. Queremos cambiar el modelo de desarrollo”. Durante las últimas dos décadas, los chilenos han votado en contrario. La prueba final para la Primavera Chilena de Vallejo no estará en la calle sino en l urna electoral.