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El súper policía de Brasil
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Por Mac Margolis 
Fotografías de Balazs Gardi

Hace poco, una lluviosa mañana en el lado norte de Río de Janeiro, un convoy de importantes oficiales policiacos y gubernamentales subió por una empinada colina hasta un conjunto de chozas en las afueras de la ciudad: una favela, nombre que reciben los barrios bajos en Brasil. Un hombre recio, de traje gris, se apeó del vehículo blindados y junto con media docena de guardaespaldas y un asistente que llevaba el paraguas, caminó hacia un laberinto de angostos callejones donde fue recibido con evidente placer y una avalancha de preguntas.

Pocas semanas antes, esa favela, llamada Borel, no era más que un infierno de pandilleros con lucían chancletas y bermudas quienes, armados con rifles de asalto, aterrorizaban a los 28 mil habitantes del lugar. Los residentes habían vivido en estado de sitio durante tanto tiempo que ya podían identificar el calibre de las armas que disparaban forajidos, pandillas rivales y policías al trabarse en combate frente a sus ventanas.

La situación era distinta esa mañana. Por primera vez, en mucho tiempo, imperaba la ley y José Mariano Beltrame, secretario de Seguridad Pública de Río, iba simplemente de visita.

“Secretario, ¿este proyecto es permanente?”, preguntó con timidez una mujer.

Beltrame respondió: “No hay marcha atrás”.

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En muchos sentidos, el funcionario no parece reunir los requisitos para ser la máxima autoridad policial de Brasil. Habla pausadamente con voz de tenor y el melodioso acento de su natal Río Grande do Sul, territorio gaucho de Brasil. Con escasos 53 años, comienza a peinar canas en su corta cabellera rubia, luce espejuelos de marco metálico con gruesas lentes y su discurso está salpicado de proverbios campiranos: “Comemos el potaje del borde del tazón”, sentencia al referirse a la táctica policiaca de proceder con cautela, ocupando primero las pequeñas favelas antes de incursionar en los puntos candentes del crimen organizado. Estrategia que ha dado buenos resultados: cuadra a cuadra, las fuerzas de Beltrame han impuesto el orden en regiones urbanas que muchos brasileños consideraban imposibles de redimir. “Si antes no reconocemos el problema, no habrá manera de resolverlo”, declara.

En cuatro años, desde que Beltrame asumiera el control, la policía ha “pacificado” 14 barriadas que incluyen Borel, el gigantesco Complexo do Alemão y la Ciudad de Dios, favela de la llanura que sirvió de inspiración para la película del mismo nombre. Los líderes de tres facciones rivales se encuentran bien en la cárcel o el cementerio y casi mil agentes corruptos (incluidos dos jefes de policía) han sido cesados, en tanto que docenas más cumplen sentencias de prisión por vender protección o beneficiarse del tráfico de drogas.

Los éxitos de Beltrame son buenas noticias para Río donde, en buena medida, se han disipado la violencia y el temor que antaño hostigaban a quienes debían pasar por la ciudad de camino al trabajo (asaltos, atracos, intentos de secuestro y robo de autos). Aunque Beltrame no quiere adjudicarse el crédito, la tasa de homicidios de la zona conurbada de río –hasta hace poco una de las megalópolis mas peligrosas del planeta- ha caído en más de la mitad en la última década.

Su plan poco tiene de ingenioso: expulsar de la ciudad a los malhechores utilizando intervenciones telefónicas, mapas criminológicos computarizados y la fuerza bruta. Sin embargo, sus críticos se preguntan de dónde sacará las armas adicionales que necesita para pacificar las docenas de colinas de bandidos que aún quedan en manos de hampones. “La estrategia de Río nada tiene de nueva y requiere de enormes recursos”, apunta José Vicente da Silva, antiguo secretario para la Defensa Nacional. “En una de las favelas pacificadas hay un policía por cada 40 residentes. No existe en el mundo una fuerza policiaca con capacidad semejante”.

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“Íbamos preparados para una masacre”, recuerda Beltrame. En vez de eso, los criminales se dispersaron y Río se regocijó.

Por supuesto, hay quienes opinan que Beltrame ha hecho importantes y novedosas aportaciones al combate de la criminalidad. “Beltrame viene de fuera y rechaza el estilo de trabajo de una red policiaca convencional, ni siquiera lo respeta”, comenta el economista Leandro Piquet Carneiro, especialista en criminología que ayudó a diseñar el programa de pacificación. “Al fin empezamos a recuperar zonas enteras de la ciudad que estaban controladas por forajidos. Estamos cambiando las reglas del juego”.

No sólo en Río. A todas luces, la suerte del país más grande de América Latina comienza a cambiar. Su economía de dos billones de dólares va en auge y los inversionistas buscan oportunidades en todos sus nichos, desde el cinturón agrícola hasta las enormes reservas de crudo sepultadas en las profundidades del Atlántico. Las compañías más importantes del país (el gigante petrolero Petrobras,  la minera Vale) se cuentan entre las de mayor rendimiento en el mundo e igual que su predecesor, Luiz Inácio Lula da Silva, la presidenta Dilma Rousseff forma parte de la lista internacional de mandatarios de primer nivel –no en balde Barack Obama eligió Brasil como el destino principal de su gira latinoamericana del mes pasado. No obstante, si algo puede opacar el brillante porvenir de la nación brasilera, eso es el crimen violento.

A pesar de que la tasa de criminalidad va a la baja, Brasil no deja de ser un territorio mortífero pues, aunque agresiva, impresionante y exitosa como ha sido, la contrainsurgencia aún se encuentra en pañales. Centenares de favelas son territorio de nadie y numerosos críticos señalan que, muy a menudo, los elementos de la ley y el orden forman parte del problema. La policía de Río es una de las más letales del mundo, con un récord de cuatro sospechosos muertos por cada 100 arrestados (según el informe 2009 de Human Rights Watch) y hace poco, la Organización Panamericana de Salud calificó a Brasil (con 20 homicidios por cada 100 mil residentes) como la sexta nación más violenta de un listado de 100 países –con una tasa de homicidio juvenil que se ha duplicado desde 1980. De hecho, diversos estudiosos calculan que la violencia resta cinco puntos porcentuales al PIB nacional.

Desde hace mucho, Río ha sido el epicentro criminal de Brasil. Su fastuoso Carnaval ciertamente transforma en doncellas a los hombres más viriles y convierte en emperadores a sus barrenderos, pero los cariocas han debido luchar largas décadas para reinventar la ciudade maravilhosa –la ciudad maravillosa. Bendecida con bellezas y tesoros naturales, Río de Janeiro experimentó una espiral perversa de abandono, políticas depredadoras y crimen callejero que ahuyentó a sus inversionistas y ciudadanos más talentosos, convirtiendo los barrios de la periferia en una especie de Waziristán tropical donde sus protectores eran apenas una sombra en la guerra contra el crimen. “La policía organizaba una redada, se batía a tiros con los delincuentes, mataba uno o dos traficantes e incautaba ciertas cantidades de droga; luego exhibía a sus cautivos y el botín ante la prensa, y se congratulaba de un trabajo bien hecho”, informa Beltrame. “Pero poco después, la policía se retiraba del sitio y las cosas volvían a ser como antes”.

En 2007, el gobernador de Río, Sérgio Cabral, dio a Beltrame la tarea de limpiar las barriadas donde, actualmente, se hacina 20 por ciento de la población metropolitana de nueve millones. Con anterioridad, Beltrame sirvió como inspector federal de la policía y su primera comisión en Río consistió en investigar el comercio con drogas. Empero, su nuevo trabajo se ha desarrollado con mucha lentitud y la resistencia de las pandillas ha sido manifiestamente sangrienta. En 2009, semanas después que Río obtuviera la sede de las Olimpiadas de 2016 (con el argumento de que sus calles estaban controladas), unas bandas derribaron a tiros un helicóptero policial detrás del señero monumento del Cristo, matando a tres oficiales de policía en el incidente. Aunque bien pudo tratarse de una chiripa, el vídeo que registraba el helicóptero en llamas cayendo en las colinas ocasionó un escandalo de proporciones masivas, igual que el posterior tiroteo que dejó un saldo de 23 muertos.

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Fue el tipo de crisis que hace que los políticos corran a cubierto, pero Beltrame optó por poner la cara. Días después del ataque, se reunió con líderes comunitarios en un popular restaurante de Ipanema donde dio rienda suelta a su frustración. En buena medida, dirigió su ira contra la burocracia, el endeble sistema judicial y la nula cooperación federal, calificando el siniestro como “nuestro 9/11” y desafiando a los cariocas a unir fuerzas contra las pandillas. Fue ovacionado por su apasionada intervención.

Sus objetivos inmediatos eran el Complexo do Alemão y la vecina Vila Ruzeiro –vastas favelas de 200 mil habitantes donde los efectivos del narcotráfico eran desmadejados adolescentes que patrullaban en motocicletas anunciando las ofertas del día: “¡Dosis de a diez! ¡Dosis de a 20!”. A fin de capturar y retener esos baluartes del crimen, las autoridades destacaron dos mil oficiales de policía fuertemente apoyados. Al principio, el Ejército protestó, reacio a comprometer sus tanques y soldados entrenados para realizar labores policiales, pero finalmente tuvo que ceder ante la presión de los criminales. Cuando Beltrame transfirió a los criminales más peligrosos a otro estado para debilitar los sindicatos que operaban desde las prisiones, esos convictos ordenaron a sus pandillas que atacaran a los viajeros en tránsito, quemaran autobuses y ametrallaran vehículos policiacos. Beltrame pidió ayuda al gobernador Cabral, quien exhortó directamente al presidente Lula.

El 28 de noviembre de 2010, apuntaladas con vehículos blindados, dragaminas  y helicópteros armados, las fuerzas de seguridad invadieron Cruzeiro y Alemão. “Íbamos preparados para una masacre”, recuerda Beltrame. En vez de eso, los forajidos se dispersaron, regando sus Kalashnikovs y provisiones de droga en un intento por fusionarse con la comunidad de trabajadores. Algunos escaparon por las alcantarillas, como Jean Valjean, el ladrón-héroe de Les Misérables.

Los residentes de Alemão colgaron en sus tendederos cintas y notas de agradecimiento para recibir a los policías que incursionaron en la barriada y expulsaron a los malhechores. Durante el Carnaval de este año, Salgueiro (popular grupo de samba) celebró el hecho con una tropa de celebrantes vestidos con uniformes negros y gafas de aviador de BOPE, la fuerza para operaciones especiales del país.

No obstante, Río todavía no puede cantar victoria, pues las pandillas aún controlan docenas de las zonas más peligrosas de la ciudad, incluida Maré (con 13 favelas) y Rocinha, barrio de 60 mil habitantes en las inmediaciones de la exclusiva playa de São Conrado. “No se trata de que Brasil esté haciéndonos un favor”, apunta Beltrame. “Todo lo contrario. La seguridad de Río es un favor para Brasil”. Aun cuando Beltrame apenas acaba de iniciar la guerra, ya se ha anotado importantes victorias: silenciar a sus detractores, eliminar a los policías corruptos y modificar la actitud de los cariocas quienes, habituados al crimen, inmediatamente descartaron su esfuerzo como una imposibilidad. Esto, para los abrumados brasileños, es casi tanto como una revolución.